VI #3
Pensaba que, en cierto modo, lo había engañado.
Me había presentado ante él, cuando nos conocimos, cuando iniciamos nuestra relación, como alguien que no deseaba ataduras sentimentales, que me bastaba a mí misma para vivir.
Le hablé de los hombres con los que me había acostado y de las ocasiones en las que me enamoré.
Dije que no me había sido difícil sobrevivir cuando la relación acababa: era suficiente con meterme en mi nave y poner media galaxia por medio.
No le mentía. Eso fue en los años posteriores a Thingol y entonces nada importaba mucho, solo el haber salido de allí.
Pero hasta Thingol llegaba a olvidarse poco a poco.
Y la armadura que había construido para defenderme del dolor se iba resquebrajando.
Cuando tuve mi propia nave, empecé a acostumbrarme y a agradecer la soledad.
La prefería incluso a una posible relación que siempre sería demasiado breve y quizás peligrosa.
Tardé mucho tiempo en dormirme. Me desasosegaba la oscuridad completa a mi alrededor, la ausencia de Tonsu y supongo que, sobre todo, estaba inquieta por lo que pudiera ocurrir al día siguiente. Al fin, caí en el sueño como quien cae en un hueco oscuro; creo que tuve pesadillas.
-oOo-
En Niflhéim las batallas se desarrollan en campo abierto, a la luz de Jar, sin niebla.
Los dos ejércitos enemigos se sitúan frente a frente.
En cada uno de ellos hay una primera línea de arqueros, que permanecen inmóviles y son los que inician el ataque, tratando de derribar al mayor número de adversarios.
La segunda línea está compuesta por jinetes armados con lanzas y espadas; estos serán los que se encuentren en el centro del campo, protegidos en el avance por las flechas de los suyos.
La lucha se realiza hombre a hombre. Primero, se trata de derribar al jinete adversario de su cabalgadura, con la lanza; solo cuando estas se han roto o cuando ambos jinetes se enfrentan a pie se utiliza la espada, de casi metro y medio, y unos tres kilos.
Claro que también hay guerras de asedio y emboscadas, que se sirven de las nieblas.
La lucha que nos esperaba sería así: un cerco por parte de las fuerzas de Elorridi y un ataque posterior, lo más rápido posible, sin duda por el sur, por el valle.
A nosotros no nos quedaba más remedio que defendernos mediante una táctica semejante a la de las guerrillas.
De ese modo lo había decidido Skékkil, pues era la estrategia que usaban los nókvaars contra los niflúngars.
Jar no trajo la luz. Una bruma fría y de un amarillo espeso ocultaba la estrella.
Varios grupos, de diez a veinte personas, nos habíamos adelantado hasta la entrada meridional del valle y allí, ocultos en el bosque, vigilábamos los lugares de más fácil acceso para nuestros atacantes.
Sebeok, Érik y yo, Skékkil y los mejores de sus compañeros dirigíamos esos grupos, formados por otros nókvaars y por las mujeres niflúngars más valientes y con mejor puntería.
Atrás, al pie de las praderas en que se asentaban las casas, estaba el grueso de nuestras fuerzas: prácticamente todas las niflúngars, que se dejaban dirigir por Tonsu y se mostraban dispuestas a defenderse hasta las últimas con sus arcos y ballestas.
Allí se encontraban Hyndla y Sienild con las pocas mujeres nókvaars que habían acompañado en su huida a sus señoras.
Y las voida kirdaia y Skúrhild, sin armas, pero, suponíamos, con la misma resolución de luchar con todas sus fuerzas, en ese caso no físicas, sino de otra índole.
La presencia de las maestras de la fatia parecía dar más ánimos a las niflúngars que todas las palabras y consejos de nosotros, los extranjeros.
A mí me parecía, no obstante, que pocas mujeres consideraban posible la victoria, lo cual no me extrañaba, pues yo también tenía serias dudas sobre nuestras posibilidades.
Lo que me asombraba era que no hubiese ninguna deserción o protesta ante unos planes defensivos que casi podían calificarse de temerarios.
Al comentárselo a Ejalmberri, me dijo que se trataba de un rasgo característico del temperamento niflúngar: una vez han decidido o hecho algo, consideran que, ocurra lo que ocurra, no pueden deshacerlo: la única solución es seguir adelante.
Ejalmberri y Jane, con unos cuantos nókvaars y otras pocas niflúngars, se encargaban de vigilar desde la altura a los guerreros que nos sitiaban por el norte, este y oeste; ante cualquier movimiento sospechoso de estos, debían hacer funcionar las catapultas y enviarles su carga de piedras, maderas ardientes y, sobre todo, las bolsas o globos hechos con piel de taka y que contenían vapores somníferos.
Las catapultas las habían preparado y orientado hacia sus objetivos Skékkil y Sebeok, quienes, por cierto, pese a los problemas de idioma —Sebeok no había logrado aprender mucho niflúngar—, se entendían sorprendentemente bien.
Claro que nuestro principal problema era conseguir ver a los hombres que nos atacaban. Skúrhild había dicho que la bruma se disiparía en cuanto Jar ascendiese más en el cielo: justo el tiempo que necesitaban nuestros enemigos para llegar hasta donde estábamos los primeros grupos.
Aferrada a mi pistola y con una ballesta y un arco a mis pies, yo tenía mucho frío y poca confianza en las previsiones de Skúrhild. La bruma, entonces roja, se espesaba más y más.
—Ya sé que no resulta muy poético, pero me recuerda a una sopa de tomate —le dije a Sebeok, que golpeaba la tierra con un hacha.
Detrás, cinco nókvaars, en cuclillas, no se movían lo más mínimo, y varias mujeres niflúngars hablaban tan bajo que era imposible oír lo que decían—.
¿Y crees realmente —continué dirigiéndome a Sebeok— que los hombres de Elorridi retrocederán en cuanto usemos las pistolas?
—Una de las razones de habernos situado en vanguardia era que Skékkil pensaba que las armas de fuego asustarían a los niflúngars y él y sus nókvaars podrían aprovecharse de la situación para acorralarlos—. ¿Crees que los asustaremos, Sebeok?
—Quizás.
—Buena respuesta. Y dime, ¿crees que se disipará pronto esta maldita niebla?
Me tapó la boca con la mano y, luego, señaló hacia la senda junto a la cual nos ocultábamos. Alguien se acercaba.
Nos tumbamos en el suelo, boca abajo; noté que mi garganta se volvía tan seca como el desierto del norte.
Además, me había tendido sin darme cuenta sobre la ballesta, que se clavaba en mi estómago.
Maldiciendo mentalmente, logré sacarla de allí.
En aquellos minutos de espera, me dio por pensar si yo encontraba algo heroico o en cierto modo fascinante y hermoso en la guerra y en la lucha cuerpo a cuerpo.
Había conocido a muchos varones y también a algunas mujeres que lo creían y sentían así, incluso aunque a la hora de la verdad ese sentimiento suyo se mezclara con el horror.
Dicen que a los pilotos libres nos gustan las peleas, los desafíos, jugar con la muerte.
Pero hay demasiada leyenda ahí, al igual que sucede respecto a los niflúngars.
Muchos nunca hemos sido piratas, ni nos hemos batido en duelo, ni participado en ninguna batalla.
Yo, por ejemplo y por fortuna, jamás he visto qué aspecto tenía el cadáver de alguien a quien hubiera matado; las veces que me he visto envuelta en un tiroteo, no he perdido el tiempo en quedarme a observarlo.
Tumbada allí, en el bosque, lo único que sentía era temor, tanto de morir como de matar, y pensaba que si hay algo heroico y bello en la guerra es de una heroicidad y una belleza idiotas.
Pasos rápidos se aproximaban. Y había ruido de espadas golpeando las armaduras de sus dueños.
Sebeok se arrastró hacia adelante. Los niflúngars pasaron junto a nosotros sin apercibirse de nuestra presencia.
Entonces mi compañero se incorporó rápidamente para lanzarse sobre ellos, con el hacha levantada.
Lo seguimos los nókvaars y yo. Disparé contra los niflúngars y, luego, retrocedí mientras los nókvaars atacaban con sus hachas y sus lanzas.
La sorpresa jugó a nuestro favor y, pese a que los niflúngars nos doblaban en número, en cuanto cayó la mitad, los otros huyeron.
—Regresarán pronto —dijo un nókvaar—. Y serán más.
En efecto, oímos los cuernos niflúngars sonar cerca: los que escapaban pedían refuerzos.
Nosotros también los pedimos; un nókvaar tomó su lur y envió el mensaje convenido para ello. Al poco, apareció el grupo comandado por Skékkil, el que más cerca se encontraba.
Les preparamos otra sorpresa a los nuevos atacantes.
Cuando llegaron al lugar donde se había desarrollado la lucha, solo estaban sus compañeros heridos.
Siguieron adelante: hasta encontrar, a unos cincuenta metros, a seis mujeres niflúngars y a mí, inmóviles en mitad del camino, con nuestros arcos y ballestas apuntándoles.
Ellos —eran cinco— se detuvieron. Di la orden de disparar. Con un zumbido, los virotes de las ballestas cruzaron el aire; después, los siguieron las flechas de los arcos.
Alcanzamos a tres: a uno, en un hombro; y a dos, en las piernas. Todos trataron de arrancarse enseguida el proyectil. No tardé en comprender la razón.