Capítulo 10
Capítulo
Diez
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Á ngela la alojó, por insistencia propia más que por necesidad real, en una casa rural gestionada por una prima suya a apenas cinco minutos a pie de la plaza principal, con vistas directas al cerro Calderico desde la ventana de la habitación.
Elena pasó la primera noche despertándose varias veces con el sonido del viento golpeando los postigos, un sonido que en Toledo, protegida entre callejones estrechos, jamás había llegado a escuchar con tanta intensidad, y que allí, en campo abierto, parecía tener voz propia, casi una presencia constante que acompañaba cada pensamiento.
A la mañana siguiente, Ángela la recogió temprano, con un termo de café y una energía que contrastaba con el cansancio evidente de los últimos días.
—Le quiero presentar a alguien —dijo, mientras conducía de nuevo hacia las afueras del pueblo, esta vez en dirección contraria a la cooperativa—.
Se llama Anselmo. Fue molinero durante casi cuarenta años, de los pocos que quedan que conocen de verdad el oficio, no como los que ahora se disfrazan para las visitas turísticas los fines de semana.
Y si hay alguien en este pueblo que sepa historias viejas de las familias del azafrán, es él.
Mi abuela solía decir que Anselmo tiene más memoria que el archivo municipal entero.
Encontraron a Anselmo sentado en un banco de piedra junto a uno de los molinos más alejados del grupo principal, el que menos turistas visitaban por estar apartado del circuito habitual, con una boina calada hasta las cejas pese al calor ya considerable de la media mañana y un bastón de madera apoyado contra la pared encalada del molino.
Debía de rondar los ochenta años, con la piel curtida de quien ha pasado la vida entera al aire libre, y unos ojos pequeños y vivos que se iluminaron al ver a Ángela acercarse.
—Angelita —dijo, levantándose con esfuerzo pero sin aceptar ayuda cuando Ángela hizo el gesto de ofrecérsela—. Cuánto tiempo sin verte por aquí, con lo que te gustaba subir de pequeña a jugar entre las aspas cuando tu abuelo me dejaba pararlas para que no te hicieras daño.
—Anselmo, te presento a Elena Vidal. Es periodista, está investigando lo que le pasó a Fernando Azcárate.
La mención del nombre cambió algo en la expresión del anciano, que se ensombreció visiblemente, aunque no perdió la cortesía con la que había recibido a Elena.
—Terrible lo de Fernando. Lo conocí de chaval, ¿sabe?
Su padre traía el azafrán aquí mismo, a este molino, cuando todavía se molían otras cosas además del grano, especias y demás, antes de que se modernizara todo.
Buena gente, los Azcárate, siempre lo han sido, pase lo que pasara entre nuestras familias hace tanto tiempo.
Elena aprovechó la mención directa para preguntar sin rodeos, notando cómo Ángela se tensaba ligeramente a su lado, expectante.
—¿Conoce usted la historia del litigio entre los Azcárate y los Ruipérez? ¿El de las tierras, de finales del siglo diecinueve?
Anselmo la miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido al respeto, como si no esperara que una forastera conociera un detalle tan específico de la memoria local.
—Vaya, veo que ha hecho usted los deberes.
Pocos jóvenes de por aquí conocen ya esa historia con detalle, se ha ido perdiendo con los años, como se pierden tantas cosas.
—Se sentó de nuevo en el banco, invitando con un gesto a que Elena y Ángela hicieran lo mismo a su lado, y empezó a hablar con el ritmo pausado de quien ha contado la misma historia muchas veces a lo largo de su vida, puliendo los detalles con cada repetición—.
Mi abuelo me la contó a mí, y a él se la había contado el suyo, así que ya le advierto que esto son más bien recuerdos de recuerdos, no sé cuánto se habrá deformado por el camino, como pasa siempre con estas cosas que se transmiten de boca en boca.
—Cuéntenoslo como usted lo recuerde, por favor.
—La familia que hoy conocemos como Azcárate no siempre se llamó así, ¿sabe?
Venían de una familia conversa, de las que se vieron obligadas a cambiar de nombre, de religión, de todo, hace siglos, cuando expulsaron a los judíos de estas tierras.
Tenían parcelas de azafrán, buenas parcelas, de las mejores de la comarca, hasta que se las quitaron, más o menos por la fuerza, aunque con papeles que lo hacían parecer legal.
—Anselmo hizo una pausa, mirando hacia el horizonte como si pudiera ver, en la distancia, los acontecimientos que estaba narrando—.
Pasaron los siglos, y llegó un momento, ya en el mil ochocientos y pico, en que un descendiente de aquella familia, ya con el apellido Azcárate, decidió que había llegado la hora de recuperar lo que consideraba suyo por derecho de sangre.
Puso pleito contra la familia que llevaba entonces trabajando esas tierras, que resulta que eran los Ruipérez, los antepasados de esta muchacha de aquí.
—Señaló a Ángela con un gesto cariñoso del mentón.
—¿Y quién ganó el pleito? —preguntó Elena, aunque ya conocía la respuesta gracias al documento de Sarfatí, con la intención de comprobar si la versión oral coincidía con la escrita.
—Los Ruipérez, claro. Llevaban generaciones trabajando esa tierra, la habían mejorado, la habían cuidado, y la justicia de entonces, con razón o sin ella, dio más peso a quien la trabajaba que a quien reclamaba un derecho de sangre de hacía siglos.
El pleito arruinó a los Azcárate de aquella época, según cuenta la historia, tuvieron que vender casi todo lo que les quedaba para pagar las costas judiciales, y la familia entera se trasladó a Toledo capital poco después, dejando atrás el campo para dedicarse al comercio, que es de donde viene el negocio que ha llevado Fernando hasta hace unos días.
—¿Y esa historia se ha mantenido viva entre las dos familias, generación tras generación?
Anselmo se encogió de hombros, con un gesto que denotaba tanto conocimiento como incertidumbre a partes iguales.
—Yo diría que se mantuvo viva como leyenda, más que como rencor activo, si me entiende la diferencia.
Cada generación que pasaba, la historia se iba difuminando un poco más, perdiendo nombres, perdiendo detalles, convirtiéndose en poco más que una anécdota que se contaba en las cenas familiares, algo así como "hubo un tiempo en que estas dos familias no se llevaban bien, por unas tierras, hace mucho tiempo".
No creo que ni Fernando ni Angelita aquí presente hayan crecido pensando que existiera un rencor real entre ustedes.
—Miró a Ángela con cariño—. ¿O me equivoco, muchacha?
—No, tienes razón. Yo lo había oído contar así también, como algo lejano, casi mítico, sin ninguna importancia práctica en el presente.
—Ángela parecía genuinamente pensativa, procesando la confirmación de una historia que hasta entonces solo conocía a medias—.
Nunca hasta ahora había atado cabos con la parcela concreta que tenemos delimitada con el murete de piedra vieja.
Elena decidió arriesgarse con una pregunta más directa, consciente de que quizás estaba forzando la conversación más de lo prudente, pero sintiendo que la ocasión, con Anselmo dispuesto a hablar con tanta franqueza, no iba a repetirse fácilmente.
—Anselmo, ¿sabe usted si alguien más, aparte de la familia Ruipérez y quizás algún historiador, conoce los detalles concretos de este litigio? ¿Alguien que no sea de ninguna de las dos familias directamente?
El anciano se lo pensó un momento, rascándose la barbilla con gesto pensativo.
—Pues mire, ahora que lo dice, hace cosa de un año, puede que algo más, vino por aquí un hombre preguntando cosas parecidas a las que me pregunta usted ahora.
No era de por aquí, se notaba en el acento, en la forma de vestir, muy elegante para andar entre molinos con ese calor.
Dijo que estaba investigando la historia de la comarca para un proyecto, no recuerdo bien qué tipo de proyecto exactamente, algo relacionado con la gastronomía y la historia local, creo.
Le conté más o menos lo mismo que le acabo de contar a usted.
Elena sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Recuerda cómo era ese hombre? ¿Algún detalle físico, algún nombre?
—Ay, hija, con la memoria que tengo para las caras nuevas, no sabría decirle mucho más.
Joven, bien vestido, con esas manos suaves de quien no ha trabajado el campo en su vida, eso sí que lo recuerdo bien porque me llamó la atención cuando me las estrechó.
Y hablaba de una manera muy fina, como la gente de restaurante, ¿sabe?
, de esos que salen en la televisión hablando de alta cocina con palabras que uno no entiende del todo.
Elena cruzó una mirada con Ángela, que había palidecido visiblemente al escuchar la descripción, ambas pensando, sin necesidad de decirlo en voz alta, en el mismo nombre: Álvaro Medina.
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