La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

Capítulo

Cinco

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E l simposio, oficialmente "suspendido por respeto a la familia", se convirtió esa misma tarde en un hervidero informal de rumores que corrían de mesa en mesa, de habitación en habitación, con la velocidad propia de una noticia que todo el mundo quería comentar pero nadie se atrevía a comentar demasiado alto.

Elena lo comprobó nada más entrar en el vestíbulo del hotel donde se alojaban la mayoría de los ponentes: pequeños grupos de dos o tres personas, hablando en voz baja junto a las columnas de mármol, callándose de golpe cuando alguien se acercaba demasiado, con esa mezcla de curiosidad morbosa y prudencia profesional que Elena había visto repetirse, con pequeñas variaciones, en cada uno de sus seis libros anteriores.

Decidió empezar por lo más sencillo, o al menos por lo que parecía más sencillo en apariencia: hablar con la organización para entender quién había estado en la ciudad, en qué hotel, y con qué coartada para la noche anterior.

La respuesta que obtuvo, cortesía de una organizadora todavía visiblemente afectada —los ojos hinchados, la voz quebrada cada pocas frases—, no la sorprendió del todo: casi todos los ponentes principales se alojaban en el mismo hotel palaciego donde se había celebrado la recepción de bienvenida, a apenas quince minutos a pie del obrador de los Azcárate, un detalle logístico que, en circunstancias normales, habría pasado completamente desapercibido, pero que ahora adquiría un peso distinto.

Casi todos, salvo Ángela Ruipérez, que se había quedado en un hostal más modesto cerca de la estación, "para no gastar de más en dietas", según explicó ella misma cuando Elena consiguió, tras una espera incómoda en el vestíbulo del hotel principal, sentarse a hablar con ella en un rincón apartado de la cafetería, lejos de oídos indiscretos.

—Sé lo que está pensando —dijo Ángela, sin rodeos, en cuanto Elena se presentó como periodista y mencionó el discurso del día anterior, apenas Elena había tenido tiempo de formular la primera pregunta—.

Que yo tenía motivos. Que mi cooperativa competía directamente con el lote que Fernando señaló.

Que soy la sospechosa obvia, la rival de toda la vida que por fin encontró la excusa perfecta.

—No he dicho nada de eso.

—No hace falta que lo diga. Lo llevo viendo en la cara de todo el mundo desde ayer por la tarde, incluso antes de que se supiera lo que había pasado esta mañana.

—Ángela se recostó en el sillón de la cafetería, con los brazos cruzados sobre el pecho, aunque su tono era más cansado que hostil, más el de alguien que ha tenido que defenderse tantas veces de la misma sospecha que ya no le queda energía para indignarse—.

Mire, le voy a ahorrar tiempo, porque me consta que va usted a preguntármelo de todas formas, con más rodeos o con menos.

Sí, mi cooperativa presentó un lote a concurso.

No, no era el número siete. El mío quedó tercero, con una puntuación decente pero sin premio.

Puede comprobarlo con la organización si quiere, los números no mienten, aunque las personas sí lo hagan a veces.

—¿Y sabe de quién era el lote número siete?

Ángela dudó, por primera vez desde que había empezado a hablar, antes de responder, mirando un momento hacia la ventana de la cafetería, donde un grupo de turistas pasaba en ese instante siguiendo a un guía con paraguas amarillo.

—Tengo una sospecha, igual que la tenía Fernando, imagino, aunque él nunca me la confirmó directamente.

Pero no voy a decir un nombre sin pruebas, porque en este mundillo una acusación mal hecha te destroza la reputación de la noche a la mañana, tengas razón o no, y yo llevo demasiados años construyendo la mía como para arriesgarla en una acusación precipitada.

—Se inclinó hacia adelante, bajando ligeramente el tono, aunque sin llegar al susurro—.

Lo que sí le puedo decir es que Fernando y yo llevábamos años enfrentados por cosas de negocio, de precios, de cuotas de mercado, de quién se quedaba con qué distribuidor cada temporada...

pero lo respetaba profundamente, más de lo que él probablemente imaginaba.

Era el único catador de esta región capaz de detectar una mezcla al primer olfateo, sin instrumental, solo con la nariz y cuarenta años de experiencia acumulada en esa nariz.

Perder a alguien así es perder patrimonio, no solo un competidor incómodo.

—¿Dónde estaba usted anoche, entre la medianoche y las seis de la mañana?

La pregunta, formulada con la naturalidad de quien ya la ha hecho antes en otras investigaciones, no pareció incomodar a Ángela tanto como Elena esperaba.

—En el hostal, durmiendo, sola en mi habitación.

No tengo testigos, si es lo que me está preguntando de forma indirecta.

Los productores de campo no solemos viajar con acompañante a este tipo de eventos, señorita Vidal.

Solemos ir solos, con la maleta llena de muestras y la cabeza llena de números.

—Esbozó una sonrisa sin demasiada alegría—.

Supongo que eso me convierte en sospechosa perfecta, sin coartada y con motivo aparente.

Pero le repito lo que ya le he dicho: respetaba a Fernando.

Y aunque no lo respetara, no soy de las que resuelven sus problemas envenenando infusiones.

Si hubiera querido hacerle daño a Fernando Azcárate, lo habría hecho hace veinte años, con un poco de mala publicidad bien colocada entre nuestros clientes comunes.

Esas cosas también matan un negocio, ¿sabe? , solo que más despacio.

Elena anotó la respuesta, consciente de que Ángela hablaba con la fluidez de quien ya ha ensayado mentalmente esa misma defensa varias veces desde la mañana, quizás incluso delante del espejo del hostal antes de bajar a desayunar.

No la descartó como sospechosa, pero tampoco la sintió, todavía, como la pieza que encajaba del todo en el rompecabezas que empezaba a formarse en su cabeza.

La segunda conversación de la tarde fue mucho más breve, y bastante más incómoda.

Álvaro Medina la recibió en la cocina vacía de su restaurante, entre acero inoxidable reluciente y el silencio poco habitual de los fogones apagados a media tarde, un silencio que a Elena le resultó casi opresivo comparado con el bullicio que había presenciado allí mismo apenas dos noches antes.

Llevaba la chaquetilla desabrochada y el cansancio marcado bajo los ojos, aunque mantenía esa cortesía profesional que Elena ya le había visto la noche de la recepción, una cortesía que parecía funcionar casi por inercia, como un mecanismo bien entrenado que seguía activo incluso en las peores circunstancias.

No era la primera vez que Elena se sentaba a solas con un chef que sonreía un poco de más; ya se lo había enseñado, años atrás, la destilería de las Tierras Altas: aquella cortesía de cocina rara vez desaparecía, ni siquiera cuando el motivo real para sonreír llevaba tiempo agotado.

—Una tragedia terrible —dijo, en cuanto Elena mencionó a Fernando, secándose las manos con un paño que llevaba colgado del hombro, un gesto automático de cocinero que parecía necesitar tener las manos ocupadas—.

Le compraba azafrán a él desde hace años.

El mejor de la ciudad, sin discusión, el único que aceptaba usar en mis platos con estrella, si me permite la broma de mal gusto en un momento así.

—¿Compraba, en pasado?

—Compro, quería decir. —La corrección llegó un pelín demasiado rápida, casi atropellada, y Elena vio cómo Álvaro se recomponía visiblemente, aclarándose la garganta antes de continuar—.

Es que todavía no me hago a la idea, discúlpeme.

Llevo toda la mañana en una especie de niebla, sin conseguir concentrarme del todo en nada, ni siquiera en la carta de esta noche, que por cierto voy a tener que rehacer porque llevaba varios platos que dependían directamente de su azafrán.

Elena dejó pasar el lapsus, aunque lo guardó con cuidado, junto a la mirada de dos segundos de más que había presenciado el día anterior en el concurso, dos piezas pequeñas que empezaban a encajar de una forma que todavía no sabía nombrar con precisión.

—¿Sabía usted algo del lote falsificado del que habló ayer en el concurso?

—Todo el mundo en esta sala oyó lo mismo que usted, señorita Vidal.

—Álvaro se cruzó de brazos, con un gesto que a Elena le pareció más defensivo que ofendido, casi una postura corporal de repliegue, de quien necesita poner una barrera física entre él y la pregunta—.

Fernando no dio nombres, fue muy claro en eso, casi ceremonioso al decirlo.

No sé por qué habría de sentirme aludido yo más que cualquier otro cocinero de esta ciudad que compra azafrán al por mayor para sus cartas de temporada.

—Nadie ha dicho que se sintiera aludido.

Álvaro sonrió, pero fue una sonrisa corta, sin la calidez profesional de costumbre, más un rictus que una expresión sincera de humor.

—No hacía falta que lo dijera, señorita Vidal.

Se nota en cómo hace las preguntas, con ese tonito de investigadora de novela que, disculpe que se lo diga, ya he empezado a notar desde que la conocí en la recepción.

Sé quién es usted, he leído alguno de sus libros, mi mujer es fan declarada de la serie.

Pero esto no es una de sus novelas. Es la muerte de un buen hombre, y a mí me gustaría llorarla en paz, si no le importa.

La conversación se cerró ahí, con una educada pero firme invitación a que Elena se fuera, alegando que tenía que preparar el servicio de la noche pese a que, según le habían dicho, el restaurante permanecería cerrado por respeto a Fernando, un dato que Elena no dejó de anotar mentalmente como una pequeña contradicción más entre tantas otras.

Salió a la calle con la sensación, ya familiar en sus investigaciones anteriores, de que acababa de tocar algo sensible sin saber todavía exactamente qué era, algo que Álvaro Medina protegía con más energía de la que un simple disgusto profesional justificaría.

Esa noche, sentada en la habitación del hotel con sus notas desplegadas sobre la cama —Diego y su oferta de venta con fecha de caducidad inquietantemente próxima, Ángela y su cooperativa de segunda posición sin coartada nocturna, Álvaro y su lapsus verbal junto a una defensiva desmedida—, Elena tuvo la sensación de que le faltaba una pieza que no era ninguna de las tres personas que había entrevistado esa tarde, sino algo más profundo, más viejo, enterrado en la propia tierra que producía el azafrán desde hacía siglos.

Pensó de nuevo en la tarjeta de Jaime Sarfatí, en la cita confirmada para el día siguiente en la Sinagoga del Tránsito, y decidió que necesitaba entender mejor la historia que se escondía detrás del negocio de los Azcárate antes de poder ver con claridad quién, de entre todos los sospechosos, tenía verdaderamente algo que perder.

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