La rosa de las nieblas VII #5
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VII #5

Entonces sí me giré para alejarme rápidamente, aunque tuve tiempo de ver la mirada de odio de Dánkwart. Jane y Ejalmberri me seguían casi corriendo.

—Ha sido una temeridad lo que has dicho —afirmó Jane—. Una temeridad. ¡Pero has estado magnífica!

—Lo sé.

Era ya de noche cuando llegamos al pie de la montaña.

Skúrhild no nos había esperado. Subimos con la ayuda de nuestras linternas.

El ascenso fue tan dificultoso como la bajada la luz anterior, pero nos animaba saber que esa noche dormiríamos en una cama y que, sin duda, Sebeok nos tenía preparada la cena.

-oOo-

La luz no vino acompañada de nieblas, sino de nubes. Pabellones de nubes grises con reflejos escarlatas. Bajo ellas, el mar era de color ceniza cuando llegamos junto a él.

Sobrecogía oírlo retumbar. Enormes olas negras se elevaban en el horizonte y venían a romper en la playa.

Nosotros, los extranjeros, nos quedamos mirando mucho tiempo aquel océano violento y oscuro, sin vida alguna.

Excesivamente salado, excesivamente frío, nos había dicho Ejalmberri.

Le pregunté si no existía alguna isla, por diminuta que fuese, en ese mar que ocupaba nueve décimas partes de Niflhéim: más grande que todos los océanos de la Tierra juntos.

No había nada, aseguró el hjeníkar. Algunos pilotos libres habían volado con sus naves sobre él.

Y solo habían visto olas cada vez mayores según se alejaban del continente, así durante kilómetros y kilómetros.

Por eso los niflúngars no habían construido barcos y se habían olvidado de un océano que ni siquiera podía darles comida.

No solo nosotros, sino también el hjeníkar, Skúrhild y nuestros acompañantes nókvaars —Skékkil, diez hombres más y Sienild, que había querido venir— miraban en silencio hacia el agua.

Y los keris, también. Uno a uno, iban llegando solos. Sus thridis vigilaban armados a una prudente distancia. Cuando estuvieron los once y solo faltaba Elorridi, formaron un círculo. Todos se habían envuelto en sus mantos para protegerse del frío y del viento. Este hacía crepitar las capas oscuras.

Al adentrarnos los cuatro helitharendi en aquel círculo, me sentí intimidada ante la altura de los keris.

Desde ella, desde su orgullo, nos miraban, esperando.

No había inquietud alguna en sus ojos porque no nos temían.

Ni tampoco la más leve sombra de amenaza: no la necesitaban para hacernos saber que, pese a nuestras pistolas, eran más fuertes que nosotros.

Habíamos decidido que hablarían Jane y Érik: comunicarían a los keris el mensaje de Harsa Alasat y, si aceptaban el trato, discutiríamos sobre cuestiones prácticas y sobre las mujeres rebeldes y los esclavos fugitivos.

Pues teníamos claro que íbamos a llevar en nuestra nave a quienes unas y otros eligieran para representarlos ante Harsa Alasat.

Tanto Skúrhild como Skékkil habían aceptado no intervenir en la conversación, así que se quedaron aparte.

Justo en el momento en que Érik iba a comenzar, oímos las voces de los thridis que habían venido con sus señores. Gritaban tratando de hacerse oír por encima del fragor del océano.

No tardamos en saber lo que ocurría: un jinete galopaba hacia nosotros, un jinete niflúngar. Metz, el keri pelirrojo, lanzó una risotada.

—¡Por Jar, si es Elorridi! ¡Ya decía yo que era imposible que se perdiese esta fiesta!

Los thridis lo dejaron pasar. Elorridi detuvo su caballo cerca de Skúrhild, Ejalmberri y los nókvaars, y desmontó.

—Say, señora. —A quien primero se dirigió fue a Skúrhild, inclinándose ante ella—.

Me alegra ver que tu salud es buena, a pesar de los últimos…

incidentes. Lo lamento, debes saber que no me gusta hacer daño a mujeres, aunque se hayan rebelado contra sus señores.

Aprovecho para decirte que no dudo que hayáis tenido buenas razones para esa rebeldía y que habría preferido discutirlas luego de haberos capturado sin una sola muerte, ni en vuestras filas ni en las de mi casa.

No respondió la niflúngar y Elorridi se volvió hacia Ejalmberri.

—Say, hjeníkar. —Hizo una pausa y se llevó la mano al pecho—. Creo que conoces el dolor que me has causado al traicionarme.

—Lo sé, Elorridi —el hjeníkar agachó la cabeza—, y te pido perdón.

—No puedo dártelo, aunque te agradezco que lo solicites.

Say, Sienild. —La nókvaar se encontraba junto a Ejalmberri, más pálida que un muerto y casi temblando—.

Tu traición la esperaba. ¿Cómo no? Y, no obstante, a ti te perdono, a ti no puedo odiarte.

He venido en tu busca también; he de llevarte conmigo o caer frente a la espada de ese —señaló a Skékkil— a quien tú piensas que quieres.

Dime, ¿es posible que no te conmueva mi obstinación?

Sienild se llevó una mano a la garganta antes de contestar.

—Kerimi, te lo suplico, no nos persigas más.

—¡Te prometo, esclavo, que, después de haberte vencido, mi caballo arrastrará tu cadáver desnudo por todo ese desierto y la tierra no te cubrirá! ¡Así lo haré, aunque Sienild me odie durante todas las luces de su vida y no pueda tocarla nunca!

—Prometes lo que tal vez no vas a poder cumplir, Elorridi —respondió Skékkil—. Quizás tu espada no es tan fuerte como crees.

—Pronto lo sabremos.

—Sí, pronto.

Elorridi caminó hacia nosotros, introduciéndose en el círculo de los keris.

—Say, Yolen —me saludó en ínter—. Te fuiste tan deprisa que no nos dio tiempo a dar ese paseo a caballo del que hablamos.

—Es verdad. Qué lástima.

—Say, Jane, Érik, Sebeok. Os saludo como amigos, pese a todo, pese a que vosotros no me habéis considerado tal.

—Resulta difícil considerar amigo a quien ha intentado matarnos —dijo Érik.

—¿Crees que he tratado de hacer eso, Érik?

Si lo hubiese querido, quizás ya estarías muerto.

Continuáis equivocándoos conmigo, os lo aseguro.

No tardaréis en descubrir cuánta razón tenía en todo lo que hablamos en mi casa.

Keri, mis iguales —se dirigió a los once—, solicito que me permitáis participar en esta reunión.

Nadie me avisó del momento en que se iba a celebrar, ni siquiera mis aliados, keri Metz, keri Kleggi.

—Dedicó a los aludidos una media sonrisa—.

No obstante, uno de mis guerreros ha cumplido bien su labor de espía y aquí estoy.

—Doce somos los señores de Niflhéim —dijo Metz, señalando el hueco entre él mismo y Kleggi.

Elorridi lo ocupó mientras el niflúngar pelirrojo continuaba—: Así que pretendías quedarte con toda la gloria de un pacto con los helitharendi.

¡Maldito seas, Elorridi, deseo que tu egoísmo te oscurezca las entrañas y voy a reconsiderar mi alianza contigo!

En cuanto Elorridi estuvo en su puesto, Jane comenzó a hablar. Brevemente, usando la lengua niflúngar, transmitió el mensaje de Harsa Alasat.

—Nosotros cuatro, Sebeok, Yolen, Érik —nos fue señalando— y yo, Jane, hemos venido a vuestro planeta en nombre de Harsa Alasat, Camino de Luz, la Unión de Pueblos que lucha por la libertad contra Íngvar, el emperador.

Hemos venido a solicitar vuestra ayuda en esa lucha.

Si con ella logramos vencer, Harsa Alasat os ofrece el regreso al mundo en el que los niflúngars vivíais antes del exilio.

El mar embravecido volvió a dejarse oír.

—«El sol, hoguera del cielo, ardía entre otros muchos soles, que en la oscuridad se asemejaban al más rico tesoro.

Y el verano traía vientos dulces y el calor de un vino fuerte.

Y dos lunas iluminaban las noches de los niflúngar.

Y ahora, en la no luz, solo nos alumbra el resplandor de nuestras espadas.

Y ahora solo el calor de la batalla nos recuerda los veranos de aquel mundo». —Era Loddfáfnir quien recitaba.

—Una propuesta interesante la que nos hacéis, desde luego —dijo Metz cuando Loddfáfnir terminó—.

Claro que me surgen preguntas. Pues imagino que Íngvar no ha llegado a convertirse en emperador y a dominar todos esos pueblos de los que habláis únicamente gracias a su espada, sino con armas como las que vosotros lleváis o más poderosas todavía, y con naves llenas de los soldados de su ejército.

De modo que resultaría difícil vencerlo si nos enfrentamos a él con espadas y lanzas tan solo.

Temo que en este caso no sirvan más que para alumbrar la no luz.

—Por supuesto que Íngvar está respaldado por un ejército fuerte y muy numeroso —respondió Érik— y que tiene mejor armamento que Harsa Alasat.

Sin embargo, nosotros también poseemos armas para enfrentarlo y, sobre todo, nos empuja un deseo y un valor más grandes que los de sus soldados.

Cuando sea necesario, se os permitirá usar nuestras armas.

De hecho, el trato que os proponemos implica que os convirtáis en uno de los pueblos que integran Harsa Alasat, en las mismas condiciones que el resto. No obstante…

—No obstante —intervino Helblindi—, dudo de que ese deseo y ese valor vuestros sean tan grandes, puesto que un solo niflúngar ha conseguido dominaros a todos.

No responder a las provocaciones: era la decisión que habíamos tomado, así que la seguimos.

—Pero decidme —continuó el mismo keri—, ¿sabéis acaso, al menos, dónde se encuentra Íngvar?

—Parece que no le gusta asentarse en un lugar concreto —explicó Érik—. Según se dice, la mayor parte del tiempo navega en alguna de las naves mayores de su ejército. Se sabe también que ha escogido varios planetas como refugio temporal; entre ellos, vuestro antiguo mundo.

—¿Quién lo habita ahora? ¿Íngvar y sus soldados, nadie más?

—Lo habitan colonos de otros planetas y nókvaars libres.

—Íngvar pertenecía a tu casa, Helblindi. —Metz entró de nuevo en la conversación—. ¿Era un hombre tan terrible? Cuéntanos, hay mucho sobre él que ni siquiera los keri sabemos y este es un buen momento para preguntar.