La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 9
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Capítulo 9

Capítulo

Nueve

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La plaza principal de Consuegra.

E l autobús se detuvo en la plaza principal de Consuegra poco después del mediodía, y lo primero que Elena sintió, antes incluso de bajar del vehículo, fue el viento.

Un viento constante, sin la humedad del Tajo ni el resguardo de las calles estrechas de Toledo, que barría la llanura manchega sin obstáculo alguno hasta chocar contra el cerro Calderico, donde una docena de molinos blancos se recortaban contra un cielo de un azul tan intenso que parecía pintado con la misma paleta que el azafrán daba a los guisos: colores puros, sin matices intermedios, como si aquella tierra hubiera decidido hace siglos prescindir de los grises.

Los molinos de Consuegra recortados contra el cielo del cerro Calderico.

Bajó del autobús con la maleta pequeña que había preparado la noche anterior, y se quedó un momento inmóvil en la plaza, dejando que el viento le revolviera el pelo, mirando hacia el cerro con una fascinación que no había esperado sentir con tanta intensidad.

Había visto fotografías de los molinos de Consuegra en cientos de reportajes gastronómicos y turísticos a lo largo de los años, siempre con ese aire de postal ya gastada por la repetición, pero nada de eso la había preparado para la sensación física de tenerlos delante, blancos y macizos, con sus aspas inmóviles recortándose contra el horizonte como centinelas que llevaban siglos vigilando una llanura que, en aquella época del año, apenas empezaba a mostrar los primeros brotes verdes de lo que en octubre se convertiría en un mar de flores moradas.

—Bienvenida a Consuegra —dijo Ángela, que ya la esperaba junto a una furgoneta blanca con el logotipo de la cooperativa pintado en un lateral, un dibujo sencillo de una flor de azafrán con las letras COOPERATIVA SAN ISIDRO alrededor—.

Sé que en octubre esto es mucho más espectacular, con los campos en flor.

Ahora mismo lo que va a ver son más bien los preparativos para la fiesta, que este año han adelantado la celebración para hacerla coincidir con el simposio de Toledo, algo que a mí, personalmente, me pareció una idea estupenda cuando se propuso, aunque ahora, con lo que ha pasado, empiezo a tener mis dudas sobre si fue tan buena idea después de todo.

Elena subió a la furgoneta, y mientras Ángela conducía por carreteras secundarias que se alejaban del casco urbano hacia los terrenos de la cooperativa, fue observando el paisaje con atención renovada: parcelas cuadradas perfectamente delimitadas, algunas ya labradas para la próxima plantación de bulbos, otras todavía cubiertas de rastrojo seco de cultivos anteriores, y aquí y allá, pequeñas construcciones de piedra que Ángela identificó como antiguos secaderos, "de los que ya casi nadie usa, ahora todo se hace con deshidratadoras eléctricas, más rápidas y más higiénicas, aunque los que llevamos toda la vida en esto seguimos pensando que el secado tradicional le daba un matiz distinto al aroma, algo que probablemente sea más nostalgia que ciencia real. "

—¿Cuánta gente vive todavía del azafrán aquí? —preguntó Elena, sacando su cuaderno mientras la furgoneta traqueteaba sobre un camino de tierra.

—Menos de la que debería, y muchísima menos de la que vivía hace cincuenta años.

—Ángela suspiró, con ese cansancio particular de quien lleva años defendiendo un sector en retroceso frente a números que no siempre acompañan—.

La monda es un trabajo durísimo, ¿sabe? Se hace en apenas dos o tres semanas al año, en octubre, con la flor recién cortada, porque si no se separan los estigmas el mismo día de la recogida, la calidad se pierde.

Eso significa jornadas de doce, catorce horas, con familias enteras reunidas alrededor de una mesa separando hebra por hebra, generación tras generación transmitiéndose el oficio.

Los jóvenes de hoy no quieren ese ritmo de vida, y no se lo puedo reprochar, la verdad.

Por eso cada año cuesta más encontrar cuadrillas dispuestas a trabajar la monda como se ha hecho siempre.

La recogida de la flor del azafrán, un oficio transmitido de generación en generación.

La cooperativa ocupaba un conjunto de naves modernas construidas junto a un edificio más antiguo, de piedra y adobe, que Ángela señaló como "la sede original, de cuando esto era solo una asociación de pequeños productores que se juntaron para no depender de intermediarios que se quedaban con la mayor parte del margen.

" Dentro de las naves, el ambiente era una mezcla curiosa de tradición y tecnología: máquinas de envasado al vacío junto a antiguas balanzas de latón que se conservaban, según explicó Ángela, "más por cariño que por utilidad práctica", y en una sala aparte, protegida por una puerta con clave numérica, cámaras frigoríficas donde se almacenaba el producto ya envasado hasta su distribución.

—Aquí es donde guardamos el género de mayor calidad, el que va destinado a restaurantes con estrella y a exportación —explicó Ángela, tecleando el código de acceso sin ocultarlo especialmente, como quien confía en la discreción de su interlocutora—.

El lote que presentamos al concurso salió de aquí, del mismo lugar exacto donde ahora está toda esta cosecha.

Elena aprovechó la ocasión para preguntar algo que llevaba rondándole desde la mañana anterior.

—¿Quién más tiene acceso a este almacén, además de usted?

—Mis dos técnicos, los que vio en Toledo, y un par de empleados de confianza que llevan aquí más de quince años.

—Ángela cerró de nuevo la cámara frigorífica tras coger una pequeña muestra que guardó en un sobre de papel, casi por costumbre—.

¿Por qué lo pregunta? ¿Cree que el fraude que denunció Fernando salió de aquí?

—No lo sé todavía. Estoy intentando entender cómo funciona todo esto, simplemente.

Ángela la miró un momento, con una expresión que mezclaba curiosidad y algo parecido a la advertencia, aunque su tono siguió siendo tranquilo cuando volvió a hablar.

—Le voy a decir una cosa, señorita Vidal, y le pido que me crea aunque no tenga forma de demostrárselo todavía: si alguien de mi cooperativa hubiera falsificado ese lote, yo sería la primera interesada en descubrirlo y en denunciarlo públicamente, mucho antes incluso de que lo hiciera Fernando.

Mi reputación, la reputación de todos los que trabajamos aquí, vale más que cualquier premio de un concurso regional.

Llevamos generaciones construyendo la confianza de nuestros clientes, y no pienso dejar que nadie, sea quien sea, la destroce por ganar un trofeo de latón y un titular en el periódico local.

Salieron de las naves hacia el exterior, donde el viento seguía soplando con la misma constancia de antes, y caminaron un rato entre las parcelas más cercanas, con Ángela señalando aquí y allá detalles del terreno que a Elena le habrían pasado completamente desapercibidos sin la explicación: la orientación exacta de los surcos para aprovechar mejor el sol, los sistemas de riego por goteo instalados apenas una década atrás, sustituyendo métodos mucho más rudimentarios, y en la distancia, una parcela algo más grande que las demás, delimitada por un murete de piedra seca visiblemente más antiguo que el resto.

—¿Y esa parcela? —preguntó Elena, señalando hacia allí, atraída por algo en la forma en que Ángela había desviado brevemente la mirada al pasar junto a ella, un gesto casi imperceptible que Elena, sin embargo, había aprendido a detectar tras años de entrevistas.

—Esa es la parcela más antigua de toda la cooperativa.

Lleva en manos de mi familia desde hace más de siglo y medio, según cuentan los papeles.

—Ángela lo dijo con un tono neutro, casi demasiado neutro, que a Elena le sonó a algo cuidadosamente ensayado—.

La llamamos "la parcela del pleito", aunque ya casi nadie recuerda por qué exactamente, alguna historia antigua de disputas de tierras que se pierde en la memoria familiar.

Mi abuela solía contarla en las cenas de Nochebuena, pero yo ya no me acuerdo bien de los detalles, la verdad.

Elena sintió que el pulso se le aceleraba, aunque procuró mantener el tono de voz tan neutro como el de Ángela.

—¿Sabe si esa disputa tenía algo que ver con la familia Azcárate?

Ángela se detuvo en seco, y por primera vez desde que se habían encontrado en Toledo, Elena vio algo parecido a la sorpresa genuina cruzarle el rostro, seguida casi de inmediato por una cautela evidente.

—¿Por qué me pregunta eso exactamente?

—Porque un historiador de Toledo me enseñó un documento de 1887. Un litigio de tierras entre los Azcárate y los Ruipérez, por unas parcelas de azafrán cerca de Consuegra.

El silencio que siguió se alargó varios segundos, con el viento como único sonido entre ambas, agitando levemente el rastrojo seco de los campos cercanos.

—No sabía que existiera un documento —dijo finalmente Ángela, con una voz que había perdido parte de su firmeza habitual—.

Sabía que había una historia vieja, contada a medias, sin fechas ni nombres concretos más allá de "los Azcárate nos quisieron quitar la tierra hace mucho tiempo, y la justicia nos dio la razón".

Pero pensaba que era solo eso, una leyenda familiar sin más recorrido, de esas que se cuentan para dar sabor a las sobremesas.

No sabía que hubiera un documento real, con fecha y todo.

—¿Fernando lo sabía?

—No tengo ni idea. Nunca hablamos de eso directamente, en treinta años de relación profesional jamás salió el tema, ni una sola vez, aunque ahora que lo pienso...

—Ángela se quedó pensativa un momento, con la mirada perdida hacia la parcela del murete de piedra—.

Ahora que lo pienso, sí hubo una vez, hace años, en que me dijo algo raro.

Fue en una feria de muestras, en Talavera, tomando un café después de una reunión del consejo regulador.

Me dijo, medio en broma medio en serio, "algún día tendríamos que hablar de lo que pasó entre nuestras familias hace mucho tiempo, antes de que tú y yo naciéramos".

Y yo me reí, pensando que se refería a algo sin importancia, a alguna rencilla comercial antigua. Nunca volvimos a hablar de ello.

Elena anotó cada palabra con cuidado, sintiendo que acababa de confirmar algo importante, aunque todavía no supiera exactamente qué peso darle dentro del conjunto de la investigación.

Miró hacia los molinos en la distancia, con sus aspas quietas bajo el cielo azul intenso de la tarde manchega, y pensó que quizás aquella tierra, después de todo, sí que guardaba secretos capaces de sobrevivir generación tras generación, esperando pacientemente el momento de salir a la luz.

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