VII #3
—¿Prisa? Los niflúngar nos hemos visto obligados a aprender la paciencia, obligados a esperar la luz en que podamos recuperar lo que era nuestro y se nos robó.
Conversaremos con vosotros, sí. No obstante, sabed que no recibimos órdenes de extranjeros, y menos de una voida que se ha rebelado contra su señor y con la que nada tenemos que hablar, salvo para informarla de cuál será su castigo.
Skúrhild nada dijo. Encajó el golpe sin mover un solo músculo de su cara.
—Pues bien —terminé—, entonces, en el momento en que estéis aquí todos los keris, os preguntaremos, con el mayor respeto —dije estas últimas palabras con toda la ironía de la que fui capaz—, si os parece conveniente un encuentro inmediato.
Say. —Y me di media vuelta; hasta Skúrhild tuvo que apresurarse para seguirme.
Pasó un dros. Y con el siguiente, vino el noveno keri.
Lo vimos llegar por el este, al galope, seguido de sus guerreros.
Vimos su armadura refulgir al sol. Una bonita armadura de color plateado; en lo alto del yelmo, la figura de un bolverk en oro amarillo.
Con todo aquello puesto nos saludó cuando fuimos hasta él.
—Eckéwart —nos había dicho el hjeníkar—. Su casa se extiende desde el río Flokjaldalsá hasta el bosque de Thrandarholt, y los montes Firdafylki. Es aliado de Helblindi. Lo que este haga, él también lo hará.
Yo trataba de realizar un recuento de aquellos keris que, según Ejalmberri, no nos apoyarían.
—Helblindi el Orgulloso, Thórir el Codicioso, ¿Hrándung el Borracho?
Y uno de los dos cuñados y este Eckéwart.
Y Dánkwart, por supuesto. ¿Incluyo también a Elorridi?
Van siete a tres: solo tenemos alguna posibilidad con Metz el Pelirrojo, Kleggi el Enamorado y el cuñado restante.
Ah, se me olvidaba Fjólnik, el más viejo, ese por el cual decidirán sus thridis.
Y claro, todavía hay uno del que no sabemos nada.
Eckéwart nos saludó brevemente, escuchó a Skúrhild con gesto adusto y se fue sin hacer ningún comentario hacia el campamento de su aliado Helblindi.
Era casi un adolescente: no podía tener más de dieciséis o diecisiete años.
Un adolescente tan sombrío y grave como los que habían luchado ante nosotros en la casa de Elorridi.
—Su padre murió en la última guerra entre su casa y la de Dánkwart —me explicó Ejalmberri más tarde, de nuevo en la tienda, en un momento en que estábamos solos los dos—.
Así que él se ha convertido en señor muy pronto.
Pero no consideréis su juventud una debilidad.
Supone más bien un peligro, pues Eckéwart trata de demostrar en todo momento que es tan capaz de gobernar una familia y conducir a sus hombres en la guerra como el más experimentado de los keri.
Y por ello su actitud suele ser siempre temeraria: no duda en iniciar una lucha en cuanto sospecha la más nebulosa ofensa.
—Si Eckéwart y Helblindi son enemigos de Dánkwart, ¿no es posible que nos apoyen para enfrentarse a él? —le pregunté al hjeníkar.
Ejalmberri movió la cabeza y las manos, con una sonrisa que trataba de disculpar mi ignorancia.
—Comprendo lo que dices, Yolen. Los razonamientos más simples son los más estrictos, pero debes entender que la simplicidad resulta con frecuencia extraña a los niflúngar.
Por supuesto que Eckéwart sigue deseando vengar la muerte de su padre y por eso es enemigo de Dánkwart.
No obstante, aunque esa muerte no hubiera ocurrido, nunca podría ser su aliado, ni él ni Helblindi: pues Dánkwart no es un auténtico niflúngar, sino un kínglar, su sangre está mezclada, es hijo de una nókvaar.
Y Eckéwart y Helblindi lo desprecian por ello y considerarían vergonzoso aliarse con él.
Por esa misma razón… —Ejalmberri titubeó unos segundos—.
Espero que mis palabras no os ofendan. Por esa misma razón, pienso que no se aliarán con vosotros, no lo harán aunque piensen que esa alianza perjudicaría a Dánkwart. Porque vosotros sois extranjeros.
—¿Y Metz? ¿Qué pasa con Metz?
—Los antepasados no niflúngar de Metz pertenecían a un pueblo aliado nuestro, no a uno inferior.
Además, a Metz todos los keri lo temen, ni siquiera Helblindi se atrevería a despreciarlo abiertamente, sea cual sea su pensamiento secreto.
La familia de Metz siempre ha sido poderosa y él, un gran guerrero.
—¿Nosotros, que hemos llegado en una nave espacial, tenemos armas de fuego y venimos de mundos que han dejado atrás hace mucho sus épocas feudales, somos inferiores? ¿Cómo se entiende eso, dime?
Supongo que estaba poniendo en un aprieto a Ejalmberri, pero no me gusta dejar ciertas cuestiones en el aire.
—Los niflúngar consideran que se los expulsó de su antiguo planeta porque se los temía y odiaba.
Nos temían incluso pueblos más avanzados, que poseían mejores naves y mejores armas, y, sin embargo, no nuestro orgullo, nuestro empuje guerrero, nuestra hambre de conquistas.
Quien teme es inferior, piensan los niflúngar.
Por ello, dicen, nosotros solo odiamos a los iguales o despreciamos a los inferiores.
Hay pueblos que han nacido para ser esclavos, como los nókvaar; en cuanto a otros, como aquellos a los que pertenecéis…
, bien, quizás tengáis armas de fuego y naves, pero vuestra apariencia…
Jane parece una nókvaar y los demás sois tan distintos y tan oscuros…
En un gesto involuntario, me toqué la cara y el pelo. Una suele olvidarse de su color. Ejalmberri bajó los ojos.
—No todos los niflúngar pensamos igual, sabedlo. Yo mismo… Vuestro aspecto me resulta extraño y, no obstante, quisiera que fuerais mis amigos.
Crucé los brazos, apreté los dientes.
—¿Y no te repugna tocarme, por ejemplo?
—¡Oh, no, no! Solo me desconcierta.
Me reí.
—Es lo que me ocurre a mí. Sois demasiado blancos y con ese pelo… Nunca lo había visto igual.
Jane entró en la tienda para llamarnos a comer: toisto con carne de bolm seca. Pero ni siquiera pudimos terminar la comida. Uno de los nókvaars que vigilaban más arriba, en la montaña, nos avisó de que, sin duda, llegaba un nuevo keri, pues unos treinta jinetes acababan de aparecer por el este.
Poco más tarde, los vimos cabalgar frente a nosotros.
Ellos nos descubrieron también: comíamos en la plataforma rocosa en la que habíamos instalado la tienda.
Y, en vez de pasar de largo para ir a montar su campamento antes que nada, se detuvieron y se quedaron allí, mirándonos.
Traté de distinguir al nuevo keri, pero las armaduras de los jinetes eran idénticas.
Solo uno de aquellos hombres iba sin protección, vestía un simple gabán de piel de taka, como un hósvir.
—Es el keri Loddfáfnir —nos indicó Ejalmberri—. Sí, el único que no lleva armadura ni tampoco espada.
Skúrhild ya se disponía a bajar a saludarlo. El hjeníkar la siguió, pero antes se dirigió a nosotros.
—Creo que es mejor que construyáis vuestro propio parecer acerca de Loddfáfnir; me interesaría conocerlo más tarde.
Cuando llegamos frente a los jinetes, el keri descabalgó.
Debía de tener treinta y pocos años. Observé entonces que llevaba el pelo corto, más que Skékkil, incluso, y como única joya, el pendiente distintivo de su rango.
Sus ropas, desde luego, eran de hósvir y, además, viejas y mal cosidas: los pantalones estaban hechos con lana muy basta y el cuero de las botas mostraba numerosas grietas.
Nos contempló, después de que lo saludásemos, con los ojos muy abiertos; le brillaban como si tuviera fiebre. De pronto, lanzó un grito. Yo estuve a punto de responder con otro, tanto me asusté. Y se tiró al suelo, golpeando la tierra con los puños.
—¡Por fin, por fin! —dijo, y medio alzándose, volvió a mirarnos con aquella expresión alucinada—. ¿Sois vosotros, verdad? ¡Los Enviados! ¡Habéis venido, por fin!
Jane y yo estábamos tan sorprendidas que no nos atrevíamos a movernos ni a abrir la boca. Sin embargo, Skúrhild y Ejalmberri parecían esperar pacientemente a que el keri se levantase. A mi espalda, un nókvaar tosió ahogando su risa.
—Habéis venido —continuó Loddfáfnir—. ¡Yo lo sabía! ¡Estáis aquí para liberar a Niflhéim!
Miré al hjeníkar pidiéndole ayuda.
—Loddfáfnir —dijo Ejalmberri—. Hay niebla en tus palabras; dudo de que los helitharendi las comprendan.
El keri se puso entonces de pie, lleno de polvo.
—¡Mis palabras son limpias como el agua! Quiero que las Enviadas sepan que las estaba esperando.
—Creo que ya conoces —se atrevió a intervenir Jane— el trato que deseamos proponeros: os pedimos vuestra ayuda para luchar contra Íngvar y os ofrecemos, a cambio, el retorno a vuestro mundo nativo. Si vencemos al emperador, todos nos liberaremos por fin: de él y del pasado.