La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo

Once

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E l silencio que siguió a las palabras de Anselmo se prolongó varios segundos, roto solo por el crujido lejano de las aspas del molino más próximo, que alguien debía de haber puesto en marcha para los primeros visitantes de la mañana.

Ángela fue la primera en reaccionar, con la voz todavía tomada por la sorpresa.

—Anselmo, ¿está usted seguro de que ese hombre no dijo su nombre en ningún momento? ¿Ni siquiera de pasada?

—Segurísimo no puedo estar, muchacha, que ya tengo una edad y la memoria me hace jugarretas de vez en cuando.

Pero le diré una cosa que sí recuerdo bien: cuando se despidió, dijo algo de que tenía que volver a Toledo esa misma tarde, que llevaba un restaurante y no podía permitirse cerrar más de un día.

Eso sí que lo recuerdo con claridad, porque me hizo gracia pensar en un cocinero de restaurante fino interesándose por estas historias viejas de tierras y azafrán.

Elena anotó cada palabra con la sensación clara de que aquel dato, aparentemente pequeño, cambiaba el peso relativo de todos los sospechosos que había ido perfilando hasta entonces.

Si Álvaro Medina llevaba más de un año investigando la historia de las familias Azcárate y Ruipérez, su interés por el azafrán de Fernando no podía reducirse a una simple relación comercial de proveedor y cliente.

Había algo más antiguo, más deliberado, detrás de aquella conexión.

—¿Recuerda algo más de la conversación, Anselmo? ¿Alguna pregunta concreta que le hiciera aquel hombre, más allá de la historia general del pleito?

Anselmo se rascó la barbilla, entornando los ojos como quien busca en un cajón mental lleno de recuerdos entremezclados de décadas.

—Ahora que lo pienso, sí, había algo raro en sus preguntas.

No solo quería saber qué había pasado, sino también qué documentos existían, dónde podría encontrarlos, si el consejo regulador o algún archivo local conservaba copias.

Preguntaba con la insistencia de alguien que necesitaba pruebas concretas, no solo la anécdota que yo le podía contar de memoria.

En su momento pensé que era simple curiosidad de investigador meticuloso, pero visto ahora, con lo que me cuentan ustedes, empiezo a pensar que buscaba algo mucho más específico.

Se despidieron de Anselmo poco después, con Ángela prometiéndole que volvería pronto a visitarlo con más calma, y caminaron de vuelta hacia la furgoneta en silencio, cada una procesando a su manera lo que acababan de escuchar.

—Necesito enseñarle algo —dijo finalmente Ángela, ya en el coche, arrancando el motor con un gesto brusco que delataba la agitación que intentaba disimular—.

Algo que quizás le ayude a entender mejor por qué yo no tengo ningún interés en hacerle daño a nadie, y por qué, si Álvaro Medina lleva un año detrás de esta historia, quizás yo tenga más motivos de los que pensaba para preocuparme.

Condujo de vuelta hacia la cooperativa, pero esta vez no se dirigió a las naves modernas ni a las cámaras frigoríficas, sino al edificio antiguo de piedra y adobe que Elena ya había visto el día anterior, la "sede original" de la asociación de productores.

Dentro, en una sala pequeña que hacía las veces de archivo, con estanterías metálicas cargadas de carpetas antiguas y algún que otro cuadro descolorido de fundadores de la cooperativa, el aire olía a papel viejo y a madera tratada con algún producto que Elena no supo identificar, un olor que le recordó, sin que pudiera evitarlo, al obrador de los Azcárate en Toledo, como si ambos espacios compartieran la misma esencia acumulada de generaciones dedicadas al mismo oficio.

Ángela buscó entre varias cajas hasta encontrar lo que parecía un libro de registro encuadernado en piel, con las páginas amarillentas por el paso de las décadas.

—Esto es el libro de socios original de la cooperativa, de cuando se fundó en los años cincuenta.

—Lo abrió con cuidado sobre una mesa de madera maciza, pasando páginas hasta llegar a una sección concreta—.

Aquí aparece mi bisabuelo como uno de los fundadores, con la parcela que hoy llamamos "del pleito" ya registrada a su nombre. Y mire esto.

Señaló una anotación al margen, escrita con una letra distinta a la del resto del documento, más reciente en apariencia.

—Esta nota la añadió mi abuelo, ya en los años ochenta, según la fecha que pone aquí.

Dice, más o menos: "Recordar siempre que esta parcela costó un pleito de seis años y la ruina de una familia entera.

Nunca venderla, nunca dividirla, es nuestra por derecho de trabajo y de justicia.

" —Ángela cerró el libro despacio, con un gesto casi reverencial—.

Crecí sabiendo que esa parcela era especial, sin entender del todo por qué hasta hace apenas media hora, escuchando a Anselmo contarlo con todos los detalles que yo nunca había atado.

—¿Por qué cree que le puede interesar esta historia a Álvaro Medina?

Ángela se sentó frente al libro, con expresión pensativa, tamborileando los dedos sobre la mesa de madera.

—No tengo ni idea con certeza, pero se me ocurren un par de posibilidades, y ninguna me tranquiliza especialmente.

—Levantó la vista hacia Elena—. Una: que esté buscando comprar tierras en la zona, y conocer estas historias antiguas le sirva para negociar mejor, para saber qué familias tienen apego sentimental a según qué parcelas y cuáles estarían más dispuestas a vender.

Los grandes grupos de restauración llevan años intentando verticalizar su producción, comprando directamente el origen de sus ingredientes para controlar mejor la calidad y los costes.

Dos, y esta posibilidad me gusta todavía menos: que esté buscando algo relacionado directamente con Fernando, algo que tenga que ver con el negocio de los Azcárate más que con el mío.

—¿Sabe si Álvaro ha intentado comprar tierras aquí, o negociar directamente con productores?

—No que yo sepa, y en un pueblo de este tamaño, esas cosas se saben rápido. —Ángela negó con la cabeza—. Pero eso no significa que no lo haya intentado con discreción, o que no estuviera todavía en fase de investigación previa cuando vino a hablar con Anselmo.

Elena decidió cambiar de enfoque, volviendo a algo que llevaba pendiente desde el día anterior.

—Ángela, necesito preguntarle algo directamente, y le pido disculpas de antemano si suena descortés después de todo lo que me está ayudando. ¿Puede demostrar dónde estaba la noche que mataron a Fernando?

Ángela no pareció ofendida por la pregunta, más bien la esperaba, a juzgar por la rapidez con que respondió, aunque Elena notó un breve destello de dolor cruzándole el rostro antes de contestar, como si la pregunta, aun siendo esperada, no dejara de doler.

—Ya se lo dije en Toledo, estaba sola en mi habitación del hostal, sin testigos directos.

Pero hay una cosa que quizás pueda ayudar.

—Sacó el móvil del bolsillo y buscó algo en la pantalla—.

Esa noche, sobre las once, hice una videollamada con mi hija, que está estudiando en Valencia.

Duró casi cuarenta minutos, hablando de tonterías, de cómo le iban los exámenes.

La aplicación guarda un registro con hora exacta.

Fernando murió, según me han dicho, entre la medianoche y las tres de la madrugada.

Yo estaba hablando con mi hija hasta casi las once y media, y el hostal donde me alojaba está a más de veinte minutos andando del obrador de los Azcárate, sin coche propio esa noche porque lo había dejado en Consuegra para no pagar parking en Toledo.

Elena tomó nota del dato, consciente de que, aunque no era una coartada absolutamente irrefutable —quedaba margen de tiempo tras la llamada—, sí reducía considerablemente la probabilidad de que Ángela hubiera cometido el crimen personalmente, sobre todo considerando la logística necesaria: llegar hasta el obrador, introducir el veneno en la infusión sin levantar sospechas, y regresar al hostal, todo en un margen de apenas dos horas y media, sin vehículo propio.

Ángela cerró el libro de socios, que todavía tenía abierto sobre la mesa desde la visita al archivo, con un golpe seco que resonó en la pequeña sala.

—¿Sabe lo que es cargar con la culpa de algo que hicieron sus antepasados, señorita Vidal?

—No esperó respuesta—. Yo he vivido treinta años sintiendo que le debía algo a Fernando.

No dinero. No favores. Una disculpa que nunca supe cómo darle, porque ni yo misma entendía del todo lo que había pasado entre nuestras familias.

Se pasó la mano por los ojos, y por primera vez desde que se conocían, Elena la vio dudar, buscar las palabras como quien camina sobre un suelo que no está segura de que aguante.

—Y ahora ya es tarde. Ya no puedo devolverle nada a él. Solo puedo asegurarme de que quien le hizo daño pague por ello. Por eso estoy aquí, contándole todo esto que ni siquiera le he contado a mi propia hija. No por la cooperativa. No por mi reputación. Por él.

Elena dejó pasar un momento antes de hablar, dándole a Ángela el espacio que aquella confesión parecía necesitar.

—Le creo, Ángela. Y creo que, de las tres personas que estoy investigando con más atención, usted es la que menos encaja en el perfil, sinceramente.

Ángela pareció aliviada de una forma que iba más allá de la simple cortesía profesional, casi como si llevara días esperando que alguien, cualquiera, pronunciara esas palabras con sinceridad genuina.

Se levantó, guardando de nuevo el libro de socios en su estantería con el mismo cuidado con que lo había sacado, y se quedó un momento en silencio, con la mano todavía apoyada sobre el lomo de piel gastada.

—¿Sabe una cosa, Elena? Llevo toda la vida contando esta historia del pleito como una simple anécdota familiar, casi con orgullo, sin pensar demasiado en lo que significó de verdad para la otra familia.

Escuchar hoy a Anselmo contarlo con todo detalle, y saber que Fernando probablemente cargó con esa historia toda su vida sin que yo lo supiera nunca...

me hace sentir extraña. Como si hubiera estado celebrando, sin saberlo, la desgracia de otra familia durante generaciones.

—No creo que eso sea culpa suya, Ángela. Usted no eligió esa historia, la heredó, igual que Fernando heredó la suya.

—Lo sé, pero aun así. —Suspiró, cerrando finalmente la puerta del archivo tras ellas—.

Si de verdad quiere seguir tirando del hilo de Álvaro Medina, creo que debería hablar con más gente de aquí, gente que quizás recuerde mejor los detalles de su visita del año pasado.

Y también, si me permite el consejo, debería asistir a la Fiesta de la Rosa del Azafrán que empieza mañana.

Álvaro ha confirmado su asistencia como invitado de honor, según me han dicho, para "apoyar a los productores locales tras el escándalo del concurso".

Y a mí eso, la verdad, me parece una casualidad demasiado conveniente para ser solo casualidad.

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