VII #4
—¡Íngvar no es el culpable de que estemos aquí!
¡Y tampoco aquel emperador que ordenó nuestro exilio!
¡Los únicos culpables somos los niflúngar!
¡Nuestro orgullo, nuestra ambición y avaricia, todas nuestras ofensas contra la vida!
¡Matábamos, saqueábamos, torturábamos, convertíamos en esclavos a otros hombres en los tiempos antiguos y lo seguimos haciendo aquí!
¡Mientras no nos liberemos del mal que hay en nuestro pensamiento y en nuestros corazones, no tenemos derecho a volver al mundo que habitábamos!
—se situó ante Skúrhild—. Say, señora. Tú y él —señalaba a Skékkil, que permanecía detrás de nosotros— guiáis luchas que son una señal para Niflhéim.
¡Un aviso de que ha llegado la luz en la que debemos decidir salvarnos del mal o entregarnos de lleno a él!
¡El primer aviso, que no han sabido entender los keri!
¡Señora, perdón! —Volvió a lanzarse al suelo, de rodillas y con los antebrazos y manos en tierra también—.
¡Tu rebeldía y la de todas las mujeres que te siguen es justa!
¡Ojalá hubiera recibido yo en mi espalda los azotes que tú recibiste, por orden de un keri con el corazón anegado de odio!
¡Con crueldad os hemos tratado siempre los varones, pese a que nos dais hijos y la sabiduría de la fatia!
—Se levantó de un salto, fue hasta Skékkil y otra vez se hincó de rodillas y brazos, y desde allí preguntó, gritando—: ¿Y qué puedo decirte a ti, Skékkil?
¿Cómo pedirte perdón por lo que mi raza ha hecho a la tuya desde hace tantos dus?
¡Qué infamia, qué deshonra para los niflúngar, aunque no se den cuenta de ello, es el teneros como esclavos para satisfacer sus placeres!
Estás herido, veo. ¡Me avergüenza pertenecer a la raza del hombre cuya mano te hirió!
¡Os suplico, a ti y a Skúrhild, y a los nókvaar y a las mujeres que os acompañan, que me perdonéis, que nos perdonéis!
¡Os lo suplico! —Había lágrimas en sus ojos; empezó a arrojarse sobre la cabeza tierra que cogía con los puños.
Skékkil, entonces, se inclinó hacia él y lo ayudó a incorporarse. Y la jefa niflúngar le dijo cuándo volveríamos a encontrarnos todos.
Los acompañantes de Loddfáfnir permanecían impasibles. En cuanto su señor montó a caballo, dieron media vuelta y arrearon a los animales. Se alejaron hacia el fondo del páramo mientras nosotros seguíamos inmóviles.
—Querías nuestra opinión acerca de Loddfáfnir —le dije a Ejalmberri—, pero, sinceramente, no sé qué pensar. ¿Es así desde que nació? Supongo que lo sabrás, porque en este planeta parece que hay pocos secretos y que todo el mundo se conoce muy bien.
—Quien conoce mejor a su enemigo será el que mejor pueda vencerlo, se dice en Niflhéim.
Sin duda, además, el exilio y el aislamiento han contribuido a que nos conozcamos bien las doce familias.
¿Queréis que os cuente acerca de Loddfáfnir?
Os contaré. Su padre, el anterior keri de su casa, fue un gran guerrero.
Educó a su hijo para serlo asimismo. Loddfáfnir aprendió el uso de las armas, pero hasta que se convirtió en keri no participó en una batalla real, pues durante su juventud su familia no se enfrentó en guerra a ninguna otra, debido precisamente al temor y respeto que su padre causaba en los demás keri.
Aguardaban estos su muerte y, en cuanto sucedió, el keri Helblindi anunció a Loddfáfnir su intención de combatirlo para recuperar unas tierras a las que aseguraba tener derecho.
Loddfáfnir aceptó la lucha, como habría hecho su padre; se vistió la armadura de keri y fue el primer jinete en montar.
Hubo una única batalla y la ganó la casa de Loddfáfnir.
Más de trescientos hombres cayeron, la mayoría guerreros de Helblindi.
Loddfáfnir luchó con bravura, en ningún momento se mostró cobarde, se cuenta.
Dicen también que, acabada la lucha, huidos los adversarios, él subió a un altozano para observar el campo de batalla.
Debió de estar allí, mirando los cadáveres de sus guerreros y de los guerreros enemigos, más de un dros.
Luego, caminó hacia uno de los muertos, se despojó de su armadura, clavó su espada en la tierra y se postró de rodillas, igual que ha hecho hoy, para llorar junto a aquel cuerpo sin vida, un hombre de Helblindi, al parecer.
Tuvieron que ser sus thridi quienes lo obligaran a alejarse de allí.
A la luz siguiente, anunció a Helblindi que le devolvía las tierras por cuya causa se había originado la lucha.
Nunca volvió a tomar en sus manos una espada ni aceptó una guerra.
Desde entonces, se comporta del modo en que lo habéis visto actuar.
Afirman que trata a sus nókvaar igual que si fueran thridi y que los considera tan libres como estos; de hecho, no ha perseguido a ninguno de los que se han marchado de su casa.
Muchos de sus thridi y hósvir pidieron a otros keri que los aceptaran en sus familias. Él los dejó ir.
—¿Y no aprovecharon los demás señores para atacarlo?
—Si alguno le pedía a Loddfáfnir una tierra, se la daba, así que no era necesaria la lucha.
Las posesiones que heredó de su padre eran extensas y magníficas; las que tiene ahora, las más pobres de Niflhéim.
Nadie las pretende. Además, los otros keri consideran que el pensamiento de Loddfáfnir está enfermo y eso, en cierta manera, les causa temor.
Es cuanto puedo deciros sobre Loddfáfnir.
En su familia, aunque no sea muy numerosa, los que han decidido seguir con él, niflúngar y nókvaar, lo tienen en gran aprecio porque, dicen, es un hombre bueno.
Vayámonos ahora a la tienda. Solo falta Dánkwart por llegar y es mejor que no nos encuentre aquí.
Dánkwart vino pocos eps antes del anochecer, con cincuenta guerreros fuertemente armados. Acampó muy cerca de nosotros, al oeste, junto al keri Hrándung, con el que se había aliado en la guerra contra Helblindi.
Se negó Skúrhild a ir a saludarlo, aunque nos dijo que Jane, Ejalmberri y yo podíamos hacerlo si nos parecía conveniente. Mientras, los nókvaars se encargarían de llevar un mensaje a los otros diez keris para citarlos de nuevo del modo más cortés posible, a la luz siguiente, junto al mar.
Los hombres de Dánkwart desenvainaron sus espadas en cuanto nosotros tres estuvimos cerca. Ejalmberri les dijo que queríamos hablar con su señor. Uno de los guerreros fue a avisarlo.
Dánkwart tardó un buen rato en venir. Empezábamos a sentirnos intranquilos, sobre todo, porque faltaba poco para la noche.
—La descortesía ensucia el honor de un keri —comentó Ejalmberri, muy irritado por esa tardanza—. Ni siquiera Helblindi sería capaz de esto. Bien, ahí está al fin.
En efecto, el keri ya se acercaba. Su armadura era de acero plateado, como la del joven Eckéwart, pero más sólida y mejor labrada; coronaba el casco un muyi azul.
Desde luego, Dánkwart parecía más un nókvaar que un niflúngar.
Su larga melena era de color dorado oscuro; su tez, morena como la de Skékkil, y los ojos, con las pestañas pintadas de negro, de un azul brillante como el muyi de su yelmo.
Era el hombre más guapo que yo había visto jamás.
Sin embargo, no tardaríamos en saber por Ejalmberri que no soportaba mirarse en un espejo.
Detestaba profundamente su apariencia, todo lo que lo diferenciaba de un niflúngar, por muy bello que fuese.
Esa repulsión hacia uno mismo es característica de los mestizos en las sociedades racistas: pertenecen a dos mundos y a ninguno de ellos; en vano elegirán entre ambos, porque el elegido siempre los rechazará a causa de su impureza.
Yo he sentido ese rechazo propio y ajeno, pese a que mi aspecto me permitía casi siempre pasar inadvertida.
Después, con los años, he llegado a pensar como Érik: que el mestizo encarna el dolor de un mundo dividido y, al mismo tiempo, la posibilidad tangible de su unión.
Dánkwart musitó su respuesta a nuestro saludo. Nos observaba con los labios apretados, como si no quisiera respirar el mismo aire que nosotros.
—Te agradecemos mucho, keri Dánkwart —decía Jane— que hayas accedido a venir hasta aquí. Como ya habéis llegado todos los keri, mañana mismo, si os parece adecuado, podemos reunirnos junto al mar.
—Deseo conocer el mensaje que habéis traído.
—La voz de Dánkwart era casi inaudible—.
Sí, mi intriga es grande. Se asegura que venís en nombre de pueblos muy poderosos, con objeto de pactar con los niflúngar.
Escucharé con atención, por tanto, lo que tenéis que decirnos.
No obstante, me asombra que pueblos tan importantes elijan como enviados suyos a mujeres.
Y me asombra asimismo que ayudéis a voida kirdaia rebeldes y os guste la amistad de esclavos fugitivos.
Ensayé mi mejor sonrisa.
—No te preocupes, keri Dánkwart; mañana tendrás oportunidad de conocer a nuestros dos compañeros varones.
En cuanto al hecho de que estemos aquí, con Skúrhild y las mujeres niflúngars, solo puedo decirte que han sido bastante más hospitalarias que el keri Elorridi, quien no dudó en emplear las armas contra nosotros cuando quisimos ponernos en contacto con los demás señores de Niflhéim.
Y lo mismo ha ocurrido con Skékkil y los nókvaars; Skékkil es, por cierto, un excelente guía, además de un gran guerrero.
Bien, mañana volveremos a hablar, keri. Say.
—Empecé a darme la vuelta, pero de inmediato me volví otra vez hacia Dánkwart, sonriendo más aún—.
Ah, por cierto también: ¿te han dicho que tanto yo como uno de mis compañeros varones somos, al igual que tú, hijos de padres de distinta raza, somos kínglar?
Pensé que te gustaría saberlo. Say, Dánkwart. Espero que duermas bien.