Capítulo 8
Capítulo
Ocho
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E ncontró a Ángela Ruipérez por casualidad, o eso quiso creer al principio, en el mercado de abastos donde había ido a comprar algo de fruta para el viaje que ya empezaba a planear en su cabeza.
Estaba junto a un puesto de especias, entre sacos de pimentón de la Vera y ristras de ajos colgadas del techo, hablando con el dueño con la familiaridad de quien lleva años haciendo negocios en la misma plaza, comentando algo sobre precios de mayorista con una soltura que delataba décadas de trato con proveedores y clientes por igual, y al ver a Elena no pareció sorprendida en absoluto, como si hubiera anticipado ese encuentro desde el momento mismo en que entró en el mercado.
—Me marcho mañana a Consuegra —dijo, sin preámbulos, como si continuara una conversación que no habían llegado a tener del todo, apartándose ligeramente del puesto de especias para hablar con más privacidad—.
Empieza la Fiesta de la Rosa del Azafrán pasado mañana, y con todo este revuelo, con la policía haciendo preguntas y los periodistas ya empezando a llamar a la cooperativa, necesito que alguien dé la cara y demuestre que el negocio serio sigue funcionando, pase lo que pase con las investigaciones.
Los productores no podemos permitirnos que un escándalo, por muy trágico que sea, nos hunda una temporada entera de ventas.
—Yo también había pensado en ir —admitió Elena, sintiendo que la conversación se encaminaba exactamente hacia donde ella esperaba, aunque sin haber tenido que forzarla en absoluto.
Ángela la estudió un momento, con una expresión que Elena no supo interpretar del todo: cálculo, quizás, la mente rápida de alguien acostumbrada a evaluar oportunidades de negocio en segundos, o simplemente cansancio de sentirse observada, analizada, sospechada constantemente desde hacía dos días.
—Ya me lo imaginaba. No es usted de las que dejan las preguntas sin terminar.
—Repitió, sin saberlo, casi las mismas palabras que Fernando le había dedicado en su primera conversación, apenas tres días antes aunque a Elena le parecieran ya semanas, y a Elena se le encogió algo por dentro al notar el eco, esa sensación extraña de escuchar la voz de un muerto reflejada, sin querer, en boca de otra persona—.
Si quiere venir, la invito. Le enseño la cooperativa, los campos, el proceso completo de la monda, cómo se separan las hebras a mano, todo el ritual que llevamos haciendo generación tras generación.
Así entenderá de primera mano por qué esto no es solo un negocio para nosotros, es...
—Buscó la palabra un segundo, con la mirada perdida hacia el techo abovedado del mercado—.
Una herencia. Con todo lo bueno y lo complicado que eso implica, con las cargas que a veces se heredan sin haberlas pedido.
Elena aceptó, aunque no dijo en voz alta que aquella palabra —herencia— resonaba de una forma muy concreta después de la conversación con Jaime Sarfatí en la sinagoga, con el documento de 1887 todavía doblado en su cuaderno como un peso silencioso que llevaba encima desde hacía dos días.
Se preguntó, mientras acordaban horarios y punto de encuentro para el autobús de la mañana siguiente, si Ángela conocería el documento, si el litigio de tierras formaba parte consciente de su discurso o si, por el contrario, era una herida tan antigua que ya ni siquiera dolía como una herida, sino que se había convertido en simple paisaje familiar, en una de esas historias que se cuentan sin pensar demasiado en su origen exacto.
Esa misma tarde, mientras hacía la maleta en el hotel, doblando con cuidado la ropa que había traído pensando en un simposio gastronómico y no en una investigación que empezaba a extenderse geográficamente más de lo previsto, recibió un mensaje del inspector al cargo del caso —un hombre discreto llamado Cifuentes con el que había cruzado un par de conversaciones breves desde el hallazgo del cuerpo, siempre educadas pero cautelosas por ambas partes— confirmando lo que Elena ya sospechaba a medias desde el primer momento: la autopsia preliminar apuntaba a una intoxicación provocada, probablemente introducida en la infusión que Fernando solía prepararse por las noches para no quedarse dormido revisando muestras.
El informe toxicológico completo tardaría todavía varios días en estar listo, dado que el laboratorio de referencia estaba en Madrid y los envíos tardaban lo suyo, pero el inspector, con una honestidad que Elena agradeció y que interpretó como una forma discreta de pedirle colaboración sin decirlo abiertamente, le reconoció que el caso ya no se investigaba como muerte natural ni accidental, sino como homicidio.
Cualquier información que tenga sobre el entorno profesional de la víctima nos sería útil , terminaba el mensaje, con una formalidad que no ocultaba del todo cierta urgencia.
Elena consideró, un instante, compartir con el inspector todo lo que había reunido hasta entonces: el fraude denunciado en el concurso, la mirada de dos segundos entre Fernando y Álvaro Medina, el lapsus verbal del chef, el documento de 1887 con la disputa de tierras entre Azcárate y Ruipérez, la fecha de caducidad de la oferta de Grupo Saboría que coincidía tan sospechosamente con el momento del crimen.
Decidió, finalmente, escribir un resumen breve y honesto de los hechos más objetivos —fechas, nombres, la denuncia pública del concurso, sin entrar todavía en interpretaciones propias que pudieran resultar prematuras—, aunque conservó para sí misma la intención de seguir tirando del hilo por su cuenta, con la discreción de quien sabe que la gente habla de otra manera con una periodista curiosa, casi amiga, que con un inspector de policía uniformado que representa la autoridad formal del Estado.
A la mañana siguiente, mientras el autobús salía de Toledo en dirección a Consuegra, atravesando un paisaje que iba abriéndose poco a poco desde el amasijo de piedra de la ciudad hacia la llanura infinita de La Mancha, con extensiones de viñedo que se sucedían a ambos lados de la carretera intercaladas con algún que otro olivar disperso, Elena repasó sus notas una última vez, con el cuaderno abierto sobre las rodillas y el traqueteo del autobús como fondo constante.
Diego, con un motivo económico demasiado evidente para no resultar sospechoso, y demasiado evidente, también, para no resultar sospechosamente conveniente, casi como si alguien hubiera querido dejar ese rastro a propósito para que la investigación se estancara en él.
Ángela, con una rivalidad centenaria que ahora tenía nombre, apellido y fecha en un documento notarial, pero también con una defensa demasiado coherente, demasiado bien construida, como para descartarla del todo sin más indagación.
Álvaro Medina, con un lapsus verbal y una mirada que dos días después seguía pesando en su memoria más que cualquier otra cosa que hubiera visto en Toledo, y con una reacción defensiva que superaba con creces lo que un simple disgusto comercial habría justificado.
Y detrás de los tres, como un cuarto sospechoso silencioso e imposible de interrogar directamente, la propia tierra: los campos morados que ya empezaban a asomar tras la ventanilla del autobús a medida que se acercaban a Consuegra, extensiones enteras teñidas de un violeta pálido que Elena no había visto nunca en persona, solo en fotografías de revistas gastronómicas, con los primeros molinos de Consuegra recortándose contra el horizonte como centinelas de piedra que llevaban siglos guardando un secreto que Elena estaba a punto de empezar a desenterrar, capa a capa, igual que se desentierran las raíces de una planta sin saber muy bien, hasta el final, cuánto se extienden bajo la superficie.
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PARTE SEGUNDA
Consuegra
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