La rosa de las nieblas VII
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VII

El primer keri que pisó el desierto del norte fue un tal Metz.

Desde la cumbre que se abría sobre el páramo, lo habíamos visto llegar, a caballo, por el este, con cincuenta de sus hombres.

Tranquilamente, montaron su campamento: veinte tiendas de campaña, la más grande, la del señor.

Los pocos guerreros de Elorridi que aún continuaban apostados allí se habían retirado antes por el oeste.

Ya habían terminado de instalarse cuando nosotros descendimos por una empinadísima senda que cortaba el flanco occidental de la montaña.

Íbamos Skúrhild, Ejalmberri, Jane y yo, junto con Skékkil y otros cinco nókvaars.

Los demás se habían quedado arriba, según la decisión de la jefa niflúngar.

Pensaba que los keris no sentirían recelo alguno si quienes nos entrevistábamos con ellos éramos mujeres.

Érik y Sebeok vigilarían desde lo alto, por si el recién llegado, o alguno de los keris que aparecieran después, no venían muy dispuestos a la paz y al diálogo.

Era la mañana del segundo día tras el ataque de Elorridi.

Durante ese tiempo, ningún uálad había aparecido en el cielo de vuelta de su misión.

Skúrhild nos dijo que su mensaje a los keris había sido claro: debían permitir a las emisarias retornar o traerlas con ellos, pero en cualquier caso no hacerles daño alguno, una condición indispensable para poder hablar con los helitharendi.

—Harán lo que quieran —aseguró, sin embargo—.

Si las traen va a ser como rehenes y porque ellas les pueden decir cuál es el mejor camino hasta aquí; pero quizás les baste con obligarlas a hablar y, luego, las encierren y castiguen.

No, tal vez no se atrevan a matarlas hasta saber con certeza quiénes sois.

Aunque Dánkwart sí puede atreverse. A él lo he amenazado en mi mensaje.

Dudo de que eso le importe. Le gusta matar.

La mujer que se ofreció a presentarse ante él lo sabía.

Tampoco hubo, durante ese tiempo de espera, el menor indicio de un nuevo ataque de los guerreros de Elorridi.

Supusimos que, al recibir nuestro mensaje, que le enviamos por escrito al día siguiente de la batalla con una flecha que un nókvaar lanzó a los hombres apostados en el páramo, había comprendido que lo más sensato era aguardar acontecimientos.

Bajamos, pues, en busca del recién llegado. Skúrhild quería hablar con él. Aseguraba que no había riesgo en ello; más aún, que convenía apresurarse.

Arriesgado, desde luego, fue el descenso hasta el páramo.

Solo Skékkil y algunos nókvaars bajaban bien.

El cabecilla de los fugitivos se deslizaba cuesta abajo con una agilidad envidiable.

Aunque estaba herido —aún llevaba un gran vendaje alrededor del hombro y del pecho—, sus fuerzas parecían no haber mermado: ese era uno de los privilegios de los héroes.

Sin embargo, Jane, Ejalmberri y yo estuvimos a punto de despeñarnos varias veces y tuvimos que ayudarnos entre nosotros.

En cuanto a Skúrhild, no se dignó a pedir apoyo ni una sola vez, pese a que debía de estarlo pasando francamente mal; cuando alcanzamos el suelo, era la que más sudaba y eso que sudábamos todos como si nos estuvieran cociendo.

Pisamos por fin el desierto blanco. Era uno de esos momentos en que Jar dejaba ver los colores igual que si estuviésemos en la Tierra. Caminando contra el viento que corría por allí a su antojo, nos dirigimos hacia el campamento de Metz.

—Creo que puede ser un buen aliado —nos había dicho Ejalmberri—.

Va a escucharnos. Metz os resultará un hombre curioso.

Es muy alegre. No es cruel en demasía ni inmune a la piedad, aunque, por supuesto, lo guían siempre sus intereses.

Por supuesto, no debéis fiaros de él ni de ningún otro keri.

Todos tienen los mismos defectos, los defectos que se dicen propios de los niflúngar: aman la guerra y la bebida y la riqueza, son astutos y ambiciosos y pueden ser tus aliados una luz y otra luz tus enemigos.

Pero confiad más en Metz que en otros. También os parecerá llamativo su aspecto.

Los keri de su familia, sus antepasados, se unieron en varias ocasiones a mujeres de raza no niflúngar, mujeres de otro planeta; la última de ellas vino a Niflhéim, ya que su ildisjanik coincidió con el exilio.

Su casa es la más próxima a estas montañas, al pie de las cumbres llamadas Jardlaugsstládir, y se extiende por todo el bosque de Krumhólir.

Sin duda, por eso ha sido el primero en llegar.

A mitad del camino entre el monte y las tiendas, Skúrhild se detuvo. Allí esperamos hasta que vino Metz, seguido de cinco thridis.

Era un gigante gordo y barbudo, sonriente y pelirrojo.

Llevaba una túnica parda hasta más abajo de las rodillas y, sobre ella, una capa; también una espada enorme, que no le colgaba en un costado sino delante del cuerpo.

Y muchas joyas: un arete de oro rojo en la oreja izquierda —igual que el de Elorridi, pues ese pendiente es el distintivo de los keris— y más anillos, brazaletes y cadenas sobre el pecho que Yusuf, un piloto libre al que llaman Yusuf el Alhaja, por su afición a ponerse encima kilos de metales preciosos.

—Say, señora —dijo el keri a Skúrhild, tras una gran reverencia—.

Veo que tu salud es buena y me alegro, y espero que lo siga siendo durante muchos dus.

Así que estas son las helitharendi. No me han engañado mis espías, su aspecto resulta tan curioso de mirar como el mío.

—Lanzó una carcajada—. Pero mis espías también me dijeron que las acompañaban dos hombres, uno negro como la no luz y otro más grande que el más grande de los niflúngar.

¿Qué has hecho con ellos, convertirlos en tus esclavos?

Y ese que está ahí, ¿no es el hjeníkar de Elorridi?

Say, hjeníkar. Y ese nókvaar que tan arrogante se muestra, ¿no será el Skékkil del que tanto se habla y que guía una manada de esclavos fugitivos?

¡Por Jar, señora, que pastoreas una sorprendente familia!

—¿Dónde está la mujer que os llevó mi mensaje? —preguntó Skúrhild.

—Descansa en una de las tiendas. La mandaré llamar si quieres llevarla contigo.

Skúrhild asintió, por lo que el keri ordenó a uno de sus acompañantes que fuese en busca de la mujer.

—Cuando todos los keri hayan llegado —continuó Skúrhild—, los helitharendi se reunirán con vosotros, allí, junto al mar. Say. —Y dio media vuelta.

Pero Jane y yo no nos movimos aún.

—Keri Metz, queremos agradecerte que hayas venido a hablar con nosotros —dijo mi compañera.

El niflúngar chasqueó la lengua y se dio un golpe con el puño en el pecho.

—¡Sabéis hablar en nuestro idioma! ¡De eso nadie me avisó! —Hizo otra reverencia—. ¡Señoras, perdonadme! He sido muy descortés con vosotras al no saludaros de manera adecuada. Espero no haberos ofendido.

—No, no lo has hecho, en absoluto.

—¡Gracias! Y espero también que confiéis en mí. Yo no soy como Elorridi, nunca me atrevería a atacaros como ha hecho él. Por cierto, que muy grandes deben de ser vuestros poderes, pues habéis conseguido derrotarlo. ¡Contra mí nunca tendréis necesidad de emplearlos!

Skúrhild nos llamó. Nos despedimos de Metz, que volvió a inclinarse un par de veces.

—Tened cuidado —susurró la niflúngar mientras volvíamos hacia la montaña—. Metz sabe de ardides y fingimientos tanto como de la fatia una voida kirdaia. Y siempre se muestra dulce y amistoso como un moy.

—Pero es más bien un muyi, ¿no? —dije, y Skúrhild me respondió con algo que era casi una sonrisa.

En la pared por la que habíamos bajado, había una pequeña plataforma a unos cincuenta metros de altura; ascendimos hasta ella e instalamos una tienda para esperar la llegada de otros keris.

Un dros después llegó el segundo señor niflúngar.

—Es Kleggi —nos dijo Ejalmberri, que permanecía con Jane y conmigo fuera de la tienda—. Su casa está enclavada entre el páramo de Jarnskjold y el cañón del río Duiá. Es vecino y aliado de Metz desde hace varios dus.

Vimos, en efecto, que lo primero que hacía el recién llegado era ir en busca del otro keri.

Metz ya lo esperaba. Se tomaron de los brazos, se besaron en las mejillas y Kleggi entró en la tienda del niflúngar pelirrojo, mientras que sus guerreros —unos cuarenta— montaban su campamento junto al ya instalado.

—Kleggi es un hombre culto —continuó Ejalmberri—.

Tiene tres hjeníkar en su casa, tres. Y es uno de los pocos keri que no gusta de la guerra.

Si por él fuera, no lucharía con ningún otro señor.

Lo hace porque no le queda más remedio. Creo que nos escuchará con interés y nos ayudará, pues sin duda nuestras propuestas serán de su agrado.

De él dicen, incluso, que trata muy bien a sus nókvaar; de hecho, pocos han huido.

Tampoco su ildisjan está aquí. Kleggi la tiene en gran aprecio, ni siquiera busca otras mujeres, y ella posee una gran influencia sobre sus decisiones.

Aunque por eso, algunos keri se burlan de él.

En ese momento, salía Skúrhild de la tienda donde había estado todo el rato, hablando con la mujer que, convertida en uálad, llevó el mensaje a Metz.