Capítulo 6
Capítulo
Seis
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J aime Sarfatí respondió al mensaje de Elena a primera hora de la mañana siguiente, proponiendo que se vieran en un lugar que, según sus propias palabras, "explicaba mejor que cualquier discurso" lo que ella necesitaba entender: la Sinagoga del Tránsito, hoy convertida en Museo Sefardí, a pocos pasos de la judería, en una calle tan estrecha que el sol apenas conseguía colarse entre las fachadas antes de mediodía.
Elena caminó hasta allí dando un rodeo deliberado por el barrio, dejando que la ciudad la fuera preparando poco a poco para la conversación que la esperaba: pasó junto a tiendas de recuerdos que vendían estrellas de David de latón junto a espadas toledanas de imitación, junto a una pastelería que anunciaba mazapanes artesanales en un escaparate cubierto de polvo dorado, junto a una placa conmemorativa medio oculta por una enredadera que recordaba, en letras ya casi ilegibles, la existencia de una antigua sinagoga menor desaparecida siglos atrás.
Toda la ciudad, pensó, era una superposición de capas, como las hojas de un damasquinado donde el oro se incrusta en el acero sin llegar nunca a fundirse del todo con él, conviviendo pero sin mezclarse.
Una calle del casco histórico de Toledo.
Encontró a Jaime esperando junto a la entrada, con el mismo aire ligeramente despistado que recordaba de la recepción del primer día: gafas de pasta gruesa que no dejaban de resbalarle por el puente de la nariz, una carpeta de cartón bajo el brazo que parecía sostener papeles más viejos que él mismo, y una forma de hablar que sonaba a clase magistral incluso cuando solo estaba saludando o comentando el buen tiempo que hacía esa mañana.
—Gracias por venir hasta aquí —le dijo, guiándola hacia el interior, donde la luz entraba filtrada por celosías de yeso labrado con una filigrana que parecía tejida más que tallada, proyectando sobre el suelo de piedra sombras geométricas que se desplazaban lentamente con el paso de las horas—.
Me parecía importante que lo viera con sus propios ojos antes de que le contara nada.
Este lugar es el corazón de lo que le voy a explicar, y las palabras solas nunca consiguen transmitir del todo lo que transmite la piedra cuando uno se toma el tiempo de mirarla despacio.
Caminaron entre las inscripciones hebreas que cubrían las paredes, versículos de salmos entrelazados con motivos vegetales de una delicadeza casi imposible, y Sarfatí fue señalando, con la familiaridad de quien lleva años dando ese mismo paseo a estudiantes, turistas y algún que otro investigador despistado, los versículos tallados en yeso, las estrellas de ocho puntas que se repetían en la decoración como un motivo obsesivo, el artesonado de madera que todavía conservaba, según explicó, restos de policromía original recuperados en una restauración de los años ochenta.
—Toledo fue, durante siglos, el lugar donde convivieron —a veces en armonía, a veces no tanto, hay que ser honestos con la historia y no idealizarla en exceso— tres culturas que compartían, entre otras cosas, una misma cocina, un mismo paladar formado por los mismos productos de la tierra.
Y el azafrán estaba en el centro de esa cocina compartida, quizás como pocos productos lo estuvieron.
—Se detuvo frente a una vitrina con antiguos manuscritos, algunos de ellos abiertos por páginas con recetas anotadas al margen en una caligrafía diminuta—.
Los sefardíes lo usaban en guisos de fiesta, en el hamin del sábado que se dejaba cocinando toda la noche del viernes para no encender fuego en día de descanso, con el azafrán dándole ese color dorado tan característico.
Los mudéjares lo incorporaron a sus dulces y a su medicina, siguiendo tratados médicos que venían de Al- Ándalus y que recomendaban el azafrán para casi cualquier dolencia imaginable.
Y cuando unos y otros fueron expulsados o convertidos por la fuerza, a finales del siglo XV y durante el siglo XVI, el azafrán se quedó, como se quedan siempre las cosas que ya forman parte de la tierra y de las manos que la trabajan, mucho después de que se hayan borrado los nombres de quienes las trajeron.
—¿Y eso qué tiene que ver con Fernando Azcárate? —preguntó Elena, aunque intuía ya, por el tono con que Sarfatí había ido construyendo su explicación, que la respuesta no iba a ser sencilla ni breve.
Sarfatí sonrió, con la paciencia de un profesor que sabe que está a punto de llegar a la parte interesante de la clase, la parte que hace que todo lo anterior cobre sentido de golpe.
—La familia Azcárate no siempre se llamó Azcárate.
—Sacó de su carpeta una fotocopia amarillenta, un documento notarial escrito en una caligrafía apretada y difícil de descifrar, con manchas de humedad en los bordes que sugerían décadas, quizás siglos, de mal almacenamiento en algún archivo olvidado—.
Encontré esto hace unos meses, investigando los archivos del antiguo consejo de la judería para un trabajo sobre apellidos toledanos de origen converso, un tema que llevo estudiando, sin exagerar, desde hace más de quince años.
Es un litigio de tierras de 1887, en Consuegra, entre una familia de apellido Azcárate y otra de apellido... Ruipérez.
Elena sintió que se le aceleraba el pulso, y tuvo que contener el impulso de coger el documento de las manos de Sarfatí antes de que él terminara de explicarlo.
—¿Ruipérez? ¿Como Ángela?
—Como Ángela, sí, aunque no sé todavía con certeza si son descendientes directas o solo comparten apellido, que en esa zona de La Mancha es más común de lo que parece a primera vista, precisamente por lo cerradas que han sido siempre esas comunidades rurales a la hora de casarse fuera del entorno inmediato.
Habría que revisar los registros parroquiales para confirmarlo con exactitud, algo que todavía no he tenido tiempo de hacer.
—Sarfatí le tendió la fotocopia para que la examinara con sus propios ojos, sosteniéndola con el cuidado de quien maneja algo frágil—.
El litigio trata sobre unas parcelas de cultivo de azafrán que, según el documento, habían pertenecido originalmente a una familia conversa de apellido distinto, un apellido que aparece tachado y reescrito varias veces en el propio documento, como si el escribano no supiera bien cómo referirse a ellos, que las perdió durante las conversiones forzosas del siglo XVI y que, generaciones después, sus descendientes —ya con el apellido Azcárate, adoptado en algún momento del siglo XVIII según puedo deducir de otros documentos relacionados— intentaron recuperar por vía legal, alegando un derecho ancestral sobre esas tierras concretas.
—¿Y qué pasó?
—La familia Ruipérez, que llevaba cultivando esas mismas tierras desde hacía generaciones, sin ninguna responsabilidad directa en la pérdida original de los Azcárate, se opuso al litigio con toda lógica desde su punto de vista, y ganó el pleito tras un proceso que, según puedo reconstruir por las anotaciones del expediente, se alargó casi seis años y arruinó, literalmente, a la parte demandante en costas judiciales.
—Entonces los Azcárate perdieron las tierras dos veces. Primero por la conversión forzosa, y después en los tribunales, frente a la misma familia que las trabajaba.
—Exacto, y con una diferencia de tiempo tan grande entre una pérdida y otra que casi parece diseñada para hacer más doloroso el recuerdo.
—Sarfatí se sentó en un banco de piedra junto a la vitrina, invitando a Elena con un gesto a que hiciera lo mismo—.
Y en mi experiencia, señorita Vidal, después de años estudiando estas historias familiares, ese tipo de agravios no desaparecen solo porque pasen ciento cuarenta años.
A veces se transforman. Se convierten en historia familiar, en anécdota que se cuenta en las comidas de Navidad medio en broma, en una rabia sorda que se hereda sin que nadie explique del todo por qué existe, hasta que un día alguien, sin darse cuenta, actúa movido por un rencor que ni siquiera es del todo suyo, sino de su bisabuelo.
Elena pensó de inmediato en Ángela Ruipérez, en su defensa tan ensayada, en su insistencia en que respetaba a Fernando pese a la rivalidad comercial, en aquella frase que le había dicho la noche de la recepción: llevamos casi treinta años compitiendo por los mismos clientes, y eso, en este negocio, es casi como llevar treinta años casados.
Pensó también en si Fernando conocería esa historia, si la habría mencionado alguna vez delante de su hijo, y recordó de inmediato lo que Diego le había contado apenas un rato antes de esta misma cita, sin que ella entendiera todavía del todo su importancia: decía cosas como los Ruipérez y nosotros llevamos peleándonos por lo mismo desde antes de que tú nacieras.
—¿Cree que esto tiene algo que ver con su muerte?
Sarfatí se quitó las gafas y las limpió con la manga de la camisa, en un gesto que parecía darle tiempo para pensar la respuesta con el rigor que, intuía Elena, exigía a cualquier afirmación histórica antes de darla por buena.
—No lo sé con certeza, y como historiador me incomoda aventurar conclusiones sin pruebas suficientes, es una deformación profesional que ya me habrá notado.
Puede que sea solo una coincidencia de apellidos y una vieja historia sin importancia real para el presente, uno de esos hilos sueltos que toda ciudad antigua arrastra sin que signifiquen nada concreto.
Pero si me pregunta mi intuición de historiador, más que mi rigor académico...
—Hizo una pausa, mirando hacia las inscripciones hebreas de la pared opuesta, como si buscara allí las palabras exactas—.
Las historias de tierras robadas no suelen quedarse enterradas del todo.
Alguien, en algún momento, siempre acaba tirando del hilo, aunque no sea consciente de estar haciéndolo, aunque crea que está actuando por motivos completamente distintos, más inmediatos, más mundanos.
—¿Existe algún documento más reciente? ¿Alguna prueba de que esta historia siguiera viva entre las dos familias en los últimos años?
—Nada que yo haya encontrado todavía, aunque no he buscado exhaustivamente en esa dirección concreta, mi investigación original tenía otro enfoque.
—Sarfatí guardó la fotocopia de nuevo en su carpeta, aunque sacó otra copia idéntica de un segundo compartimento, como si hubiera anticipado que Elena la necesitaría—.
Pero le voy a dar esto, quédesela usted, yo tengo el original a buen recaudo.
Si decide investigar más, quizás le convenga visitar el archivo municipal de Consuegra, donde deberían conservarse los registros catastrales posteriores al pleito, que podrían mostrarle cómo evolucionó la propiedad de esas parcelas concretas en el siglo siguiente.
A veces la tierra habla más claro que cualquier documento notarial.
Salieron juntos de la sinagoga poco después, cuando el sol ya calentaba con fuerza las calles estrechas de la judería, y antes de despedirse, Sarfatí insistió una última vez en que Elena guardara el documento "por si acaso resultaba útil", con una seriedad que contrastaba con el tono ligeramente académico que había mantenido durante toda la visita.
Elena la dobló con cuidado y la metió en su cuaderno, junto a las notas de las entrevistas del día anterior, consciente de que acababa de añadir un hilo más a una madeja que, lejos de simplificarse, se complicaba con cada persona que hablaba con ella.
Aquella tarde, mientras caminaba de vuelta al hotel bajo el sol ya alto de mayo, sintiendo el calor reflejarse en las piedras doradas de las fachadas, tomó una decisión que llevaba fraguándose desde la mañana: necesitaba ver aquellas tierras con sus propios ojos, pisar el mismo suelo que había enfrentado a dos familias durante generaciones, hablar con gente que quizás recordara historias que ni siquiera constaban en ningún archivo municipal.
Y la ocasión no podía ser mejor, porque en apenas dos días comenzaba, en Consuegra, la Fiesta de la Rosa del Azafrán, y Ángela Ruipérez, sin saberlo todavía del todo, acababa de convertirse en la puerta de entrada perfecta hacia ese mundo cerrado de campos morados y molinos centenarios.
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