V #7
Érik le ofreció asiento y volvió frente a Sebeok.
Le hicieron una demostración de aquella forma de lucha: cómo aprovechar la fuerza y el ataque del adversario en contra de este, cómo dominar la propia furia y el miedo, cómo librarse de una presa y cómo hacerlas de modo que el otro no pueda librarse, los golpes que aturden y los que matan.
—Pero no se debe luchar para matar —explicaba Érik—. Tiene que ser la ira de tu contrincante la que lo mate. En realidad, el objetivo de esta lucha es aprender a controlar nuestras fuerzas y nuestro cuerpo.
—No creo que pudieras defenderte solo con las manos y los pies de la espada de un guerrero niflúngar —dijo Hyndla—. No lo creo. Hasta un nókvaar te vencería.
—¿Quieres que probemos? —Érik salió en busca de uno de los guardianes nókvaars—. ¿Cómo te llamas? —le preguntó al vigía cuando estuvo dentro.
—Herteit.
—Bien, Herteit, atácame con tu lanza.
El nókvaar miró a Hyndla.
—Mi madre se enfadará si sufres algún daño —dijo ella a Érik.
Él cogió la lanza de Herteit y, después de concentrarse e inspirar hondo unas cuantas veces, partió el asta por su parte superior, cerca de la hoja de metal, con un único golpe contra su muslo. Quedó solo el palo de madera, la hoja cayó al suelo.
—Toma. —Érik le devolvió el arma rota al nókvaar—. Ahora puedes atacarme sin miedo.
—Hazlo —ordenó Hyndla.
Herteit miró los dos metros de madera que quedaban de pica entre perplejo y admirado, y la dirigió rápidamente contra el cuerpo de Érik. Este hizo un simple movimiento con la mano y desvió la lanza.
—Prueba otra vez.
Lo intentó el nókvaar una, dos, tres, cinco veces: acometidas buscando el cuello, el vientre, el pecho de su adversario.
Sin embargo, en todas las ocasiones Érik esquivaba el ataque agachándose o saltando, o lo apartaba con un brazo.
Herteit empezó a resoplar y a ponerse furioso, así que sus golpes se volvieron más rápidos y menos precisos.
Se limitaba mi compañero a aguardar inmóvil un nuevo intento y a frenarlo con suavidad, hasta que al fin, cuando el guardián se lanzó con todas sus fuerzas hacia él, se apartó, agarró con las dos manos la madera y, aprovechando el impulso que llevaba el otro, alzó la pica y al nókvaar con ella.
Dio aquel una vuelta en el aire antes de caer de espaldas y desarmado.
—Gracias —le dijo Érik, ayudándolo a levantarse.
—¡Eres un gran guerrero! ¡Nunca he conocido a nadie que luche así, solo con sus manos! —exclamó Herteit.
Hyndla sonreía.
—Sí que eres un gran guerrero —dijo—. No obstante, sigo pensando que no vencerías a un niflúngar.
Érik se sentó a su lado.
—Si lo deseas, Hyndla, te enseñaré a luchar como se lucha en mi mundo. Porque, si aprendes, serás tú la que puedas vencer a un guerrero niflúngar.
—Yo nunca he luchado.
—Eso no importa.
—Se lo consultaré a mi madre. Ahora debo irme. —Se levantó, pero sin dar un paso, aunque ya había tomado su manto. Tras unos instantes, dijo—: ¿Puedo haceros una pregunta?
—Las que quieras —contestó Érik.
Hyndla volvió a sentarse.
—¿Es verdad que en vuestros mundos el sol es amarillo?
—Sí, es verdad. Es dorado. Y calienta más que aquí. Bastante más.
—¿Y es cierto que en el mar hay animales y se puede ir por encima de él en vehículos?
—Así era el mundo del que os echaron. Con un sol amarillo y un cielo azul y bosques verdes y un mar con vida.
—¿Cómo es que los keris y los hjeníkars saben tanto acerca de su antiguo planeta y de otros, y tú, Hyndla, o tu madre, no sabéis nada? —intervine.
—A las mujeres no nos enseñan los hjeníkar, solo enseñan a los keri y a los thridi varones. Esos conocimientos nos están prohibidos. ¿Y es verdad que tú tienes una nave en la que vuelas sola de un mundo a otro, por el espacio oscuro, entre las estrellas?
Asentí.
—¿Cómo son las estrellas de cerca?
—Pues… En realidad, se trata de bolas de fuego a las que conviene no aproximarse. Hay que guardar mucha distancia.
—Y en los mundos que conoces, ¿hay gentes con otros colores de piel o de pelo, distintos a los vuestros?
—Si vienes a visitarnos otra luz, te hablaré de todos los planetas en que he estado. Cómo son, cómo viven y cómo piensan.
—Gracias. Vendré, si mi madre lo permite.
—Nos gustaría que ella confiase en nosotros —dijo Jane—. Porque no confía en absoluto, ¿verdad?
—Mi madre teme que vuestra presencia nos perjudique.
Siente una gran responsabilidad por todas nosotras, que nos hemos atrevido a desafiar a los keri y a los thridi, y las leyes de nuestras familias.
Sabe que una luz nos encontrarán, nos llevarán de nuevo a las casas y el castigo será muy fuerte.
Por ella misma no teme, pues conoce su futuro, lo conocía en el instante en que se atrevió a rebelarse.
No le preocupa morir, ¿sabéis? Le preocupo yo. Y todas las demás.
—¿Tan seguras estáis de que van a venceros? Tenéis la fatia, ¿no?
—La fatia no nos defenderá siempre. Su poder es muy grande, pero no invencible. Los keri lo saben, saben que sus armas se abrirán paso hasta aquí. ¿Qué podemos hacer nosotras ante una espada o una flecha cuando ese momento llegue? Debo irme ya, ahora.
—¿Volverás mañana? —preguntó Érik.
—Haré lo posible.
Cuando nos quedamos solos, propuse que discutiéramos una manera de ayudar a las mujeres que también resultase beneficiosa para nuestra misión y no supusiese una injerencia demasiado grave. Y, entonces, en el momento en que decidíamos que sí, que había que encontrar una solución rápida, Sebeok dijo:
—Tenemos que enseñarles a luchar con las armas de Niflhéim y con las nuestras.
Los demás nos quedamos mirándolo, sorprendidos al oír una frase tan larga y tan precisa.
—Mañana empezaremos —continuó—. Se lo diremos a Hyndla. Skékkil, Tonsu y los amigos nókvaars tienen que ayudarnos.
—Pues bien —dije—, ya habéis oído a Sebeok. No hay más que hablar.
Hyndla volvió a la luz siguiente. Estuvimos conversando un buen rato. Sobre la Tierra, y Vodar, y Helevorn. Incluso le explicamos cómo funcionaba mi nave.
—Pero tú misma podrás conocer nuestros planetas y otros —le dijo Érik— cuando derrotemos a Íngvar y vuelvas a tu verdadero mundo.
—¿Por qué tenemos que volver? A mí me gusta vivir en Niflhéim.
—¿Aquí? —le pregunté, sorprendida—. ¿Te gustan estas montañas, ese sol rojo y esas nieblas, el frío y el viento?
La niflúngar asintió tímidamente, como si temiera ofendernos con su respuesta.
—Sí, me gusta. Me gusta oír el viento durante la no luz, cuando estoy junto a la chimenea del salón de mi casa, y pasear a caballo cuando Jar está en lo más alto o cuando hay niebla y es como si cabalgaras dentro de una nube.
Y no quiero regresar a ese mundo que decís.
Aunque me gustaría visitarlo y conocer los vuestros y otros en cuyo cielo haya muchas estrellas.
Después, prefiero regresar a Niflhéim. Y tampoco deseo ser keri.
Mi madre lo quiere, pero yo no. A mí me gustaría seguir viviendo aquí, en las montañas, y que ni Elorridi ni Dánkwart ni ningún otro keri nos encuentren.
—¿Quién es Dánkwart? ¿El keri que eligió tu padre en vez de a ti? —preguntó Jane.
—Sí, es el hijo de sangre del hermano de mi padre y de su favorita nókvaar.
Nunca ha habido un keri con sangre nókvaar en mi casa, pero a él lo eligieron, lo preferían a mí, que soy mujer.
Y fue una mala elección. Dánkwart es un hombre cruel, incluso con los suyos.
Odia su origen, su aspecto, pues parece más un nókvaar que un niflúngar.
Está en guerra con todos los otros keri, que no lo consideran un igual y lo desprecian.
Ha traído mucho sufrimiento a mi casa, muchos han muerto por su afán de vengarse del desdén de los demás señores.
Mi madre sabía que eso iba a ocurrir y, por saberlo, deseaba evitarlo, pero no pudo.
—Tu madre y tú huisteis de vuestra casa por eso. Pero ¿y las mujeres de las otras familias? —continuó preguntando Jane, animada porque Hyndla no parecía molesta por el interrogatorio.