La rosa de las nieblas V #6
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V #6

—¿Por qué, entonces, no vinisteis en nuestra busca, de las mujeres, antes que nada? —preguntó cuando mis compañeros acabaron.

—¿Te estás burlando de nosotros? —no pude evitar intervenir—. Te hemos dicho que apenas sabíamos nada sobre los habitantes de Niflhéim.

—No os creo. Además, ¿cómo es que no utilizasteis vuestra nave para huir de la casa de Elorridi?

Jane comenzó a hablar otra vez, pero Skúrhild la detuvo pronto.

—Basta ya. Vuestra historia es demasiado extraña. Sabed que no se os permite de ninguna manera salir de la casa en la que estáis. Si sois aliados de Elorridi, o de otro keri, o si os ha enviado Íngvar para mentirnos primero y aniquilarnos después, lo sabremos, estad seguros. Volved a casa, ahora.

En vano tratamos de continuar dando razones o hacer alguna pregunta; no quiso oír más.

En realidad, todo el tiempo había cortado cualquier iniciativa por nuestra parte de dirigir la conversación; a Ejalmberri ni siquiera le había permitido decir una palabra, por mucho que el hjeníkar lo había intentado.

Regresamos a la casa, desalentados por completo. A ninguno se le ocurría la menor idea sobre lo que hacer.

Esa noche Érik no vino hasta mi cama. Yo sabía que no iba a hacerlo y no se lo habría pedido de ningún modo, pero lo estuve esperando.

Quien vino fue Tonsu, con un pequeño odre lleno de gumkó.

Aunque, desde luego, su sabor era bastante horrible, bebí con ansiedad aquel aguardiente.

Me contó Tonsu que Skékkil estaba empezando a ponerse nervioso, ya que tampoco le dejaban salir de la casa donde los habían llevado; planeaba una posible huida.

Uno de nuestros guardianes había estado a punto de descubrirla cuando se introdujo en la casa.

—Me ha oído, no me ha visto. Ahora estará vigilando.

Le propuse que se quedara; ya veríamos el modo de ayudarla a salir al día siguiente.

Así que durmió conmigo. Se acurrucó en un lado de la cama, pero yo sentía su calor y la respiración suave de su sueño y, aunque continuaba echando de menos a Érik, el gumkó y la compañía de la muchacha nókvaar me consolaron.

Al amanecer, Tonsu me despertó para decirme que se iba. Llamé a mis compañeros y se quedaron muy sorprendidos al verla: ni siquiera Sebeok, el que más cerca dormía de mi cama y que tenía muy buen oído, se había percatado de su llegada.

—Me alegro de que estés aquí, Tonsu —dijo Érik—, pero el que no nos hayamos dado cuenta hasta ahora me parece bastante peligroso. Deberíamos hacer turnos de guardia por la noche. Quizás otro día no seas tú quien consiga entrar en la casa.

Aprovechamos para pedirle a Tonsu que nos trajese algún tipo de arma en su próxima visita y le encargamos transmitir un mensaje a Skékkil para que estuviese tranquilo y no hiciese nada sin contar con nosotros.

Luego, la nókvaar se deslizó por una ventana del altillo y desde allí fue descendiendo, agarrándose a las hendiduras de la madera, hasta que, a tres metros del suelo, saltó limpiamente y echó a correr de inmediato.

A media mañana tuvimos una nueva entrevista con Skúrhild en el lugar de costumbre. Por un momento, cuando la vi sentada en la misma postura, con la misma ropa e idéntico gesto en la cara que el día anterior, me pregunté qué haría durante el resto de las horas en las que no nos tenía como diversión.

Esa vez nos preguntó qué sabíamos sobre las intenciones y planes de Elorridi: si al keri le interesaba más capturarnos o apresar a las mujeres.

—No lo sabemos —respondió Érik—. Ya te dijimos ayer…

—Pero ¿qué creéis? —lo interrumpió ella, remarcando la última palabra.

—Yo creo —continuó Érik— que ante todo nos busca a nosotros, aunque, si a la vez os apresa, mejor.

—Sí. —Skúrhild meditó unos segundos. Había menos furia en sus ojos y menos aspereza en su voz; sin embargo, su tono seguía siendo desconfiado.

—¿Sabes tú dónde está Elorridi? —se atrevió a interrogar Jane.

—Más cerca que ningún otro keri. Pero todavía lejos.

—Él conoce el modo de llegar hasta aquí, ¿no?

Una especie de sonrisa entreabrió los labios de la niflúngar.

—Viene con muchos hombres. Nos rodeará. Y, tarde o temprano, encontrará un camino, un hueco. Tarde o temprano sus guerreros quebrantarán nuestras defensas y pisarán esta tierra. No sois sus aliados, tal vez sea cierto; no obstante, vuestra llegada, vuestra presencia aquí va a hacernos mucho daño.

—Con nuestras armas… —comencé.

—¡No se os permite recuperar vuestras armas, de ningún modo! —Hizo un movimiento imperioso con la mano para que me callara.

Esa vez su silencio fue muy largo. Nos miraba a Jane y a mí.

—Decidme, las dos. ¿En vuestro mundo las mujeres pueden ser keri?

—En el lugar donde vive Jane, sí, pueden ser mandos, cualquiera de ellas. En el mío, muy pocas —contesté.

—¿No sois del mismo mundo?

—Hay mucha gente en la Tierra, muy distinta.

—¿Cuántas familias hay?

—Nuestras familias no son como las niflúngars. Se limitan a los matrimonios y a los parientes de la misma sangre.

—Entonces, ¿sobre quiénes mandan los keri?

—Si me lo permites… —dijo Jane, y trató de explicarle, del modo más breve y sencillo posible, cómo se organizaban los distintos tipos de sociedades en la Tierra.

—De todas maneras —terminó Jane—, sea una mujer o un varón quien tenga un puesto de poder, no le queda otro remedio que someterse a lo que dictan los delegados imperiales de Íngvar, que son la máxima autoridad en mi mundo.

—Comprendo. ¿Y en el tuyo pasa lo mismo, hombre de piel oscura?

—Me llamo Érik. En mi planeta, Vodar, no hay keris, ni thridis, ni esclavos tampoco.

—¿No tenéis esclavos? ¿Por qué?

—Quien necesita dominar a otros nunca será libre.

Amo y esclavo están unidos por la misma cadena; mientras no la rompan, no serán verdaderamente humanos.

Al esclavo siempre se lo temerá, porque siempre puede rebelarse, por muy sumiso que parezca; al señor lo odia hasta el más fiel y abnegado de sus siervos.

Todo varón, toda mujer, sea cual sea su raza, debe ser dueño solo de sí mismo, lo cual no resulta fácil: es más sencillo dominar a otro o ser dominado.

En mi mundo, tratamos de aprender eso: a convertirnos en nuestros propios dueños, a descubrir qué es la libertad. Sin duda, tú pretendes lo mismo.

—Los nókvaar siempre han sido nuestros esclavos.

—Y las mujeres niflúngars nunca han podido ser keris. Pero hay nókvaars que desean ser libres. Y tú estás aquí porque no aceptas que a una mujer se le impida convertirse en jefa de una familia. Que algo haya ocurrido siempre no justifica que continúe ocurriendo.

—¿Y en tu planeta, tú, el más alto?

Como Sebeok no contestaba, Jane tomó la palabra y habló de Helevorn, sin olvidarse de explicar que sus habitantes no eran precisamente buenos conversadores.

—Así que queréis luchar contra Íngvar y para eso buscasteis la ayuda de Elorridi y, como no la obtuvisteis, ahora nos la pedís a las mujeres. Y a cambio nos ofrecéis el regreso al planeta en que vivíamos. ¿Y de qué nos serviría a nosotras volver allí?

—Una buena pregunta —respondió Jane—, a la que me temo no vamos a saber contestar. Dinos tú qué os interesa conseguir a cambio de ayudarnos.

—Quizás no os ayudemos, quizás no nos interesa nada de vosotros.

—Quizás, estableciendo contacto con otros mundos, conoceríais aquellos en que las mujeres pueden ser keris o pueden volar solas en sus propias naves, como Yolen, o ser hjeníkar, como yo —continuó Jane—. Quizás eso os ayudaría en vuestra lucha.

—He terminado de hablar. Volved a la casa.

Volvimos.

—Es ignorante respecto a otros planetas, pero, desde luego, no tiene nada de estúpida —comenté una vez allí—. Y más dura de morder que el casco de mi nave. Lo tenemos difícil.

Nuestra situación era difícil, en efecto; sin embargo, un imprevisto la cambió.

Fue la visita de Hyndla, la hija de Skúrhild, esa misma tarde.

Apareció en el momento en que Érik y Sebeok estaban practicando la lucha sin armas dentro de la casa.

Habíamos retirado la mesa y las sillas para tener suficiente espacio; no la oímos entrar, por lo que nos encontró desprevenidos en plena pelea: Érik acababa de saltar sobre la espalda de Sebeok y realizaba una presa con los brazos sobre su cuello, de la que su contrincante trataba de librarse.

Y así se quedaron los dos, uno encaramado en el otro, mirando a la niflúngar y sin saber lo que hacer.

—¡Espera, espera! —grité al ver que Hyndla retrocedía hacia la puerta—. ¡No te asustes, es una lucha amistosa!

Érik descendió suavemente por el cuerpo de Sebeok, hasta quedar de pie con la más pacífica de las sonrisas.

—¿Quieres observar cómo luchamos sin necesidad de espadas, ni de hachas ni de lanzas? —le preguntó a Hyndla.

—Yo… venía a deciros que mañana mi madre no hablará con vosotros. Tiene asuntos de los que ocuparse.

—Ah, bien. ¿Quieres vernos luchar un rato?

Hyndla dudó. Iba cubierta por su manto oscuro.

Le caía hasta los pies, formando grandes pliegues: un manto de muy buena tela, abrochado bajo el cuello con un prendedor de oro rojo.

El pelo lo llevaba recogido con una cinta.

No pude sino volver a asombrarme ante su blancura absoluta: era igual que la nieve, sin ningún otro matiz.

Hyndla no era guapa, lo mismo que su madre, aunque, a diferencia de Skúrhild, no había dureza en sus facciones ni tampoco sus ojos tenían el brillo iracundo de la otra.

Y algo en los gestos y en el modo de hablar de la niflúngar joven mostraba que aquella suavidad era también interna.

—Quédate, por favor —insistió Érik.

Hyndla se quitó el manto. Bajo él llevaba una túnica de color amarillo oscuro, con dibujos geométricos bordados en hilo del mismo tono, pero más oscuro aún, casi ocre. El cuello era redondo y las mangas, estrechas; se ajustaba al talle con un cinturón.