VII #12
Poco antes del amanecer, Sebeok, Érik, Ejalmberri, Tonsu y yo bajábamos hacia el páramo para dirigirnos al campamento de Metz.
Jane se había quedado en la casa, después de hablar con Sienild, a la que interrogó sobre los planes de Skékkil.
Pero la nókvaar no sabía mucho más que nosotros y se mostró tan nerviosa y afligida ante la situación que se avecinaba que Jane desistió de hacerle más preguntas.
Habíamos decidido contarle a Metz lo que pasaba, ya que él estaba dispuesto a prestarnos su ayuda y, además, porque nos sentíamos muy enojados con Skékkil. Teníamos miedo, sin embargo, de la reacción del keri.
El viaje hasta su campamento fue muy dificultoso.
No nos atrevíamos a encender las linternas mientras bajábamos la montaña por temor a que nos vieran los vigías niflúngars de otros keris.
Estábamos en luna nueva. Y aunque Tonsu y Ejalmberri nos guiaban e insistían en que la oscuridad no era total, señalándonos en el cielo el débil resplandor de la lejana galaxia, para nuestros ojos de helitharendi no había más que negrura, igual que si estuviésemos en una cueva.
Yo iba aferrada a Tonsu, tratando de pisar donde ella pisaba y jurando en mi idioma y en ínter y hasta en niflúngar cada vez que resbalaba o caía o me acordaba de Skékkil.
Aún no me explico cómo conseguimos llegar abajo con todos los huesos intactos.
En el desierto había luces: las hogueras junto a las que vigilaban hombres de cada señor. Hacía bastante frío, pero nada de viento. Corrimos, agarrados unos a otros, hacia la tienda de Metz. Tonsu se adelantó para avisar al vigía de quiénes éramos.
El keri nos recibió sentado en la cama, soñoliento y vestido con una túnica blanca que era el pijama habitual en Niflhéim.
Le explicamos cuanto ocurría y, sobre todo, que nosotros no habíamos tenido nada que ver con los planes de Skékkil.
Mientras nos escuchaba, Metz no dejó de gruñir y de bostezar ruidosamente.
Así que terminamos y nos quedamos mirándolo, tratando de que no se nos notara el miedo. Y entonces él se echó a reír.
—¡Por Jar, esto va a ser más divertido que el combate entre el nókvaar y Elorridi! ¡Una batalla entre esclavos y niflúngar! ¿Y eso es lo que os asusta tanto? —Casi se cayó de espaldas en la cama de tanto reírse.
—Skékkil viene con muchos hombres —dije.
—¡Qué miedo! —Más carcajadas. Tuvo que hacer varios intentos para ponerse en pie—.
Me gusta ese Skékkil. ¡Como si fueran bolm, nos trae a sus fugitivos para que los azotemos a todos!
Sí, va a ser divertido ese combate. Y bien, parece que deseáis salir en busca de vuestra nave ahora mismo. No tengo el menor reparo.
Le habíamos dicho, en efecto, que nos parecía peligroso esperar a la luz y que el viaje lo harían Érik, Sebeok y Ejalmberri, pues el hjeníkar guiaría mejor que nadie por las tierras de Elorridi que iban a cruzar.
Ordenó el keri a un sirviente que preparase cinco caballos y que avisara a los dos thridis que irían con aquellos.
Al poco, ambos hombres estaban en la tienda.
—Daos prisa —dijo Metz— o vendrán los vigías de todos los campamentos a despediros. Y tú —me hablaba a mí—, vuélvete enseguida allá arriba con el muchacho nókvaar —señalaba a Tonsu— y sigue durmiendo, como pienso hacer yo. Say.
Obedecimos todos. Junto a Tonsu, vi a los cinco jinetes alejarse en el mayor silencio posible, hacia el sudoeste, para bordear la montaña.
Al poco, nosotras también echamos a andar; pronto la hoguera del campamento de Metz dejó de alumbrarnos, aunque ya la oscuridad no era absoluta: por oriente se veía un fulgor pálido, que cuando llegamos al pie del monte se había extendido por todo el cielo.
Ya a punto de llegar arriba, me adelanté a Tonsu, pues a ella le molestaba una de sus botas y se sentó a ajustársela. De pronto vi en lo alto una figura agachada. Me pareció más peligroso retroceder que continuar ascendiendo, así que hice esto último.
La figura se irguió en el momento en que yo terminaba mi subida y un guerrero niflúngar se abalanzó sobre mí, con su lanza por delante.
A duras penas pude esquivarlo tirándome al suelo; desde allí, saqué la pistola —Sebeok me había dejado la suya, que aún estaba cargada— y le apunté, ordenándole que arrojase lejos su arma.
Lo hizo y me puse en pie. Pero no me atreví a disparar: no soy un guerrero ni un soldado, no he aprendido a matar como ellos.
Él se dio cuenta de mi vacilación; saltó hacia mí y logró derribarme.
Rodé por tierra, perdí mi pistola y el niflúngar me asestó varias patadas en la espalda y en el estómago.
Por fortuna, llegó Tonsu, que utilizó su arco contra el niflúngar. Este cayó a mi lado.
Yo apenas podía respirar ni erguirme. Mi compañera me ayudó a ponerme en pie y a seguir andando. Caminé doblada sobre mí misma, sin saber qué me dolía más: las costillas o el estómago; al caer me había hecho una herida en la ceja izquierda que no paraba de sangrar.
Al fin conseguimos llegar a nuestra casa. Jane, que nos había visto desde una ventana, vino hacia nosotras.
—Yolen, ¿qué ha pasado? —Pero al darse cuenta de que yo no estaba para dar muchas explicaciones, me ofreció su brazo, al que me aferré mientras volvía a maldecir a Skékkil, único modo de olvidarme del dolor.
Supongo que Jane ya me había perdonado, porque fue ella quien se ocupó de mí y de mis golpes en la casa. Estábamos en eso cuando se abrió la puerta y entraron Skúrhild y Hyndla, a las que alguien debió de informar de que había un cadáver sospechoso en nuestro territorio.
Tuvo la cortesía Skúrhild de preguntar por mi salud además de por lo que había ocurrido.
—Ese hombre que te atacó —dijo— era un guerrero de Dánkwart. Sin duda trataba de averiguar los caminos hasta aquí.
Le contamos con detalle todos los acontecimientos de la noche. Y, al igual que Metz, tampoco se alarmó por los planes de Skékkil.
—¿Cuándo llegará vuestra nave?
—Si todo va bien —respondí—, quizás mañana, durante la luz.
—Y entonces os iréis en ella, con el hjeníkar y con Metz. Y con Hyndla, pues así me lo prometisteis.
—Por supuesto.
—No me preocupa Skékkil. Y no debería preocuparos a vosotros tampoco. ¿O es que vais a apoyar su ataque?
—De ningún modo —contesté—. Ni lo ayudaremos ni lo vamos a llevar en mi nave.
—Mientras Skékkil pelea con los keri, estos se encontrarán demasiado ocupados para recordarnos a las mujeres. Prepararemos la huida. Porque tendremos que escapar de aquí cuando os marchéis.
—¿A dónde? —preguntó Jane.
—Hay más montañas.
—¿Y qué haréis allí? ¿Vais a pasaros toda la vida huyendo y ocultándoos?
—¿Me preguntáis por el futuro, helitharendi? Os lo dije ya antes, ninguna mujer niflúngar, ni siquiera una voida kirdaia, puede adivinar el futuro. No sé qué haremos ni qué será de nosotras. Yolen, prepararé una bebida que calme tus dolores y te la traerán enseguida. Say.
Me había llamado por mi nombre. Silbé de asombro y me acosté a la espera de aquella bebida.
-oOo-
Hubo una batalla. Poco después del amanecer, los nókvaars, al mando de Skékkil, asaltaron a los niflúngars por sorpresa. Metz debió de informar únicamente de aquel ataque a su aliado, Kleggi; solo los guerreros de ambos keris estaban despiertos y preparados para defenderse; el resto dormía.
Las mujeres, niflúngars, nókvaars, helitharendis, mirábamos desde arriba. Los atacantes llegaron por el este, con la estrella roja: en caballos y a pie, con hachas, lanzas y espadas, sin armaduras.
Un dros entero duró el combate. Al principio, la sorpresa jugó a favor de los nókvaars.
Muchos niflúngars despertaron para encontrarse frente a un arma enemiga que los devolvía a un sueño definitivo.
Sin un solo instante de vacilación, los que habían sido sus esclavos los atravesaron con sus lanzas y espadas; los que habían cortado con hachas árboles para sus chimeneas las usaban ahora para romper sus escudos, sus cascos y sus cabezas.
Sin embargo, al cabo de no mucho tiempo, los thridis consiguieron reunirse en torno a sus señores, y estos, con sus aliados. Y aquellos grupos de jinetes, provistos de buenas armaduras y, desde luego, luchadores más experimentados que los nókvaars, lograron frenarlos.
Se podía distinguir a cada familia por sus estandartes.
Metz y Kleggi luchaban juntos, al igual que Hrándung y Dánkwart.
El kínglar era un excelente guerrero y sus hombres, de los más ofensivos: competían, en cuanto al número de rivales vencidos, con el grupo formado por los keris Helblindi, Eckéwart, Thórir y Hreim.
A la cabeza de los suyos vimos a Skékkil, uno de los pocos nókvaars que podía enfrentarse sin temor a cualquier niflúngar, hósvir, thridi o keri.
Pero Skékkil buscaba a alguien y no le era posible llegar hasta él: Elorridi luchaba en el lado opuesto del desierto, y entre uno y otro había demasiados keris con interés en derribar personalmente al líder de los esclavos fugitivos.
Cuando los nókvaars empezaron a retroceder, pensé que Skékkil iba a ser tan obstinado y estúpido como para continuar hasta la muerte con todos sus hombres antes que rendirse.
Pero al menos no fue estúpido. Viendo que el curso de la batalla le resultaba desfavorable, dio orden a su gente de reunirse y retirarse a toda velocidad.
Y poco después, los nókvaars huían a la carrera por el este y en el campo de batalla se apagó el estruendo de las armas y el griterío de los combatientes; solo quedaron, como ocurre siempre, los lamentos de los heridos.
Los doce keris se reunieron a hablar. Fue un encuentro largo. Tras él, varios jinetes niflúngars cabalgaron en la dirección tomada por los nókvaars. Sin duda, iban a comprobar si la huida de estos era una rendición o un engaño para reagruparse y volver.