VII #7
—Si os parece adecuado —Jane se dirigía a los keris, que, mientras Loddfáfnir hablaba, habían permanecido en silencio, observando a este con más regocijo que interés—, mañana, la próxima luz, podemos volver a encontrarnos aquí para que nos deis una respuesta definitiva.
¿Bastará con ese tiempo para que meditéis sobre todo lo que hemos dicho?
—Me parece bien —respondió Metz, y la mayor parte de sus iguales asintieron.
Entonces, habló Elorridi. Con una voz fuerte y clara, y una sonrisa que no me gustó en absoluto, como no me había gustado la de Érik.
—Deseo saber algo. Creo recordar que, cuando estuvisteis en mi casa, dijisteis que era vuestra intención llevar en vuestra nave a algunos niflúngar para que hablen directamente con Harsa Alasat. ¿No fue así?
Apreté los dientes y los puños. Las palabras de Elorridi eran una estocada, una trampa.
Mientras bajábamos hacia el mar, ese amanecer, habíamos decidido que en tanto los keris no diesen una respuesta afirmativa a nuestra proposición de pacto, eludiríamos el tema del viaje de regreso y no los informaríamos de que íbamos a llevar en la nave a un nókvaar y a una mujer niflúngar para que hablaran ante Harsa Alasat de sus condiciones de vida en Niflhéim y de sus exigencias de cambio, las cuales, sin duda, Harsa tendría en cuenta antes de hacer ningún trato definitivo.
Pero Elorridi había preguntado sobre ese asunto y todos los keris aguardaban la respuesta.
Como siempre, nuestro primer anfitrión parecía adivinar lo que pensábamos y lo que nos proponíamos.
Miré a Jane, esperando que se le ocurriese alguna idea luminosa para salvarnos. Sebeok y Érik también la miraron.
—Bien, pensamos… —Jane debía de estar buscando en sus archivos mentales y odiándonos por dejarle a ella toda la responsabilidad—. Si deseáis elegir a alguien como vuestro representante ante Harsa Alasat, es decir, si es posible que olvidéis vuestras diferencias, para elegir uno…
—¿Uno? —preguntó Metz—. ¿Tiene que ser uno? Cada familia, cada casa, elegirá el suyo.
—No hay espacio en la nave para tantos —objeté.
—¿Para cuántos hay?
—El número máximo de viajeros es diez. Y nosotros somos cuatro.
—Seis, entonces —continuó Metz—. Si todos los keri estamos de acuerdo en el pacto, escogeremos seis niflúngar, no más. Las familias aliadas nos pondremos de acuerdo. Si un keri no desea pactar con vosotros, entonces no elegirá.
Sonreí antes de hablar.
—Hemos decidido que Ejalmberri vendrá en nuestra nave.
Y un nókvaar, que hablará ante Harsa Alasat sobre la situación de los esclavos aquí en Niflhéim.
Y vendrá también Hyndla, la hija de Skúrhild.
Así que vosotros, en justicia, solo podéis enviar a un niflúngar que os represente, keri o thridi o hósvir, eso nos da igual.
—¡Por Jar! —El gesto de asombro de Metz fue el mismo que el de sus iguales; hasta Elorridi estaba sorprendido—. ¿Qué decís? ¿Un hjeníkar, un nókvaar, la hija de Skúrhild? ¿Bromeáis con nosotros?
—Las mujeres niflúngars —explicó Érik— son las que dominan y utilizan la fatia.
Necesitamos sus conocimientos, por eso viajará con nosotros una de ellas, Hyndla.
Nos han ayudado, igual que los nókvaars.
Estamos en deuda con ambos. Tanto unas como otros luchan por su libertad, así que nos sentimos obligados a ofrecerles un sitio en nuestra nave y llevarlos ante Harsa Alasat, para que digan lo que quieran decir.
Nos sentimos obligados, pero también felices de hacerlo.
En cuanto a Ejalmberri, es nuestro amigo y como tal viajará en la nave.
—¿Para que digan lo que quieran decir? ¿De qué estáis hablando? —La voz del keri Helblindi era baja y suave, su ínter más perfecto que el mío—. ¿Es que nókvaar y mujeres van a pactar con esa Harsa?
—Lo harán si lo desean y les conviene.
—Me resulta extraño —continuó Helblindi, en el mismo tono sosegado— que esa Unión tenga algún interés en hacer pactos con esclavos fugitivos y mujeres que han huido de sus casas.
Dánkwart el Bello habló entonces por primera vez.
—¿Cómo sabemos que estos helitharendi no mienten?
¿Cómo vamos a confiar en ellos si gustan de la compañía de esclavos y mujeres rebeldes?
¿Qué han hecho hasta ahora, aquí en Niflhéim, aparte de ayudar con sus armas de fuego a ese Skékkil y a Skúrhild?
¡Se han aliado con ellos y han matado a guerreros niflúngar!
Dicen que vienen en nombre de una extraña unión de mundos.
¡Pero yo pienso que los envía Íngvar! ¡Pienso que Íngvar nos prepara una emboscada, en la que caeremos si los escuchamos y aceptamos su propuesta!
Maldije en silencio a Dánkwart. Por fortuna y por sorpresa, fue Helblindi quien solucionó el asunto.
—¿Enviados de Íngvar? ¿Es que él tendría algún interés en aliarse con esclavos o en hablar con esa Hyndla?
No, para él sería más conveniente ofrecernos el viaje a los doce keri, ¡las doce mejores presas que podría obtener!
Hablas tonterías, Dánkwart. Lo que ocurre es que los helitharendi son no niflúngar y por ello tienden a buscar amigos entre nókvaar.
—Tonto como un moy lo sería Elorridi —añadió Metz— si los helitharendi fuesen enviados de Íngvar, pues se habría dejado engañar.
Y no creo que sea tonto, más bien pienso que ha querido hablar él solo con ellos porque sus propuestas suponen un buen provecho.
Y si lo hay, mi familia no lo perderá. Y ahora escuchadme, helitharendi.
Si queréis llevaros con vosotros al hjeníkar, pues bien, así ya tiene Elorridi su representante.
En cuanto a los nókvaar y las mujeres, eso es asunto nuestro, dejad que lo arreglemos los niflúngar y no os preocupéis más.
Hablaremos con Skúrhild. ¿Por qué no? No justifico su actitud, pero lo cierto es que se la trató mal.
¡La mujer de un keri, una voida kirdaia, azotada como una esclava!
¡Por todas las estrellas que no vemos, es una humillación difícil de sufrir!
Otras mujeres la han seguido, es cierto, incluso de mi propia casa.
Quizás merecen un castigo; no obstante, también algo de condescendencia.
¡Quizás han pensado que podría ocurrirles lo mismo que a Skúrhild, en cualquier luz!
Y en cuanto a los esclavos fugitivos… Elorridi, ese Skékkil que los guía pertenece a tu casa.
Deberías ser tú quien resolviera la situación.
—Un buen momento es este para hacerlo, sin duda —contestó Elorridi—.
Y ante vosotros, mis iguales, lo haré. Hasta ahora, me ha parecido humillante cruzar mi espada con la de un esclavo.
Pero quizás sea el único modo de que los nókvaar sepan lo poco que les servirá seguir a Skékkil.
¿Me escuchas, tú? —gritó al líder nókvaar—.
Si tienes valor, si te atreves a luchar conmigo, mañana, cuando Jar nos traiga la luz, aquí mismo te estaré esperando.
Te doy dros suficientes para huir. Lucharás por tu rebaño de fugitivos, por su libertad, por la tuya y por la de quien bien sabes.
Si vences, lo tendrás todo; si te venzo yo, recuerda lo que te he dicho: mi caballo arrastrará tu cuerpo por todo este páramo, aunque quizás permita que te entierren si ella, quien bien sabes, me lo pide en mi cama.
—¡Por mi vida y por la de Sienild lucharé, Elorridi! —gritó Skékkil—. ¡Pero vivo o muerto yo, los nókvaar seguirán luchando por ser libres!
—La próxima luz tendremos todos diversión, parece —volvió a hablar Metz—. Y vosotros, helitharendi, una respuesta, al menos la mía. Que mis iguales den su parecer si lo desean.
—Muy dignas de ser pensadas me resultan las palabras del keri Metz —intervino Kleggi, su aliado—, tanto respecto a cuanto los helitharendi han dicho como sobre esas mujeres que se han escondido aquí y esos nókvaar fugitivos.
Creo, igual que él, que podríamos escuchar a Skúrhild, pues en nada disminuye el valor de un guerrero el que se ofrezca a dialogar con cualquier adversario.
Y creo que la crueldad no es propia de valientes, sino de cobardes.
¡Es cobarde el que maltrata a inferiores como los nókvaar!
Si luego esas mujeres y esos esclavos huyen de nuestras casas o incluso se atreven a atacarnos, ¿quién tiene la culpa, ellos o los que siendo superiores de mente no supieron, sin embargo, medir el rigor de sus castigos?
La mano que dirige a inferiores debe ser firme, pero también suave.
¡Y así un keri poseerá esclavos diligentes y mujeres felices!
No, no debemos dejar que los helitharendi solucionen un asunto que es obligación nuestra resolver.
En cuanto a su propuesta, aquí estaré, cuando Jar nos traiga de nuevo la luz, para responder.
Junto a Kleggi estaba Fjólnik, el keri más viejo de todos, que solo dijo:
—Sí, mañana, mañana.
—Mañana, eso es. —Era Thórir el Codicioso quien hablaba, con su sonrisa de oveja y acariciando el rubí que pendía de su cuello.
—A mí no me importa —intervino Hrándung el Borracho— que Hyndla venga en la nave, si yo voy también. ¡No, estoy dispuesto a acogerla en mis brazos para hablar con ella de paz! —rio de un modo tan asqueroso que estuve a punto de imitarlo, aunque, por suerte, me contuve.
Hreim y Vólker, los cuñados enemigos, no dijeron nada; supuse que ninguno quería mostrar su opinión respecto a lo hablado en tanto no supiese cuál era la del otro.