VII #17
—Say, Elorridi —dijo Metz—. ¡Eres obstinado!
La obstinación —en ese momento se dirigía a nosotros, los helitharendi— es una gran virtud entre los niflúngar.
Tanto como la ambición. Elorridi posee esas dos cualidades en grado notable.
Sin embargo, ambas deben estar guiadas por un pensamiento frío y favorecidas por la suerte.
Pero mi igual se deja llevar con excesiva frecuencia por su corazón; deja que lo trastornen y lo enreden sus propios sueños.
Y no hay peor peligro que no saber frenarlos.
Cuando eso ocurre, toda buena suerte acaba.
Ya no reía, Metz. No había sonreído siquiera.
—De modo que ahora tú buscas esa suerte aliándote con esclavos y tratándolos como si fueran tus iguales —respondió Elorridi—. Claro que tú eres un kínglar; quizás los señores de Niflhéim nunca deberíamos haber olvidado eso.
Entonces sí sonrió el keri pelirrojo, pero era una sonrisa de desprecio.
—Yo no soy Dánkwart, no lo olvides tampoco.
Así que no te molestes en tratar de enojarme con palabras.
Al menos en esta luz, Skékkil no es ya tu esclavo: es un hombre libre y además victorioso.
Y tan seguro está de que ese triunfo se convertirá pronto en definitivo que ha abandonado el campo de batalla sin aniquilar por completo a sus adversarios.
Prefirió acudir en ayuda de sus amigos helitharendi y en busca de esa mujer que lo ha elegido a él en vez de a ti y lo seguirá eligiendo por mucho que hagas.
Por el camino hacia aquí, nos encontramos y me ofreció su alianza.
¿Iba yo a decir que no a un vencedor, iba a ser tan estúpido como para continuar aliándome con niflúngar derrotados como tú?
—Derrotado, todavía no —intervino Skékkil—.
Aún Elorridi no ha cruzado su espada con la mía.
Huyó de la batalla sin hacerlo. Quizás el temor lo empujó a escapar.
Amigos míos —el nókvaar desvió su mirada y sus palabras hacia nosotros—, es cierto que he acudido en vuestra ayuda, pues conozco bien las astucias de Elorridi.
Y que vengo en busca de Sienild, ya que él no iba a cejar en su empeño de perseguirla.
Ahora ya no tenéis nada que temer, no creo que Elorridi se atreva a presentarnos combate, pues está viendo que le superamos en número.
Podéis iros en vuestra nave cuando queráis.
Yo no iré con vosotros en ella, como me propusisteis.
Debo seguir aquí. Los míos me necesitan, ahora más que nunca, puesto que en esta luz todos los nókvaar de Niflhéim saben que hemos vencido con las armas a los keri niflúngar y que, si se unen a nosotros, alcanzarán su libertad.
Sé bien, todos los nókvaar lo sabemos, que aún nos queda una larga lucha, que los niflúngar no se rendirán fácilmente y quizás la próxima luz la victoria sea suya.
Pero a partir de ahora ya no lucharán con esclavos fugitivos, sino con hombres libres que los han derrotado una vez.
Hombres a los que los empuja la más poderosa de las fuerzas: el ansia de ser dueños de sí mismos.
No iré con vosotros, pero he elegido a uno de mis compañeros, Hymir —señaló a este, pues estaba cerca— para que lo haga, para que hable ante esa Harsa Alasat.
Hymir es un hombre muy capaz, un gran guerrero.
Os ruego, sin embargo, que esperéis todavía un dros más.
Pues aún queda pendiente ese combate entre Elorridi y yo, al que no creo que se siga negando si quiere conservar su fama de valiente.
—¡Skékkil! —gritó Sienild, acercándose hasta su prometido. Se aferró a la silla del caballo que él montaba y lo miró con esa expresión de sufrimiento que tantas veces le habíamos visto—. ¡Por favor, no luches con él!
El nókvaar respondió que no le quedaba otro remedio que hacerlo, que nunca podrían vivir en paz mientras Elorridi no desapareciese de su existencia. Y no parecía haber un modo pacífico de lograrlo.
—Os pido que —se dirigió de nuevo a nosotros—, si la suerte no me favorece en el combate, os llevéis a Sienild en vuestra nave. ¿Lo haréis?
—Cómo no —respondí mientras Sienild se lanzaba a llorar y a decirle a Skékkil que, si le ocurría algo, no iba a poder continuar viviendo sin él y otras sandeces por el estilo. Su prometido trató de tranquilizarla mientras bajaba de su caballo.
El keri descabalgó también y le dio su manto a uno de sus hombres.
Debajo vestía una túnica negra con adornos grises y llevaba la espada al cinto, igual que su rival, que, sin embargo, iba con el torso desnudo.
Usaba Skékkil unos pantalones de tela gruesa, largos y ceñidos, y unas botas que debía de haberle quitado a un niflúngar hósvir.
Los dos bandos formamos un círculo alrededor de los combatientes, y un guerrero alargó a Elorridi su escudo.
Era enorme, de más de metro y medio de largo, y triangular.
Sobre su superficie, de metal y cuero, aparecía dibujado un gran muyi azul.
También Skékkil llevaba otro, más pequeño, redondo y sin dibujos.
Frente a frente quedaron los dos adversarios, las largas espadas en la mano, estudiándose. El niflúngar empezó a moverse alrededor del nókvaar sin alzar aún su arma; Skékkil esperaba girando sobre sí mismo.
Fue Elorridi quien atacó primero: un duro golpe buscando con el filo de la espada la cintura del enemigo. Pero este lo paró con su escudo y lanzó una estocada al pecho del keri, que la detuvo interponiendo también su defensa.
En un combate de espadas se emplea tanto la fuerza como la habilidad.
La primera es necesaria para el manejo de un arma que puede medir metro y medio y pesar casi tres kilos.
La segunda, para lograr herir al contrario y, sobre todo, no ser herido.
Casi nunca se cruzaban entre sí las armas: estas buscan la carne, no el metal.
Los golpes de uno y otro se sucedieron: resonantes cuando el escudo contrario los detenía, silbando en el aire si eran evitados con un movimiento veloz.
Elorridi luchaba con furia, pero también con frialdad.
Supuse que estaba convencido de que iba a vencer y disfrutaba el combate.
Varias veces sus acometidas hicieron que el nókvaar se tambaleara y, al fin, el keri alcanzó a Skékkil en la axila izquierda.
Brotó la sangre de la herida y el nókvaar gimió y los hombres de Elorridi aullaron jubilosos.
Sin embargo, al momento el enemigo de su señor arremetió contra este y lo cortó con el filo de su espada en un costado.
Se manchó de rojo la túnica negra, la cara del niflúngar se crispó de dolor y perdió su templanza.
Las estocadas siguientes del keri fueron terribles, porque la rabia y el odio acrecentaban su fuerza.
Una superioridad momentánea que nos impidió comprender que aquella furia, más que una ventaja, era un imperdonable error.
No sé en qué momento Skékkil hizo perder a Elorridi su escudo.
A partir de entonces, el keri pareció volverse loco.
Atacaba con rugidos, usando toda su fuerza, aunque las más de las veces solo golpeaba el aire.
Skékkil esquivaba a duras penas los mandobles y llegó incluso a correr de un lado a otro.
Pero sonreía. No era un soldado de Íngvar; no se dejaba impresionar por la estatura enorme, los gritos y el frenesí del niflúngar.
Y tenía razón al sonreír, pues pronto consiguió derribar a Elorridi.
Con el escudo le dio un golpe en la cabeza y el keri cayó de rodillas.
Un rápido movimiento de la espada del nókvaar y el brazo del niflúngar, herido, tuvo que soltar la suya, que recogió el otro.
Con aquella arma magnífica en las manos —una espada hecha para el señor de una familia de guerreros, con empuñadura de oro rojo adornada de piedras verdes y negras—, Skékkil celebró su triunfo.
Primero la alzó hacia el cielo; luego la punta tocó el pecho de Elorridi.
—He vencido. Tu vida es mía ahora. Pero yo no soy un niflúngar. Si ante todos los que están aquí prometes, empeñando tu palabra de keri, que no perseguirás a Sienild, te dejaré vivir.
—¡No quiero tu perdón! —respondió el keri desde el suelo, lleno de sangre y de polvo—. ¡Tendrás que matarme para que os deje en paz, a ella y a ti!
—Entonces, ¡te mataré!
Yo estaba junto a Sienild y la agarré del brazo bruscamente.
—¿Quieres que detenga a Skékkil? —le pregunté.
Me miró con los ojos muy abiertos y susurró «Sí». Aunque me hubiese respondido lo contrario, yo habría actuado igual, pero me complacía obligarla a decidir.
—¡Skékkil! —grité—. ¡No lo mates, espera! —El nókvaar bajó la espada con un gesto de alivio: en realidad era un hombre bueno, al que no le gustaba matar.
—¿Y no quieres irte con Elorridi? Aún estás a tiempo —interrogué de nuevo a Sienild en voz baja. Ella me respondió con una mirada de odio y habló con un enorme esfuerzo, una sola palabra que apenas pude oír. Érik se reiría cuando se lo contara más tarde.
—No —dijo.