VI #6
—Skúrhild hablará con nosotros esta tarde, en el recinto, antes de que se ponga el sol. Ahora ella y las voida kirdaia están haciendo todo lo posible por los heridos —me dijo.
Le pedí que me ayudara a llevar a Tonsu a nuestra casa, donde al menos teníamos una cama para ella. Érik y Sebeok nos siguieron.
-oOo-
Esa tarde, en efecto, hablamos con Skúrhild.
Nos esperaba en el recinto rocoso, junto a Hyndla y, por primera vez, con un gran número de mujeres.
Todas de pie, todas envueltas en sus mantos, nos recibieron en un silencio absoluto.
Por primera vez también, la jefa niflúngar aceptó que en la reunión estuviesen Skékkil, Sienild y Ejalmberri; por primera vez, nos ofreció asiento en los lugares que siempre habían ocupado sus doce acompañantes y, solo después de que nos acomodamos, lo hizo ella en el suyo.
Jar comenzaba a descender hacia el ocaso: una enorme bola de fuego granate, cuya luz se desleía en el aire.
Por el camino, yo había visto cómo aquel color profundo transformaba los campos de hierba en algo parecido a un mar rojo.
Ya no quedaba, sin embargo, ni un solo cadáver en las praderas.
Los nókvaars los habían llevado a una hondonada, donde al amanecer del día siguiente quemarían a los guerreros niflúngars y enterrarían a los de su raza.
Casi la mitad de los nókvaars que habían participado en la lucha estaban muertos o heridos.
Y de las mujeres niflúngars, cuarenta. En cuanto a los guerreros de Elorridi, sus bajas eran menos de un tercio de los que nos cercaban, según los cálculos de Skúrhild.
Nos informó de aquello brevemente. Parecía no haber perdido la serenidad, pero ordenaba con excesiva crispación los pliegues de su manto.
Nos preguntó si habíamos visto a Elorridi. Esa misma pregunta me la había hecho horas antes Sienild, por cierto, en un instante en que estábamos solas y en un tono que pretendía ser intrascendente. Nadie lo había visto.
—Él no ha venido, ni ha mandado tampoco a los mejores de sus hombres. Apenas había thridi entre ellos —concluyó la jefa niflúngar—. Está esperando en el bosque. Y no tardará en decidir un nuevo ataque. ¿Podrán vuestras armas vencerlos otra vez, helitharendi?
No, no podrían. Nos quedaban muy pocas municiones. Así se lo dijimos.
—Entonces, nos derrotará. —Skúrhild se levantó e hizo una seña a Hyndla para que la siguiese; todas las mujeres se arroparon en sus mantos, dispuestas a marcharse. Nosotros nos miramos sin saber lo que hacer.
—Aguarda, Skúrhild. Aguarda. —Era Ejalmberri, que se había puesto en pie asimismo. La niflúngar se detuvo y lo miró de arriba abajo.
—He pensado… He estado pensando en una posible solución. Te ruego que me escuches.
Skúrhild apretó con fuerza los labios antes de decidirse a contestar.
—Habla, hjeníkar.
—Solo encuentro un camino para detener a Elorridi; tal vez lo apruebes.
Pienso que, si avisáramos a los otros once keri de Niflhéim para informarlos de la llegada de los helitharendi y de sus pretensiones, y de que Elorridi ha intentado apropiarse de todo el honor que supondría un trato con ellos, de que huyeron de su casa precisamente porque deseaban hacer ese trato con los doce keri, no con uno, y de igual modo ahora Elorridi quiere lograr para él solo la gloria de vuestra captura…
Pienso que vendrían de inmediato y escucharían a los extranjeros, pues les conviene, y también a vosotras, pues no dudo de que nuestros amigos —nos señaló— se lo exigirían así.
—Como diplomático no tendrías precio, Ejalmberri —le dije al hjeníkar—. Si salimos de esta y hacemos ese maldito trato, te propondré para embajador de Harsa Alasat. Es una promesa firme.
—¿Y cómo avisaremos a los otros keri, hjeníkar? —preguntó Skúrhild.
—Tú lo sabes bien.
La niflúngar hizo un gesto a las mujeres; la rodearon todas, hasta ocultarla a nuestros ojos; entretanto, nos alejamos un poco, según nos indicó Ejalmberri. Al cabo de un buen rato, Hyndla salió del grupo para acercarse a nosotros.
—Hemos decidido seguir tu consejo, Ejalmberri. Once mujeres, cada una de una casa, llevarán el mensaje a sus keri.
—¿Lo haréis ahora? —preguntó el hjeníkar.
—Sí, no podemos esperar. Aún queda luz, la suficiente para que partan. Cuando llegue la no luz, estarán lejos. Se refugiarán en las montañas hasta que vuelva Jar. Y mañana alcanzarán su destino. Enviaremos después otro mensaje a Elorridi para que lo sepa todo y no se atreva a atacar.
Once mujeres, en efecto, caminaban hacia una de las salidas del recinto. Desaparecieron por allí. Delante de ellas iba Skúrhild. Luego, la jefa niflúngar volvió sola. Pasó a nuestro lado, camino de las casas, sin decir nada. Todas las mujeres la siguieron. Hyndla nos pidió que hiciésemos lo mismo.
Fue al salir del recinto cuando Jane me indicó que mirase hacia arriba.
Volaban sobre nosotros en silencio: once grandes aves de color oro oscuro. Once uálads. Las vimos elevarse lentamente, muy juntas. Después, en un solo segundo, más rápidas que el viento, se precipitaron hacia el sur.