La rosa de las nieblas VII #8
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VII #8

—Espero que acabes con ese Skékkil de una vez por todas, Elorridi —dijo Helblindi—.

Yo lo habría logrado hace muchas luces. —Elorridi se limitó a sonreír ante aquellas palabras—.

Sí, mátalo y quédate con esa esclava que tanto te gusta; que te dé hijos, quizás uno de ellos llegue a ser el próximo keri de tu casa.

Cuando ese Skékkil esté muerto, no creo que los esclavos que lo siguen se atrevan a continuar sus correrías.

Y quien desee hablar con Skúrhild, que lo haga.

No me opondré yo a ello. Pues, aunque a mi llegada le hablé con dureza, comprendo parte de su actitud, os lo aseguro, comprendo que no quisiera ver su casa gobernada por un kínglar.

Claro que se ha atrevido a incitar a otras mujeres para que huyan asimismo de sus familias.

Metz y Kleggi han hablado de condescendencia: yo estoy dispuesto a perdonar a las mujeres de mi casa si se arrepienten de su actitud.

Y por supuesto, mañana responderé a los helitharendi.

Espero, por cierto, que nuestras palabras los hayan hecho comprender lo absurdo de esa idea de llevar en su nave a nókvaar y mujeres.

Terminó de hablar Helblindi; a su lado, el joven Eckéwart había asentido con vehemencia a cada una de sus frases. Yo estaba sorprendida de que Helblindi se mostrase tan colaborador, pues recordaba que nuestro amigo hjeníkar nos había augurado todo lo contrario.

Con quien no se equivocó Ejalmberri fue con Dánkwart, que escuchaba a los otros keris con el gesto cada vez más crispado.

—¡Mi familia no consentirá que se perdone a Skúrhild!

—intervino al fin—. El hermano de mi padre me eligió a mí como keri y Skúrhild se rebeló contra esa decisión, que debía haber aceptado sin más, en silencio.

Con vuestras mujeres podéis hacer lo que queráis.

¡Pero Skúrhild y Hyndla pertenecen a mi casa y son únicamente asunto mío!

¡Y quien las apoye será mi enemigo! Y, desde luego, no pactaré de ningún modo con esos helitharendi que ayudan y son ayudados por esclavos y mujeres rebeldes.

¡Los envía Íngvar, por eso utilizan sus armas en contra de los guerreros niflúngar y a favor de nuestros adversarios!

¡Poco me importa que no me creáis, pues pagaréis vuestro error!

—¡Lo pagarán, igual que tú pagarás los tuyos, Dánkwart!

—tronó la voz de Loddfáfnir—. ¡Pagarás tu crueldad y tu odio!

Ese odio que crees tener hacia los demás y, sin embargo, lo sientes por ti más que por nadie.

¡Por tu sangre no niflúngar, por los nókvaar, que son también los tuyos! ¡Y ese odio acabará contigo!

—¡Cállate, Loddfáfnir! —contestó Dánkwart—. ¡O te prometo que hundiré mi espada en tu boca!

—¿A qué esperas para hacerlo? ¡Me tienes aquí, tu espada está en tu cinto!

Pero antes déjame decirles algo a los helitharendi.

Os digo: habéis escuchado hablar a los señores de Niflhéim y tal vez creáis que lo han hecho con sinceridad.

¡Y todos han mentido! Como muyi que ve un bolverk descuidado en el bosque, así los keri os miran y os rodean.

¡Poco les importan los nókvaar y las mujeres!

¡Se disfrazan de moy cuando dicen que hablarán con Skúrhild, cuando prometen perdones!

¡Les brilla en los ojos el afán de engañaros con palabras suaves para subir a esa nave vuestra!

¡Entre ellos se matarán por conseguirlo, por salir de este mundo, por volver a su pasado! Tened cuidado, mucho cuidado.

—¿Y tú, Loddfáfnir, no quieres tú también ir en esa nave? —preguntó Metz.

—No iré, no. Aquí me quedaré, para ofrecer mi casa a cuantos nókvaar y mujeres fugitivos deseen acogerse a mi hospitalidad. ¡También a ti, Skékkil, si no caes en la trampa de Elorridi! ¡Niégate a luchar con él! ¡Ven a mi casa, tú con todos los tuyos!

Mientras los keris reían, Skékkil inclinó su cabeza en señal de agradecimiento.

—He de luchar, Loddfáfnir. He de hacerlo.

—Nosotros nos vamos ahora —terminó Jane, después de consultarnos con la mirada—.

Volveremos a hablar, según lo convenido.

Pero nuestra decisión no ha variado: aquellos que aceptéis pactar con nosotros debéis elegir un representante.

Si no lográis poneros de acuerdo en eso, ¿cómo vamos a creer que os uniréis contra Íngvar, junto a los demás pueblos de Harsa Alasat?

Necesitamos una prueba de que podéis superar vuestras enemistades.

Respecto a los nókvaars y las mujeres, nos agradaría mucho, desde luego, que los escucharais.

Pero vendrán en nuestra nave si desean hacerlo. Say.

Volvió a escucharse el oleaje del océano; los señores de Niflhéim hicieron grupos para murmurar entre ellos, todos salvo Dánkwart, que se fue rápidamente. Y nosotros nos dirigimos de regreso al refugio de las mujeres.

Por el camino comenzamos a revisar el encuentro, cuyo resultado nos parecía, en general, satisfactorio.

Sin embargo, Ejalmberri no se mostraba tan optimista y nos avisó de que cuanto había dicho Loddfáfnir, aunque, según el hjeníkar, estaba «enfermo del pensamiento», era acertado.

No debíamos creer sin más a los keris. Por ejemplo, seguía considerando a Helblindi como un enemigo peligroso, pese a que las palabras de este mostrasen lo contrario.

—Ha hablado para humillar a Dánkwart; esa era, creo, su principal intención.

Pero lo que en verdad piensa sobre el pacto con Harsa Alasat no lo sabremos hasta que actúe, a nuestro favor o en nuestra contra.

No confiéis en él; temedlo más incluso que a Dánkwart, pues los sentimientos de este son visibles, mientras que las finalidades de Helblindi no lo son.

Mientras Ejalmberri nos hacía estas advertencias, Érik y Sienild trataban de convencer a Skékkil de que no luchase contra Elorridi al día siguiente.

Por su propio bien y por el de todos los nókvaars que lo consideraban su defensor y su líder, afirmaba Érik, no podía caer en la trampa tendida por el keri.

Sienild le suplicaba casi llorando. Todo fue inútil: Skékkil respondió una y otra vez que lucharía, pues si se negaba, los nókvaars lo considerarían cobarde.

Además, estaba seguro de su victoria y deseaba acabar lo antes posible con la persecución de Elorridi.

Así que Sienild continuó con sus ruegos, aferrada al brazo de su prometido, y Érik se rindió, no sin antes asegurar a Skékkil que su actitud solo demostraba que era tan violento y estúpido como el peor de los niflúngars.

Subimos lentamente hacia las casas, dejando atrás el desierto lleno de hombres, caballos y tiendas. Desde la altura, aquella multitud resplandecía bajo la luz de Jar, que se reflejaba en armaduras y yelmos, espadas y arreos de los caballos.

Pese a los avisos de Ejalmberri, pese a la obstinación de Skékkil, nos sentíamos contentos y con una buena dosis de confianza en el éxito de la misión que nos había traído a Niflhéim. Una alegría que duró poco y menos para mí que para nadie.

Dos incidentes acabaron con ella esa misma luz.

El primero sucedió poco después de que llegáramos a nuestra vivienda.

Nos quedamos solos los cuatro extranjeros, pues los nókvaars también marcharon a su casa y Ejalmberri acompañó a Skúrhild para informar de lo sucedido a las doce mujeres representantes de las familias niflúngars y a las voida kirdaia, que debían dar su opinión sobre el asunto.

Jane se apresuró entonces a subir al altillo donde estaban las camas para meter datos en su mde, que al fin Skúrhild había consentido en devolverle.

Y Sebeok se puso a preparar la comida. De modo que le pregunté a Érik si quería dar un paseo.

Asintió y salimos. Comencé a hablar entonces, mientras que él seguía callado y evitaba mirarme a los ojos.

Le dije que lamentaba mi actitud, haberme alejado de él solo porque no se comportaba según mis deseos; añadí que lo quería y deseaba que siguiéramos unidos en habilam, sin pensar en el futuro.

Y que, para decirle todo eso, lo había estado buscando la noche anterior.

Se detuvo y me miró.

—Yolen, ayer por la noche dormí con Hyndla.

Al principio no comprendí la frase, no la comprendí en absoluto.

—Ocurrió por la voluntad de ambos —continuó— y no sé si volverá a pasar.

Yo deseo lo mismo que tú. Ya te dije que te querré siempre y que siempre estaré dispuesto a unirme en habilam contigo.

Pero temía que supieras esto, tengo miedo de causarte dolor y no poder hacer nada para aliviarlo.

Podría aconsejarte que te alejaras por completo de mí; sin embargo, no soy capaz, soy egoísta y no deseo eso.

Yo sentía que me faltaba el aire, que algo más profundo que la tristeza o la desilusión se asentaba en mi estómago, algo más cortante, más frío y, en mi cabeza, una borrosa impresión de irrealidad.

Me di media vuelta y eché a correr hacia la casa. Érik me llamó varias veces, pero no me siguió.

Al llegar a la puerta, estaba llorando de tal modo que no me atreví a abrirla. La emprendí a patadas con un tronco caído que Sebeok había empezado a cortar para leña y, cuando ya no pude seguir porque me dolían los pies, me senté sobre la madera para continuar llorando.

Al final conseguí calmarme y entré en la casa. Sebeok había desaparecido. Solo estaba Jane, arriba, tecleando en su mde. Subí para tumbarme en la cama y pasé a su lado sin saludar siquiera.

—¿Te pasa algo, Yolen? —me preguntó; había levantado por un instante la vista de la pantalla, lo justo para darse cuenta de que mi gesto no era precisamente de júbilo.

—Nada que tú puedas entender —respondí en el peor tono posible—. Así que sigue metiendo datos en tu archivo.

Jane enderezó la espalda y sus dedos se quedaron inmóviles sobre el teclado; no dijo nada y al poco volvía a escribir.

Me tendí en la cama y durante un buen rato traté de digerir el dolor y de no odiar a Érik ni a Hyndla, ni a mí tampoco por lo que sentía.

Luego, tuve náuseas y frío, y me arrepentí de lo que le había dicho a Jane.