VI
Por fin fuimos libres para salir de la casa y reencontrarnos con nuestros amigos nókvaars. Nos dirigimos en su busca.
—Los bolm no se asustan de ti —le dijo a Érik—. Y los bolm se asustan siempre de los extraños. —Él le agradeció el elogio con una rápida reverencia que hizo reír de nuevo a la niflúngar.
—Aquí todas las mujeres, hasta las thridi, trabajan —nos dijo Hyndla—. Fue duro al principio, pero ahora estamos satisfechas.
Al vernos, las niflúngars se erguían y nos contemplaban en silencio.
Eran todas muy altas, con un porte grave, orgulloso.
Estaba claro que no nos temían. También cuando pasábamos junto a las casas sus ocupantes se detenían en sus faenas —acarreaban agua en tinajas de barro, daban de comer a los animales, tendían ropa— para observar unos momentos a los extranjeros venidos de otros mundos; luego, volvían a trabajar.
Llegamos a la casa donde se encontraban nuestros compañeros de viaje. Fue Tonsu, que estaba fuera, quien nos vio primero y vino enseguida hacia nosotros.
—¿Puedo avisar a los demás? —le preguntó a Hyndla.
—Puedes —respondió la niflúngar.
Corrió Tonsu hacia el interior de la vivienda y ya llegábamos a la puerta cuando salieron Sienild, Skékkil y los otros nókvaars.
Sienild se mostró tan contenta de vernos que no pudimos evitar sentirnos conmovidos; no sabía si atreverse a abrazarnos, hasta que Jane y Érik se adelantaron a hacerlo.
El abrazo de Skékkil, después, fue tan rotundo como el de un oso.
Estaban bien, aunque preocupados por la noticia que ya conocían, la inminencia del ataque de Elorridi. Ya dentro de la casa, les contamos nuestras conversaciones con Skúrhild y el plan que teníamos. Sienild abría mucho los ojos.
—¿Enseñar a luchar a las mujeres niflúngar? ¿Cómo?
—Con esto. —Jane les mostró la ballesta que había hecho Sebeok—.
Y con arcos y catapultas. Y con la fatia, supongo.
Hyndla nos ha dicho que pueden preparar venenos para untar las flechas.
Y vapores como los que usaron para dormirnos en el bosque.
Pero necesitamos un estratega que organice el conjunto de la defensa.
Necesitamos a Skékkil. —Todos asentimos a las palabras de Jane.
El nókvaar nos miraba con recelo.
—¿Qué lucha es esta? ¿No es acaso la lucha de los niflúngar? Os trajimos aquí. ¿Y de qué va a servirnos? ¿De qué nos servirá a los nókvaar ayudar a estas mujeres?
—¿Os han tratado mal las niflúngars? —pregunté.
—Como a sirvientes.
—¿No te interesa luchar contra Elorridi? —continué, señalando a Sienild—. ¿De verdad?
—Sois astutos como niflúngar.
—Pero no desleales ni mentirosos.
—Si nos engañáis…
—Ya, no hace falta que lo digas. Te ocuparás personalmente de rompernos el cráneo. De acuerdo. Entonces, aceptas, ¿no?
-oOo-
En realidad, no nos encontrábamos en el fondo de un valle, sino en uno de sus extremos, el septentrional, una amplia zona que se elevaba entre dos barrancos al este y al oeste, hasta acabar en las montañas que cerraban el horizonte.
Se trataba, por tanto, de un espacio de difícil acceso, lo que facilitaba su defensa.
El grueso de los hombres de Elorridi avanzaba por el sur, aunque otra parte de ellos lo hacía a lo largo de nuestros dos flancos y estaba a punto de llegar al desierto del norte.
Diez nókvaars colaboraban con Sebeok en la fabricación de ballestas, arcos y catapultas.
Y Tonsu nos enseñó a manejar el arco a Érik y a mí; luego, los tres organizamos las clases de tiro.
No solo enseñábamos a las mujeres niflúngars, sino también a las nókvaars que vivían con ellas.
Fue un curso intensivo, en cuatro jornadas, con un resultado bastante satisfactorio.
Casi todas las niflúngars eran fuertes y estaban muy dispuestas a aprender.
No hablaban mucho y, en general, se mostraban altivas y frías, a diferencia de las nókvaars, que, a pesar de que aún nos temían por nuestra apariencia, pronto se volvieron muy afectuosas y conversadoras.
Estábamos contentos: Tonsu, porque muy pocas de sus alumnas niflúngars se dieron cuenta de que era mujer; Érik y yo, porque aprendían con rapidez y las mejores se ofrecían para enseñar ellas mismas a sus compañeras.
Ni siquiera nos importó que algunas evitaran por todos los medios un contacto corporal con nosotros.
Aunque, con frecuencia, ocurría lo contrario, que enseguida nos tocaban, supongo que para comprobar si nuestro color de piel o cabello era auténtico o simplemente para ver lo que se sentía al palpar al hombre de piel oscura y a la mujer de cabello negro como la no luz, tal como nos denominaban.
Hablaban poco, hacían pocas preguntas y contestaban a menos, así que nos quedamos con las ganas de saber las razones que habían llevado a cada una a aquel lugar y a jugarse la vida ante las espadas y lanzas de los varones de su raza, para algunas incluso parientes de sangre.
Había unas treinta mujeres de la casa de Elorridi, que en ningún momento mostraron la menor vacilación a la hora de aprender el uso de las armas.
La mayor parte de las niflúngars a las que enseñábamos tenían entre veinte y cuarenta años, aunque también había unas pocas adolescentes.
Además, venían a las clases seis thridis de unos sesenta años, que eran, supimos, voida kirdaia, maestras profundas de la fatia.
Estas últimas se limitaban a observar cuanto hacíamos.
Nunca nos dirigieron la palabra. La primera vez que las vimos, Hyndla nos pidió que las saludáramos con gran respeto y les dijéramos nuestros nombres.
Sentadas sobre troncos o piedras, a veces se ponían a fumar en unas cortas y anchas pipas hechas con cuerno de bolverk.
Nos dijo Ejalmberri que fumaban una picadura de hierbas de fuertes efectos estimulantes; este tabaco era consumido exclusivamente por ellas y por los keris.
Había también otro, de propiedades alucinógenas, que las maestras tomaban cuando se reunían a solas para ver los secretos más profundos de la fatia y el nuru, y que estaba prohibido por completo al resto de los niflúngars, incluso a los señores.
En Niflhéim existe, además, un tabaco común, que fuman solo las mujeres; los varones prefieren, a la hora de drogarse, una afición que no he dejado de encontrar en ningún mundo: infusiones de hierbas como el donjo y otras más poderosas.
En cada familia, nos contó la hija de Skúrhild, había una o dos maestras profundas, pero solo estas seis y su madre habían huido a las montañas.
Preguntándole a Hyndla, calculamos que las rebeldes eran menos de la cuarta parte de todas las mujeres de Niflhéim.
Nada de extrañar: ya se sabe que son pocos los que hacen las revoluciones, aunque luego sean muchos los que se beneficien de sus resultados.
Cuando acababan las clases de tiro, Érik se quedaba con Hyndla durante un par de eps para enseñarle la lucha sin armas.
Así, le dijo a la joven niflúngar, ella misma podría luego ser maestra de otras mujeres.
Hyndla se mostraba muy contenta de sus progresos.
Sin embargo, las demás no me parecieron ni mucho menos deseosas de aprender aquella forma de lucha que de poco podía servirles frente a los arqueros de Elorridi.
De modo que Érik solo tenía una alumna, a la cual, eso sí, trataba con toda amabilidad, hasta el punto de acompañarla tras las clases a la casa donde Hyndla vivía con su madre.
Skúrhild no se dejó ver ni nos llamó a su presencia durante toda una semana. Pero el séptimo día Hyndla nos comunicó que su madre deseaba hablar con nosotros.
—Inmediatamente, imagino —dije. Acabábamos de comenzar nuestra clase de tiro con arco y yo corregía la posición de los brazos de Sienild, que, ante mi asombro, era de las mejores tiradoras con ballesta, a pesar de que le resultaba difícil manejar el arco.
—Mi madre piensa que el ataque de Elorridi ocurrirá muy pronto. Os ruego…
Dejamos todo a cargo de Tonsu. Skúrhild no nos esperaba esa vez en el recinto de costumbre.
—Debéis ir allá —nos dijo Hyndla, señalando la cumbre más alta del norte.
La caminata fue larga, de más de una hora. Por suerte, había una senda para ascender al pico que coronaba la montaña, pues el desnivel era bastante pronunciado. Claro que Érik, Jane y yo llegamos sin aliento, pese a haber tomado nuestras pastillas de doza, que nos había devuelto Hyndla.
Sobre la cumbre, una plataforma de roca que se asomaba al vacío, estaba Skúrhild, sola.
Miraba lo que nosotros aún no podíamos ver.
El viento la azotaba de frente, parecía querer llevarse su manto oscuro, los adornos de su cabello.
Pero ella se mantenía inmóvil, las manos juntas en su regazo, la cabeza muy alta.
No se volvió hacia nosotros. Cuando estuvimos cerca, se limitó a extender una mano e invitarnos a mirar.
Luchando contra el viento, fui la primera en enfrentarme al mundo de septentrión.
Tuve que inspirar hondo. Ante mis ojos comenzaba el desierto blanco, el páramo pedregoso que ningún niflúngar, ningún ser humano había pisado jamás.
Mis compañeros estaban ya junto a mí; contemplaban también la llanura desolada en la que rugía el viento como debió de rugir, sin duda, en el principio de aquel planeta.
Jane señaló una mancha oscura que se extendía al oeste: el mar de Niflhéim.
La montaña sobre la que estábamos caía recta hacia lo hondo, en paredes lisas como el hielo. Abajo, diminutas figuras no dejaban de moverse: jinetes y caballos. Los guerreros de Elorridi montaban tiendas, construían catapultas.
Los ojos de Skúrhild nos recorrieron de uno en uno.
—Decidme, ¿creéis que nos será posible vencerlos? —preguntó—. Muchos más que estos vienen por el sur.
—Lo que no parece posible es escalar estas paredes —dije—. Entonces, ¿qué hacen ahí abajo?
—Nos cercan —contestó Skúrhild— por todos los lados.
—¿Para qué? Si quisiéramos escapar por aquí, ¿cómo íbamos a hacerlo? ¿Volando?