Capítulo 7
Capítulo
Siete
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L a llamada de Diego llegó esa misma noche, más tarde de lo que Elena esperaba, con una voz que sonaba a whisky de más y a horas sin dormir acumuladas desde el día anterior.
Elena, que ya se había metido en la cama con la intención de leer un rato antes de dormir, se incorporó de golpe al ver el nombre en la pantalla, con esa alerta inmediata que la acompañaba siempre que un sospechoso, o alguien cercano a la investigación, decidía dar el paso de llamarla directamente en lugar de esperar a un encuentro casual.
—Necesito hablar con usted. En persona, si puede ser. Mañana, si le viene bien.
Quedaron a la mañana siguiente en una cafetería discreta cerca de la Plaza de Zocodover, de esas con mesas de mármol pequeñas y camareros que no preguntan demasiado, lejos de la judería, lejos del obrador cerrado con precinto policial que Diego, según le confesó nada más sentarse, con la voz todavía ronca del cansancio acumulado, no había vuelto a pisar desde el día del hallazgo, ni siquiera para recoger algo de ropa de la casa familiar que quedaba justo encima de la tienda.
—La policía me ha interrogado tres veces —dijo, removiendo un café que no parecía tener intención de bebérselo, dejando que se enfriara lentamente en la taza mientras hablaba—.
Siempre las mismas preguntas, formuladas de formas distintas, como si esperaran que en algún momento me contradijera y confesara algo que en realidad no hice.
Ese inspector, Cifuentes, tiene una paciencia infinita para repetir la misma pregunta con palabras diferentes, se lo aseguro.
—¿Y qué les ha dicho?
—La verdad. Que discutí con mi padre la tarde antes de morir, delante de usted incluso, así que ya tienen un testigo directo de esa discusión si es que necesitan corroborarlo.
Que llevaba meses insistiéndole en que vendiera el negocio.
Que había una oferta sobre la mesa que tenía fecha de caducidad, dos días después de su muerte, un detalle que por supuesto no ha pasado desapercibido para nadie, ni para la policía ni para mí mismo cuando lo pienso de noche, sin poder dormir.
—Diego levantó la vista, con una mezcla de rabia y agotamiento en los ojos que Elena reconoció de conversaciones similares en otros casos, esa expresión particular de quien se sabe atrapado en una lógica que no puede desmontar por mucho que la verdad, en su cabeza, sea completamente distinta—.
Y que sí, joder, que en algún momento de este último año llegué a pensar que si mi padre no aceptaba entrar en razón por las buenas, terminaría arruinando lo poco que quedaba del negocio por las malas, aferrado a un orgullo que ya no nos podíamos permitir, con los márgenes cada vez más ajustados y la competencia de grandes distribuidoras cada vez más agresiva.
Elena dejó que la confesión se asentara antes de preguntar lo obvio, dándole a Diego unos segundos de silencio que él pareció agradecer, removiendo de nuevo el café sin llegar a probarlo.
—¿Por qué me cuenta esto? Sabe que puede parecer un motivo, y bastante sólido además.
—Porque prefiero que lo sepa por mí antes de que se lo cuente algún vecino con ganas de protagonismo, adornado de la peor manera posible, que en esta ciudad las noticias vuelan y se deforman a partes iguales.
—Diego sacó la carpeta que había llevado también al obrador el día que Elena lo conoció, más gastada ahora en los bordes, como si la hubiera abierto y cerrado decenas de veces en las últimas horas, y la abrió sobre la mesa de mármol—.
Mire. Esto es la oferta de Grupo Saboría, la distribuidora.
Llevan meses detrás del negocio, no solo por la marca, sino por los contactos de mi padre con productores de primera, por su reputación de catador, algo que en el sector vale más que cualquier inventario físico.
Le ofrecían una cifra que nos habría permitido, a mí y a mi madre, vivir tranquilos el resto de nuestras vidas, sin las preocupaciones económicas que llevamos arrastrando desde hace años.
Elena repasó los documentos por encima, con permiso de Diego: cláusulas legales redactadas en un lenguaje deliberadamente enrevesado, cifras que efectivamente parecían generosas a simple vista, una fecha de vencimiento marcada en rojo en la última página que caía, comprobó con un escalofrío que le recorrió la espalda pese al calor de la mañana, justo dos días después de la muerte de Fernando.
—¿Su padre sabía que la oferta caducaba tan pronto?
—Lo sabía. Y le daba igual, completamente igual.
—Diego resopló, con una mezcla de admiración involuntaria y frustración antigua en el gesto—.
Decía que prefería que el negocio muriera con dignidad, siendo lo que siempre había sido, antes que venderlo a una empresa que lo convertiría en una marca blanca de supermercado, sin nombre propio, sin historia detrás.
"Cien años de nariz no se venden en un contrato de veinte páginas", me dijo la última vez que hablamos del tema en serio, hace como un mes.
Y yo, en cambio, veía los números, veía que cada año que pasaba ganábamos menos, que la clientela de siempre se hacía mayor y no la reemplazaba gente joven dispuesta a pagar lo que vale el azafrán de verdad.
—¿Su padre sabía que la oferta caducaba tan pronto? —repitió Elena, esta vez ampliando la pregunta—. Y ahora, con él muerto, ¿qué pasa con esa oferta?
—Sigue sobre la mesa. Grupo Saboría me ha escrito esta misma mañana, con el pésame de rigor y, dos párrafos después, preguntando si quiero retomar la negociación ahora que la decisión depende solo de mí.
—Diego cerró la carpeta, con un gesto brusco que delataba más frustración acumulada que ira reciente, casi golpeando la mesa con el canto de la carpeta—.
Ni siquiera han esperado a que enterremos a mi padre, señorita Vidal.
Eso le puede dar una idea del tipo de gente con la que estamos hablando, y también, imagino, de por qué mi padre desconfiaba tanto de ellos desde el principio.
—Eso no le hace parecer más inocente, Diego, si me permite ser sincera.
—Lo sé. —Se rio, sin ninguna alegría en el gesto, una risa corta y amarga—.
Créame que lo sé perfectamente, lo pienso cada cinco minutos desde que encontré el cuerpo.
Pero yo no maté a mi padre por una oferta de venta, señorita Vidal.
Si hubiera querido forzar las cosas, habría bastado con esperar, con dejar que el tiempo hiciera su trabajo.
Tenía sesenta y ocho años y una tensión que no se cuidaba como debía, se lo puede confirmar su propio médico de cabecera si hace falta.
El tiempo jugaba a mi favor sin que yo tuviera que hacer absolutamente nada, sin ensuciarme las manos de ninguna manera.
Elena consideró el argumento. Tenía su lógica fría, casi demasiado fría para resultar tranquilizadora del todo, pero no dejaba de ser un argumento razonable, el tipo de razonamiento que un inocente desesperado por demostrar su inocencia podía construir con la misma facilidad que un culpable inteligente intentando desviar sospechas.
Decidió cambiar el ángulo de la pregunta, buscando algo que Diego no hubiera tenido tiempo de preparar de antemano.
—El día del concurso, cuando su padre hizo la denuncia pública... ¿usted sabía de antemano lo que iba a decir?
Diego negó con la cabeza, sin dudar esta vez.
—No tenía ni idea, se lo juro. Llegué tarde esa mañana, de hecho, porque tuvimos otra discusión antes de salir de casa, sobre lo mismo de siempre, sobre la oferta, sobre el futuro del negocio.
Cuando entré en el salón de actos, ya estaba terminando de hablar.
Solo capté el final, algo sobre una semana de plazo, y no entendí bien de qué estaba hablando hasta que salí y la gente empezó a comentarlo entre susurros por todo el patio.
—¿Y no le sorprendió que no diera nombres?
—Me sorprendió que no me lo hubiera contado a mí antes, mucho más que el hecho de que no diera nombres en público.
—Por primera vez desde que se habían sentado, la voz de Diego se quebró ligeramente, y tuvo que hacer una pausa antes de continuar, mirando fijamente la taza de café ya completamente fría—.
Llevábamos meses sin hablarnos de nada que no fuera dinero y la maldita oferta de venta, discutiendo cada vez que coincidíamos en la tienda o en casa.
Pero eso, lo del fraude, lo de la denuncia que preparaba...
eso era importante para él, era su forma de defender lo único que le importaba de verdad además de la familia, y no me lo contó.
Ni siquiera a mí, que se supone que iba a heredar todo esto algún día, para bien o para mal.
Elena entendió, en ese momento, que el silencio de Fernando hacia su propio hijo decía tanto como cualquier otra pista que hubiera recogido hasta entonces.
Un hombre que guarda un secreto tan grande incluso de su heredero no está protegiendo solo un negocio: está protegiendo algo, o a alguien, con una discreción casi obsesiva, quizás incluso protegiendo al propio Diego de una información que podría haberlo puesto en peligro de saberla.
—Diego, ¿su padre alguna vez mencionó a Ángela Ruipérez de una forma... personal? ¿No solo como competidora comercial?
La pregunta pareció desconcertarlo, y se tomó unos segundos antes de responder, rebuscando en la memoria.
—Alguna vez, sí, aunque nunca le di importancia en su momento.
Decía cosas como "los Ruipérez y nosotros llevamos peleándonos por lo mismo desde antes de que tú nacieras", con ese tono suyo de resignación medio en broma que usaba para casi todo lo relacionado con el negocio.
Pensaba que se refería a la competencia comercial normal entre familias del mismo sector, sin más trasfondo.
¿Por qué lo pregunta? ¿Hay algo que yo no sepa?
Elena decidió no compartir todavía el documento de 1887, consciente de que Diego cargaba ya con suficiente peso emocional como para añadirle una capa histórica que quizás no llevara a ninguna parte concreta, y que en cualquier caso prefería confirmar mejor antes de convertirla en tema de conversación con cualquiera de los implicados.
—Solo estoy atando cabos sueltos, todavía es pronto para sacar conclusiones.
—Guardó la respuesta junto al documento de 1887 que llevaba en el cuaderno, cada vez más convencida de que aquella rivalidad centenaria formaba parte del paisaje de fondo de todo aquello, aunque todavía no supiera si era la causa directa del crimen o solo su decorado histórico, el ruido de fondo sobre el que se había cometido un asesinato con motivos mucho más recientes.
Se despidió de Diego con la promesa, ya repetida en más de una ocasión, de seguir investigando, y con una certeza nueva y algo más sólida que la del día anterior: fuera quien fuera el asesino de Fernando Azcárate, el hijo que tenía delante, agotado y confundido, con los ojos enrojecidos y la voz quebrándose a ratos, parecía cargar con demasiadas sospechas y muy pocos motivos reales para merecerlas todas juntas.
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