La rosa de las nieblas VI #4
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VI #4

El veneno que llevaban las flechas debía de ser tan veloz como potente.

El guerrero herido en el hombro no pudo sacarse el virote.

Rugía en el intento y, en menos de un minuto, empezó a dar traspiés y vueltas sobre sí mismo, gritando cada vez más fuerte, hasta que enmudeció.

Sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo y él, de rodillas.

Nos miró con desconsuelo. Empezó a agitarse y a gemir, y se vino abajo del todo.

Boca arriba, en la tierra, se retorcía como si sufriera latigazos de dolor y trataba desesperadamente de librarse de algo que apretaba su cuello, algo que no existía.

Recordé las palabras de Skúrhild: «Sus fuerzas los abandonarán, tendrán terribles dolores, sabrán que los espera la muerte».

Y me acordé del muyi que quizás yo había sido y de cómo saltaba —él, yo— sobre el cuello de un niflúngar, su presa.

Tuve la impresión de que el guerrero ya caído frente a mí sentía esos colmillos en su carne y trataba en vano de defenderse de una muerte próxima y segura.

De pronto, volvió a gritar, un último grito agonizante, y las manos se quedaron quietas en su cuello, los dedos aún curvados.

La mandíbula y las facciones se le pusieron rígidas.

Desde su boca abierta, desde las comisuras de los labios, caían gruesas líneas de saliva.

Todo eso pasó en poco menos de cinco minutos. Los otros dos heridos, que pudieron extraer el virote de su cuerpo, habían retrocedido, ayudados por sus compañeros.

Cargamos otra vez nuestros arcos y ballestas y disparamos sobre un nuevo grupo de niflúngars que apareció entre la bruma. Pero ya venían protegidos por escudos, no como los de antes. Y contra esos escudos rebotaron nuestras flechas.

Ordené retirarse a mis compañeras; retrocedimos unos veinte metros.

Desde aquella posición, volví a tensar mi arco y disparé varias veces; lo mismo hicieron las niflúngars.

En vano también: al silbido que en el aire producían los virotes, seguía siempre el golpe sobre los escudos.

Pese a que yo había tomado la bebida preparada por Skúrhild para aumentar mi fuerza y resistencia, y en efecto sentía que mi capacidad física se había acrecentado, los brazos empezaban a dolerme por el esfuerzo de tensar el arco.

Así que me lo puse en bandolera y saqué mi pistola.

Pero me daba cuenta de que no debía abusar de mi arma de fuego: teníamos que ahorrar municiones.

Y además los niflúngars no se asustaron.

Tampoco parecían dispuestos a detenerse por el temor a la fatia y sus venenos.

A un grito del que iba a la cabeza, asieron bien sus lanzas mientras corrían hacia nosotras.

Grité llamando a Sebeok y Skékkil y, enseguida, de entre los árboles que flanqueaban el camino aparecieron con doce nókvaars.

Rodearon a los atacantes para arremeter contra ellos.

Las demás mujeres y yo nos echamos a un lado; de ahí en adelante, nuestra función consistiría en cubrir lo mejor posible las espaldas de nuestros compañeros.

Ya no había más sorpresas que dar. Solo quedaba la fuerza de las armas. El combate cuerpo a cuerpo comenzó. No tardaron en llegar nuevos enemigos a pie. Y jinetes.

Emergían de la niebla, con saltos rapidísimos, con largos gritos que parecía imposible fuesen humanos, y se lanzaban contra el primer adversario que veían. Entonces comprendí con toda claridad las leyendas sobre ellos. Eran como se decía en estas: guerreros tan feroces como impávidos.

Protegiéndose con sus escudos de las hachas de los nókvaars, los niflúngars arrojaron sus picas contra aquellos, que iban sin armadura.

Tres nókvaars cayeron. Apareció un jinete.

Él también, desde su caballo, acometió con la lanza al nókvaar más próximo, que en vano quiso defenderse con su hacha: la pica del niflúngar le alcanzó en mitad del pecho y el nókvaar, con un gemido ahogado, se desplomó sobre la tierra.

Otro niflúngar se acercó al muerto y, apoyando su bota en el torso de este, le arrancó la lanza, pues había perdido la suya; luego, arremetió contra un nókvaar que le daba la espalda y le hundió con tanta violencia el arma que lo atravesó de parte a parte.

El metal salió por el vientre del nókvaar; este cayó de rodillas.

Entonces el niflúngar volvió a tirar del arma para recuperarla; tuvo que hacer varios intentos, pues su víctima se convulsionaba de tal modo que al otro le era muy difícil sujetar el asta de la pica.

En el centro de la lucha, Skékkil y Sebeok eran, de los nuestros, los que mejor se defendían y atacaban.

Elorridi tenía razón al desear la muerte del líder nókvaar: su espada era tan ágil como las niflúngars.

Ni los escudos ni las armaduras la detenían.

Vi cómo derribaba a cuatro contrincantes, uno tras otro.

Embistiéndolos con la punta del arma, rompía los escudos y las cotas de malla; después, los golpeaba con el filo en los cascos y en el cuerpo, hasta hacerlos caer.

Uno de aquellos tajos fue tan brutal que la espada, al alcanzar en el hombro a un contrincante, atravesó la carne cortando músculos y huesos, y se quedó allí; Skékkil tuvo que tomar la del vencido.

Por su parte, Sebeok en ningún momento desenfundó su pistola: no necesitaba más que el hacha, a la que sus enemigos no osaban acercarse.

Solo podían arrojarle sus lanzas, que el hombre de Helevorn detenía con el escudo que había arrebatado a un niflúngar muerto.

Llegaron más jinetes. Uno de ellos lanzó su pica hacia Skékkil.

Lo hirió en el hombro izquierdo y, tras desenvainar su espada, la blandió sobre la cabeza del líder nókvaar; por fortuna, intervino Sebeok, que de un hachazo cercenó la mano armada del caballero.

Pese a la herida, Skékkil siguió combatiendo con el mismo ímpetu.

Pero no así sus compañeros nókvaars. Nueve de ellos ya habían caído y los adversarios eran cada vez más.

La niebla había empezado a disiparse. De pronto, brilló Jar en el cielo y refulgieron los cascos de los niflúngars, los muyis azules y los uálads de oro que los coronaban. Y en el aire se recortaron las gigantescas figuras de los hombres de Elorridi, sus largas melenas blancas y sus caballos.

Gritaban unos y otros: nókvaars y niflúngars, agresores y heridos.

Hasta Sebeok se alentaba a sí mismo con grandes voces.

En ocasiones, el estruendo de las armas no dejaba oír esos gritos o los lamentos de los que caían.

Sin embargo, los aullidos de los que recibían una estocada mortal eran tan penetrantes que apagaban cualquier otro sonido.

Las mujeres, escondidas tras unos arbustos, observábamos inmóviles, muy juntas.

Solo en una ocasión un guerrero niflúngar se abalanzó hacia nosotras, con la espada en la mano.

Me limité a erguirme y dirigir mi ballesta contra su cara, pues llevaba armadura y no veía otro sitio para apuntar.

Mi flecha lo alcanzó en la frente y la sangre le cubrió el rostro.

En ese momento, sentí una alegría absoluta, casi salvaje, y estuve a punto de saltar hacia donde los hombres luchaban.

Una niflúngar me lo impidió. Tenía tales deseos de volver a matar que me asusté; lo atribuí a la bebida preparada por Skúrhild, que, desde luego, provocaba una franca euforia y una especie de distancia con la realidad.

Pero tal vez no fue eso; tal vez en una batalla, en una guerra, los humanos pierden el control sobre sí mismos, se desata en ellos algo semejante a la locura, quizás porque es el único modo de soportar lo que ven y lo que hacen, el único mecanismo que les permite tanto matar como sobrevivir.

Había en mí, desde luego, una distancia con la realidad: porque cuando observé a Skékkil, ensangrentado y jadeante, correr hacia nosotras gritándonos que lo siguiéramos, y tras él a Sebeok y a los pocos nókvaars que quedaban ilesos, me pregunté el motivo de la orden.

Nuevamente, la niflúngar que estaba a mi lado me tomó del brazo para obligarme a moverme.

—¡Tenemos que huir, son muchos! —me dijo.

Y así lo hicimos, por el interior del bosque, con la rapidez que solo da el ser perseguido, hasta que perdimos de vista a los guerreros niflúngars, que renunciaron enseguida a ir en nuestra busca.

Logramos encontrar al grupo en el que iba Érik. Habían tenido mejor suerte que nosotros: consiguieron hacer huir a una docena de niflúngars que trataban de internarse por aquel paso. Y solo dos nókvaars estaban heridos, no de gravedad.

Me alegraba tanto de verlo, a Érik, que me lancé sobre él para abrazarlo; caímos los dos al suelo. Me estrechó con fuerza también.

Skékkil y Sebeok decidieron ir de inmediato hacia las praderas, por si los hombres de Elorridi habían logrado llegar hasta allí.

Un nókvaar envió con su lur la misma orden al resto de grupos que se encontraban en el bosque.

Aislados hasta entonces por la niebla, que daba ventaja a los niflúngars, no sabíamos qué había podido ocurrirles a los demás.

Retrocedimos, pues, a toda prisa. Tardamos casi media hora en avistar las lomas suaves, el campo abierto donde habíamos dejado a las mujeres niflúngars. Y las vimos, agrupadas contra el horizonte, en un alto del terreno. Y entre ellas y nosotros, a más de cincuenta guerreros enemigos.