La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 4
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Capítulo 4

Capítulo

Cuatro

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L a noticia llegó a Elena antes del desayuno, a través de un mensaje escueto de la organizadora del simposio: Han encontrado a Fernando Azcárate muerto esta mañana en su tienda.

La jornada de hoy queda cancelada. No había más detalles, y esa ausencia de información le resultó, de algún modo, más inquietante que cualquier dato concreto.

Leyó el mensaje dos veces, sentada en el borde de la cama todavía en pijama, con la luz de la mañana entrando tímida por las rendijas de la persiana, y sintió esa mezcla de incredulidad y náusea que siempre acompañaba a las noticias que, en el fondo, uno ya se temía sin querer admitirlo.

Se vistió deprisa, sin apenas mirarse al espejo, y salió del hotel sin terminar el café que había pedido por costumbre más que por hambre.

Caminó las mismas calles que dos días antes la habían llevado, con curiosidad periodística y cierta ilusión profesional, hasta el obrador de los Azcárate.

Esa mañana las recorrió con un nudo distinto en el estómago, uno que reconocía de sobra de sus seis libros anteriores, ese peso concreto que se instalaba en el cuerpo cuando la investigación dejaba de ser un ejercicio intelectual y se convertía en algo con consecuencias reales, irreversibles, que ya no admitían vuelta atrás.

La ciudad, tan luminosa y despreocupada la tarde anterior, le pareció esa mañana más silenciosa de lo habitual, como si las propias piedras hubieran registrado ya la noticia y hubieran decidido guardar un luto discreto.

Un cordón policial improvisado —dos agentes locales y una cinta amarilla que alguien había atado torpemente entre una farola y la reja de la tienda de enfrente, ondeando levemente con la brisa de la mañana— cerraba el acceso a la calle estrecha donde se encontraba Azafranes Azcárate .

Un grupo pequeño de vecinos y curiosos se había congregado a una distancia prudente, hablando en voz baja, con esa mezcla de morbo y respeto que acompaña siempre a las tragedias ajenas, algunos con bolsas de la compra todavía en la mano, como si hubieran interrumpido su rutina matutina al toparse con el despliegue policial.

Elena reconoció, entre el grupo, a Diego Azcárate.

Estaba de pie junto a la reja, con la mirada fija en la puerta de la tienda, sin llorar, sin hablar con nadie, como si el cuerpo entero se le hubiera quedado congelado en un único gesto de incredulidad.

Llevaba la misma camisa del día anterior, arrugada ahora, y unas ojeras profundas que sugerían que no había dormido en absoluto.

Un agente intentaba, sin mucho éxito, convencerlo de que se apartara un poco, de que dejara espacio para que los técnicos pudieran trabajar con tranquilidad.

—Diego. —Elena se acercó despacio, sin saber muy bien qué decir. Nunca sabía muy bien qué decir en esos momentos, después de tantos casos parecidos, aunque cada vez le costaba lo mismo encontrar las palabras adecuadas—. Lo siento muchísimo.

Él la miró como si tardara un segundo en reconocerla, con los ojos desenfocados de quien lleva horas repitiendo la misma escena mental una y otra vez. Tenía los ojos enrojecidos, aunque secos, como si las lágrimas se hubieran quedado atascadas en algún punto entre el shock y la incredulidad.

—Lo encontré yo —dijo, con una voz plana que asustaba más que cualquier grito, una voz que parecía llegar de muy lejos—.

Había quedado en venir temprano, para lo de la oferta...

para seguir hablando de lo de ayer. Quería disculparme, en realidad, por cómo salí de la tienda ayer, sin despedirme siquiera.

Y estaba... —Se detuvo, tragó saliva con dificultad, como si las palabras le raspasen la garganta al salir—.

Estaba en el suelo, junto al mostrador. Como si se hubiera sentado a esperar algo y ya no hubiera podido levantarse.

Tenía los ojos abiertos, señorita Vidal.

Eso es lo que no consigo quitarme de la cabeza.

Tenía los ojos abiertos, como si todavía estuviera mirando algo.

—¿Sabes qué ha pasado?

—Los médicos han dicho algo de un ataque, o un envenenamiento, no sé, no me lo han explicado bien, o yo no he sido capaz de entenderlo del todo con la cabeza que tengo ahora mismo.

—Diego se pasó una mano por la cara, un gesto que repitió varias veces mientras hablaba, como si quisiera borrarse algo de la piel—.

Había una taza. Una infusión, creo, de las que se hacía siempre por las noches, cuando se quedaba trabajando hasta tarde con las muestras, para no quedarse dormido revisando las hebras bajo la lupa.

Estaba a medio beber, en el mostrador, junto a sus gafas de aumento.

Elena sintió que el nudo del estómago se le apretaba un poco más.

Una infusión. Una tienda llena de especias, de hierbas, de sustancias que un experto sabría manipular sin que nadie se percatara del cambio de sabor, sobre todo si ese experto conocía, como parecía conocer el asesino, los matices exactos entre lo auténtico y lo falso.

Pensó en el discurso del día anterior, en el ultimátum de una semana que Fernando nunca llegaría a ver cumplido, en aquella mirada entre él y el chef Álvaro Medina que había durado dos segundos de más, y en la advertencia casi premonitoria que el propio Fernando le había hecho en la tienda: espero no estar tratando aquí con alguien que tenga tanto miedo como para llegar más lejos de lo razonable.

—¿La policía sabe ya lo del concurso? ¿Lo que dijo tu padre ayer?

Diego negó con la cabeza, despacio, como si la pregunta le costara procesarla en medio del aturdimiento general.

—Nadie me ha preguntado nada de eso todavía.

Solo... solo quieren saber a qué hora llegué, si toqué algo, si vi a alguien entrar o salir de la calle antes de que yo llegara.

Un inspector me ha estado interrogando durante casi media hora, con esa calma tan fría que tienen, como si estuvieran rellenando un formulario y yo fuera solo un dato más.

Un hombre de traje oscuro, de complexión robusta y expresión cansada pero atenta, se acercó en ese momento y le pidió a Diego que lo acompañara para tomarle declaración formal en la comisaría, ya que en la calle, rodeados de vecinos curiosos, no era el lugar más adecuado.

Antes de irse, Diego se giró hacia Elena con una expresión que mezclaba desesperación y algo parecido a una súplica, algo que Elena reconoció de inmediato como el gesto de alguien que se sabe, con razón o sin ella, en el centro de todas las sospechas.

—Usted es periodista. Investiga cosas, lo he visto en internet, tiene libros publicados sobre casos así.

Mi padre dijo ayer, delante de toda esa gente, que alguien estaba falsificando azafrán.

Y hoy está muerto. —Bajó la voz, aunque no había nadie lo bastante cerca como para necesitarlo, salvo quizá el propio agente que esperaba a unos metros con paciencia profesional—.

Eso no es una casualidad, no puede serlo.

Y me da igual lo que piense la policía de mí, porque sé que van a mirarme a mí primero, por lo de la venta, por la discusión de ayer que usted misma presenció...

Pero yo no le hice nada a mi padre. Se lo juro por lo que más quiera.

Elena no supo qué prometerle exactamente, pero asintió de todos modos, con la certeza tranquila de quien ya ha decidido, aunque todavía no lo haya dicho en voz alta, que no va a dejar aquella pregunta sin respuesta, cueste lo que cueste llegar hasta el final.

—Voy a intentar averiguar qué pasó, Diego. Te lo prometo. Y si eres inocente, como dices, esa misma investigación te va a ayudar más que cualquier otra cosa.

El inspector se llevó a Diego hacia un coche patrulla aparcado un poco más adelante, y Elena se quedó frente a la tienda cerrada, mirando el rótulo de azulejos desgastados — desde 1911 — que ya no anunciaba nada más que un negocio a punto de quedarse sin dueño, sin la persona que le había dado sentido durante cuatro décadas.

A través del escaparate, distorsionado por el reflejo del sol de la mañana, alcanzó a distinguir la silueta de un técnico de la policía científica moviéndose despacio entre las estanterías, fotografiando cada rincón con el flash disparando cada pocos segundos.

Pensó en las hebras de azafrán auténtico y falso, alineadas apenas dos días antes sobre aquel papel blanco como pruebas de un juicio que Fernando nunca llegó a celebrar del todo.

Pensó en Ángela Ruipérez, envarada en su asiento durante el discurso, con los nudillos blancos sobre el bolso.

Pensó, sobre todo, en Álvaro Medina, y en esos dos segundos de mirada que ahora, con Fernando muerto, pesaban mucho más de lo que habían pesado veinticuatro horas antes, cuando todavía podía interpretarlos como una simple tensión gremial sin mayor trascendencia.

Antes de irse, sacó el móvil y escribió un mensaje a la única persona en Toledo que, sospechaba, podría ayudarla a entender mejor el mundo cerrado y desconfiado del azafrán manchego, más allá de lo estrictamente comercial: el historiador que había conocido de pasada en la recepción, cuyo nombre —Jaime Sarfatí, recordó, buscando entre las tarjetas de visita que guardaba en el bolsillo del abrigo hasta dar con la correcta— llevaba impreso en una tarjeta discreta, de tipografía anticuada, que casi se le había pasado por alto la noche anterior entre tanto intercambio de contactos.

¿Tiene un rato hoy? , escribió, releyendo el mensaje dos veces antes de enviarlo, con esa costumbre suya de medir bien las palabras incluso en los mensajes más informales. Creo que voy a necesitar que me explique algunas cosas sobre el azafrán... y sobre esta ciudad. Ha pasado algo grave.

La respuesta llegó apenas diez minutos después, mientras Elena todavía caminaba de vuelta hacia el hotel con la cabeza llena de preguntas sin orden ni concierto: Lo he oído esta mañana.

Terrible noticia. Claro que tengo un rato.

¿Le parece bien mañana por la mañana, en la Sinagoga del Tránsito?

Creo que hay cosas que es mejor explicar allí, con el lugar delante, que por mensajes.

Elena guardó el móvil en el bolsillo, con la sensación de que aquella cita, todavía sin fecha ni hora concretas más allá de un vago "mañana", iba a resultar mucho más importante de lo que el propio Sarfatí parecía sospechar.

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