La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7) Capítulo 1
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La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7)

La Rosa del Azafrán (Los Misterios de Elena Vidal 7)

Por Luis M. Reyes

© inepub.com

Capítulo 1

Capítulo

Uno

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E l tren entró en Toledo cuando el sol ya se inclinaba sobre el Tajo, y a Elena Vidal le pareció que la ciudad entera ardía en un tono de cobre viejo.

Desde la ventanilla vio primero el Alcázar, macizo y ocre contra el cielo, y después, más abajo, el amasijo de tejados y campanarios que se apretaban unos contra otros como si llevaran ochocientos años discutiendo por el sitio.

No era la primera vez que pisaba Toledo —había estado de niña, en una excursión escolar de la que solo recordaba el calor insoportable de julio y una espada de recuerdo que su madre no la dejó comprar—, pero sí la primera que llegaba con la nariz alerta, buscando algo concreto entre tanta piedra: el olor del azafrán.

Toledo desde la distancia, con el Alcázar dominando el perfil de la ciudad.

Se lo había prometido a sí misma en el AVE, releyendo las notas que le había mandado la organización del evento mientras el paisaje de La Mancha se desplegaba tras la ventanilla en franjas de amarillo segado y verde oscuro de olivar.

Simposio de Cocina Histórica de Castilla-La Mancha: el azafrán como patrimonio vivo.

Sonaba a tesis doctoral, pero la lista de ponentes prometía algo más sabroso: catadores, historiadores, un par de cocineros con estrella y, según le habían adelantado en una llamada telefónica de apenas cinco minutos, "una de las mejores narices de azafrán de España".

Ese último apunte llevaba un nombre al lado: Fernando Azcárate.

Elena había buscado el nombre en internet antes de subir al tren y había encontrado poco más que una mención en un artículo de hacía diez años sobre comercios centenarios de Toledo, y una fotografía en blanco y negro de un hombre joven junto a sacos de arpillera, con la mirada seria de quien posa para algo que sabe que va a durar más que él.

La estación de Toledo, con su fachada mudéjar y sus azulejos de colores imposibles, la recibió con el bullicio propio de un viernes de mayo: familias cargadas de maletas, un grupo de escolares uniformados que gritaban más de lo que escuchaban a su profesora, y el runrún constante de las maletas con ruedas sobre el suelo de mármol.

Elena cogió un taxi hasta el centro, y mientras el coche subía por curvas que parecían diseñadas para desorientar a cualquier forastero —y quizá lo estuvieran, pensó, en una ciudad que había pasado siglos defendiéndose de todo el mundo—, fue reconociendo fragmentos de la ciudad que ya conocía de otras vidas y de otros libros: la Puerta de Bisagra, imponente y desproporcionada, el perfil lejano de la Catedral asomando entre callejones como quien se asoma por una rendija para vigilar que todo siga en orden, el rumor de las tiendas de espadas y damasquinados abriendo sus escaparates a los últimos turistas de la tarde, con hojas de acero que devolvían destellos anaranjados del atardecer.

El perfil monumental de Toledo, entre torres y campanarios centenarios.

El taxista, un hombre mayor con acento cerrado de la zona, le contó sin que ella preguntara demasiado que la ciudad "estaba llena de gastrónomos esta semana", que había oído hablar del simposio en la radio local, y que su suegra, "que en paz descanse", había trabajado toda su vida limpiando azafrán a mano en un pueblo cerca de Consuegra.

—Eso es un trabajo de manos finas, ¿sabe? —le dijo, mirándola un instante por el retrovisor—. Mi suegra decía que se necesitaban más horas para limpiar un kilo de azafrán que para hacer un traje de novia.

Elena sonrió y sacó un momento el cuaderno del bolso para dejar la frase por escrito.

—Anótela bien —dijo el taxista, mirándola de nuevo por el retrovisor con una sonrisa cómplice—. Se nota que es de las que escriben. El bolsillo, la forma en que se ha quedado callada un segundo antes de sacar el cuaderno. Mi mujer, que en paz descanse, hacía lo mismo.

—¿Tan evidente es?

—Bastante, sí.

Elena se rio, guardó el cuaderno, y cuando bajó del taxi frente al palacio donde se celebraba la recepción, repitió la frase en voz baja para sí misma, como quien no quiere que una idea se le escape: más horas para limpiar un kilo de azafrán que para hacer un traje de novia.

El restaurante donde se celebraba la recepción de bienvenida ocupaba un antiguo palacio cerca de la judería, con un patio interior de columnas mudéjares y una fuente que apenas se oía bajo el murmullo de las conversaciones.

La fachada, de piedra dorada y un escudo nobiliario ya desgastado por el tiempo sobre el portón principal, no dejaba adivinar desde fuera la sorpresa que aguardaba dentro: un espacio abierto al cielo, con naranjos en macetas de barro y una arquería doble que recordaba, sin necesidad de guía turístico, que aquel edificio había pasado por más de una religión, más de un dueño, más de una vida antes de convertirse en restaurante de alta cocina.

Elena entró justo cuando un camarero pasaba una bandeja de copas de vino blanco y otra, más discreta, con pequeñas cucharas de porcelana donde temblaba una crema de color amarillo intenso, casi fosforescente bajo la luz cálida de las lámparas de hierro forjado que colgaban entre los arcos.

—Arroz cremoso de azafrán con yema curada —le explicó una mujer joven con delantal negro, al ver que Elena dudaba entre las dos bandejas—. Es el aperitivo de bienvenida del chef. Lleva azafrán de Consuegra, de la última cosecha.

Elena probó. El sabor le llegó despacio, primero terroso, después floral, con un amargor final que se quedaba en el paladar como una firma.

Pensó, no por primera vez, que había especias que sabían a lugar antes que a sabor: el azafrán sabía a campo seco, a sol de octubre, a manos que habían pasado horas separando hebra por hebra bajo una luz de flexo, como le había dicho el taxista de su suegra.

Se movió despacio entre los grupos, con la copa en una mano y el cuaderno mental siempre encendido, registrando caras, acentos, la forma en que ciertos invitados se saludaban con la efusividad falsa de quien lleva años compitiendo por el mismo pedazo de mercado.

Reconoció a un par de periodistas gastronómicos de Madrid con los que había coincidido en otros eventos, intercambió con ellos las cortesías de rigor —"¿tú también aquí?

", "qué pequeño es el mundo del azafrán"— y siguió su recorrido hacia el fondo del patio, donde una mesa larga exhibía, a modo de instalación casi artística, distintas variedades de azafrán en pequeños montículos sobre bandejas de pizarra negra, cada uno con una tarjeta indicando procedencia, año de cosecha y grado de pureza.

Fue frente a esa mesa donde volvió a sentir aquel cosquilleo particular, mitad periodístico y mitad detectivesco, que llevaba siete libros —y aunque ella no lo supiera todavía, esta sería la séptima vez que ese cosquilleo no la engañaba.

—Está usted evaluando la comida como si fuera a interrogarla —dijo una voz a su espalda.

Elena se giró. El hombre que le hablaba rondaría los sesenta, de complexión menuda y manos nudosas, con una chaqueta de pana que desentonaba deliciosamente con la etiqueta y el patio palaciego, como si hubiera llegado directamente del campo sin pasar por casa a cambiarse.

Tenía los dedos manchados de un tono amarillo pálido que no se iba con jabón fácilmente, y una forma de mirar el plato antes que a las personas, como si evaluara primero la comida y solo después decidiera si merecía la pena conocer a quien la había pedido.

—Deformación profesional —respondió Elena—. Soy periodista gastronómica. Y usted tiene toda la pinta de saber más de azafrán que el resto de esta sala junta.

El hombre sonrió, y la sonrisa le cambió la cara entera, como si llevara mucho tiempo esperando que alguien se lo preguntara directamente en lugar de con rodeos protocolarios.

—Fernando Azcárate. Mi familia lleva vendiendo azafrán en esta ciudad desde antes de que existiera la palabra Denominación de Origen.

—Cogió una pizca de azafrán de una de las bandejas, la frotó entre los dedos y se la acercó a la nariz antes de continuar, con un gesto tan automático que parecía respirar—.

Mi abuelo empezó vendiéndolo en un carrito, ¿sabe?

De puerta en puerta, a las boticas primero, porque entonces todavía se recetaba para los males del corazón y de la vista.

Mi padre abrió la tienda que yo sigo llevando hoy.

Y yo... —Se encogió de hombros, con una modestia que a Elena no le pareció del todo sincera, sino más bien un adorno retórico bien ensayado—.

Yo solo intento no ser el que lo estropee todo.

—Algo me dice que no lo está estropeando.

—Depende de a quién le pregunte. —Hizo una pausa, y añadió, bajando un poco la voz, como quien comparte un secreto que no lo es del todo—: Y le voy a decir una cosa, ya que pregunta: de todo lo que se está sirviendo esta noche en estas bandejas, solo la mitad lleva azafrán de verdad.

Elena sintió que algo se le tensaba por dentro, un grado más que un momento antes.

—¿Y la otra mitad?

—La otra mitad lleva algo que se le parece mucho, si uno no sabe lo que busca. —Fernando bajó la voz todavía más, aunque el ruido del patio hacía casi innecesaria la precaución—. El problema, señorita...

—Vidal. Elena Vidal.

—El problema, señorita Vidal, es que cada vez hay más gente que sabe hacer que se parezca. Y menos gente, cada año que pasa, capaz de notar la diferencia.

Elena quiso preguntar más, pero un camarero se acercó a avisar a Fernando de que el organizador del simposio lo buscaba para las fotos oficiales del cartel de ponentes, que se colocaría al día siguiente en la entrada del salón de actos.

Fernando pareció fastidiado por la interrupción, aunque la aceptó con la resignación de quien lleva décadas siendo el catador de referencia de cualquier evento serio de la región y ya no discute esas obligaciones.

—Me buscan para las fotos —dijo, con un gesto casi de disculpa—. Seguimos hablando cuando esta gente deje de necesitarme para las cámaras. Mañana estaré en la tienda toda la mañana, si le apetece pasarse. Le enseño cosas que no le enseño a cualquiera.

Se despidió con una inclinación breve, casi antigua, y se dejó llevar por el camarero hacia el fondo del patio, donde ya se había formado un pequeño grupo de organizadores con cámaras y micrófonos improvisados.

Elena se quedó junto a la mesa de bandejas de pizarra, con la copa de vino sin apenas tocar, mirando cómo Fernando Azcárate se abría paso entre políticos locales, un par de cocineros con chaquetilla blanca —uno de ellos, comprobó después consultando el programa del evento, era Álvaro Medina, chef del propio restaurante donde se celebraba la recepción, con una estrella Michelin que el folleto mencionaba con letras doradas— y una mujer de mediana edad vestida con una elegancia práctica, de campo antes que de ciudad, que lo observaba desde lejos con una expresión que Elena no supo, todavía, si era de admiración o de rencor.

La mujer no participó en la sesión de fotos.

Se quedó apoyada contra una de las columnas mudéjares, con una copa que tampoco parecía interesarle demasiado, siguiendo con la mirada cada movimiento de Fernando con una atención que a Elena le pareció excesiva para tratarse de una simple conocida del gremio.

Cuando Elena se acercó, con la excusa de pedir más información sobre las variedades expuestas en la mesa, la mujer se presentó con una brevedad casi cortante.

—Ángela Ruipérez. Cooperativa de Consuegra. —Le tendió una mano firme, de las que revelan trabajo de campo antes que apretones de sala de juntas—. ¿Es usted de las que escriben sobre esto, o de las que solo vienen a comer gratis?

La pregunta, formulada sin acritud aparente pero con un filo que Elena reconoció de inmediato, la hizo sonreír.

—Un poco de las dos cosas, si le soy sincera.

Ángela pareció apreciar la respuesta más que cualquier otra que Elena pudiera haber preparado, y durante un par de minutos hablaron de generalidades: la calidad de la cosecha del año, el aumento de visitantes en la Fiesta de la Rosa del Azafrán de Consuegra, la dificultad de competir con importaciones más baratas de otros países que se vendían, sin ningún pudor, bajo el paraguas confuso de "azafrán español" en mercados poco vigilados.

En ningún momento Ángela mencionó a Fernando directamente, aunque su mirada volvía a él cada pocos segundos, como quien no puede evitar comprobar que un fuego sigue encendido en la distancia.

—¿Le conoce bien? —preguntó Elena al fin, sin rodeos, señalando con la barbilla hacia el grupo de las fotos.

—Llevamos casi treinta años compitiendo por los mismos clientes. —Ángela dio un trago largo a su copa, la primera vez que Elena la veía beber con algo parecido a intención—. Eso, en este negocio, es casi como llevar treinta años casados. Uno acaba conociendo al otro mejor de lo que le gustaría.

No dijo nada más, y Elena tampoco insistió, aunque guardó la frase con el mismo cuidado con el que un catador guarda una hebra sospechosa entre dos dedos.

La recepción continuó otra hora larga, con más bandejas, más presentaciones, un breve discurso de bienvenida del alcalde que nadie escuchó con demasiada atención, y la ceremonia final de entrega de acreditaciones para los ponentes del día siguiente.

Elena recibió la suya de manos de una organizadora exhausta pero sonriente, junto con un programa detallado del simposio: el concurso de calidad se celebraría a la mañana siguiente en un antiguo convento cerca de la Catedral, seguido de ponencias sobre historia culinaria, y el fin de semana se cerraría con una mesa redonda sobre "el futuro de la Denominación de Origen frente a la globalización".

No podía saber, mientras terminaba su copa bajo los arcos mudéjares de aquel patio y observaba a Fernando Azcárate despidiéndose finalmente del grupo de fotógrafos con visible alivio, que aquella sería la última conversación completa que tendría con él.

Ni que la frase que él no llegó a terminar del todo — "la otra mitad...

" — se convertiría, en menos de cuarenta y ocho horas, en la pregunta que la llevaría de Toledo a los campos morados de Consuegra, y de vuelta.

Por ahora, solo sabía una cosa con certeza, mientras caminaba de regreso al hotel por calles ya oscurecidas donde el eco de sus propios pasos rebotaba entre fachadas centenarias: aquella noche, en algún lugar de aquella ciudad de tres culturas, alguien estaba mintiendo sobre el color del oro rojo.

Y a Elena Vidal, las mentiras sobre comida siempre le habían sabido igual que las verdades a medias: le picaban en la curiosidad hasta que las resolvía.

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