La rosa de las nieblas VI #5
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VI #5

Disparaban ellas sus arcos; docenas de flechas que los varones rechazaban con sus escudos.

Solo tres o cuatro de los niflúngars cayeron: era difícil acertar un blanco que se movía constantemente, además protegido.

Reconocí a Tonsu, en la primera línea de arqueras; cargaba su arma y tiraba con una rapidez admirable y la mejor puntería de todas.

No solo lanzaban virotes, las mujeres: enviaban asimismo, mediante grandes ballestas apoyadas en el suelo, los globos con vapores somníferos o alucinógenos.

Estos envíos eran los que más temían sus adversarios, que se apresuraban a escapar en cuanto los avistaban sobre sus cabezas; aunque, antes de huir, arrojaban sus picas contra las arqueras y, pese a que los separaban de ellas bastantes metros, resultaba asombroso observar cómo la fuerza de sus brazos podía salvar esa distancia.

Algunas mujeres habían sido heridas y eran retiradas por otras del campo de batalla.

Tuve que atender a Skékkil, que nos gritaba a Sebeok, Érik y a mí.

—¡Utilizad esas pistolas vuestras, enseguida, los tres! ¡Utilizadlas o nos vencerán! ¡Son demasiados para nosotros!

Acto seguido, Skékkil arrebató el lur al nókvaar que lo llevaba y lo sopló hasta agotarse, llamando a cuantos de los suyos quedaban en el bosque, si quedaban.

Deseé tener una ametralladora, una granada de mano, cualquier arma suficientemente poderosa como para acabar en pocos instantes con aquello.

Pero como no las tenía, desenfundé mi pistola tras librarme del arco y la ballesta, y corrí tras los míos hacia los niflúngars, animándome con la idea de que el cargador aún debía de contar con un buen número de balas.

Arremetimos contra ellos, nosotros gritando como locos, los nókvaars blandiendo sus lanzas, espadas o hachas, y embrazando los escudos. Nos enfrentaron los niflúngars y la mayor parte de ellos fue a buscarnos también.

El choque fue brutal. De él recuerdo poco. No puedo decir ni siquiera el tiempo que duró. Sé que vacié mi cargador y que solo gracias a nuestras pistolas vencimos.

Érik vino en mi busca después. Yo estaba sentada sobre la tierra, la cabeza contra mis rodillas, mi arma vacía aferrada aún, apuntando al suelo; sin un rasguño, pero terriblemente cansada y terriblemente triste.

—Han huido —me dijo—. Ha acabado todo ya. ¿Estás bien?

Asentí y lo tomé de las manos.

—Siento todo lo que ha ocurrido entre nosotros, Érik.

Él estaba empapado de sudor, tenía algunas magulladuras en la cara y cojeaba un poco.

—Te echo de menos, Yolen. —Se metió entre mis brazos, apoyando la cabeza en mi hombro—. Duerme conmigo esta noche, por favor.

Así estuvimos un buen rato. Oíamos voces y gemidos, y metales resonando. Nos levantamos para ir al encuentro de nuestros amigos.

Por todo el campo de batalla, no había más que cuerpos inmóviles sobre la hierba y figuras que caminaban lentamente en busca de los suyos.

Miraban la cara de los caídos y los llevaban en brazos hacia las casas o los dejaban allí.

Yo también observaba los rostros de los muertos, la postura en la que habían quedado unos y otros, niflúngars y nókvaars, ellas y ellos.

Grupos de nókvaars despojaban de sus armaduras a los cadáveres enemigos; recogían lanzas y espadas, escudos, y se probaban los cascos niflúngars.

Al acercarnos a uno de esos grupos, vimos que habían rodeado a un guerrero niflúngar que estaba vivo aún.

Tenía un dardo clavado en un muslo, una herida que no era mortal.

Sin embargo, intentaba levantarse sin conseguirlo y se arañaba con furia la piel, como si tratara de arrancarse algo que se le adhería.

Su cara estaba desencajada por el terror.

Le pregunté a un nókvaar, que llevaba en las manos parte de la armadura del guerrero, qué le estaba ocurriendo al niflúngar.

—Nadie puede saberlo —dijo—. La flecha que le ha alcanzado estaba envenenada. Los venenos que preparan las mujeres niflúngar hacen ver cosas distintas a cada uno, cosas que te vuelven loco hasta el punto de desear morir. Eso dicen, al menos.

Entonces otro nókvaar levantó su lanza y se la clavó al caído en el pecho.

El niflúngar rugió escarbando con las manos la tierra y, luego, sus brazos se quedaron inmóviles a ambos lados del cuerpo.

Pensé que el nókvaar había hecho aquello por piedad, pero vi que sus compañeros se apresuraban a hundir también sus picas en el cuerpo del niflúngar con auténtica alegría, sin importarles que hubiese muerto, hasta que Érik se metió entre ellos para apartarlos a empujones del cadáver, gritando en ínter que bastaba ya.

—¿A qué viene todo esto? ¿A qué? —les preguntó, también a gritos, en la lengua de Niflhéim; algo en su voz indicaba que estaba a punto de llorar.

Los nókvaars lo miraron entre asombrados y compungidos, como si no se explicaran aquella reacción.

—Es el thridi Sidskegg —dijo uno de ellos, señalando el cadáver desfigurado por las lanzadas—. Uno de los guerreros más crueles de Elorridi. Nos hizo mucho daño, a los nókvaar de su casa. Nos alegra su muerte y tenemos derecho a humillarlo ahora, igual que él nos humillaba a nosotros.

—Dejadlo ya y vámonos, por favor —les pedí; tomé a Érik del brazo y lo aparté.

En silencio, llegamos hasta cerca de las casas, donde se encontraban un buen número de mujeres. Ellas también retiraban a sus muertas y heridas, transportándolas hacia las viviendas. De entre todas, salió Hyndla; llamó a Érik y se aproximó a nosotros; le temblaba la voz al hablar.

—Vuestros amigos os buscan. Están allí, en la primera casa.

La seguimos. Alrededor y dentro de aquella casa, una de las más grandes, las niflúngars y los nókvaars ilesos tras la lucha colocaban sobre mantas o pieles a los que no habían tenido su suerte.

En el interior estaban Sebeok, que tenía una herida en la cabeza, aunque no grave, y Skékkil, al que Sienild vendaba el hombro donde había recibido un lanzazo.

Y Tonsu, a la que había alcanzado también una pica, en una pierna.

Me acerqué a ella. Estaba tumbada sobre unas pieles, junto a una pared, en el suelo: las pocas camas que había en casa eran para las niflúngars.

—Hemos vencido —me dijo sonriente.

En ese momento alguien me tocó en el brazo. Era Jane. Ella y Ejalmberri estaban perfectamente; habían vigilado a los niflúngars apostados en el norte, este y oeste, que no se habían movido para nada.