La rosa de las nieblas VI #2
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VI #2

Skúrhild frunció los labios en un rictus leve. Comprendí.

—Volando, es verdad. Así escaparíais vosotras. Convertidas en uálads.

—Pero, sin duda, Elorridi ha traído a sus mejores arqueros. —La jefa niflúngar hablaba para sí misma.

—Skúrhild —continué—. Si nos dejas utilizar nuestras armas, nuestras pistolas, tal vez logremos vencer.

—Son muchos. ¿Tanto matan esas armas?

—No, en realidad, no. Solo sirven para distancias cortas y no tenemos mucha munición. Pero quizás los atemoricemos con ellas.

—Los niflúngar no se atemorizan de las armas que matan de lejos. No sois los primeros en traerlas; no seríais los primeros en ser vencidos por espadas, lanzas y arcos. Usad vuestras armas si queréis.

—Hay que tener esperanza —intervino Érik—. Las mujeres han aprendido muy bien a luchar. Skékkil ha ideado un plan de defensa. Y supongo que las voida kirdaia también habéis pensado cómo utilizar la fatia, ¿no?

—Mujeres que nunca han tenido en sus manos un arco, que no pueden sostener una espada. Un hjeníkar más débil de fuerzas que ellas. Un esclavo fugitivo. Y cuatro helitharendi ignorantes. ¿Cuánta es nuestra esperanza?

Skúrhild dio media vuelta y descendió lentamente hasta un lugar en que las rocas la resguardaban del viento. Hicimos lo mismo.

***

—Todo debe estar dispuesto para muy pronto —continuó—.

Elorridi atacará en cuanto llegue la niebla.

Ahora vendréis conmigo. Os enseñaré cómo cubrir las flechas con venenos que las voida kirdaia hemos preparado.

Cuando se hundan en la carne de los guerreros de Elorridi, sus fuerzas los abandonarán, tendrán terribles dolores, sabrán que los espera la muerte.

Hemos preparado vapores para que caigan sobre ellos y sus ojos vean tales cosas que el miedo los haga huir.

Para que sus caballos se vuelvan salvajes.

Si lo deseáis, podéis tomar bebidas que harán muy grande vuestro vigor y vuestra rapidez, y más penetrantes vuestros oídos y ojos.

Las mujeres también las tomaremos: yo, la primera; mi hija, después.

—¿Puedes darnos algo para que no nos afecte tanto la falta de oxígeno? —le expliqué el problema. Asintió—. Magnífico, entonces. ¿Y no habéis pensado en la posibilidad de transformaros en muyis?

—Los muyi solo atacan a hombres solitarios. El nuru es breve y, después, el cuerpo queda tan débil y desfallecido que hay que dormir varios dros.

—¿Y no podéis convertiros en guerreros del tamaño de Sebeok?

—Helitharendi, hablas como una niña que pregunta tonterías para divertirse.

—¿Nos explicarás alguna vez en qué consiste la fatia, Skúrhild? —Jane aprovechó la oportunidad.

—Muchos dus necesita una niflúngar para aprender lo que es la fatia. Y nunca se han enseñado sus secretos a gentes de otros mundos. Lo que ya he dicho es tal vez demasiado. No preguntéis más.

—Lo siento, pero soy una hjeníkar. Me gusta, necesito saber. Sobre la fatia. Y sobre las razones que te han traído aquí, Skúrhild, y que te impulsan a continuar una lucha en la que, al parecer, tienes tan pocas esperanzas.

Un silencio largo. Y el viento que gemía en la cumbre, una y otra vez.

—Siempre serví bien a mi señor, mi ildisjan, kerimi.

Lo obedecí y lo respeté, como todas las mujeres niflúngar a sus padres, a sus ildisjan y al señor de su familia.

Como aquellas que tuvieron que abandonar su mundo en que brillaba un sol amarillo y la tierra era fértil, y venir aquí.

Mujeres thridi y hósvir trabajaron con el mismo afán y esfuerzo que los varones para habitar este planeta.

Fue muy duro, cuentan los hjeníkar, pues el castigo para los niflúngar consistió en enviarnos a un mundo casi sin vida.

Pero siempre hemos sido fuertes. Las mujeres trabajaron como nókvaar, parieron muchos hijos e hijas, pues eran necesarios para dominar este planeta.

Se olvidaron de sus casas, de sus riquezas, de aquella vida dulce y cómoda que llevaban antes.

Y convirtieron este en su nuevo mundo; los páramos, en bosques; los pantanos, en tierras de ko.

Levantaron nuevas casas y su dignidad. Varones y mujeres lo lograron juntos.

Luego, cuando ese Íngvar, el traidor, huyó de aquí y en naves como la vuestra llegaron sus hombres, ¿a quiénes vinieron a asesinar?

¡A nosotras, las mujeres niflúngar, y no solo a las voida kirdaia, sino también hasta a las niñas que empezaban a aprender los secretos de la fatia!

Tuvimos que huir de nuevo, escondernos aquí.

¡En cabañas de barro, en cuevas, comiendo solo ko, pasando mucho frío y temor, igual que si fuéramos esclavos fugitivos!

¡Y a pesar de eso, los hombres que vinieron en naves mataron a muchas, viejas, medianas, niñas!

¡Las mataron cruelmente y a algunas las violaron!

¡Y fue un niflúngar el que lo ordenó! ¡Por él tuvimos que soportar mucho sufrimiento y lo soportamos!

¡Y seguimos sirviendo a nuestros padres e ildisjan y keri!

¿No merecíamos acaso una recompensa? ¿No merecíamos que se nos escuchara?

¡Mi voz, cuando pedí que mi hija fuese keri, era la voz de las muertas, la voz de muchas otras que habían sufrido lo que ellos, los varones, no tuvieron que sufrir!

¡Y a nuestras peticiones respondieron con el desprecio, la humillación, el castigo!

Skúrhild ordenó con violencia los pliegues de su manto.

—¿Comprendéis, helitharendi? ¡Mi hija habría sido mejor keri que Dánkwart y, sin embargo, solo porque es una mujer fue rechazada y se prefirió al hijo de una nókvaar!

—Hyndla no deseaba convertirse en keri —dijo Érik.

—¡Bien lo sé! Hyndla es joven, su cabeza está llena de sueños. ¡Yo no iba a obligarla, igual que no permití que la obligaran a unirse a Dánkwart! En vuestro mundo, mujeres helitharendi, ¿os fuerzan a aceptar como ildisjan a hombres repugnantes?

—Sí, eso ocurre en algunos lugares —contesté—. En mi país, por ejemplo. Pero, si a mí trataran de forzarme, escaparía como habéis hecho vosotras. Aunque no sirviese de nada.

—Quiero que sepáis que mi hija y yo escapamos solas de nuestra casa.

Vinimos aquí huyendo de Dánkwart; aquí habríamos vivido las dos de la mejor manera posible.

¡Las que nos siguieron lo han hecho por su voluntad, aunque los keri me acusen diciendo que yo he enfermado sus pensamientos!

¡Y fue su voluntad, no la mía, la que me eligió para guiarlas!

—De manera que todo esto lo has hecho por Hyndla —dijo Jane.

—¡Por Hyndla y por todas! ¿Acaso no es justo lo que pido, que una mujer pueda ser keri, igual que lo es un varón?

—Y si una de vosotras lo fuese —intervino Érik—, ¿seguiría guerreando con otras familias, como hacen ellos? Me gustaría saberlo.

—¡Ah, me doy cuenta de que has hablado con Hyndla!

Ya os he dicho, tiene la cabeza llena de sueños.

No obstante, yo comprendo que odie las luchas entre las casas.

¡Ese es otro de los motivos que nos trajeron aquí!

Keri y thridi siempre nos han pedido ayuda, que utilicemos la fatia contra sus enemigos.

¡Sus enemigos! Ahora, este; más tarde, aquel, que después será aliado contra otro que antes lo era.

Y se la dimos. ¿A cambio de qué? ¡Nunca nos escuchan para empezar o terminar sus guerras!

¡Suyas! ¿Creéis que no lo sé? ¡Se divierten con ellas como con sus fiestas de armas!

Yo siempre le dije a mi ildisjan que todas las familias debíamos unirnos para salir de este planeta, para luchar contra esos mundos que nos enviaron aquí.

¿Cuándo me escuchó? ¡Jamás! Yo era y soy una voida kirdaia.

¡Pero mi opinión es tan despreciable como la de un nókvaar!

—Desde luego, parece claro que si tú fueses keri seguirías manteniendo a los nókvaars en la esclavitud —continuó Érik.

—¿He dicho yo que quiera ser keri? ¡Yo no peleo por mi ambición!

—Hablo de los nókvaars, Skúrhild.

—No soy capaz de entenderte.

—Te pregunto si no te gustaría construir un mundo nuevo, un Niflhéim en que todos sus habitantes, todos, fuesen libres.

—Tal vez debiera ser así. No lo sé. Hablas del futuro, hombre de piel oscura.

Y ni siquiera una voida kirdaia conoce el futuro.

Quizás nosotras no lo tendremos. Quizás solo nos espera la derrota en la próxima luz.

¡Si bastara, para acabar con todo esto, el que yo entregase mi vida a los keri, la entregaría!

Pero no bastará. Todas seremos castigadas.

Algunas mujeres creen que vuestros poderes son tan grandes que venceremos a Elorridi y, luego, a cualquier keri.

Bien sé que se equivocan. Ni siquiera sabéis el modo de cumplir la misión que os trajo a Niflhéim.

No obstante, quiero pediros algo. He sido sincera con vosotros.

En ningún momento os he hecho daño, recordad.

Y os pido ahora que, si somos derrotadas, huyáis con cuantas mujeres os sea posible, con Hyndla entre ellas. Y que las llevéis en vuestra nave.

Le dijimos que sí, quizás para agradecerle esa sinceridad, quizás porque no nos quedaba otro remedio.

—La próxima vez tendremos que venir en una nave gigante para poder cumplir todas nuestras promesas —les dije en ínter a mis compañeros. La niflúngar descendía con rapidez por la montaña. La seguimos.

-oOo-

Esa noche no vino Tonsu; estaba ocupada obedeciendo las órdenes de las voida kirdaia, que llevaban todo el día preparando las pócimas que iban a utilizarse.

Nosotros cuatro cenamos sin hablar apenas y nos acostamos pronto. Tumbada allí, en la oscuridad, deseé terriblemente ir en busca de Érik o llamarlo para que viniese; pero, en parte por orgullo, en parte por miedo a que me rechazase él, no lo hice.