VII #13
También una mujer niflúngar había recibido, de Skúrhild, el encargo de hacer lo mismo. De regreso, tras volar sobre los barrancos de oriente, nos dijo que estaban llegando más nókvaars desde el sur y que se unían al gran grupo de Skékkil. De modo que era muy posible que hubiese un nuevo combate.
Así fue. Esa misma luz, cuando Jar empezaba a descender, los nókvaars volvieron. En esa ocasión, sus rivales los estaban esperando.
Volaron las flechas de los arqueros hósvirs niflúngars, situados en primera línea.
Tras ellos, los jinetes thridis refrenaban sus caballos.
Se defendían los nókvaars arrojándose al suelo o con escudos quienes los llevaban; dispararon a su vez sus arcos.
Con un movimiento unánime, los niflúngars opusieron sus grandes escudos a la lluvia de flechas, que rebotó contra el metal con un largo estruendo.
Entonces los caballeros niflúngars, desbordando por las alas a los arqueros, atacaron lanza en ristre a sus enemigos. Y Skékkil dio la orden a los nókvaars para que hicieran lo mismo.
Las lanzas volaron de un lado a otro del campo.
Los sobrevivientes desenvainaban sus espadas porque la siguiente fase era la lucha cuerpo a cuerpo, ya sin orden, hasta que los jefes de alguna de las dos fuerzas gritaban a los suyos que retrocediesen para reagruparse tras los arqueros y se iniciaba un nuevo choque, idéntico al anterior.
Durante más de un ep, el combate se mantuvo igualado. Luego, la suerte pareció favorecer a los nókvaars. Empujaron hacia el fondo del desierto a sus enemigos.
Pero no a todos. Vimos cómo los hombres de Dánkwart, aprovechando la confusión del combate, daban media vuelta para dirigirse hacia el oeste, hacia el lugar por donde era más fácil subir hasta nuestro territorio. No tardaron en llegar allí e iniciar el ascenso.
Eran unos cuarenta. Dánkwart fue el primero en encaminarse ladera arriba. Creo que los nókvaars se dieron cuenta de lo que pasaba y avisaron a Skékkil, aunque nada podían hacer, pues se habían adentrado mucho en el páramo y guerreros de los keris Hrándung y Vólker les cortaban el camino de regreso.
Skúrhild, que estaba a mi lado, me miró.
Yo tenía mi pistola, sí: la única arma de fuego en muchos kilómetros a la redonda.
Bastante inútil frente a cuarenta hombres que manejaban sus armas de acero a la perfección.
Estábamos solas: la mayoría de los nókvaars varones se habían ido, durante la noche anterior o a plena luz, con Skékkil.
Intentar defendernos como habíamos hecho días antes frente al ataque de Elorridi resultaba una completa locura.
Se lo dije a Skúrhild. Asintió. Ella tampoco estaba dispuesta a arriesgar la vida de las mujeres.
Siempre le reconocí un gran mérito que compensaba su mal carácter: el que valorase tanto esas vidas.
Por fortuna, Skúrhild había dicho a todas las niflúngars que muy pronto, en cuanto llegase nuestra nave, iban a tener que huir.
Así que estaban preparadas. Bastó que les llegase un nuevo aviso para que, en poco tiempo, se reunieran alrededor de la casa de Skúrhild, adonde fuimos también Jane, las pocas nókvaars que seguían con nosotras y yo.
—He elegido el lugar al que iremos —habló entonces Skúrhild—.
Y vamos a irnos ahora. Dánkwart y sus guerreros vienen en nuestra busca.
Avanzan despacio: saben que podemos detenerlos de muchos modos.
Pero yo sé, asimismo, que tarde o temprano lograrán superar nuestras defensas.
No hay otro remedio que huir, de nuevo. La que desee quedarse, pedir clemencia a su keri, que lo haga: quizás no lo obtenga, pero eso ya lo sabe, o quizás sí.
En cuanto a vosotras, las nókvaar, también podéis hacer lo que queráis: seguirnos o confiar en que los vuestros derroten a los niflúngar.
Son, estos tiempos que vivimos, extraños.
Muchas cosas cambian a la vez. Y en mi mente, al tratar de comprender esos cambios, solo encuentro niebla.
Incluso mis propios deseos e intenciones me son confusos, pero no desistiré de ellos, pues los creo justos: igual, tal vez, que los deseos de los nókvaar.
Vosotras, mujeres helitharendi, debéis marcharos enseguida; no hay tiempo para esperar a la nave, así que tenéis que ir en su busca, tras vuestros compañeros.
Están ya preparados los mejores caballos que he podido elegir.
Mi hija Hyndla irá con vosotras y también os acompañará y guiará Áudhild, de la casa del keri Metz.
Me acerqué hasta la guía de las niflúngars.
—¿A caballo? —le pregunté—. ¿No sería más rápido si volásemos?
—Te has dejado fascinar por la fatia, helitharendi.
Eso puede ser peligroso. Sí, iríais más rápido, pero sería necesario que supierais orientaros en el cielo.
Y vosotras dos no sabéis. Y tendríais que volar muy deprisa porque el nuru es transitorio y, cuando acaba, es difícil incluso permanecer de pie: hay que dormir.
Y, entonces, ¿de qué os serviría el tiempo ganado?
—Está bien. A caballo.
Skúrhild se levantó. Fue hacia Hyndla; se abrazaron. Luego, se dirigió a Jane y a mí.
—Os deseo suerte. Y os confío a Hyndla. —Puso sus manos en mis hombros y en los de mi compañera—. Y os pido que no os olvidéis de nosotras y de regresar a Niflhéim. Aunque yo no esté viva ya. Say, Yolen. Say, Jane.
Por un momento, mientras Skúrhild nos despedía, me sentí casi avergonzada.
Recordé mi terror la noche en que habíamos aterrizado en el planeta, durante la incursión en las ruinas del antiguo poblado niflúngar, y lo mal que había dormido la no luz siguiente, en la casa de Elorridi, temiendo por mi vida; mi pánico al quedarme sola en el bosque, antes de que las mujeres nos apresaran; y luego, cuando me transformaron en muyi y uálad.
Habíamos ido a Niflhéim, mis compañeros y yo, con mucho miedo y, sin embargo, también con esperanza: quizás no saldríamos vivos de aquel planeta, pero quizás, por el contrario, hallaríamos la solución, el secreto para destruir a Íngvar.
¿Y qué habíamos encontrado? Una sociedad feudal de guerreros que luchaban con armas que en la mayoría de los planetas eran piezas de museo, y dedicados por completo a sus intrigas, codicias y ruindades, como en cualquier otro mundo.
Y a estas mujeres de las que ahora nos despedíamos.
Fuimos en su busca creyendo que su magia era nuestro último recurso, pero ellas, aunque tuviesen poderes que mi razón no comprendía, estaban tan confusas y perdidas en su lucha por ser libres como nosotros.
De poco les servía ser brujas; de poco, tal vez, iba a servirnos frente a los soldados de Íngvar, igual que no nos valdrían para mucho el orgullo y las espadas de los varones.
Lejos del planeta en que vivían, los niflúngars eran débiles; en él incluso, habían acabado por utilizarnos para sus fines, por poner en nuestras manos, ironías del destino, sus propias esperanzas.
Las mujeres que nos rodeaban nos abrieron paso. Nos alejamos de Skúrhild. En su gesto no había asomo de emoción alguna. También Hyndla permanecía imperturbable, aunque pude ver sus manos temblar cuando montó su caballo. No se volvió en ningún momento a mirar hacia atrás.
Instantes después, cabalgábamos seis mujeres hacia el sur: Jane, Hyndla y yo; la otra niflúngar, Áudhild —una hósvir de gestos imperiosos, que tenía más o menos mi edad, medía casi metro ochenta y cinco y llevaba suelta una melena tan larga como la de un guerrero, además de tener una corpulencia bastante parecida a la de cualquiera de ellos—, Tonsu y Sienild.
A esta última tuvimos que convencerla de que no podía hacer otra cosa que huir en nuestra compañía, por su bien y el de su tan amado prometido, pues, si se quedaba, Dánkwart podía tomarla como rehén.
Le aseguramos que la dejaríamos en algún lugar desde el cual podría ir en busca de Skékkil.
No me agradaba mucho viajar con Sienild, porque su compañía solo iba a añadirnos problemas en cuanto se enterase Elorridi.
Pero tampoco me sentía capaz de dejarla sola: el resto de las nókvaars se iban con las niflúngars.
Supongo que el tiempo pasado junto a estas en las montañas les había permitido descubrir las ventajas de la libertad, no solo respecto de sus amos niflúngars, sino también en relación con los nókvaars varones, tan patriarcales, desde luego, como sus dueños.
Gracias a Sienild, sin embargo, conseguimos solucionar un problema, el de informar al keri Metz sobre nuestra huida para que no pensase que lo traicionábamos.
Ella habló con uno de los pocos nókvaars varones que no se habían ido con Skékkil porque era demasiado viejo: le pidió que comunicara a su prometido, en cuanto le fuese posible, que nos dirigíamos en busca de la nave, y que transmitiese el mismo mensaje a Metz.
Fuimos hacia el sur, hacia el bosque. Antes de llegar, subí con mi caballo a un altozano para ver dónde se hallaban Dánkwart y sus guerreros.
Me fue imposible distinguir el norte: una bruma espesa lo ocultaba; una gran nube recortada contra la claridad del cielo a su alrededor: Jar brillaba en lo alto.
Las voidas kirdaias habían trabajado bien.
Cuando nos adentrábamos en el bosque, sobre nuestras cabezas se oyó un largo grito.
Decenas de uálads lo producían; volaban juntas hacia oriente, en medio de una tempestad de alas.
Levantamos los brazos para decirles adiós.
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