La rosa de las nieblas VII #18
98%

VII #18

—Pues bien, entonces… —Fui hasta donde se encontraban Skékkil y Elorridi y le dije al niflúngar—: Elorridi, te invito a un crucero de placer en mi nave por el espacio oscuro.

Vendréis Metz y tú, como representantes de los señores niflúngars; Hymir y Tonsu, por los nókvaars; y por las mujeres, Hyndla y Áudhild, si desea hacerlo.

Ejalmberri también viajará, por supuesto.

Somos once en total. El pasaje está más que completo.

No se trata solo de una cuestión de espacio: es un viaje que durará varios meses ínter, todos tenemos que dormir con la mayor comodidad posible, comer y beber agua, y, aunque hay suficientes provisiones, no son inagotables.

Resulta muy posible que, en la segunda mitad del trayecto, haya que racionar los víveres por si surge algún contratiempo.

Vamos a ir sobrecargados y nuestras burbujas personales se reducirán mucho, porque no piloto un vehículo de pasajeros, sino una nave expedicionaria que, en ocasiones, ha sido también mercante.

Y tendremos que ducharnos con regularidad, por cierto, para sobrevivir a tanta cercanía.

Por otra parte, el espacio oscuro, como vosotros lo llamáis, es un ámbito hostil.

No nos embarcamos en un crucero de lujo, pese a las bromas que hago al respecto.

Si no sabéis lo que es un crucero, que os lo explique Jane.

Y otra cosa: en la nave mando yo. Soy la capitana.

En esta parte de la misión, recupero el mando y tendréis que obedecerme.

Esto es importante, sobre todo de cara a posibles conflictos entre vosotros, que no toleraré.

Si os molesta que una mujer sea vuestra capitana, a tiempo seguís todavía de quedaros aquí, donde los varones mantenéis vuestros estúpidos privilegios.

El pasaje estaba completo y la misión acabada. ¿Con éxito? Llevábamos un cargamento de pasajeros enemigos entre sí y con muchas quejas. ¿Qué diría Harsa Alasat cuando nos presentásemos ante ella con nuevos problemas en lugar de soluciones?

—¡Mierda, Yolen! —exclamó en un susurro Érik tras acercarse a mí—. ¿Estás segura de lo que haces? ¿Crees que Elorridi y Metz y Ejalmberri y ese Hymir podrán viajar juntos y en paz?

—¿Y crees que Hyndla, Tonsu, tú y yo podremos arreglárnoslas? Tal vez sí, tal vez no.

—Pero habrá que pedirles opinión a Sebeok y Jane.

—Mira, ya estoy un poco cansada de tanta asamblea. Como bien he explicado antes, se trata de mi nave y acabo de decidir que recupero el mando.

—Yolen…

—Si alguien tiene una queja respecto de esta decisión, deberá seguir el cauce oficial y por escrito para expresarla. La valoraré en el momento oportuno. Ahora, no.

Nos despedimos entonces de Skékkil, de Sienild —que me evitó en todo momento— y de los demás nókvaars, deseándoles suerte.

Skékkil nos dijo que su primer objetivo era aumentar el número de sus hombres.

Para ello, recorrería todas las casas de Niflhéim.

Estaba seguro de su éxito. Sin duda, a esa gran mayoría de nókvaars que aún no se habían atrevido a convertirse en rebeldes les había llegado la noticia de la batalla en la que los más valientes de los suyos se habían enfrentado a los doce señores de Niflhéim.

Una batalla donde habían muerto un buen número de principales e incluso dos keris: Hrándung y Vólker.

Y aunque otros señores, como Helblindi, Eckéwart y Dánkwart, habían logrado escapar, los nókvaars comprenderían pronto que esa huida era el comienzo de su propia y próxima victoria.

Le pedí a Sebeok que ayudara a Elorridi a caminar hasta la nave.

Y a Hyndla, que utilizase sus conocimientos médicos para curarlo de sus heridas, una vez en ella.

También encargué a Ejalmberri que cuidara de Jane, pues, aunque se encontraba mucho mejor, habíamos ido muy deprisa y seguía muy cansada de tanto ajetreo.

Tenía ganas de hacer de celestina entre el heníkar y Jane.

Veía posibilidades de relación sentimental entre ambos.

Seguro que les venía muy bien a los dos.

Ejalmberri obedeció sin rechistar. Yo estaba convencida de que me tenía miedo.

Y esto por mi maldito carácter, mi último discurso y mi pistola.

Sin duda, él había conocido a mujeres con genio y poco dadas a la sumisión, por muy patriarcales que fueran los niflúngars, pero yo era una helitharendi, una piloto libre mal hablada y con escasa paciencia, todo lo contrario de Jane.

Además, el hombre necesitaba un buen descanso, no solo físico, sino mental.

No estaba hecho para la aventura, sino para el placer de los libros y del estudio.

Le di unos golpecitos suaves en el brazo para tranquilizarlo y le aseguré que me encargaría de conseguir una buena y duradera reconciliación entre su keri Elorridi y él, en cuanto estuviésemos navegando.

Embarcamos. Como no faltaba mucho para que anocheciera, decidimos que despegaríamos a la luz siguiente.

Así podríamos descansar. Como la nave de aproximación era relativamente pequeña, nos acomodamos de la mejor manera posible.

Mientras Tonsu, siempre junto a mí, miraba todo en el interior de la nave con ojos maravillados y no intentaba ocultar en absoluto su admiración, a diferencia de los demás, yo me rompía la cabeza tratando de discernir cómo hacer, a la jornada siguiente, el traslado hasta la nave principal, mi nave, porque no podía llevar a todos a la vez.

El vehículo de descenso no era un autobús donde bastaba agarrarse a una barra fija para viajar: al fin y al cabo, teníamos que salir de una atmósfera con la propulsión suficiente, vencer la gravedad y efectuar el acoplamiento y la entrada, uno a uno, en el otro espacio.

Algo no demasiado difícil ni peligroso, pero que se había de realizar con mucho cuidado, pues durante un lapso de tiempo estaríamos flotando a gravedad cero, por la que no había pasado ninguno de mis pasajeros y que, las primeras veces, provocaba un notable malestar físico.

Dormimos tranquilos, aunque nos turnamos para vigilar el exterior.

No había nadie fuera: todos se habían marchado rápidamente.

Supongo que ningún habitante del planeta se habría atrevido a atacarnos cuando ya estábamos dentro de un vehículo con armas capaces de enfrentarse y dañar seriamente al más numeroso de sus ejércitos.

Al amanecer, Sebeok y yo nos pusimos frente a los mandos.

A nuestras espaldas, los cinco niflúngars y los dos nókvaars esperaban, serios y silenciosos, dispuestos a viajar por el espacio oscuro.

Si tenían miedo, no lo mostraron. Hicimos dos traslados hasta fuera de la atmósfera; tras el primero, Sebeok se quedó arriba, en mi nave, con Elorridi, los dos nókvaars y las dos mujeres niflúngars; en el segundo, despegamos Jane, Érik, el heníkar, Metz y yo.

Había sido como resolver aquel viejo problema o acertijo de cómo pasar a un lobo o un muyi junto a una oveja o un bolm en una barca donde solo cabían dos ocupantes y uno de ellos tenía que ser el remero o marinero, es decir, yo.

Finalmente, todos juntos ya, instalé a los pasajeros en sus asientos, les indiqué cómo ajustarse los amarres de seguridad y les pedí que estuviesen tranquilos e intentaran respirar profundo durante la aceleración necesaria para escapar de la órbita del planeta.

Después, volví a la cabina de mando, donde me esperaban mis tres compañeros, aquellos con los que había iniciado el viaje, mis amigos ya.

Sebeok volvió a ocupar el puesto de copiloto.

Nos atamos el cinturón de seguridad y nos ajustamos las máscaras que nos darían oxígeno en caso necesario.

Hice un gesto al hombre de Helevorn levantando el pulgar.

Asintió con un cabezazo. Érik silbó a mi espalda. Jane inició un aplauso de ánimo.

La nave rugió. Hubo una sacudida y aceleramos. Sentí un golpe en el estómago y grité de emoción.

En treinta minutos ínter estábamos ya lejos del planeta.

Pronto pude invitar a todos a levantarse de sus asientos y contemplarlo desde la ventana de observación.

Una esfera ámbar, más oscura en la gran zona que ocupaba el océano.

A su izquierda ardía Jar. Planeta y sol brillaban como joyas en el vacío negro.

Puse rumbo a las estrellas que empezábamos a divisar en la pantalla opuesta. Y a toda máquina, nos alejamos de Niflhéim.