La rosa de las nieblas VII #15
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VII #15

Asintió. Noté que trataba de respirar más profundamente, en busca de la relajación.

Le pregunté si le dolía menos y respondió que sí.

Pero continuaba sin cerrar los ojos, sin estar tranquila del todo, lo noté con claridad.

Me agarró del brazo; parecía muy alterada de pronto, como si todos sus intentos de sosiego hubieran sido inútiles.

—Yolen, no me dejarás aquí, ¿verdad?

Su pregunta me conmovió. No me había dado cuenta de ese miedo suyo: tan grande que no se había atrevido a manifestarlo hasta entonces.

—Por supuesto que no voy a dejarte, de ninguna manera. Sé que es difícil confiar en mí por completo en una situación como esta y no te lo reprocho. Pero estoy aquí, soy tu compañera y, ahora, también tu amiga, y no voy a marchame sin ti. Así que duérmete ahora mismo.

Debió de sentirse aliviada por mi respuesta, porque su agitación disminuyó enseguida.

Le ofrecí agua de mi cantimplora varias veces.

Luego me senté a su lado, le tomé la mano y se la acaricié, y también el pelo y la frente, mucho tiempo, no recuerdo cuánto, una, dos horas, hasta que al fin se quedó dormida.

Entonces fui a tumbarme junto a Tonsu. Estaba despierta, esperándome. Me ofreció la mitad de su manta, ya que la mía se la había dejado a Jane. Nos abrazamos: hacía mucho frío y, además, era agradable. Concilié el sueño de inmediato.

Despertamos al alba. Jane seguía durmiendo.

Me levanté para acercarme a ella y comprobar que ya apenas tenía fiebre y que su respiración era tranquila.

La herida estaba vendada, pues llevábamos en las mochilas un minibotiquín, y, bajo la venda, Hyndla había puesto algunas hojas curativas.

No me atreví a levantar el vendaje, pero, tras limpiarme las manos con un desinfectante que siempre llevaba en mi bolsa, toqué con mucho cuidado sobre la venda y la parte descubierta del hombro de Jane.

No estaba demasiado caliente ni parecía inflamada: eso era un buen síntoma.

Se lo dije a Tonsu al volver bajo la manta.

—Es bueno que duerma —aseguró—. Pero los hombres de Elorridi volverán en nuestra busca y nos apresarán.

—Ya lo sé. No deberías haberte quedado, aunque me alegra que lo hayas hecho.

Callamos durante un buen rato, mirando el cielo en el que cada vez había más luz.

—Yolen, si llegas a tu nave y te marchas en ella al espacio oscuro, no volverás nunca aquí, ¿verdad?

Me quedé pensando su pregunta. Nunca me había planteado esa cuestión; supongo que bastante tenía con encontrar el modo de salir de Niflhéim. Y eso le dije.

—¿Por qué me lo preguntas? —añadí, como una imbécil. No se debe interrogar cuando se sabe la respuesta. Tonsu tardó en responder.

—No volveremos a vernos.

Ya no me atrevía a seguir preguntando, pero ella sí se atrevió a hablar. Me dijo que esperaba no enojarme si me confesaba que se había enamorado de mí. No sabía cómo eran considerados ese tipo de sentimientos en mi mundo, aunque pensaba que, en cualquier caso, yo no me ofendería mucho.

Entonces, la besé. No lo hice por vengarme de Érik ni porque Tonsu me diese pena.

Lo hice por lo que me había dicho; porque era incapaz de permanecer impasible ante su afecto sin corresponderlo de algún modo; porque era cierto que tal vez yo no volviese nunca a Niflhéim.

Porque hay algo atroz en ese afán que tenemos los humanos de empeñarnos en querer a quien no nos ama y en no importarnos quien sí nos quiere.

Yo nunca había tenido relaciones sexuales con una mujer. Pero, bien, siempre hay una primera vez. Le pedí que me quitara la ropa: dormíamos vestidas, por el frío. Le temblaban tanto las manos que tuve que ayudarla. Después, la desvestí yo.

En silencio, nos besamos, nos apretamos una contra otra durante mucho tiempo.

Para mí, su cuerpo era como un lugar desconocido.

Me había acostumbrado a Érik, a sus músculos de guerrero dodimi, a su piel oscura y a su olor.

Y me encontraba frente a una muchacha de color más claro que el mío, más delgada que yo, con más huesos que carne.

La abrazaba y a la vez estaba lejos, observándola, observándome: mis dedos palpaban su nuca rapada, sus mejillas de tacto suave, tan distintas a las de un hombre; una a una, las costillas de su espalda; rocé apenas un instante el vello liso de su pubis.

Sus pechos eran pequeños, igual que los míos.

Acaricié su tibieza, vi cómo los pezones se erizaban cuando los toqué con mi lengua. Tenían un color rosa oscuro.

Poco a poco, me sentía más dentro de aquel abrazo, tal vez por la intensidad del sentimiento que ponía Tonsu en él.

Me besaba, me mordía en los hombros y en el cuello: le había dicho que eso me gustaba mucho.

Largos mordiscos que me dejaron huellas rojas.

Yo estaba boca arriba, y ella iba bajando con sus besos hacia mi vientre.

Cerré los ojos cuando llegó allí, entre mis muslos; navegué a oscuras por el interior de esa caricia, resistiendo cuanto pude para alargarla, hasta que llegaron los segundos en que te sientes subir, una subida veloz y sin aire, y al fin mi orgasmo latigueó en ese espacio absoluto donde solo él existe.

Luego, me pidió que me pusiera boca abajo.

Obedecí y se inclinó sobre mi cuerpo. Entonces ella no fue suave: había tanta fuerza en su vaivén y en su modo de agarrarme por la cintura o los brazos que tuve que pedirle calma.

Me di media vuelta y llevé su pubis sobre mis pechos; quería sentir su calor, frotarlo delicadamente contra ellos.

Conduje sus piernas hacia mi cara y traté de buscar entre su vello el botón rosa y minúsculo.

Me guio: yo era demasiado inexperta. Su olor y su gusto me parecieron agridulces: un aroma fuerte y un sabor que no soy capaz de definir y que permaneció en mi boca mucho tiempo.

Al poco, nos dormimos otra vez, sin vestirnos; me estreché contra su espalda y puse las manos sobre su pecho; ella se hizo un ovillo en el hueco que formaba mi cuerpo.

Un dros después, nos devolvió a la realidad ruido de caballos que se acercaban. Nos levantamos y nos pusimos la ropa rápidamente. Le pedí a Tonsu que fuera en busca de nuestros caballos y desperté a Jane.

—Vienen —le dije—. ¿Cómo te encuentras?

Se incorporó envuelta en su manta. Estaba mejor y la fiebre le había desaparecido, pero aún le dolía el brazo y, sobre todo, se sentía muy cansada.

—¿Crees que podrías cabalgar conmigo, en mi caballo? —le pregunté, pues Tonsu ya llegaba con los animales.

Asintió, tan poco convencida como yo de que pudiera hacerlo.

—Lo intentaremos —decidí—. Tonsu, recoge las mantas, el agua y las mochilas. Yo ayudaré a Jane.

En ese momento, un golpe en el hombro me tiró a tierra y sobre nuestras cabezas un grito ordenó que no nos moviéramos.

Desde el suelo, vi a un guerrero niflúngar encaramado en la roca a cuyo pie nos habíamos escondido.

Me había golpeado con su bota y me apuntaba con la lanza.

Gemí mientras trataba de asimilar el dolor y buscar al tiempo mi pistola.

—¡Yolen, no intentes nada! —me gritó Jane.

Obedecí y me quedé completamente inmóvil, pegada al suelo, pues la lanza había descendido más hacia mi cuerpo. Pero arrojé mi mejor repertorio de insultos al niflúngar. Y como temía que Tonsu sí tratara de hacer algo para ayudarme, repetí las palabras de Jane, dirigidas a la nókvaar.

Un minuto más tarde, los caballos que habíamos oído aparecieron a nuestro alrededor.

Escuché una voz que me resultaba familiar y la lanza que me amenazaba subió hacia el cielo, lejos de mi vista.

Pasos rápidos se aproximaron y un brazo me ofreció ayuda para ponerme en pie.

Desde mi posición, aún tumbada, Elorridi me pareció desmesuradamente alto. Acepté su mano.

—¿Te duele mucho? —me preguntó cuándo estuve en pie, frotándome el hombro—. Lo lamento. Sin embargo, pronto pasará. Antes que nada, te ruego, Yolen, que me des tu pistola.

La saqué de su funda y estuve a punto de tirársela a la cabeza. Conseguí limitarme a ponerla con la mayor brusquedad posible sobre sus manos.

—¡Jane! ¿Cómo estás? —Elorridi fue junto a mi compañera—.

Me contaron que te habían herido; vine a toda prisa, preocupado por ti.

Envié a uno de mis hombres a mi casa, en busca de una de mis voida kirdaia, que en ningún momento, al parecer, han sentido el menor deseo de acompañar a Skúrhild y a otras en sus…

aventuras. No tardará en llegar, trayendo lo necesario para que te recuperes del todo.

Tu aspecto, no obstante, me tranquiliza.

—Así que has abandonado a tus iguales en su batalla contra los nókvaars para venir a interesarte por nuestra salud —dije—. Qué amable, Elorridi.

—¡La batalla! ¡Oh, sí! Me marché antes de que acabara, después de conversar con el esclavo al que enviasteis a dar noticias de vuestros planes a Metz.

Para vuestra tranquilidad, os diré que cumplió su cometido.

Metz fue informado y supongo que, al igual que en mi caso, no habrá dudado en postergar su participación en la victoria de los keri sobre ese rebaño que manda Skékkil.

Bien es cierto que, en el ep en el que yo me iba, sorprendentemente el triunfo parecía saludar a vuestro amigo nókvaar.

Sorprendentemente, he dicho, aunque quizás no tanto, si consideráis que Metz y yo teníamos más interés en vuestros movimientos que en esa lucha y que Dánkwart prefería perseguir mujeres en vez de esclavos fugitivos.

Me temo que Helblindi nunca nos perdonará que le hayamos dejado cargar a él solo con la culpa de una derrota.

No obstante, en la guerra suele haber más de una batalla y no hay que fiarse del viento que sopla a nuestro favor, pues es caprichoso como una mujer y, cuando menos lo esperas, cambia.

No os alegréis, por tanto, de esta victoria de vuestros amigos: ni siquiera ellos se atreverán a dejarse llevar por el júbilo.