La rosa de las nieblas V #8
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V #8

—Ese niflúngar del que habláis, Íngvar… En los dus del pasado, yo era entonces una niña, envió naves como la vuestra, con guerreros de los mundos de los que él es señor, para matar a las mujeres niflúngar que conocen los secretos de la fatia.

Quizás sabía que en alguna luz llegarían helitharendi a Niflhéim, en nuestra busca, para aliarse con nosotras contra él.

Los hombres que vinieron mataron a muchas mujeres y a muchos varones también.

Así que las mujeres se refugiaron en este lugar.

De ese modo se salvaron. Y asimismo entendieron bastantes cosas.

Que podían gobernarse solas, sin keri. Muchas de ellas habían sido obligadas por sus padres a unirse a un varón por el cual incluso sentían odio.

Y aquí estaban muy alegres lejos de él. Les fue difícil luego volver a su vida anterior, ¿comprendéis?

Pasaron muchos dus y, no obstante, no lograron olvidar el tiempo en que estuvieron en estas montañas.

Cuando mi padre murió y mi madre pidió a los thridi de mi familia que me aceptaran como keri en vez de a Dánkwart, ellos hicieron algo terrible.

La azotaron. Aunque después, intentando compensarla de algún modo, ordenaron que yo me uniera como ildisjan a Dánkwart.

Yo no lo deseaba, pues Dánkwart me repugna.

No habría soportado que me tocase. Ya os he dicho, es un hombre cruel y, por mucho que algunas mujeres aseguren que es muy hermoso, a mí no me gusta.

Solo ama la guerra y la muerte. Entonces mi madre decidió que huiríamos y me alegré.

Y otras mujeres nos dijeron que nos acompañarían.

Y en las demás casas, al saber lo ocurrido, aquellas que en el pasado estuvieron aquí escaparon igualmente.

Creo que casi todas detestaban lo que detesto yo: ese amor de los varones niflúngar por guerrear.

Siempre están luchando, unas familias contra otras.

Nos obligan a utilizar la fatia contra sus enemigos.

¿Para qué? Solo para entretener su tiempo y saciar su orgullo.

Aquí, en las montañas, hemos vivido juntas mujeres de las doce casas, sin odiarnos y sin pelear; incluso, a veces, las disputas han sido entre aquellas de la misma familia.

—Y dime, Hyndla, ¿por qué hicisteis que Yolen y yo nos transformáramos en animales? Porque lo hicisteis, ¿no? El nuru.

—Oh… No sé si a mi madre le gustará que hablemos de eso. Solo queríamos… Como erais tan extrañas, vuestro aspecto… Solo queríamos saber si erais realmente mujeres.

—Vaya —intervine—. ¿Y no os habría bastado con echarnos una buena ojeada? No somos tan distintas.

—Es que no siempre se acierta solo con mirar lo que un recién nacido tiene entre las piernas.

—Bien, bien, ahora queremos enseñarte algo que ha fabricado Sebeok con madera de un árbol y que servirá para defendernos si Elorridi nos ataca. Se llama ballesta. Enséñasela, Sebeok.

Sebeok vino con el arma e hizo una prueba de cómo disparaba, utilizando el trozo de una saeta que Tonsu nos había traído en su última visita nocturna.

—La ballesta es más fácil de manejar que un arco —le expliqué a la niflúngar—.

Pesa menos y requiere menos fuerza. Cualquier persona, aunque sea un tanto débil de cuerpo, puede usarla.

Escucha, Hyndla: trata de convencer a tu madre para que nos deje enseñaros a luchar.

Si nos ataca Elorridi, no bastará con la fatia y la ayuda de vuestros nókvaars, lo sabéis.

Está claro que no podéis manejar espadas y lanzas igual que un varón niflúngar, porque son demasiado grandes.

Pero Sebeok fabricará cuantas ballestas sean necesarias.

Y Tonsu, la joven nókvaar que vino con nosotros, se encargará de que las mujeres más fuertes aprendan a utilizar el arco.

También nos es indispensable la ayuda de Skékkil y sus compañeros, que son luchadores magníficos.

En cuanto a nuestras pistolas…, bien, ya hablaremos del asunto cuando comprendáis que estamos de vuestro lado, en la misma nave, como se suele decir.

—Sí, hablaré con mi madre —dijo Hyndla— y regresaré mañana.

En efecto, Hyndla volvió al día siguiente y los posteriores.

En ninguno de ellos quiso vernos Skúrhild, al parecer muy ocupada en otros asuntos.

No se oponía a que su hija nos visitara y conversase con nosotros, pero en cuanto a que Sebeok fabricara ballestas y a las lecciones de armas y lucha, dijo que no.

Tampoco nos dejaba salir de la casa más que a tomar el aire en la puerta o a bañarnos.

Seguíamos vigilados constantemente por los guardianes y no se nos permitía ver a nuestros amigos nókvaars, aunque sabíamos por Tonsu, quien no dejó de venir ni una sola noche, que estaban bien y que Skékkil trataba de sembrar sus ideas revolucionarias entre los de su raza, pues al fin y al cabo los nókvaars que vivían con las mujeres continuaban sin ser hombres libres.

La curiosidad de Hyndla acerca de otros mundos era insaciable.

Nos hacía todo tipo de preguntas, desde las más ingenuas a las más complejas, y algunas verdaderamente extrañas.

Por ejemplo, quería saber si Jane y yo habíamos cometido algún delito grave contra nuestros parientes de sangre, ya que vivíamos solas, Jane en su ciudad y yo en mi nave.

Los niflúngars jamás viven solos, salvo si se los destierra de sus casas, y esto ocurre cuando han atentado sin un motivo razonable contra un pariente y le han causado algún daño físico importante.

La vida en Niflhéim es siempre comunitaria, aunque separada por sexos.

Los varones guerrean, cazan, trabajan y se divierten juntos.

Por su parte, las mujeres se unen para criar a sus hijas e hijos, ocuparse de la organización de los trabajos domésticos y aprender la fatia.

Ellas y ellos ni siquiera se mezclan para comer, excepto en determinadas ocasiones, y solo duermen en la misma cama si les apetece tener relaciones sexuales.

Tampoco entendía Hyndla que Jane y yo no quisiéramos un esposo e hijos.

No hay apenas solteros en Niflhéim. Varones y mujeres se unen muy pronto y procuran tener mucha descendencia.

La esterilidad es considerada una de las peores enfermedades.

Supongo que la razón está en que la mortalidad es muy alta, tanto la infantil como la adulta.

Con tantas luchas entre familias, pocos niflúngars llegan a viejos.

Además, todo pueblo que trata de colonizar un mundo hostil necesita con apremio esa descendencia abundante.

En Niflhéim el matrimonio o ildisjanik —que literalmente significa «unión de dos para procrear»— consiste en una breve ceremonia ante el keri, en la cual la mujer promete que sus hijos serán del esposo o ildisjan, que los cuidará y que obedecerá a aquel y lo cuidará asimismo.

El varón, a su vez, debe prometer que dará alimento a su esposa —en niflúngar también «ildisjan»— y a su prole, los defenderá de sus enemigos, y que sus órdenes serán justas.

Si son thridis, los padres de ambos se manifiestan amistad, y si pertenecen a distintas casas, la intención de no enfrentarse nunca en guerra y ser aliados en cualquier lucha.

Entre los thridis son frecuentes los matrimonios de conveniencia, por ejemplo, para consolidar alianzas entre familias.

Estas uniones las deciden el keri y los padres de los dos ildisjan.

Dentro de una misma casa, son los jóvenes varones thridis quienes eligen a su futura esposa, aunque luego necesitan la sanción paterna.

Curiosamente, entre los hósvirs hay una mayor libertad de elección tanto para los varones como para las mujeres.

Casi nunca son obligados a unirse contra su deseo e incluso hay matrimonios a los que los padres se oponen, algo imposible entre los thridis.

La razón de esta mayor libertad es que no hay tantos intereses a la hora de plantear un ildisjanik.

Son raros los matrimonios entre varones thridis y mujeres hósvirs; inexistentes al revés.

Cualquier varón niflúngar puede separarse si su esposa no le da hijos o tiene relaciones sexuales con otro varón.

Ellas consiguen la ruptura del vínculo si el esposo es estéril, pero no cuando mantiene relaciones con otras mujeres que no estén casadas: por ejemplo, con las nókvaars o con las numerosas niflúngars que han enviudado y ya tienen hijos, por lo que prefieren un amante a un nuevo esposo.

El adulterio es así un motivo de repudio solo si lo comete una mujer, aunque a las esposas insatisfechas sexualmente se les permite consolarse con otras mujeres.

Por el contrario, si una de ellas encuentra a su consorte retozando en la cama con otro fornido guerrero o con un joven y atractivo sirviente nókvaar, entonces ya puede ir buscando nuevo marido porque el keri le concederá de inmediato la separación.

De cualquier modo, el matrimonio no es la institución más importante en la sociedad niflúngar: la fundamental es la familia, que incluye a todos los que pertenecen a una casa, aunque no tengan vínculos de sangre.

Para los niflúngars el ildisjanik consiste en un simple acuerdo con el fin de tener hijos, que puede ir o no acompañado de atracción física —el thalad, la pasión—, pero, desde luego, nada tiene que ver con la idea de enamoramiento.

En realidad, este concepto, que sí poseen los nókvaars, les es extraño.

No se trata de que los niflúngars no tengan sentimientos de afecto: suelen querer a sus padres y madres, a sus hijos y a sus hermanos de sangre, a sus amigos y, en ocasiones, a sus amantes e incluso a sus cónyuges.

Sin embargo, no persiguen un ideal de amor, no se pasan la vida buscando en vano a su pareja perfecta.

Se casan con quien les gusta, en el mejor de los casos, o con quien les cae en suerte, en el peor, y a partir de ahí intentan organizarse lo mejor posible.