La rosa de las nieblas VII #14
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VII #14

Cabalgamos todo lo que quedaba del día y gran parte de la no luz, hasta llegar a las tierras de Metz.

Allí nos guio Áudhild, tratando de ir por lugares inhabitados: seis mujeres solas éramos un grupo demasiado singular como para arriesgarnos a que nos vieran, por mucho que el señor de aquel territorio nos hubiese ofrecido su protección.

A pesar de que atravesábamos zonas boscosas siempre que era posible, pudimos vislumbrar que los dominios del keri pelirrojo eran, sobre todo, una sucesión de campos labrantíos que se desplegaban por ondulaciones nunca demasiado escarpadas.

Colinas, montículos, ríos estrechos, dehesas, vegas, campiñas.

Había casitas, carros de madera, animales, caminos, puentes, hósvirs y nókvaars trabajando.

Así que Metz gobernaba una región fértil y tranquila, grande y próspera.

Se la percibía apacible. No me hubiese importado pasar una temporada allí.

Al fin, cuando ya nuestras fuerzas no daban para más, nos detuvimos a comer y dormir un poco, apenas un dros. Y luego, otra vez a cabalgar lo más rápido posible.

Poco después del amanecer de la siguiente luz, cruzamos el río Loti, la frontera entre las casas de Metz y Elorridi. Nos dirigimos hacia el bosque de Brynjolf, donde resultaría más fácil ocultarnos.

Una vez allí, continuamos hasta bien entrada la tarde.

Entonces hicimos un nuevo descanso alrededor de una hoguera.

Nos quedaban pocas provisiones: carne fría y un repugnante pastel de toisto más frío aún.

Pero había que reponer fuerzas, pues quedaba mucho camino.

Y acordamos dormir al menos la mitad de la no luz.

Mientras cenábamos, Áudhild creyó oír ruidos extraños detrás de los árboles que nos rodeaban.

Como pisadas cautelosas, dijo. Podía tratarse de muyis, añadió, o de hombres.

Nos alarmamos todas, yo saqué mi pistola y Tonsu preparó su arco, pero no volvió a escucharse nada.

Bromeé diciendo que, si se trataba de un muyi, podríamos hacer con él un buen asado y desechar el pastel de toisto.

Cuando terminamos nuestra cena, habíamos logrado olvidarnos de los sonidos fantasmas y Jane y yo nos pusimos a hacerle preguntas a Áudhild.

Teniendo en cuenta que, según sabíamos, a las mujeres niflúngars apenas las dejaban salir del recinto de la fortaleza de la casa, nos sorprendía que la hósvir conociera tan bien las tierras de su keri.

Áudhild nos explicó que ella y su ildisjan, también hósvir, el cual había muerto dos años atrás, acompañaban a los thridis y al keri en sus partidas de caza por los bosques, en busca de muyis y bólverks.

Su ildisjan se encargaba de portear las piezas cazadas y ella, de hacer la comida para todos.

Al morir él, la habían obligado, efectivamente, a permanecer dentro de la fortaleza y, además, su padre le había buscado un nuevo ildisjan que a ella no le gustaba en absoluto.

Para no unirse a él y porque no soportaba estar encerrada siempre entre muros, se había ido con Skúrhild.

Todo esto nos lo contó la niflúngar cuando insistimos en preguntarle; no parecía apetecerle mucho dar ningún tipo de explicaciones.

Desde luego, Skúrhild había elegido una buena guía, que nos inspiraba plena confianza.

Sin embargo, su carácter nos desconcertaba, al menos a Jane y a mí: unas veces se mostraba de lo más amable y risueña; otras, distante y enojada, ocasiones estas en las que no decía una palabra y nos miraba igual que si fuéramos insectos.

Quizás, comentó Jane, tenía el temperamento que, según nuestro amigo Ejalmberri le había dicho, era típico de las mujeres niflúngars: tan enérgico como caprichoso.

Pero aquella noche no tuvimos mucho tiempo para conocerla mejor. Porque en el momento en que nos íbamos a dormir, escuchamos —todas y con claridad— el trote de un caballo, muy cerca.

Le pedí a Áudhild que me acompañara para tratar de descubrir quién nos espiaba, y avancé entre los árboles con la niflúngar detrás y con mi pistola por delante bien aferrada entre mis dos manos, apuntando al aire del crepúsculo, un gesto que me hacía sentir más ridícula que segura.

Caminamos unos veinte metros sin ver nada más que árboles y sin oír otra cosa que nuestra respiración alterada por el miedo, hasta que a nuestras espaldas escuchamos los gritos de Hyndla y Sienild: nos llamaban.

Volvimos corriendo. Vi a Tonsu disparar su arco contra un hombre que trataba de huir a pie. Cayó el hombre y Tonsu lanzó al aire una nueva flecha en la misma dirección, como si hubiera alguien más.

Sienild y Hyndla se encontraban a pocos metros de Tonsu, inclinadas sobre un cuerpo tendido en la tierra: Jane.

Me asusté mucho y fui a toda prisa hacia ellas. Jane trataba de levantarse. Una flecha la había alcanzado en un brazo. No me pareció una herida grave en un primer momento. Hyndla dijo que iba a sacar la saeta y, en efecto, la extrajo en seguida, de un solo tirón, que hizo gritar a Jane.

—Trae agua, pronto —ordenó la niflúngar a Sienild mientras observaba la flecha—. Lleva veneno.

Sienild vino con el agua y también se acercaron Tonsu y Áudhild.

—Han sido hombres de Elorridi, lo sé por el adorno de sus cascos —dijo Tonsu—. Dos. Uno ha conseguido huir. Ahora saben dónde estamos.

—Tenemos que irnos enseguida —añadió Áudhild.

—Ella no debe moverse —dijo Hyndla, señalando a Jane—.

La flecha estaba envenenada; la he sacado rápido, pero el veneno es más veloz.

Voy a limpiar bien la herida y le prepararé una medicina para que la beba; he traído las plantas necesarias.

Además, tiene que tomar mucha agua y quedarse tumbada al menos varios dros, así su cuerpo, aunque tenga fiebre, podrá vencer al veneno, ya que por fortuna ha absorbido poco de él.

Nos miramos las seis en silencio.

—Supongo que los hombres de Elorridi no tardarán en volver —dije al fin—. Es absurdo que nos quedemos todas. Me quedaré solo yo, con Jane. Buscaremos algún lugar donde ocultarnos. Vosotras cuatro seguiréis hacia la nave para decirles a nuestros compañeros dónde estamos.

Mientras Hyndla hervía sus hierbas en el fuego, Tonsu fue en busca de un escondite; no tardó en volver.

—Hay una colina cerca —dijo—. En la parte de abajo he visto muchas rocas para escondernos en ellas. Yo quiero quedarme también. ¿Puedo, Yolen?

—De acuerdo. Marchaos entonces las demás, ahora mismo.

Así lo hicieron. Después de dejarnos toda su agua, ya que podrían encontrar más por el camino, Hyndla, Áudhild y Sienild montaron en sus caballos para alejarse en la oscuridad.

Pronto solo vimos la luz de la antorcha que portaba Áudhild.

La verdad era que, de encontrarnos nuestros perseguidores, no teníamos muchas posibilidades frente a ellos.

En cuanto a armas, solo contábamos con el arco de Tonsu, mi pistola y un puñal que últimamente me había agendado para llevar conmigo.

Menos que nada, desde luego, pero no suficiente.

Nuestra mejor opción estaba en el propio escondite: que no nos vieran, que no nos olieran, que pasaran de largo.

Me atreví a confiar en que no resultaría imposible.

Encendí mi linterna y nos trasladamos hasta las rocas. Jane dijo que podía caminar perfectamente, pues el trayecto era corto y solo le dolía el brazo.

Buscamos un espacio entre varias rocas grandes y pusimos sobre la tierra una manta; le ordené a Jane que se tumbara y la tapé con otra. Mientras, Tonsu ató nuestros caballos a los árboles más próximos.

Al principio, Jane no mostraba ningún síntoma fuera del dolor de la herida. Aseguraba encontrarse bastante bien, incluso, tras haber tomado la bebida preparada por Hyndla. Pero unos treinta minutos después, nos dijo que sentía frío. Le toqué la cara: estaba muy caliente.

Poco a poco, la fiebre le fue subiendo. La tapamos con otra manta porque notaba escalofríos muy fuertes. Se quejaba también de que el brazo le dolía cada vez más.

—Deberías tratar de tranquilizarte —le dije—. Quizás así puedas dormir. Estás siendo muy valiente, Jane. Al fin y al cabo, tú no te dedicas a ir pegando tiros por ahí y por acá, ni a huir a caballo ni a meterte en guerras.

—Claro, lo mío son los estudios y las bibliotecas. Y tranquilizarse es cuestión de voluntad, basta con ponerse a ello. No me trates como a una niña, Yolen.

—Vaya, ya estamos otra vez discutiendo y en un momento muy poco oportuno.

Creía que habíamos empezado a llevarnos bien.

Yo he hecho todo lo posible, te lo aseguro.

No como antes, en mi nave y al principio de llegar aquí, pues reconozco que entonces fui desagradable y agresiva contigo.

Te vuelvo a decir que lo lamento y que estaba siendo injusta.

No hice ni siquiera un intento serio de conocerte mejor.

De corazón te digo todo esto, sabes que entre mis defectos no está la hipocresía.

O quizás debería decir entre mis virtudes, ya que en este maldito planeta ser hipócrita es una gran ventaja a la hora de mantener relaciones sociales con los niflúngars.

—Yolen, yo tampoco me mostré muy abierta a intimar con vosotros tres.

Fui arrogante casi siempre, he sido consciente de ello después de haber llegado aquí.

Supongo que me sentía menos capacitada que vosotros en muchos aspectos para una misión como esta y quise compensarlo con vanidad intelectual.

Y lo siento mucho. Habéis llegado a caerme bien y tampoco es hipocresía. Te aprecio, Yolen.

—A pesar de mis modales.

—A pesar de tus modales.

—Pues te aseguro que, la primera vez que te vi, casi me fascinaste. De verdad. Guapa, inteligente, con elegancia, sabiendo tantos idiomas… Otro día te cuento lo de que me recuerdas a mi madre. Otro día. Cuando estemos en la nave, por ejemplo.

—Si conseguimos llegar.

—Ya lo creo que sí. No vamos a rendirnos ahora, en el último tramo.