Capítulo 12
Capítulo
Doce
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L a llamada llegó al móvil de Ángela poco antes del amanecer, sacando a Elena de un sueño ligero con el sonido insistente del teléfono vibrando sobre la mesilla de noche de la habitación contigua.
Escuchó, a través de la pared delgada de la casa rural, la voz de Ángela subiendo de tono con cada segundo que pasaba, hasta que finalmente golpeó la puerta de Elena con una urgencia que no dejaba lugar a dudas sobre la gravedad de lo sucedido.
—Vístase rápido —dijo, con el pelo todavía revuelto de la cama y una expresión de alarma genuina que Elena no le había visto hasta entonces, ni siquiera durante la conversación sobre el pleito de tierras—.
Ha pasado algo en la cooperativa. Uno de los almacenes de secado, el más antiguo, el que todavía usamos para ciertas partidas especiales. Se ha declarado un incendio esta noche.
Elena se vistió en apenas dos minutos, con las manos torpes por las prisas y el sueño interrumpido, y bajó corriendo hasta la furgoneta donde Ángela ya esperaba con el motor encendido, tamborileando los dedos sobre el volante con impaciencia evidente.
El trayecto hasta la cooperativa, que en circunstancias normales habría tomado unos quince minutos por las carreteras secundarias, lo hicieron en poco más de diez, con Ángela conduciendo a una velocidad que en cualquier otra circunstancia habría resultado imprudente por aquellas carreteras estrechas todavía a oscuras.
Elena no recordaba haber bajado de la furgoneta.
Solo recordaba el olor, que las alcanzó antes que la imagen: madera quemada, plástico derretido, algo dulce y nauseabundo que se le pegó a la garganta antes de que pudiera ver una sola llama con claridad.
El humo era una columna negra que se alzaba contra el cielo todavía oscuro, y el viento constante de la llanura lo empujaba hacia ellas, como si no quisiera dejarlas olvidar ni un segundo lo que estaba pasando.
Un camión de bomberos de la comarca ya estaba trabajando cuando llegaron, con varios efectivos desplegando mangueras alrededor del edificio, cuya estructura, afortunadamente, parecía haber resistido lo peor gracias a los gruesos muros de piedra tradicionales.
Un grupo pequeño de empleados de la cooperativa, avisados por el sistema de alarma automático, se había congregado a una distancia prudente, algunos todavía en pijama bajo un abrigo puesto a toda prisa, observando con impotencia cómo el humo seguía saliendo por el hueco donde antes había estado la puerta principal del secadero.
—¿Hay heridos? —preguntó Ángela, corriendo hacia el jefe de bomberos en cuanto lo identificó por el uniforme, con una urgencia en la voz que delataba tanto preocupación humana genuina como responsabilidad de gestora sobre todo lo que ocurriera dentro de sus instalaciones.
—Nadie dentro, por suerte. El sistema de alarma funcionó bien y avisó antes de que el fuego se extendiera demasiado.
—El bombero, un hombre de mediana edad con el rostro tiznado de hollín, consultó brevemente su equipo antes de continuar—.
Pero le voy a ser sincero, señora Ruipérez, esto no tiene toda la pinta de un accidente eléctrico ni de un descuido cualquiera.
Hemos encontrado restos de un acelerante cerca del punto de origen, y la puerta principal estaba forzada.
Vamos a necesitar que venga la policía científica para confirmarlo con detalle, pero mi primera impresión, con la experiencia que llevo en esto, es que alguien provocó el fuego intencionadamente.
Ángela palideció visiblemente, llevándose una mano a la boca en un gesto instintivo de horror que Elena reconoció como genuino, sin ningún atisbo de la contención calculada que había mostrado en anteriores conversaciones más delicadas.
—¿Qué se guardaba ahí dentro exactamente? —preguntó Elena, acercándose al grupo con el cuaderno ya en la mano, aunque en aquel momento el instinto periodístico quedaba claramente subordinado a la preocupación humana por lo que acababa de suceder.
—El lote que presentamos al concurso de Toledo —respondió Ángela, con la voz todavía temblorosa por la impresión—.
El que quedó tercero. Y también parte de la documentación histórica de la cooperativa, cosas que guardábamos ahí por tradición más que por necesidad práctica, incluidos algunos registros antiguos de propiedad de parcelas que no habíamos digitalizado todavía.
Elena sintió que se le helaba algo por dentro al escuchar esa última frase.
Documentación histórica de propiedad de parcelas.
Justo el mismo tipo de documentos que ella misma llevaba investigando desde su conversación con Jaime Sarfatí en Toledo, y que Anselmo había confirmado el día anterior que alguien más, con aspecto de gente de restaurante y manos suaves, también había estado investigando hacía más de un año.
—¿Cree que alguien quería destruir esa documentación específicamente? —preguntó, aunque la pregunta era más para sí misma, en voz alta, que dirigida realmente a Ángela.
—No lo sé, y ahora mismo no sé qué pensar de nada.
—Ángela se pasó ambas manos por la cara, en un gesto de agotamiento que superaba con creces el propio del amanecer y la falta de sueño—.
Lo único que sé es que en menos de una semana han matado a Fernando Azcárate y me han quemado parte de mi almacén, y no me creo en absoluto que las dos cosas no estén relacionadas de alguna manera que todavía no consigo entender del todo.
Un técnico de la policía científica local, avisado con celeridad por el propio jefe de bomberos, llegó poco después y empezó a acordonar la zona con la misma cinta amarilla que Elena había visto días atrás frente al obrador de los Azcárate, un paralelismo visual que le provocó un escalofrío incómodo.
Mientras el técnico trabajaba, fotografiando cada rincón del secadero dañado, Elena se apartó un momento con Ángela hacia un lateral del edificio, lejos del bullicio, buscando algo de calma para pensar con claridad.
El sol ya había salido del todo, iluminando con una crudeza casi excesiva los daños del edificio, las paredes ennegrecidas alrededor de lo que había sido la puerta principal, los restos carbonizados de lo que probablemente habían sido cajas de documentación esparcidos por el suelo.
—Ángela, necesito preguntarle algo importante. ¿Quién sabía que usted guardaba esa documentación histórica precisamente en este secadero, y no en otro lugar más seguro?
Ángela lo pensó un momento, con evidente esfuerzo por ordenar sus pensamientos en medio de la conmoción.
—Cualquiera que hubiera trabajado aquí un tiempo, la verdad.
No era ningún secreto, simplemente nunca nos pareció necesario trasladar esos papeles a un lugar más moderno, ya que solo los consultábamos de vez en cuando por curiosidad histórica, nunca por necesidad legal urgente.
—Se detuvo, con los ojos entrecerrados, como si algo acabara de ocurrírsele—.
Espere. El año pasado, cuando vino ese hombre a hacer preguntas, el que describió Anselmo...
también pasó por aquí, por la cooperativa, antes de ir a hablar con él.
Pidió ver el archivo histórico, dijo que estaba investigando la tradición local del cultivo para un proyecto gastronómico.
Yo misma le enseñé este mismo secadero, sin darle mayor importancia en su momento.
Elena sintió que las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con una claridad que resultaba, al mismo tiempo, reveladora y perturbadora.
—¿Recuerda su nombre? ¿Firmó algún registro de visitas?
—Firmamos un registro de visitantes por temas de seguros, sí, es obligatorio para las instalaciones de la cooperativa.
—Ángela ya caminaba hacia las oficinas principales antes de terminar la frase, con Elena siguiéndola de cerca, esquivando a los bomberos que seguían trabajando en el perímetro del incendio—.
Debería estar archivado en el ordenador de recepción, si el sistema no se ha visto afectado por el fuego, cosa que dudo porque las oficinas están en el edificio contrario.
Encontraron el registro sin demasiada dificultad, un archivo digital simple con fecha, nombre y motivo de la visita.
Ángela buscó entre las entradas del año anterior, filtrando por mes, hasta que su dedo se detuvo sobre una línea concreta que hizo que ambas contuvieran la respiración al mismo tiempo.
15 de mayo — Álvaro Medina — Investigación gastronómica, historia del cultivo local — Restaurante Palacio de Gabriel, Toledo.
—Ahí lo tiene —dijo Ángela, con la voz cargada de una mezcla de alivio por confirmar sus sospechas y de horror renovado por lo que aquello podía significar—.
Casi un año antes de la muerte de Fernando, Álvaro Medina ya estaba aquí, investigando exactamente la misma historia que ahora parece estar en el centro de todo esto.
Elena copió la fecha y los datos en su cuaderno, con la sensación clara de que el incendio de esa madrugada no había sido un accidente, ni tampoco una simple advertencia dirigida contra la cooperativa por razones puramente comerciales.
Alguien había querido destruir pruebas concretas, documentación específica que podía relacionar a una persona determinada con una historia familiar que se remontaba a más de un siglo atrás, y que ahora, de alguna forma todavía no del todo clara, parecía haber precipitado un asesinato.
—Voy a llamar al inspector Cifuentes ahora mismo —dijo Elena, ya marcando el número en su móvil—. Esto tiene que formar parte oficial de la investigación, no puede quedarse solo entre nosotras dos.
Ángela asintió, con expresión todavía conmocionada, pero con una determinación creciente asomando bajo el cansancio del amanecer.
—Hágalo, por favor. Y dígale también que voy a presentar una denuncia formal por el incendio, independientemente de cómo avance el resto de la investigación. Nadie va a quemar mi patrimonio sin consecuencias, venga de donde venga.
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