VII #9
—Lo siento —me disculpé, sentándome en la cama—. He sido injusta contigo, he sido injusta desde el principio.
No respondió. Ni siquiera alzó la mirada.
Salí de la casa para caminar hacia el bosque.
Una vez allí, me detuve y vomité; después, me senté junto a un árbol.
Ahora solo quedaba el vacío donde había estado el dolor.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquel lugar, mirando los árboles, las hojas cobrizas y el cielo anaranjado, y sin sentir absolutamente nada.
De pronto vi una sombra que se movía ocultándose entre los árboles, cada vez más cerca. Me puse en pie echando mano a mi pistola, aunque el cargador estaba tan vacío como poco antes mi mente.
Entonces oí mi nombre y apareció Tonsu.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté, respirando.
Me dijo que me había visto salir de mi casa y me había seguido hasta el bosque.
Supuse que no se había atrevido a acercarse hasta ese momento; tampoco se atrevía a preguntar qué me pasaba.
Yo, por mi parte, no le di ninguna explicación.
Agradecía su presencia, que me consolaba, pero no podía devolverle su afecto de ninguna forma.
La tomé del brazo para caminar de regreso a las casas. Ella me siguió en silencio.
Cuando llegamos a mi vivienda, encontramos solo a Sebeok, que cortaba leña en la entrada.
Al principio, me alegré de no ver a Érik ni Jane, aunque luego empecé a preguntarme dónde estaría él y la sospecha de que hubiera ido en busca de Hyndla me resultó tan insoportable que estuve a punto de tener otro ataque de ira.
Por fortuna, Tonsu me dijo que Skúrhild había llamado a su hija para que la acompañase en su reunión con las delegadas de las familias y las voidas kirdaias, y que estos encuentros duraban un par de dros.
Así que me tumbé en la cama después de beberme una gran cantidad de gumkó, que me abrasó la garganta y el estómago y los intestinos: era como tragarse un desinfectante.
Tonsu se tendió a mi lado y dormimos. Del sueño me despertó Sebeok para llevarme bruscamente no solo a la realidad, sino a una resaca tan espantosa que parecía hubiese estado bebiendo una noche entera.
—Sienild ha venido —dijo Sebeok—. Pasa algo. Es malo. Debemos ir, Yolen.
—¿Ir? ¿Dónde? ¿Qué ocurre? —Me senté en la cama, tratando de abrir los ojos y apretándome la cabeza con las manos. Me prometí no beber ni una sola gota más del maldito gumkó. Nunca.
—Dánkwart —respondió Sebeok—. Vamos.
Pude arrastrarme hacia la parte baja de la casa, siguiendo a Sebeok y Tonsu. Sienild esperaba en la puerta. Nos pidió que nos apresuráramos. Por el camino nos contaría lo que había pasado.
Sucedía que Dánkwart había venido al desierto con varios sirvientes personales; entre ellos, el hermano de uno de los nókvaars que habían acompañado en su huida a Skúrhild; los dos pertenecían, por tanto, a la casa del keri.
Al saber que su pariente se encontraba en el campamento de Dánkwart, el nókvaar que vivía con las mujeres se atrevió a introducirse a escondidas entre las tiendas niflúngars para buscarlo.
Por desgracia, un guerrero lo había descubierto y atrapado.
—¿Y qué ha hecho Dánkwart con él? —pregunté.
—Quiere matarlo —gimió Sienild—. Quiere matarlo y Skékkil va a intentar todo lo posible para evitarlo. ¡Va a atacar a Dánkwart y eso es muy peligroso, tanto como si lucha con Elorridi! ¡Debéis convencerlo de que no lo haga, os lo ruego!
—Será mejor que corramos —dije, y los cuatro lo hicimos, pese a que mi cerebro parecía rebotar contra mi cráneo a cada zancada.
Por fin llegamos al pico que se abría sobre el páramo del norte. Estaban allí Skékkil, tres nókvaars más y también Jane y Ejalmberri.
Miré hacia abajo. Había un pequeño grupo de guerreros niflúngars: hombres de Dánkwart, nos dijo el hjeníkar, aunque el keri no estaba entre ellos.
Se encontraban situados más cerca de la montaña que de su campamento, sin duda para que pudiésemos verlos bien, y rodeaban a un nókvaar al que habían atado a unos hierros de los que utilizaban para montar el armazón de las tiendas de campaña.
El nókvaar estaba de rodillas, con los brazos sujetos al travesaño más alto, y desnudo de cintura para arriba.
Un niflúngar hacía restallar un látigo en el aire, como si probase su longitud y su fuerza.
—Esperan a Dánkwart —dijo Ejalmberri.
—¿Habéis avisado a Skúrhild? —pregunté.
El hjeníkar asintió. En efecto, poco después llegaba la niflúngar con cinco de sus acompañantes habituales, entre ellas Hyndla.
Miré a esta, tan dulce en comparación con su madre; me dije que tal vez era esa suavidad, que nos faltaba a Skúrhild y a mí, lo que había atraído a Érik.
La observaba con curiosidad, pero sin odio: no habría sido justo sentirlo.
Skúrhild contemplaba la situación con los brazos cruzados. Por si acaso no la consideraba bastante grave, le expliqué lo que pretendía Skékkil.
—Voy a bajar —añadí— y trataré de hablar con Dánkwart. Supongo que no servirá de nada, pero no encuentro otra solución. Tú no irás —le dije a Skékkil, que ya se estaba preparando para acompañarme—. Te pido por favor que esperes a ver si tenemos suerte. Sebeok, ven conmigo.
Bajamos con bastante rapidez. Al llegar, había ya un buen número de niflúngars de todas las casas contemplando el espectáculo.
No era la primera vez que yo veía azotar a un hombre. En Thingol se usaba con frecuencia ese castigo.
Hay muchos tipos de látigos y muchos tipos de verdugos que los manejan.
En ese caso el azote era de una sola cuerda y el hombre encargado de usarlo contra el nókvaar lo hacía de un modo metódico, sin pasión alguna, no como en Thingol, donde los carceleros eran, generalmente, presos que, en ese puesto, redimían parte de su condena o soldados a los que se enviaba allí como castigo: unos y otros odiaban aquel mundo y pagaban su odio con los prisioneros.
De todas maneras, lo que yo veía ahora no resultaba menos cruel que en Thingol. El niflúngar acababa de iniciar sus golpes cuando llegamos; ya el látigo empezaba a dejar marcas en la espalda del nókvaar, que resistía los azotes sin gritar, tensando todo el cuerpo.
Al aparecer Sebeok y yo, el guerrero que usaba el látigo se detuvo, sorprendido y dudando si continuar o no.
—Queremos hablar con el keri Dánkwart —dije—. Inmediatamente. —Y otro de los niflúngars salió corriendo hacia la tienda de su señor.
Dánkwart, por supuesto, tardó mucho en llegar. Mientras, el del látigo, en silencio e inmóvil, miraba a su alrededor y a su arma, y a su víctima, que respiraba ruidosamente tratando de conseguir nuevas fuerzas.
Al fin, el círculo de espectadores se abrió para dejar paso a Dánkwart el Bello. Vestía una túnica amarillo oscuro y una capa de color ocre, de mucho vuelo y que le llegaba hasta los pies. Llevaba coleta y las pestañas pintadas de negro. Un atuendo más de fiesta que de campaña.
—¿Por qué te has detenido? —le preguntó al niflúngar del látigo; este abrió la boca, movió la cabeza y nos señaló a Sebeok y a mí. Dánkwart le arrancó el azote de las manos y le dijo que ocuparía el sitio del esclavo cuando otro guerrero acabara con este último.
—No sé si te das cuenta, Dánkwart —intervine— de las consecuencias de tu actitud. Lo que estás haciendo puede obligarnos a reconsiderar nuestro trato con los niflúngars. Y eso tal vez no guste a los demás keris.
—No os comprendo. ¿Qué es lo que os preocupa? ¿Un esclavo? —Dánkwart nos obsequió con una deslumbrante sonrisa.
—Sí, un esclavo.
—Mi esclavo. Puedo hacer con él lo que desee.
—Ese hombre estaba bajo nuestra protección. Queremos que lo dejes libre ahora mismo.
Nos miramos a los ojos. En los suyos había algo que me pareció repugnancia: hacia mí, tal vez, o hacia todo. Eso los afeaba, en cierta manera. Sin embargo, por unos segundos me quedé contemplando casi fascinada a aquel hombre tan hermoso como detestable.
—Los niflúngar no acostumbramos a recibir órdenes de mujeres ni de helitharendi —dijo, entregó el azote a uno de sus hombres y se fue.
Volvió a silbar en el aire el látigo: uno, dos, tres golpes contra el nókvaar atado. El cuarto hizo brotar la sangre en sus hombros y en su cintura.
—Sebeok, ¿qué hacemos? —pregunté; mi compañero estaba a mi espalda, tan cerca que casi nos rozábamos; desde luego, nadie habría podido azotarme.
—Tengo mi pistola —contestó—. Pero mira. —Había cada vez más hombres de Dánkwart a nuestro alrededor, con sus lanzas y arcos preparados.
Los niflúngars de otras casas empezaron a retirarse a un segundo plano.
—Mi cargador está vacío —dije—, y no me atrevo…
El nókvaar gritó. La sangre corría por toda su espalda; el nuevo verdugo tomaba aire con un rugido antes de descargar cada golpe; no parecía dispuesto ni a un instante de un descanso por el que su señor pudiera castigarlo.
Yo no era capaz de moverme. Estaba sudando de tal modo que tenía frío.
—Vámonos, Yolen —me aconsejó Sebeok—. Hay que hablar con los otros, enseguida.
Tiró de mí. Iniciamos el camino de regreso. Pero pronto me detuve. Había visto a Elorridi, solo, observándonos marchar.
—Sube tú, Sebeok. Voy a hablar con él. Diles a los nuestros que esperen. Tenemos que buscar aliados entre los keris.
—¿Elorridi?
—¿Por qué no?
Sebeok se fue. Me dirigí hacia el niflúngar. El viento de Niflhéim golpeaba su manto rojo y hacía que el pelo le tapase la cara. Pero vi que me sonreía y en esa sonrisa no encontré ninguna falsedad.
—Say, Yolen. Pareces sedienta. Quizás te agradaría tomar conmigo una jarra de martok.
—Los pilotos libres siempre estamos sedientos de cualquier cosa que contenga alcohol. La sangre no lo tiene. Por eso no nos gusta.
Miré hacia atrás. Me sorprendió ver que el niflúngar que azotaba al nókvaar se había sentado a charlar con sus compañeros.