La rosa de las nieblas VII #11
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VII #11

—Si el cargador de mi pistola está vacío —respondí—, no es por haber hablado sin actuar.

Por mi parte, voy a proponerle al keri Metz que rescate al nókvaar a cambio de llevarlo a él en nuestra nave como representante de los niflúngars.

Me agrada Metz y prefiero hacer tratos con él más que con ningún otro.

Es un último intento. Tú decides, Skékkil, si esperas o no a ver el resultado.

Acompáñame, Tonsu. Jane, me gustaría que vinieses con nosotras si estás de acuerdo con mi idea.

Sebeok, ¿podrías seguirnos a cierta distancia, por si necesitamos tu ayuda?

Di media vuelta; Jane, Tonsu y Sebeok me siguieron.

—¡No esperaré mucho! —gritó Skékkil.

Cuando estuvimos abajo, envié a Tonsu por delante para que anunciase a Metz nuestra llegada y le dije a Sebeok que se quedase al pie de la montaña con su arma dispuesta.

Luego, Jane y yo avanzamos a solas. Por el camino, me contó que el keri Loddfáfnir había tratado de liberar al nókvaar, solo y sin armas, pero los guerreros de Dánkwart lo habían alejado del lugar a empujones.

Noté que Jane seguía molesta conmigo por lo que le había dicho esa mañana: no porque aludiese en ningún momento a la cuestión, sino por el tono frío de su voz, porque todo su cuerpo se ponía rígido al hablarme y no me miraba a los ojos.

Yo habría preferido que expresara claramente su irritación, pero era pedirle demasiado.

Metz salió a recibirnos y nos llevó a su tienda. Desde ella no se podía ver al nókvaar al que azotaban, cosa que agradecí.

—Y bien, señoras —nos dijo Metz, ya dentro de su tienda, donde nos ofreció martok y carne—. ¿A qué debo el honor de vuestra visita?

Jane le explicó nuestras pretensiones. Mientras escuchaba, el keri bebía una jarra de martok tras otra y se acariciaba la barba roja y las cadenas de plata que pendían de su cuello. Yo tomé mi jarra y la de Jane, que no quiso probarla.

—Y decidme, señoras, antes que nada —habló Metz al terminar mi compañera—. ¿Por qué me habéis elegido a mí? Sin duda, no porque os parezca el más guapo de todos los keri. —Lanzó al aire una de sus risotadas—. ¿Quizás porque soy un kínglar, como Dánkwart?

—Porque eres más fuerte y más inteligente que Dánkwart —dije—, y no temerás enfrentarte a él. Y porque confío en ti más que en ningún otro keri, lo cual no quiere decir que confíe mucho.

Otra carcajada. Y luego:

—Esta mañana habéis dicho que entre todos debíamos elegir al keri que os acompañaría en vuestra nave.

Sin embargo, ahora me aseguráis que seré yo quien ocupe ese puesto si rescato a un esclavo estúpido que se ha dejado atrapar por Dánkwart.

¿Creéis que mis iguales van a aceptar eso?

Tal vez lo consideren una traición por mi parte y se enfurezcan conmigo y con vosotros.

Y si se enfurecen, ¿acaso pensáis que podríamos vencerlos solo con vuestras pistolas, unos cuantos nókvaars y mujeres rebeldes, y cincuenta de mis hombres?

¿Os ha emborrachado el haber vencido a Elorridi?

—Quizás a ti se te ocurra algo que evite esa lucha. O quizás puedas buscar aliados entre ellos. Lo que está claro es que necesitamos la protección de un keri. Y su astucia.

—¿Y todo esto lo hacéis por un esclavo?

—Por un esclavo, efectivamente.

—Estáis tan locos como Loddfáfnir, por Jar, no me cabe duda. ¿Y pensáis que voy a fiarme de unos helitharendi locos?

—Es tu decisión —dijo Jane.

Metz resopló, trasegó una nueva jarra de martok y se puso en pie golpeando varias veces su vientre. Dio unos cuantos paseos por la tienda murmurando en niflúngar y, de pronto, se detuvo para colgarse a la cintura la espada que había dejado sobre su cama.

—¿Dónde está esa nave vuestra?

Se lo explicamos. Bueno, le explicamos dónde se encontraba la nave de aproximación, no que teníamos otro vehículo, el principal, orbitando alrededor del planeta. No le habíamos dicho esto último a ningún ninflúngar ni falta que hacía. Mejor no complicar las cosas.

—Bien: mañana, cuando Jar nos traiga la luz y Elorridi y ese Skékkil diriman sus asuntos personales, uno de vosotros podría huir de aquí, acompañado de dos de mis mejores thridi, en busca de esa nave. Y regresar volando en ella, si es posible. Supongo que la nave estará bien armada.

—Por supuesto —mentí. Estaba jugando al póquer y echándome un farol.

¿Bien armada? No era para tanto, desde luego, pero un cañón más, un cañón menos, qué importaba en realidad.

Necesitábamos que cualquier habitante de Niflhéim creyese que teníamos un vehículo no solo invulnerable, sino capaz de vencerlos a todos.

Una táctica de guerra como otra cualquiera.

El viejo Sun Tzu ya lo escribió en El arte de la guerra , esa obra sin fecha de caducidad—.

Me parece una excelente solución si logramos llegar.

—No es tan difícil. Solo tenéis que atravesar las tierras de mi casa, que es la más próxima a estas montañas, por el sudeste, y la de Elorridi, que linda con la mía.

Yo hablaré, entretanto, con el keri Kleggi, mi aliado, y quizás también con Hreim, Fjólnik e incluso Thórir; trataré de convencerlos de que, si viajo en vuestra nave, es porque lo queréis vosotros y de que, si ellos me apoyan, obtendrán más beneficios que en el caso de enfrentarme.

Y cuando la nave esté aquí, bien, entonces habrá que darse prisa para escapar en ella.

Dio un manotazo a la tela que cubría la entrada de la tienda y salió. Lo seguimos. Aproveché para pedirle a Tonsu que fuese a avisar a Sebeok, que esperaba al pie de la montaña.

Era el último dros de la tarde, del jarkatik. Nos dirigimos, bajo la luz sin fulgor, hacia el campamento de Dánkwart.

Habíamos recorrido la mitad del camino y estábamos en una zona desocupada por completo de tiendas cuando vimos un jinete que galopaba hacia nosotros.

—Say, Metz, mi aliado —dijo al llegar a nuestra altura y pararse. Y le tendió a Metz un cuchillo corto—. Te será más útil que tu espada para liberar a ese esclavo. —Seguidamente, Elorridi hizo dar media vuelta a su caballo y volvió por donde había venido.

Metz nos miraba en busca de una explicación.

—Un enemigo menos —dije—, aunque no un aliado. —Y continuamos nuestro camino.

Uno de los guerreros de Dánkwart, al ver que nos acercábamos, salió corriendo para avisar a su señor.

No se detuvo el del látigo, ni siquiera cuando Metz le hizo un gesto imperioso.

Entonces el keri fue hasta él, se puso delante y lo miró a los ojos.

El verdugo bajó el azote. Con dos tajos veloces, Metz desató al nókvaar.

Este se derrumbó sobre la tierra: su espalda y sus hombros eran una llaga roja.

Ya llegaba Sebeok; se inclinó hacia el caído para levantarle la cabeza.

—Vive —dijo, se lo echó sobre el hombro y se alejó con él.

—¡Metz! —Dánkwart había llegado a paso rápido—. ¡Exijo una explicación inmediata a lo que has hecho!

—Corta es la luz —el keri pelirrojo se acarició la barba y se cruzó de brazos— para que yo pierda uno solo de sus ep explicándote nada.

Nos estás causando muchos problemas a los niflúngar, Dánkwart.

Ten cuidado. Hay algo en ti que me irrita y no es tu aspecto de medio nókvaar.

Quizás se trate de tu poca inteligencia o de tu forma de mirar o de hablarme: sumamente descortés, muchacho.

Pienso que tu lengua es más rápida, pero no más certera que tu espada.

Señoras —nos dijo—, la luz de Jar no durará mucho.

Apresuraos, pues, a regresar a vuestro refugio.

-oOo-

Aquella noche cenamos, nosotros cuatro y Ejalmberri, en un silencio que solo interrumpía el hjeníkar tratando en vano de iniciar una conversación.

El nókvaar al que habían azotado iba a vivir, aunque tardaría tiempo en recuperarse.

Skékkil seguía firme en su idea de luchar contra Elorridi: tanto que se había negado a volver a discutir el asunto y, luego de dejar al herido a cargo de Sienild y otras mujeres nókvaars, se fue hacia el bosque del sur con algunos de sus compañeros; para preparar el combate, nos dijo.

En cuanto al plan que nos había propuesto Metz, huir en busca de la nave, Érik se había ofrecido a ser quien marchara. Sentado junto a mí, no nos dirigimos ni una vez la palabra. Lo malo no era eso; lo peor era sentir que él me resultaba más extraño que el primer día que nos vimos.

Terminamos de cenar y nos fuimos a la cama. Ejalmberri se quedó abajo, de guardia.

—Jane —le hablé a mi compañera, que dormía junto a mí—. Lamento de veras lo que te dije esta mañana. Me encontraba mal por Érik. Sé que eso no me justifica, pero…

—De acuerdo. Gracias por disculparte. —Se dio media vuelta.

Me dormí profundamente, pues me tocaba el último turno de guardia, poco antes del amanecer.

Del sueño me sacó Tonsu. Yo no sabía ni la hora que era.

Pero me di cuenta de que ella parecía muy inquieta.

Le pregunté qué pasaba y me lo explicó: no había venido antes, como de costumbre, porque había seguido a Skékkil hasta el bosque y había escuchado lo que hablaba allí con sus compañeros. Y me refirió cuanto había oído.

Desperté a los otros de inmediato y llamé a Ejalmberri, quien, aunque estaba abajo vigilando, no se había percatado de la llegada de Tonsu.

—Skékkil —los informé cuando estuvimos todos— nos ha preparado una agradable sorpresa.

No sé cuándo ni cómo, ha conseguido ponerse en contacto con los nókvaars de su campamento en las tierras de los pantanos y les ha ordenado venir y esconderse en el bosque del sur.

Según ha podido escuchar Tonsu, nuestro estimado amigo piensa atacar mañana mismo a los keris, pues esta le parece la mejor oportunidad para iniciar una sublevación definitiva: ahora que tiene a todos sus enemigos juntos y en campo descubierto.

—Respiré, ya que había hablado a toda prisa—.

Necesito un poco de gumkó. —Y fui a buscarlo.

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