La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo

Tres

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E l Concurso de Calidad del Azafrán Manchego se celebraba, ese año, en el salón de actos de un antiguo convento reconvertido en centro cultural, a un paso de la Catedral, cuya sombra alargada de piedra caliza se proyectaba sobre el patio de entrada como un recordatorio constante de que en Toledo nada, ni siquiera un concurso de especias, terminaba de escapar del todo a la historia.

Elena llegó con tiempo de sobra, atraída tanto por el propio concurso como por la promesa, insinuada la noche anterior por la organización, de que "habría sorpresas", una frase que en su experiencia periodística rara vez se quedaba en simple retórica.

El salón, de techos altos y vigas de madera oscura que todavía conservaban restos de policromía original en las junturas, estaba dispuesto con mesas largas cubiertas de manteles blancos, sobre las que descansaban decenas de pequeños botes etiquetados con números en lugar de nombres —anonimato obligatorio, le explicó una voluntaria joven con acreditación colgada al cuello, para garantizar la imparcialidad del jurado, aunque Elena, con la experiencia de tantos concursos gastronómicos cubiertos a lo largo de los años, sabía perfectamente que ese anonimato solía durar hasta que alguien reconocía la caligrafía de una etiqueta o el tipo concreto de bote que usaba tal o cual productor—.

Al fondo, un atril de madera oscura esperaba junto a una pantalla donde ya se proyectaba el logotipo del simposio en rotación lenta, junto a fotografías de campos de azafrán en flor.

Elena reconoció varias caras de la recepción del día anterior, y fue tomando asiento en una de las filas laterales, lo bastante cerca del jurado como para observar bien las reacciones, pero lo bastante discreta como para no llamar la atención.

Ángela Ruipérez, la mujer que había observado a Fernando con aquella expresión indescifrable la noche anterior, estaba sentada en primera fila, vestida con la misma elegancia práctica de campo, hablando en voz baja con dos hombres que Elena identificó, por sus chapas de acreditación colgadas del cuello, como técnicos de la cooperativa de Consuegra que ella presidía.

Uno de ellos consultaba constantemente el móvil con gesto nervioso, como quien espera un mensaje que tarda demasiado en llegar.

Un poco más atrás, reconoció también al chef del restaurante palaciego de la noche anterior —Álvaro Medina, según recordaba haber leído en el menú y en el programa oficial, con una estrella Michelin que databa de apenas tres años atrás y que, según los rumores del gremio que Elena había recogido esa misma mañana en la cafetería del hotel, estaba en proceso de revisión para la próxima guía—, impecable con una chaquetilla que parecía recién planchada, charlando con periodistas de prensa local con la soltura de quien está acostumbrado a las cámaras y sabe exactamente qué frases funcionan mejor en un titular.

Fernando ocupaba un lugar en la mesa del jurado, junto a otros dos catadores —una mujer mayor de gesto adusto que Elena no llegó a identificar en ese momento, y un hombre joven que parecía nervioso por estar sentado junto a alguien tan respetado como Fernando— y el presidente del consejo regulador de la Denominación de Origen, un hombre trajeado que consultaba constantemente su reloj como si tuviera prisa por llegar a otro compromiso.

Cuando Elena saludó a Fernando con un gesto discreto desde su asiento, él le devolvió una mirada breve, casi de complicidad, que a Elena le pareció decir: observe con atención, hoy va a pasar algo que merece la pena anotar .

El concurso avanzó durante la primera hora con la solemnidad esperable de un ritual repetido año tras año: cata a ciegas, puntuaciones anotadas en fichas técnicas que un ayudante recogía discretamente entre mesa y mesa, comentarios sobre color —"rojo intenso, sin restos amarillentos"—, aroma —"floral, con notas de heno y ligero toque metálico"— y "poder colorante", un término técnico que Elena anotó fielmente aunque solo entendiera la mitad de lo que implicaba, algo relacionado con la cantidad de crocina, el pigmento responsable del color característico del azafrán, aunque el vocabulario exacto se le escapaba entre tanta terminología especializada.

El lote marcado como número siete —el mismo, sospechó Elena de inmediato al ver el número escrito en la etiqueta desde su asiento, que Fernando le había enseñado el día anterior en su tienda— obtuvo la puntuación más alta de la mañana, superando por un margen considerable a los otros doce lotes presentados.

Un aplauso cortés recorrió la sala cuando se anunció que sería el ganador, y Elena observó cómo, entre el público, alguien —no llegó a identificar quién con exactitud, perdido entre las cabezas de los asistentes que se giraban a felicitar a sus vecinos— soltó un suspiro que no sonó del todo a alivio.

Fue entonces cuando Fernando pidió la palabra.

Se levantó despacio, con esa lentitud deliberada de quien ha ensayado un discurso en su cabeza durante toda la noche, repasando cada frase hasta pulirla del todo, y se acercó al atril con pasos medidos que resonaron sobre el suelo de piedra del antiguo convento.

El presidente del consejo regulador intentó, con una sonrisa tensa que no llegaba a los ojos, restarle protagonismo al momento —"unas palabras del jurado, para cerrar la sesión de esta mañana, y después pasaremos al vino de honor"—, pero Fernando no necesitaba presentación ni preámbulos que suavizaran lo que estaba a punto de decir.

—Llevo cuarenta años catando azafrán en esta ciudad —empezó, con la voz firme de quien no está improvisando, apoyando ambas manos sobre el atril con la seguridad de alguien que ha dado cientos de charlas antes, aunque ninguna, sospechaba Elena, con la carga emocional de esta—.

Y en cuarenta años he aprendido que el azafrán, como todas las cosas de valor, atrae tanto a quienes lo cuidan como a quienes lo falsifican.

—Dejó que la frase quedara flotando un segundo, recorriendo la sala con la mirada, deteniéndose apenas una fracción de segundo más de lo necesario en un par de rostros concretos que Elena, desde su posición, no consiguió identificar con certeza—.

Quiero felicitar, por supuesto, a todos los productores presentes hoy aquí, cuyo trabajo honesto sostiene una tradición que se remonta a siglos, desde antes incluso de que esta misma sala fuera un convento.

Pero también quiero decir, con la responsabilidad que me da haber sido invitado a este jurado, y con el peso de cuarenta años de oficio detrás de mis palabras, que no todo lo que hoy se ha presentado como azafrán puro de Denominación de Origen lo es.

Un murmullo recorrió la sala, creciendo en intensidad como una ola que se acerca a la orilla.

Elena vio cómo Ángela Ruipérez se envaraba en su asiento, con los nudillos blancos sobre el bolso que sostenía en el regazo, cómo el presidente del consejo regulador palidecía visiblemente y buscaba con la mirada, casi con pánico, a algún compañero del consejo que pudiera intervenir, cómo el chef Álvaro Medina, unas filas más atrás, dejaba de sonreír de golpe, como si alguien hubiera apagado un interruptor detrás de sus ojos, sustituyendo la cortesía profesional por algo mucho más rígido y controlado.

—No voy a dar nombres —continuó Fernando, alzando ligeramente una mano como para calmar el murmullo creciente—, porque no es mi papel acusar sin pruebas concluyentes delante de la prensa, y porque este oficio se basa en la confianza mutua entre productores y catadores, una confianza que no pienso romper por precipitación.

Pero sí voy a decir esto, alto y claro, para que quien tenga que oírlo lo oiga bien: quien haya mezclado cúrcuma y cártamo con azafrán auténtico para presentarlo a este concurso, sabe perfectamente de qué estoy hablando.

Y tiene, a partir de hoy, exactamente una semana para retirar ese lote y explicar de dónde ha salido, antes de que yo mismo lleve mis análisis al consejo regulador y, si hace falta, más allá de esta ciudad.

El silencio que siguió fue absoluto, del tipo de silencio que solo se consigue cuando cien personas contienen la respiración al mismo tiempo.

Fernando recogió sus notas del atril —notas que, Elena se dio cuenta, apenas había mirado durante el discurso, escritas más como recordatorio para sí mismo que como guía real— y volvió a su asiento en la mesa del jurado, sin mirar a nadie en particular, con una calma casi provocadora, como si acabara de leer el parte meteorológico y no una acusación velada que acababa de sacudir los cimientos de todo un gremio.

El presidente del consejo regulador improvisó un cierre torpe de la sesión, prometiendo "una investigación exhaustiva, con toda la seriedad que este consejo siempre ha demostrado" con una voz que sonaba más a pánico que a autoridad, y anunciando que el vino de honor se serviría "de inmediato, en el patio, para quien quisiera acompañarles".

La sala se vació con la incomodidad flotante de quien ha presenciado algo que no debía haber visto en público, con conversaciones que se apagaban bruscamente en cuanto alguien se acercaba a escuchar.

Elena se quedó junto a la puerta, observando, con el cuaderno cerrado pero la mente registrando cada detalle a una velocidad que apenas conseguía seguir con las palabras.

Ángela Ruipérez salió deprisa, hablando en susurros furiosos con sus dos técnicos, uno de los cuales gesticulaba con las manos de una forma que sugería más nerviosismo que indignación.

Diego Azcárate, a quien Elena no había visto entrar hasta ese momento, apareció entre la multitud con expresión de haber llegado tarde y haberse perdido lo esencial, buscando a su padre con la mirada por encima de las cabezas de los asistentes, con la carpeta de siempre apretada bajo el brazo.

Y el chef Álvaro Medina, antes de salir hacia el patio donde ya empezaban a servirse las copas de vino de honor, se detuvo un instante frente a la mesa del jurado, donde Fernando seguía sentado recogiendo sus papeles con parsimonia.

Intercambiaron una mirada que duró apenas dos segundos —demasiado larga, sin embargo, para ser casual, demasiado cargada de algo que no era simple curiosidad profesional— y después el chef desapareció entre la gente sin decir una palabra, sin acercarse a felicitar a Fernando por el discurso como hicieron un par de periodistas locales que se detuvieron brevemente junto a la mesa del jurado.

Elena no supo, en ese momento, si acababa de presenciar una advertencia, una amenaza, o las dos cosas a la vez.

Pero sí supo, con la certeza incómoda que tantas veces la había llevado por buen camino en investigaciones anteriores, que aquella mirada entre Fernando y el chef merecía, como mínimo, una pregunta más, una pregunta que decidió formular en cuanto tuviera ocasión de hablar con Álvaro Medina a solas, lejos de las cámaras y de la cortesía profesional que parecía envolverlo como una segunda chaquetilla.

No llegó a hacerla esa mañana. Al día siguiente, Fernando Azcárate ya no estaría vivo para responder a ninguna pregunta más.

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