VII #6
—¿Terrible, Íngvar? —Helblindi sonrió con desdén—.
Recuerdo que era uno de mis mejores thridi, un gran guerrero y, sin duda, muy ambicioso.
¿Qué es lo que deseáis que os cuente, cómo conspiró para matarme y convertirse en keri?
Eso hizo, pero aquí veis, no lo consiguió.
Pese a ser yo muy joven entonces, no me fue difícil descubrir sus intenciones y frenarlas.
Si no hubiese escapado en esa nave de un piloto libre, ahora estaría bien muerto, en castigo de su ambición y su torpeza.
Y ese es el niflúngar que ha llegado a emperador de muchos planetas: uno que ni siquiera pudo ser keri.
Supongo que, si a los helitharendi les parece tan terrible, es porque conoce los secretos de la fatia.
Tuvo una madre desleal a sus deberes de voida kirdaia; no sorprende, por tanto, que él también fuera desleal a su familia y a su raza, y haya intentado destruirnos.
En el tiempo en que conspiró contra mí, también quiso utilizar la fatia.
De nada le sirvió. Íngvar el Traidor, Íngvar el Estúpido.
Nunca me hizo sentir ni un poco de miedo.
—Hemos venido a Niflhéim —dijo Jane—, precisamente, porque lo ignorábamos todo acerca de esos poderes que Íngvar domina. Necesitábamos vuestra ayuda para saber y así librarnos del temor.
—Está claro que la necesitáis —continuó Helblindi—. Y quizás os la prestemos. He acudido hasta aquí para hablar con vosotros y estoy dispuesto a hablar también con Harsa Allasar o como sea su nombre.
La mayor parte de los keris asintieron a las palabras de Helblindi. Solo tres no hicieron ningún gesto: Dánkwart, Elorridi y Loddfáfnir. Fue este último quien habló.
—Habéis venido, entonces, no con palabras de paz, sino de guerra.
¡Entonces, no sois los enviados que yo esperaba!
Queréis que crucemos el espacio oscuro para matar a Íngvar.
¡Queréis enseñarnos a asesinar con vuestras armas, a destruir con vuestras naves, como hace él!
Los antiguos poemas niflúngar dicen: «La batalla es la fiesta del guerrero; la espada, su tesoro; la sangre del enemigo, su botín».
Yo digo que la guerra es solo un mar de sangre, un campo de lágrimas, que no hay placer alguno en ella.
¿Quién es ese Íngvar al que tanto odiáis y teméis?
¡Un niflúngar, un hombre, nada más! Íngvar el Estúpido, ha dicho Helblindi, con razón.
¡Pero vosotros queréis matarlo! Creéis que eso bastará.
Y no es cierto. ¿Acaso vais a ser libres porque él muera?
¿Acaso lo sois, teniendo que matarlo? Habéis venido a pedir la ayuda de nuestras espadas, de nuestro furor de guerreros.
¿De qué os servirá? ¿De qué nos servirá a los niflúngar el regreso al mundo del que se nos expulsó a causa de nuestro amor a la guerra y a la conquista y al oro si volvemos allí siendo lo que fuimos?
¡No me ofrezcáis el retorno, yo no volveré!
¡Ni me pidáis ayuda para cumplir vuestros deseos, no voy a dárosla! ¡Para matar, no!
—Loddfáfnir —respondió Érik con la voz temblorosa—, lo que dices me conmueve.
Has hablado con mucha dureza, pero eres justo.
Quiero que sepas que ni yo ni mis amigos deseamos matar a Íngvar ni a nadie, y no vinimos aquí para pediros que nos ayudéis a hacerlo.
Precisamente, intentábamos encontrar un modo de vencer al emperador sin que fuese necesaria una guerra.
Y creíamos que quizás esos poderes que los niflúngars dominabais servirían para conseguir nuestro objetivo.
Sin embargo, hemos matado, aquí mismo, en Niflhéim.
Yo he matado y ni siquiera sé a cuántos hombres.
Y tampoco sé, ni yo ni mis compañeros, cómo enfrentarnos a Íngvar, a su ejército y a todos los que apoyan y defienden su poder, sin utilizar armas.
—De manera que él necesita de otros; por tanto, no es tan fuerte como pensáis —siguió Loddfáfnir—.
Sin esos otros, quizás no tendría poder alguno.
¿Y quiénes son esos otros? Soldados de su ejército, decís.
Soldados como los que él mandó a Niflhéim para asesinar a nuestras mujeres porque las temía.
Por tanto, él también siente miedo. Y esos hombres a los que envió aquí lo sentían asimismo.
¿Y por qué vinieron? Quizás no deseaban hacerlo.
—Pues no, supongo que no vinieron por gusto —intervine—. Pero eran soldados, cumplían órdenes, no les quedaba otro remedio.
—Y un hombre que cumple órdenes en contra de su voluntad, ¿qué es sino un esclavo?
Tal vez la mayoría de los soldados del ejército de Íngvar son eso, esclavos que deben obedecer siempre.
¿No deberíais tratar de que ellos lo comprendan para liberarlos de su esclavitud, que es la misma que la vuestra?
—Íngvar tiene otros aliados —dijo Érik—. Gente a los que su poder beneficia porque participan de él y les da dinero.
—¿Dinero?
—Riqueza, oro.
—La ambición del oro fue lo que perdió a los niflúngar.
Dejadme que os cuente una historia que se relata en los libros antiguos.
En los tiempos en que vivíamos en nuestro anterior mundo y volábamos en naves como la que os trajo aquí para conquistar otros, algunas de esas naves llegaron a un planeta cuyos pobladores poseían enormes riquezas, un tesoro tal que ni siquiera los niflúngar lo habían visto semejante.
Para conseguir esas riquezas, mis antepasados tuvieron que matar a muchos, muchísimos de los hombres que vivían allí.
Al final, lograron la victoria y el tesoro.
Pero el último de los vencidos en la batalla maldijo a sus asesinos y a todos los niflúngar, y les hizo saber que el tesoro los volvería inmensamente ricos; sin embargo, al mismo tiempo, sería su ruina y su condena: todo aquel que tomara en sus manos una sola pieza de oro o de plata, o una joya, recibiría más pronto o más tarde su castigo.
Cuantos participaron en aquel saqueo murieron jóvenes y por las armas.
Pero la maldición no acabó con su muerte: la maldición nos trajo aquí, pues culpables éramos todos los niflúngar.
Y ahora, en este mundo, ¿de qué nos sirve el oro?
¿Qué podemos comprar con él? ¿Este desierto?
¿Ese mar oscuro? Joyas y oro solo nos valen para adornar nuestras túnicas.
¿Y para qué desean las riquezas que les da Íngvar aquellos de los que habláis?
Sin duda, bien lo sé, para comprar cosas y hombres, lujos y siervos.
Pero si nadie admirara y envidiase esos lujos, ¿no serían inútiles estos?
¿Y si no encontrasen hombres que comprar porque nadie quisiera servirlos, y no hallasen nada que robar porque vosotros, los que deseáis ser libres, no tuvieseis nada?
Si los que no os sometéis fuerais muchos, cada vez más, ni siquiera necesitaríais de las armas.
Bastaría con que los soldados no obedecieran las órdenes de Íngvar, con que los esclavos huyeran de sus amos y las mujeres de los varones que las tratan con crueldad e injusticia.
Y con que todos prefiriesen ser pobres y libres a siervos protegidos pero humillados.
—Lo que nos faltaba —mascullé, dirigiéndome a Jane, que estaba a mi lado—: Un keri pacifista, partidario de la resistencia pasiva y con vocación de predicador.
Escucha, Loddfáfnir —continué, en voz alta—, tus ideas son admirables, desde luego, y me gustaría creer en la posibilidad de realizarlas.
Sin embargo, lo cierto es que Íngvar y sus partidarios utilizan la violencia para dominar, igual que lo hacíais y lo seguís haciendo los niflúngars, aunque tú seas distinto, de lo que me alegro.
Quizás a Íngvar lo consideremos terrible y malvado y solo es un ambicioso estúpido y hasta un cobarde, y como él todos los que lo apoyan.
Tal vez nosotros creemos en su maldad para justificar el que usemos también la violencia.
Pero dime qué debo hacer si un muyi me ataca o si un soldado de Íngvar prefiere, en vez de ser libre, impedirme escapar de una cárcel a cambio de un sueldo.
¿A cuánta gente piensas que lograríamos convencer para que lucharan como tú dices, sin armas, arriesgando con ello incluso sus vidas?
¿A cuántos has conseguido convencer tú para que sigan en tu casa?
La gente quiere vivir, aunque sea en un planeta prisión, y a veces le preocupan más las cosas pequeñas que los grandes ideales.
Pequeñas pero importantes para ellos: que les hagan, digamos, algo felices.
Dormir en tu cama, comer bien, ir de vacaciones, que alguien te quiera; en fin, ese tipo de cosas.
No creo que se los pueda culpar por ello, ni considerarlos egoístas ni cobardes.
Y lo lamento, Loddfáfnir: yo tampoco puedo actuar según tus ideas porque deseo que quienes no han tenido compasión de mí ni de otros paguen por ello.
—Yo estaba sudando a pesar del viento frío; siempre me hacían sudar y me cansaban enormemente las discusiones filosóficas.
—Hablo desde la ignorancia siempre, perdonadme —respondió el keri—. Expreso mis deseos, aunque no sé cómo realizarlos. Yo también he matado, puede que alguna luz vuelva a matar. Te comprendo, mujer helitharendi, comprendo tu odio y quisiera que su causa no hubiese existido.
—Me parece, Érik, que has encontrado un compañero ideal para tus viajes como dodimi —dije, y Érik me sonrió sin convicción.
Su actitud hacia mí durante toda la mañana me había parecido un tanto rara: como si quisiera rehuirme.
La noche anterior, cuando Jane y yo llegamos a nuestra vivienda, Érik no estaba; Sebeok me dijo que se había ido a acompañar a Hyndla a su casa tras sus ejercicios de lucha sin armas y, luego, a dormir con los amigos nókvaars.
Me extrañó y estuve a punto de ir a buscarlo, pero mi cansancio fue mayor que mi deseo de reconciliarme enseguida con él. Lo dejé para el día siguiente.