La rosa de las nieblas VII #10
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VII #10

—Un pequeño descanso —me explicó Elorridi—, no para el guerrero ni para el nókvaar, sino para los ojos de los espectadores. O quizás es que Dánkwart disfrutará más con una muerte lenta y con alargar vuestra inquietud. Toma una jarra de martok conmigo, Yolen. Calma esa inquietud además de la sed.

Caminó hacia su campamento, que había instalado esa misma luz. Lo seguí. Cuando estábamos a punto de llegar, un golpe de viento casi me tiró al suelo. Elorridi se apresuró a sujetarme.

Entramos en su tienda. Había en ella una cama, un arcón para ropa, una mesa y tres asientos, una alfombra de piel en el suelo y hasta un recipiente para lavarse las manos.

—Así es un placer ir de camping —comenté, sentándome.

Elorridi tomó de la mesa una gran vasija con martok y llenó dos jarras. Me ofreció una y un plato con carne fría. Bebí mi vaso de un trago y el keri volvió a servirme. No quise comer.

—Dánkwart sufre porque se considera inferior a nosotros, los demás keri —habló Elorridi—. Por eso es tan cruel.

—Una mala excusa. Hay mucha gente que sufre y no lo es. Por ejemplo, ese nókvaar que morirá si alguien no lo impide.

—¿Y quién va a impedirlo? ¿Vuestras pistolas?

—Lo más conveniente sería que lo hiciera alguno de los iguales de Dánkwart.

—¿Un keri desafiando a otro por la vida de un esclavo?

—Sienild es también una esclava.

El niflúngar dejó su jarra en la mesa.

—Yo deseo a esa mujer como no he deseado a ninguna otra.

Quizás porque es la única que se ha atrevido a rechazarme, a pesar de mi insistencia y, sobre todo, a pesar de quien soy.

Mi rango, mis riquezas, no le importan. Prefiere a un fugitivo que no tiene nada, que nunca lo tendrá, ni siquiera esa libertad por la que tanto lucha.

Prefiere a un hombre que va a morir. ¿Cómo no desear a una mujer semejante, que pone sus sentimientos por encima de cualquier otra ambición?

—Salva a ese nókvaar, Elorridi. Ella nunca te querrá si eres cruel, si no demuestras hacia los suyos algo de compasión y de justicia, y no los tratas como a seres humanos. Si lo haces, tal vez se atrevería a quererte, a reconocer que le gustas más que Skékkil.

—Me sorprendes, Yolen. Hablas ya con las argucias de un niflúngar. Y me sorprende, sobre todo, tanto interés por salvar a un nókvaar. ¿Has olvidado que viniste a Niflhéim para vengarte, solo para eso?

—Piensa en lo que te he dicho.

—¿De qué serviría que salvase a ese esclavo? Mañana mataré a Skékkil. O él me matará a mí.

—No luches con Skékkil.

Elorridi rio.

—Veo que Érik está empezando a convertirte a sus ideas.

La copa tembló en mi mano cuando nombró a Érik.

—Tal vez Sienild no me quiera nunca —continuó el keri—. No me quedará más remedio que aceptarlo. Pero no permitiré que se vaya con otro. Eso no. ¿Acaso no harías tú lo mismo, no intentarías al menos vengarte, aliviar de algún modo tu odio y tu dolor?

—Yo no soy un varón niflúngar. No considero a nókvaars y mujeres, ni a nadie, como posesiones mías.

—Yo soy un varón niflúngar y obstinado. El trato que os propuse en mi casa sigue en mi garganta.

Llévame en tu nave si derroto en la lucha a Skékkil.

Ofreceré a Harsa Alasat la ayuda de mi casa y de mi familia, y la de cuantos keri deseen unirse a mí.

Llevad también a Ejalmberri, a Hyndla, a un nókvaar: no me opondré, en absoluto. Soy sincero. Si me creyerais…

—Yo te creo.

—Gracias.

—Pero, en primer lugar, no soy la única que puede decidir.

Segundo, también nosotros somos obstinados, por eso estamos aquí, hablando con todos los keris, como fue nuestra primera intención.

Y, por último, me negaría en cualquier caso a llevarte en mi nave si luchas con Skékkil mañana.

Y me atrevo a asegurar que mis compañeros dirían lo mismo.

—Disculpa si soy descortés, pero ¿acaso os creéis en el derecho de entrometeros en lo que es un asunto personal entre Skékkil y yo?

—Lo que más temo de ti, Elorridi, es que pones tus intereses y deseos personales por encima de todo.

Quieres vengarte de Skékkil, conseguir a Sienild utilizando cualquier medio, aunque ella te haya dicho que la dejes en paz, y quieres convertirte en el gran héroe salvador del pueblo niflúngar.

O tal vez simplemente salir de este planeta en el que, desde luego, hay poco de agradable.

Sin embargo, los demás también tienen sus intereses y sus deseos personales: Sienild, Skékkil, los nókvaars, las mujeres y los keris niflúngars.

Elorridi se levantó, fue a la puerta de la tienda y miró hacia afuera.

—Dime, Yolen, ¿cómo se ve este mundo desde tu nave, desde el espacio oscuro?

—Es igual a muchos otros. Una esfera de color cobre.

Llama la atención su sol rojo, más que nada.

Claro que yo he visto muchos soles rojos.

Después, cuando te acercas, se observa el océano grande y negro, y se ven los desiertos y las montañas del norte y del sur, altísimas, cubiertas de nubes y glaciares. Una visión que asusta.

—¿Pensáis que yo no amo a los míos, a los niflúngar?

Sí, pensáis que uno de mi raza es incapaz de ese sentimiento.

Pero a pesar de nuestro orgullo, de nuestra sed de sangre y riquezas, de nuestras mentiras y de que consideremos a esclavos y mujeres como posesiones, cuando llegasteis a Niflhéim, cuando os encontré y os llevé a mi casa, tuve un sueño.

No fue mientras dormía, no: con los ojos abiertos, lo tuve.

Yo estaba en otra casa y veía una llanura cubierta de trigo, como un mar dorado bajo un cielo sin nubes ni brumas.

El aire era tan claro como el agua de los ríos y el viento que soplaba sobre el trigo era suave y no había nieve ni hielo en las montañas del horizonte.

Soñé que esa era mi nueva casa, en nuestro antiguo mundo.

Soñé que los niflúngar habíamos vuelto a él en naves enormes: un viaje de muchos dros, pero jubiloso.

¿Sabes que los hombres del emperador que condenó a mis antepasados al exilio tenían orden de buscar en aquel planeta, por todas las casas, establos, montes, valles, llanuras, ríos, para que ni un solo niflúngar consiguiera esconderse?

Ni uno solo: ni un viejo ni un niño. Debían matar a cualquiera que opusiese resistencia.

Y muchos lo hicieron, sí. A los muertos los arrojaron al mar.

Hay un viejo poema que dice: «Nos arrancaron de nuestra tierra, como se arranca la hierba mala.

Pero siempre conservaremos la memoria del pasado, la joya más preciada que puede adornar nuestro pecho, bajo el manto.

Y un día nuestras botas pisarán otra vez esa tierra y nuestras espadas vengarán nuestro dolor.

Y la joya brillará ante los ojos de todos, deslumbrante».

Ya escuchas, yo también sé recitar poemas, igual que Ejalmberri o Loddfáfnir.

Mañana quizás estaré muerto; quizás lo que vi aquella noche, en mi casa, cuando llegasteis, fue solo una ilusión, un sueño que nunca se realizará.

Moriré aquí, en este mundo que, tú misma lo has dicho, parece tan terrible desde el espacio oscuro.

En ese caso, poco me importa lo que sea de los niflúngar.

Pero mientras siga vivo, mis sueños, mi ambición de huir, mi dolor por lo que nos hicieron serán los mismos que sienten todos los míos.

Y si mis deseos se cumplieran, mi júbilo sería de todos, no solo de Elorridi.

¿O acaso crees que iba a bastarme con escapar únicamente yo, lejos de esa maldita estrella?

Pero bien, si lo preferís, llevaos en vuestra nave a Helblindi, o a Thórir, o a Loddfáfnir, o podéis intentarlo con Dánkwart, tal vez a cambio dejaría libre al esclavo.

Me reiré de vosotros y de vuestra misión, en mi casa, bajo la luz de Jar.

Incluso bajo ella, la risa siempre es un placer. Ahora, vete, el látigo golpea de nuevo.

Apuré mi jarra de martok y salí de la tienda. Subí todo lo deprisa que pude hasta donde se encontraban mis amigos. Había más nókvaars, Tonsu entre ellos, y más mujeres. Y estaba Érik.

Abajo, el niflúngar que manejaba el azote se secaba el sudor de la frente y de las manos. Se tarda mucho en matar a un hombre con un látigo. El nókvaar tenía la cabeza doblada hacia adelante y el cuerpo vencido, desmadejado. Toda su espalda estaba cubierta de sangre.

—Es una locura —decía Ejalmberri a Skékkil cuando llegué junto a ellos.

El líder nókvaar y los suyos empuñaban sus lanzas—.

Dánkwart ha traído a muchos hombres y también su aliado, Hrándung.

Y creo muy posible que, si lo atacas, otros keri envíen a sus guerreros en contra vuestra, pues al fin y al cabo sois fugitivos, y no solo Dánkwart o Elorridi están interesados en capturaros.

No tolerarán los keri que los desafíes de ese modo. Es una locura lo que pretendes.

—Voy a bajar —contestó Skékkil—. Y si ellos no quieren ayudarnos con sus pistolas —señalaba a Sebeok y Érik—, que no lo hagan. Pero no pienso quedarme aquí viendo cómo muere uno de los míos.

—Yo estoy dispuesto a ayudarte —dijo Érik—, sean cuales sean las consecuencias.

No pondré un trato con los keris por encima de la vida de un hombre.

Sin embargo, creo que Ejalmberri tiene razón al decir que los keris no tolerarán que ataquemos a Dánkwart para salvar a un esclavo.

De modo que, si mis compañeros no están de acuerdo con mi decisión, tendré que actuar a título personal, abandonando la misión que nos trajo aquí.

Todos se volvieron hacia mí en ese momento.

—¿Y bien, Yolen? —me preguntó Jane—. ¿Ha servido de algo tu conversación con Elorridi? —Negué con la cabeza y ella continuó—: Supongo que ya has oído a Érik. Aunque creo que debemos discutir entre todos qué hacer.

—¡Palabras, palabras! —dijo Skékkil—. Mientras vosotros habláis, ese hombre muere.