La rosa de las nieblas V #9
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V #9

Nos enteramos entonces de que Ejalmberri era viudo desde hacía bastantes dus y padre de dos hijos varones vivos, guerreros ambos.

Otro, que había muerto, había sido también hjeníkar.

Y de que Elorridi tenía asimismo una ildisjan y una hija de pocos años, a las que no hacía el menor caso, ocupado siempre en perseguir a Sienild.

Pero esa indiferencia, o el hecho de que no nos hubiese comentado nada de ellas, no era considerada extraña por Ejalmberri o Hyndla. «Así son los niflúngar», nos dijo él.

Hyndla también nos habló de cómo se organizaban las mujeres en su escondite.

Fue un tema que interesó especialmente a Érik, porque en esa organización había una ruptura clara con el rígido sistema de poder creado por los varones.

Ellas continuaban agrupándose según las casas y familias a las que pertenecían.

A la hora de tomar una decisión de importancia, cada grupo se reunía en asamblea; estas asambleas elegían representantes permanentes, las que consideraban más capaces, ya fueran thridis o hósvirs, para ser portavoces y defender los acuerdos tomados, frente a las delegadas de las otras casas.

Si surgían conflictos, las doce representantes trataban de llegar a un entendimiento, de cuyo resultado tenían que responder ante sus respectivas familias, quienes podían destituirlas de inmediato cuando consideraban que no cumplían bien su cargo.

Eran estas doce delegadas las que habían asistido como espectadoras a nuestras conversaciones con Skúrhild.

Existía otro grupo de poder: las voida kirdaia.

Sin distinción de casas, formaban una especie de consejo de Estado, al que las doce delegadas acudían siempre para consultar cualquier tema o comunicar cualquier resolución.

Sus opiniones eran respetadísimas y, en caso de desacuerdos graves, decisivas.

Por encima de ambos grupos se encontraba Skúrhild, a la cual la totalidad de las mujeres había escogido como guía con capacidad ilimitada de decidir en asuntos de urgencia.

Esta forma de organización de las fugitivas no era, desde luego, la acracia pura ideal para Érik; no obstante, él se mostraba entusiasmado por lo que consideraba un admirable avance respecto al poder absoluto y hereditario de los keris y thridis.

Las conversaciones con Hyndla, además de enseñarnos muchas cosas sobre Niflhéim, lograban distraernos.

Encerrados en la casa, no teníamos muchas más diversiones.

El resto del día lo ocupábamos aprendiendo mejor la lengua niflúngar, jugando al noj o haciendo ejercicios físicos y mentales guiados por Érik; pero todo acababa por aburrirnos.

Tonsu seguía viniendo todas las noches, con gumkó, armas y noticias.

A veces se quedaba a dormir conmigo. A mí eso me gustaba porque me servía para olvidar a Érik.

Pero estaba empezando a preocuparme el hecho de que ella se mostrase tan feliz cada vez que yo la invitaba a compartir mi cama.

La noche posterior a nuestra charla con Hyndla acerca del matrimonio y las costumbres sexuales en Niflhéim, le pregunté si era cierto lo que la hija de Skúrhild nos había contado, que las mujeres niflúngars mantenían a veces relaciones íntimas entre ellas.

—Es verdad —contestó.

—¿Y te parece mal? —seguí preguntando.

—¿Te parece mal a ti?

—No. ¿Por qué habría de parecérmelo?

Estuvo callada un buen rato, acariciando su arco, del que no se separaba.

—Me pediste que te enseñara a usar mi arco —dijo luego.

—No estábamos hablando de eso.

Se sentó en la cama y me miró. Me dijo que ella había tenido relaciones sexuales varias veces con una thridi de la que era sirviente personal.

Casi nunca ocurría eso, que una niflúngar buscase a una nókvaar, porque los nókvaars, varones y mujeres, consideraban la homosexualidad como algo malo.

Pero Tonsu también deseaba esa relación; más aún, se enamoró de su señora.

—¿Y qué pasó?

—Una no luz ella me ordenó que no volviese a su habitación nunca, pues en adelante la visitaría una niflúngar.

No lo entendí: ¿por qué no podía seguir yendo también yo?

, pero no quiso, de ningún modo. Entonces decidí escaparme de la casa y buscar a los fugitivos. No se lo contarás a Skékkil, ¿verdad?

Le aseguré que no lo haría.

—Tú eres mejor que Gjuki, mi señora —continuó.

La situación me daba miedo. Yo apreciaba a Tonsu y agradecía su afecto; resulta difícil no dejarse conmover de algún modo si alguien te quiere. Pero no me sentía capaz de corresponderla. Me callé y dormimos.

A la mañana siguiente, cuando Tonsu ya se había ido y estábamos desayunando, escuchamos muchas voces en la puerta de la casa. Al poco entraron dos de nuestros guardianes.

—Skúrhild os llama. Debéis ir inmediatamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Érik.

—Acompañadnos, ahora. Quiere hablar con vosotros.

—¿No podemos terminar el desayuno? —dije—. Cuando estoy hambrienta no tengo ganas de hablar con nadie.

—¡Acompañadnos, ahora! —gritó más fuerte el nókvaar que había hablado.

No nos quedó más remedio que obedecer. Nos llevaron, por supuesto, al recinto en la montaña que tanto gustaba a Skúrhild para charlar con sus prisioneros.

De inmediato comprendimos que algo grave ocurría. Skúrhild estaba de pie, al igual que las otras doce niflúngars, incluida Hyndla. Formaban grupos y hablaban en voz baja. Sola, la jefa paseaba frente a su asiento de piedra con los brazos cruzados. Al vernos se detuvo y nos gritó.

—¡Elorridi nos ataca! ¡Sus guerreros nos rodean por todos lados!

Tardamos un rato en reaccionar.

—¿Desde cuándo? —preguntó al fin Érik.

—¡Hoy, al amanecer, hemos visto su cerco! ¡Por el sur, por el este y oeste, incluso por el norte, por el desierto blanco! ¡Ha logrado quebrar nuestras defensas, ha matado a los nókvaar que se apostaban en los pasos que llevan hasta aquí! ¡Y nos ha enviado un emisario para exigir nuestra rendición!

—¿Cuántos hombres son?

—¡Muchos, casi cien! Le ofrecí entregaros, a vosotros, al hjeníkar y a ese Skékkil y a esa Sienild. ¡Pero también nos quiere a nosotras!

—¿Y qué creías? —Me puse delante de ella y sostuve su mirada—. Es tan interesado y ruin como tú.

Tragó aire y se le crispó la cara, más aún.

—Debo defender a todas las niflúngar que me han confiado sus vidas —dijo.

—¡Pero no por cualquier medio! ¡No comerciando con nosotros, que te hemos ofrecido ayuda!

—¿Qué ayuda? —volvió a gritar.

—Danos una oportunidad para demostrarte lo que podemos hacer contra Elorridi y para enseñaros a luchar, ¡maldita sea!

Hyndla se acercó.

—Madre… Madre, por favor, escúchalos. Nos ayudarán.

Skúrhild se sentó, en silencio. Cerró los ojos. Temblaban sus labios, las arrugas en torno a su boca parecían más profundas. Al fin volvió a mirarnos: un brillo gris en su cara blanquísima; un brillo ya sin furia.

—¿Tenéis un plan, acaso?

—Lo tenemos —respondió Érik.

—Hablad, entonces. —Hizo un gesto a las otras niflúngars para que se acercaran a escuchar.