La rosa de las nieblas VII #2
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VII #2

De nuevo repetimos el mismo ritual: caminamos en dirección al campamento del recién llegado y este vino a nuestro encuentro.

Hubo otro intercambio de saludos y reverencias.

Sin embargo, Kleggi fue mucho más parco que Metz.

Se limitó a preguntarnos —primero, a Skúrhild; luego, a Jane y a mí; por último, a Ejalmberri; a los nókvaars apenas los miró— qué tal iba nuestra salud, y no hizo ningún comentario acerca de nuestro aspecto ni pareció asombrarse de que habláramos su idioma.

Vestido con una cota de malla sobre la túnica y botas altas, hasta las rodillas, llevaba una espada corta.

No parecía un guerrero: era delgado y menos musculoso incluso que Ejalmberri, y se movía y hablaba con suavidad, casi con delicadeza.

Había en él algo levemente melancólico. La piel de su cara, de color marfil, empezaba a mostrar manchas, el primer signo de la vejez niflúngar, y hondas arrugas se marcaban alrededor de su boca y sus ojos.

Varias veces los entrecerró y se puso una mano como visera; la luz de Jar parecía deslumbrarlo.

Unos ojos tristes, sin asomo de turbulencia o furor.

Escuchó Kleggi en silencio las palabras de Skúrhild informándolo de dónde se produciría el encuentro entre los keri y nosotros, y las frases de Jane en agradecimiento por su llegada; se inclinó y se fue rápidamente.

A lo largo de aquella misma luz, llegaron otros cinco keris.

Fjólnik, el más viejo de todos, según nos dijo nuestro amigo hjeníkar: tan viejo y tan débil de cuerpo y mente que eran sus thridis quienes gobernaban su casa, y serían ellos los que iban a decidir si aceptar o no un trato con nosotros.

Y llegaron Hreim y Vólker, unidos entre sí por lazos de sangre —uno de ellos, no recuerdo cuál, era el ildisjan de la hermana del otro—, pero enemigos feroces.

Instalaron sus campamentos tan lejos entre sí como les fue posible.

Sin duda, afirmó Ejalmberri, alguno de los dos iba a apoyarnos y su rival nos negaría toda ayuda, pues llevaban su odio a cualquier asunto, por encima de otros intereses.

Durante el jarkatik vino el keri Hrándung, «En el que nadie puede confiar como aliado —nos comentó Ejalmberri— pues no es capaz de dominar su afición a los placeres.

Ningún señor confía en alguien que gusta de beber demasiado martok y, cuando bebe, la niebla invade su pensamiento y habla de secretos de guerra hasta con las mujeres, ya que tampoco domina su deseo por estas, y ha llegado a provocar guerras a causa de alguna.

No, no confiéis en él, casi nunca su estómago está vacío de martok».

En efecto, Hrándung apestaba a alcohol cuando fuimos a saludarlo.

Llevábamos seis paseos y yo empezaba a cansarme de tanta cortesía.

Su cara enrojecida y fláccida me repelió y estuve a punto de mostrarlo en el momento en que se atrevió a tocarnos a Jane y a mí.

Fue el único keri que hizo esto: nos tomó de la mano —la suya estaba caliente y pegajosa— y nos sobó un buen rato.

Me controlé; Jane, que se dio cuenta de lo que me ocurría y sin duda se acordaba de lo que había pasado en la casa de Elorridi durante la cena en nuestro honor, me rogó en un susurro y en mi lengua materna que tuviese calma.

Después, y el último por aquel día, apareció Thórir: un hombre muy pequeño para ser niflúngar, con poco pelo y unos ojos y boca diminutos también, igual que los de un niño.

No dejó de sonreír mientras lo saludábamos, una sonrisa humilde y mansa que me recordó a una oveja.

Caminaba casi encorvado y vacilaba al hablar, como si nos tuviese miedo o necesitase nuestro permiso para hacerlo.

Su atuendo, sin embargo, era el más lujoso de los que habíamos visto.

Llevaba el traje de gala de los keri: una túnica blanca con muchos bordados en hilo de oro rojo y un gran manto de piel azul brillante, piel de muyi, adiviné.

Su espada tenía la empuñadura y el pomo de plata labrados con dibujos.

Y si no se había puesto tantas joyas como Metz, las que mostraba eran de mejor calidad.

Sobre su pecho brillaba un rubí auténtico y de buen tamaño.

—No dudaría en vender a sus hijos de sangre varones si a cambio le dieran el peso de sus cuerpos en oro —nos había avisado Ejalmberri—.

Ama las riquezas más que Hrándung la bebida.

Y no solo es codicioso, sino también ruin.

En ninguna casa los niflúngar viven con tanta pobreza como en la suya, pero ningún señor posee tanto oro y joyas como Thórir en sus cofres.

No nos ayudará si considera que no va a obtener un beneficio suficiente.

Y, aunque lo hiciese, se dejaría comprar por cualquiera de nuestros enemigos.

Claro que le gustaría ser comprado por Íngvar más que por ningún otro.

Está en guerra con Metz, este dus, y en alianza con Helblindi, que aún no ha venido.

Anocheció poco después de este último encuentro con el keri Thórir.

Nos metimos en la tienda, Skúrhild, la otra mujer niflúngar, Ejalmberri, Jane y yo.

Cenamos algo. Pasaríamos la noche allí, había decidido la jefa de las mujeres.

Skékkil y sus nókvaars dormían o vigilaban fuera, cincuenta metros más abajo.

Skúrhild apenas habló ni comió nada. Mostraba el gesto duro y desagradable de costumbre, y el ceño tan fruncido que una arruga dividía como un surco su frente.

—Tiene miedo —nos dijo Ejalmberri en ínter cuando la niflúngar anunció que se iba a dormir—.

Porque mañana quizás venga Dánkwart y también porque vendrá Helblindi.

Son los keri a los que más teme, más que a Elorridi.

Ellos dos son enemigos entre sí, pero hay algo que comparten: su deseo de llegar hasta este escondite y destruirlo, castigar con dureza a las mujeres que se han atrevido a huir de sus casas, y a ella, Skúrhild, y a su hija Hyndla, las primeras.

Comprendedlo, se ha arriesgado a llamarlos, a conducirlos con su aviso hasta aquí, aun sabiendo que eso puede suponer su muerte y mucho mal para todas las mujeres.

Cuando todos se acostaron, bajé en busca de los nókvaars para ofrecerles mi ayuda en las guardias de vigilancia. Habían encendido una hoguera y bebían gumkó alrededor. Les pedí un trago; me lo dieron, aunque me miraron sorprendidos.

—Me gusta beber —le dije a Skékkil, junto al que me había sentado—. ¿Por qué os extraña?

—Ni siquiera las mujeres niflúngar beben gumkó —respondió.

Me encogí de hombros. Permanecimos en silencio casi un dros, vigilando.

Veíamos las luces de las hogueras niflúngars y escuchábamos las voces de los guerreros, que conversaban, bebían y se trasladaban de sus campamentos a los de las familias amigas.

Yo miraba el cielo negro; al cabo de un buen rato, me pareció distinguir una mancha blanquecina, muy difusa: el remoto esplendor de la galaxia.

Pensé en Érik, me dije que mi actitud hacia él era estúpida.

La noche posterior a la batalla no habíamos dormido juntos, como me pidió, porque tuvimos que ayudar a las voida kirdaia en sus labores médicas, en casas distintas.

Pero me daba cuenta de que yo había utilizado eso como excusa.

Me prometí que hablaría con él en cuanto pudiera y que haría todo lo posible para recuperar el tiempo y las ocasiones perdidas.

Luego, me fui a la tienda, arriba, a dormir: un sueño intranquilo, como el de todos, que daban vueltas y vueltas y suspiraban en la oscuridad; todos salvo Skúrhild, que estaba más quieta que un cadáver.

Despertamos con la primera luz de Jar y salimos. Había un nuevo campamento en el páramo, al este, junto al de Thórir. Nos extrañó que Skékkil no nos hubiese avisado y, entonces, vimos que el nókvaar subía rápidamente hacia nuestra tienda.

—Aparecieron poco antes del amanecer —nos dijo al llegar— y se limitaron a clavar sus tiendas, así que no me pareció necesario subir a informarte, Skúrhild.

—¿Quién es? —pregunté a Skékkil.

Pero fue la niflúngar quien respondió, pues había reconocido la enseña blanca y roja que se elevaba sobre la tienda más grande.

—Helblindi.

Lo había dicho casi escupiendo el nombre. Y, sin más, se lanzó montaña abajo, tan rápida como Skékkil, el primero en seguirla.

Físicamente, en Helblindi no había mucho de especial. Calculé su edad en unos cincuenta años. Sus facciones eran regulares, quizás un poco angulosas. Daba la impresión, por su corpulencia y sus músculos, de ser un buen guerrero. Vestía cota de malla y llevaba el pelo recogido en una coleta.

—Un enemigo seguro —nos había dicho Ejalmberri—.

Nunca querrá aliarse con nosotros. No tiene muchas riquezas ni muchos hombres, y las tierras por las que se extiende su casa, los campos de Raudgil y las colinas Varmalaek, no son muy buenas.

Pero tiene orgullo. Porque es un niflúngar.

Los keri que han gobernado su casa no han podido nunca, ni por un solo ep, olvidar que fueron desterrados aquí y las razones de ese castigo, de esa humillación: el valor, la superioridad de los niflúngar sobre todos los demás pueblos.

Así piensa Helblindi. No os ayudará, porque para él sois extranjeros con los que solo cabe el desdén.

Fue una entrevista corta. Skúrhild y él se saludaron con un simple «Say» y, luego, ella le dijo, como a todos los demás, cuándo sería nuestro próximo encuentro.

Mientras la niflúngar hablaba, Helblindi nos observó a Jane y a mí, de arriba abajo, varias veces.

Después, volvió su mirada hacia Skúrhild.

—Quizás allá arriba —respondió, señalando la montaña— mandes tú, mujer. Pero yo soy un keri y seremos los keri quienes decidamos cuándo vamos a hablar con esas gentes que vienen de otros mundos.

—La propuesta de Skúrhild es nuestra propuesta —intervine—. Os hemos llamado pidiéndoos que vinierais a conversar con nosotros; lo habéis hecho y os lo agradecemos. Pero tenemos prisa.