Capítulo 2
Capítulo
Dos
❧
E lena durmió mal esa primera noche, no por el colchón del hotel —cómodo, casi excesivamente mullido para su gusto— sino por esa forma particular de insomnio que la acompañaba siempre al principio de una investigación, cuando todavía no sabía si estaba persiguiendo una historia real o solo la sombra ansiosa de una periodista con demasiada imaginación.
Se levantó temprano, desayunó un café solo y una tostada con aceite en la terraza del hotel, desde donde se veía un trozo del río brillando entre la bruma matutina, y repasó sus notas de la noche anterior mientras la ciudad terminaba de despertarse a su alrededor.
El obrador de Fernando Azcárate estaba a apenas diez minutos a pie del hotel, escondido en una calle estrecha que subía desde el Zocodover con la pereza de quien no tiene prisa por llegar a ningún sitio, flanqueada por fachadas encaladas donde algunas macetas de geranios se asomaban desde balcones diminutos.
No había cartel llamativo, solo un rótulo de azulejos desgastado por el tiempo — Azafranes Azcárate, desde 1911 — y un escaparate modesto donde media docena de latas de estaño, dispuestas con el cuidado de una vitrina de joyería, custodiaban hebras de azafrán como si fueran esmeraldas.
Elena había mandado un mensaje esa misma mañana, aprovechando que Fernando le había dado su tarjeta la noche anterior entre foto y foto oficial.
Venga cuando quiera , le había respondido él, con una brevedad que a Elena le pareció más una invitación sincera que una fórmula de cortesía.
Llegó a las diez y media, con el sol ya alto calentando las piedras de la calle, y se detuvo un momento frente al escaparate antes de entrar, observando cómo la luz de la mañana atravesaba las latas de estaño y proyectaba, sobre el suelo de la tienda, un reflejo dorado que parecía casi líquido.
La campanilla de la puerta sonó con un tintineo antiguo, de esos que se han oído sonar tantas veces que ya forman parte del silencio del lugar más que una interrupción de él.
Dentro, el aire olía de una forma que Elena no había respirado nunca: azafrán, sí, pero también madera vieja, papel de estraza y algo dulzón, casi a incienso, que más tarde identificaría como el aroma acumulado de un siglo de hebras secándose en el mismo rincón.
Las paredes estaban forradas de estanterías de madera oscura, con cientos de latas de distintos tamaños, algunas con etiquetas antiguas ya amarillentas, otras completamente nuevas, y en el centro, un mostrador de mármol gastado por generaciones de manos que habían pesado, envuelto y cobrado azafrán sobre esa misma superficie.
—Llega usted puntual —dijo Fernando, saliendo de la trastienda con un delantal de cuero sobre la camisa y unas gafas de aumento subidas sobre la frente—. Eso, en este oficio, dice mucho de una persona.
—¿Y qué dice de mí, si puede saberse?
—Que no es de las que dejan las preguntas a medias. —Sonrió, y le señaló un taburete alto junto al mostrador—. Siéntese. Le voy a enseñar algo que no le enseño a cualquiera.
Antes de eso, sin embargo, quiso mostrarle la trastienda, con el orgullo tranquilo de quien lleva toda una vida esperando a alguien interesado de verdad.
Era un espacio pequeño pero ordenado hasta la obsesión: bandejas de secado apiladas en estanterías metálicas, un pequeño laboratorio improvisado con balanzas de precisión y frascos etiquetados, y sobre una mesa central, extendido como un mapa, un plano antiguo de las tierras de cultivo que su familia había trabajado durante generaciones cerca de Consuegra.
—Ya no cultivamos nosotros directamente —explicó, siguiendo la mirada de Elena hacia el plano—.
Mi abuelo vendió las últimas parcelas hace cuarenta años, cuando el negocio se centró en la compra, cata y venta más que en el cultivo.
Pero conservo esto porque me recuerda de dónde viene lo que vendo.
Un catador que olvida el origen de lo que cata deja de ser catador y se convierte en simple comerciante, y hay una diferencia importante entre las dos cosas, señorita Vidal, aunque a mucha gente le cueste verla.
Volvieron al mostrador principal, y Fernando sacó de un cajón cerrado con llave una lata pequeña, sin etiqueta, y con unas pinzas de plata extrajo tres o cuatro hebras que depositó sobre un papel blanco.
Después, de otra lata —esta con una etiqueta numerada que Elena reconoció, sin saber todavía por qué le resultaba familiar, como perteneciente al sistema de codificación del concurso del día siguiente—, hizo lo mismo, y colocó ambos grupos de hebras uno junto al otro, como un juez alineando pruebas sobre la mesa de un tribunal.
—A la izquierda, azafrán de Consuegra, cosecha del año pasado, D.O.
La Mancha, comprado directamente a un productor de toda confianza que conozco desde hace veinte años.
A la derecha, una muestra que me dieron ayer mismo, en el propio simposio, como parte del lote que se va a presentar mañana al concurso de calidad.
—Hizo una pausa deliberada, disfrutando visiblemente del momento pedagógico—. Dígame usted qué diferencia ve.
Elena se inclinó sobre el papel blanco. A simple vista, las hebras eran casi idénticas: el mismo rojo oscuro, la misma forma de trompeta abierta en un extremo, el mismo brillo ligeramente aceitoso bajo la luz de la lámpara de mesa que Fernando había encendido para la ocasión.
—No veo ninguna diferencia.
—Exacto. Y ese es precisamente el problema. —Fernando cogió unas pocas hebras de cada montón y las frotó suavemente entre los dedos, acercándoselas después a la nariz, con un gesto que repetía, comprendió Elena, varias decenas de veces al día desde hacía cuatro décadas—. Pero huélalas usted misma.
Elena obedeció, imitando el gesto lo mejor que pudo.
Las de la izquierda tenían ese aroma terroso y floral que había probado la noche anterior en la crema, con un fondo casi a heno seco que le pareció reconfortante.
Las de la derecha eran parecidas a primera impresión, pero con un matiz metálico al final, casi como a cartón mojado o a un medicamento genérico de farmacia, algo que a Elena, sin la nariz entrenada de Fernando, le costó identificar hasta que él mismo se lo señaló con precisión.
—Cúrcuma en polvo, disuelta y vuelta a secar sobre hebras de cártamo cortadas a mano —dijo Fernando, guardando de nuevo las muestras con un cuidado casi ceremonial, como quien esconde una prueba delicada que podría desaparecer si no se maneja con el respeto suficiente—.
Un trabajo fino, además. El que lo ha hecho sabe lo que se hace, conoce la forma exacta de las hebras auténticas, el grosor, el color, hasta el tacto ligeramente pegajoso que tiene el azafrán bien seco.
No es un timo de mercadillo para turistas despistados, es un fraude de laboratorio, hecho por alguien con acceso a materiales de calidad y con paciencia para hacerlo bien.
—¿Y ese lote va a presentarse mañana al concurso?
—Va a ganarlo, si nadie dice nada. —Fernando se quitó las gafas de aumento y se frotó los ojos, de golpe más cansado de lo que había parecido hasta entonces, como si la propia conversación le hubiera drenado una energía que llevaba tiempo reservando para ese momento exacto—.
Llevo cuarenta años en esto, señorita Vidal.
Mi abuelo empezó este negocio vendiendo azafrán a las boticas de la ciudad, cuando todavía se usaba como medicina, para los males del corazón, para la vista cansada, incluso para la melancolía, ¿sabe?
Hay recetarios antiguos que lo recomiendan contra la tristeza.
Mi padre lo convirtió en lo que es hoy, un negocio serio, respetado.
Y jamás, en cuarenta años, he visto una falsificación tan bien hecha ni tan bien colocada como esta.
—¿Quién tiene acceso a ese nivel de conocimiento técnico?
Fernando pareció sopesar la pregunta más de lo que Elena esperaba, como si estuviera repasando mentalmente una lista de nombres que prefería no pronunciar todavía en voz alta.
—Muy poca gente, en realidad. Alguien que compre azafrán al por mayor, que conozca la diferencia entre calidades, que tenga acceso a un laboratorio o al menos a un buen equipo de secado, y que además tenga un motivo suficientemente fuerte para arriesgarse a que le pillen.
—Se encogió de hombros, con una calma que a Elena le pareció, en retrospectiva, casi temeraria—.
La lista no es tan larga como podría pensarse.
La campanilla de la puerta volvió a sonar.
Un hombre de unos treinta y cinco años entró con paso rápido, cargando una carpeta bajo el brazo, vestido con una camisa que parecía recién sacada de la lavandería y unos zapatos demasiado formales para una mañana cualquiera de mayo, y se detuvo en seco al ver a Elena sentada junto al mostrador.
—Perdón, no sabía que tenías visita.
—Diego, hijo, pasa. Es la periodista de anoche, la que te comenté.
Diego Azcárate tenía el mismo porte que su padre, la misma forma de entornar ligeramente los ojos al hablar, pero con algo más tenso en los hombros, como si llevara encima un peso que no correspondía a su edad.
Saludó a Elena con educación formal, casi comercial, apenas rozándole la mano al estrechársela, y después se dirigió a Fernando con una urgencia que no intentó disimular del todo.
—Papá, necesito que hablemos de lo de la oferta. Tienen que darme una respuesta esta semana o la retiran.
—Ya te he dicho lo que pienso de esa oferta.
—Y yo te he dicho lo que pienso de dejar que este negocio se hunda contigo dentro.
—Diego pareció darse cuenta, de golpe, de que Elena seguía allí, sentada en el taburete con el cuaderno todavía abierto sobre las rodillas, y bajó el tono, aunque no la tensión que se le había instalado en la mandíbula—. Hablamos luego. En casa.
Se fue tan rápido como había llegado, sin que la campanilla llegara a apagar del todo su sonido antes de que la puerta se cerrara de nuevo.
Fernando se quedó mirando el hueco vacío que había dejado su hijo, con una expresión que a Elena le costó descifrar: cansancio, sí, pero también algo parecido a la culpa, o quizás a un arrepentimiento antiguo que no tenía nada que ver con la conversación que acababan de presenciar.
—Disculpe la escena —dijo finalmente, volviendo a sentarse en el taburete al otro lado del mostrador—.
Diego quiere vender. Un grupo de distribución, Grupo Saboría, le ha hecho una oferta generosa por la marca, los contactos, el local...
Todo menos lo que de verdad vale, que es esto.
—Golpeó suavemente el mostrador con los nudillos, en un gesto que parecía abarcar mucho más que el mármol gastado bajo sus dedos—.
Cien años de nariz, señorita Vidal. Eso no está en venta, por muchos ceros que le pongan delante.
—¿Y su hijo no está de acuerdo?
—Mi hijo cree que estoy siendo un viejo terco que va a arruinarle la herencia por orgullo.
—Fernando esbozó una sonrisa cansada—. Y puede que tenga razón, no se lo voy a negar.
Pero hay cosas que uno no puede medir solo en dinero, y este negocio es una de ellas para mí.
Diego lo entenderá algún día, cuando tenga hijos propios y entienda que hay legados que no se venden aunque el precio sea bueno.
Elena decidió no insistir en el tema familiar, aunque no se le escapó la tensión en el ambiente, el tono cortante de Diego, la carpeta que llevaba bajo el brazo ni la fecha límite mencionada con tanta urgencia: todo eso quedaría ahí, esperando el momento de encajar.
Volvió, en cambio, a lo que de verdad la había llevado hasta allí esa mañana.
—Antes ha dicho que era un fraude de laboratorio. ¿Sabe quién puede estar detrás?
Fernando tardó en responder. Miró hacia la puerta, como si temiera que Diego pudiera volver a entrar en cualquier momento, y después bajó la voz, casi hasta el susurro, aunque en la tienda no había nadie más que ellos dos.
—Tengo una sospecha. Bastante fundada, además.
Pero mañana, en el concurso, no voy a dar nombres.
Voy a decir lo que he encontrado, con datos y con pruebas si hace falta, y voy a dejar que quien tenga que sentirse aludido se sienta aludido delante de todo el mundillo.
—Sonrió, aunque sin la calidez de la noche anterior, con algo más duro asomando bajo la expresión, algo que Elena no había visto todavía en él—.
A veces, señorita Vidal, avisar es más eficaz que acusar.
La gente que tiene algo que perder entiende los avisos mejor que nadie, y actúa mucho más rápido cuando sabe que el tiempo se le acaba.
—¿No le preocupa que esa persona reaccione mal?
Fernando se quedó callado un momento, mirando las dos muestras de azafrán que había vuelto a guardar en sus latas respectivas, como si sopesara de verdad la pregunta por primera vez.
—Llevo cuarenta años tratando con gente orgullosa, señorita Vidal.
El orgullo hace que la gente mienta, que la gente engañe, que la gente se pelee por tierras y por nombres en los tribunales durante generaciones.
—Hizo una pausa que a Elena le pareció, en aquel momento, simplemente reflexiva, y que solo días después reconocería como algo más cercano al presentimiento—.
Pero no creo que el orgullo, por sí solo, lleve a nadie a hacer algo verdaderamente grave.
El miedo, en cambio, es harina de otro costal.
Y espero, sinceramente, no estar tratando aquí con alguien que tenga tanto miedo como para llegar más lejos de lo razonable.
Elena salió del obrador media hora después, con el olor a azafrán todavía pegado a la ropa y una sensación incómoda instalada en el estómago, la misma que siempre precedía, en su experiencia, a algo que no iba a terminar bien.
Se detuvo un momento en la calle, frente al escaparate, y miró hacia el interior, donde Fernando había vuelto a su trastienda, probablemente a preparar las muestras que presentaría al día siguiente ante el jurado del concurso.
Sería, aunque ella todavía no tenía forma de saberlo, la última vez que lo vería con vida trabajando tranquilamente entre sus latas de estaño, ajeno a la rapidez con la que el aviso que pensaba lanzar al día siguiente iba a precipitar todo lo que vendría después.
❧