La rosa de las nieblas VII #16
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VII #16

—Todavía no nos has explicado a qué has venido. ¿Quizás a escoltarnos hasta nuestra nave, por si nos atacan los muyis?

—Aciertas. Los muyi son muy peligrosos, ya hablamos de ello. Me sigo considerando vuestro anfitrión.

—No queremos tu ayuda, gracias. Hemos elegido protector al keri Metz.

—Me parece que no os queda más remedio que aceptar mi compañía. No dudo de que Metz pudiera ser un excelente protector vuestro, pero ya veis, he llegado yo antes. Así que, en cuanto Jane se recupere por completo, nos dirigiremos hacia vuestra nave.

—¿Y qué piensas hacer cuando lleguemos? Si Érik y Sebeok están ya en la nave, no podrás enfrentarte a ellos de ningún modo, por mucho que lleves a tus mejores thridis.

—Os tengo a vosotras. Y viajaré en esa nave.

Abrí la boca para decir algo, pero la cerré de nuevo, sin encontrar una respuesta adecuada. Fue Jane quien habló por mí.

—Quizás puedas forzarnos a llevarte en la nave poniéndonos una espada en el cuello durante todo el viaje. Pero ¿qué ocurrirá cuando lleguemos ante Harsa Alasat? ¿Crees que vamos a presentarte como un buen aliado y amigo?

Elorridi se pasó las manos por la cabeza y nos miró con ojos fatigados.

—¿Acaso no os he ofrecido muchas veces esa amistad, esa alianza?

¡Pero vosotros la habéis rechazado! ¿Con qué derecho, decidme?

¿No es bastante buena para vosotros? Mi corazón se alegró tanto cuando llegasteis…

Erais distintos a los anteriores, que solo venían en busca de nuestro oro.

Hasta tú eras distinta, piloto libre. Os movían ideales luminosos.

Pensé que erais capaces de acercaros a los niflúngar sin recelos, sin odio.

Que podríais comprenderme. ¡Pero no! Como otros, os consideráis superiores, limpios de maldad frente a mi pueblo, frente a mí.

¡Pues bien, entonces os digo que en esa nave viajaréis conmigo o no viajará nadie!

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sentí miedo y compasión. Pero también rabia.

—¿Vas a matarnos, entonces, Elorridi? Si lo haces, será por tu mano y tu decisión exclusivamente. No seas tan cobarde como para cargarnos a nosotros la responsabilidad.

—¿No harías tú lo mismo? —gritó—. Tú que tan irreprochable pareces creerte, ¿a cuántos hombres mataste el otro día con tu pistola?

—Fue para salvar nuestras vidas.

—¿Pero no te alegra acaso haberlo hecho? ¿No te pareció magnífico ese poder que tenías de quitar la existencia a alguien para salvar la tuya?

—¡No!

—¡Mientes! ¡Mataste, te alegras de ello y lo harías otra vez! ¡No puedes hacerme ningún reproche, ni a mí ni a los míos, porque no eres mejor que nosotros! ¡Ni tú ni ningún humano de ningún mundo! ¿O acaso Érik, ese hombre de paz, no ha matado?

—No me vengas ahora con tus filosofías, Elorridi. No solo son repugnantes, sino encima vulgares. Vas a matarnos en el caso de que no te obedezcamos, eso es todo. Es ridículo que pretendas que te comprendamos y disculpemos. Ni siquiera creo que lo necesites.

—No, no lo necesito. Soy un keri niflúngar. ¡Ah, los niflúngar, el pueblo más malvado, cruel y ambicioso que ha existido jamás! ¡Asesinos sin escrúpulos, sanguinarios hombres sin corazón, como muyi! ¡Con motivo fuimos desterrados a Niflhéim!

Se calló por fin. Ya no lloraba.

—¿Nos matarás, Elorridi? —pregunté de nuevo.

—No lo sé —susurró.

Uno de sus hombres se acercó para decirle que había llegado la voida kirdaia a la que esperaba.

La maestra profunda de la fatia era una mujer vieja y altísima.

Descabalgó de su caballo —supongo que, debido a su edad, venía sentada de lado sobre la silla, a mujeriegas, como se decía en los tiempos antiguos—, fue hacia Jane, se arrodilló junto a ella para examinar la herida de su brazo y, luego, sin una palabra, le alargó un pequeño recipiente.

—Bebe, Jane —dijo Elorridi—. Es una medicina que ha preparado para ti, pues conoce el veneno que llevaba la flecha que te hirió.

Jane bebió; la voida kirdaia se puso en pie con esfuerzo y se alejó hacia su caballo sin despedirse de nadie, ni siquiera de su keri, que inclinó la cabeza a su paso.

—En el próximo dros, Jane tendrá fuerzas para cabalgar —nos informó el keri. Y se alejó en compañía de varios de sus hombres.

Tres horas después, en efecto, iniciamos el camino hacia las montañas donde se encontraba la nave.

En cabeza marchaba Elorridi con diez de sus principales.

Luego nosotras tres. Jane montaba conmigo y aseguraba encontrarse muy bien, sin cansancio alguno siquiera.

Cerraban el grupo otros veinte guerreros.

Elorridi tenía prisa: pronto nos pusimos al galope.

-oOo-

La nave de aproximación estaba allí, quieta e intacta. Me dio un vuelco el corazón al verla. De alegría. Era como estar más cerca de casa.

Pensé en la Tierra. En lo que sentiría al pisarla de nuevo. Durante el trayecto a caballo, le había preguntado a Jane si podría visitarla, cuando la misión acabase, en la universidad donde ella iba a trabajar. Me contestó que le agradaría mucho.

Yo había estado en cierta ocasión en una universidad terrestre.

De visita también: tenía doce años. Todavía recuerdo los edificios de ladrillo rojo, los campos de rugby y los grupos de estudiantes sentados en el césped.

Y que me puse a imaginar un futuro en el que sería una más de ellos.

A veces, en Thingol, me soñaba paseando por aquel verde luminoso.

Nostalgia de un espacio que jamás había sido mío: igual, es curioso, que Elorridi y tantos niflúngars añoraban un mundo que ni siquiera habían visto, que tal vez no verían nunca.

Quizás yo tampoco podría salir de Niflhéim, de aquel planeta ajeno.

Cuando entramos en el valle en el que habíamos aterrizado, Elorridi nos ordenó detenernos a todos, y a mí, descabalgar. Me dijo que fuera caminando a la nave en busca de sus ocupantes. Debía llevarlos hasta él.

Tonsu le pidió permiso para acompañarme. Se encogió de hombros el keri: lo que hiciera o no hiciera la nókvaar le daba lo mismo. Le bastaba con retener a Jane.

Comenzamos a andar las dos. Teníamos que descender unos cien metros, hacia el fondo del valle, por una ladera que me pareció ancha y cómoda al recordar los abruptos declives montañosos del territorio donde se escondían las mujeres niflúngars.

—Tonsu —le dije entonces a mi compañera—, ¿quieres venir con nosotros en la nave si logramos escapar al fin?

Se detuvo un momento.

—¿Me llevarías?

—Sí. No creo que Sienild ni Skékkil quieran hacer ese viaje. Y necesitamos un representante de los nókvaars. Me gustaría que fueses tú.

—Skékkil no querrá porque soy una mujer.

—Se trata de mi nave. Skékkil no manda en ella.

Me miró, como si aún no creyera lo que estaba diciendo. Pero respondió enseguida.

—Iré.

A unos veinte metros de la nave, vimos que alguien salía en nuestra busca: Érik.

Me abrazó al llegar. Un largo abrazo en el que reconocí la tibieza, el olor de su carne, acaricié su espalda y su pelo rizado.

Ya no era ese extraño en el que lo había convertido mi rencor.

En aquel instante, fui casi feliz, aunque también tuve miedo: de dejarme atrapar nuevamente por mis sentimientos.

Un temor inútil, ya no podía hacer nada por evitarlo.

Le expliqué cuanto había ocurrido y lo que pretendía Elorridi. Él me dijo que su grupo había llegado el día anterior y, después, durante la noche, Sienild, Hyndla y Áudhild.

—Deben bajar todos. Sin armas —lo informé.

Regresó a la nave y al poco aparecieron los demás: Sebeok, el hjeníkar, uno de los guerreros de Metz —el otro había regresado en busca de su señor—, las dos mujeres niflúngars y la nókvaar. En silencio, los guié hacia donde esperaba Elorridi.

Resulta curioso cómo, algunas veces, las situaciones más complicadas se resuelven en un intervalo de tiempo tan breve que apenas logras darte cuenta de que ese es el final. Algo así debe de ser la muerte, supongo.

Estábamos ya cerca del keri cuando me pareció ver, a lo lejos, en la parte más oriental del valle, una extraña nube de polvo.

Como el día era tranquilo y apenas había soplado el viento, me detuve para observarla mejor.

Al poco se hicieron nítidas las figuras de muchos jinetes al galope.

Venían hacia nosotros. Los hombres de Elorridi también se habían percatado.

Uno de ellos se apresuró a subir en busca de un lugar desde donde pudiese ver todo el valle. El resto preparó sus armas.

Los que llegaban estaban desplegándose en un amplio semicírculo. Eran más de un centenar.

—¡Son nókvaar y niflúngar! —exclamó Tonsu.

Elorridi nos conminó a terminar el camino; después, sus guerreros nos rodearon. El keri tenía los labios apretados y el gesto entre sorprendido y furioso. Sus hombres lo miraban a la espera de órdenes, pero él nada decía.

El cerco en torno a quienes a su vez nos cercaban se fue estrechando con rapidez. Ahora podíamos distinguir perfectamente el brillo de las armaduras thridis y hósvirs, y los torsos desnudos, las melenas rubias de los nókvaars. Dos grupos unidos con un mismo fin: atraparnos.

El hombre que subió a vigilar regresaba; fue hasta su señor para hablarle al oído.

Varias veces señaló la cumbre a nuestra espalda, la única salida que le quedaba ya a Elorridi.

Este, después de escucharlo, se quedó un momento inmóvil y escupió al suelo desde su caballo.

Comprendí aquel gesto cuando vi aparecer sobre la cumbre a una docena de jinetes nókvaars. El círculo se había cerrado.

Elorridi gritó a los suyos que no se movieran. Los sitiadores se detuvieron también. Y dos hombres cabalgaron hacia nosotros. Un nókvaar y un niflúngar: Skékkil y Metz.