La rosa de las nieblas V #5
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V #5

Los habían llevado con los nókvaars que vivían con las mujeres.

Nos sentamos a relatarnos cuanto nos había ocurrido y a comer el guiso de carne que preparaba Sebeok.

Érik nos dijo que después podíamos bañarnos, porque había lugares para ello, y ponernos ropa limpia.

Con el estómago reconfortado y la perspectiva del baño, olvidé todas las adversidades de los últimos días.

Nuestros compañeros no tenían mucho más que contar que Jane y yo.

Habían despertado en una cueva también —Sebeok y Érik juntos, Ejalmberri solo— sin recordar cómo habían llegado allí.

El hjeníkar nos explicó que las mujeres nos habían dormido con un «vapor» que ellas sabían fabricar; lo metían en una especie de globos de pellejo finísimo y así podían arrojarlo desde la distancia al lugar que quisieran.

Al liberarlos del cautiverio, Skúrhild les había hecho las mismas preguntas que a nosotras, aunque el interrogatorio de Ejalmberri fue especialmente duro y prolijo. Luego, los habían llevado a la casa, que estaba vigilada a todas horas por nókvaars armados.

—Parece ser que han hecho un trato con estos esclavos —nos dijo Ejalmberri—.

Muchos estuvieron al servicio de las mujeres aquí mismo, cuando en el pasado ellas se refugiaron en este escondite.

Y otros eran sus sirvientes personales en sus casas.

Las mujeres les propusieron ir con ellas para trabajar la tierra y conseguir caza y para protegerlas.

A cambio les ofrecían un modo de vida mejor.

Skúrhild ha prohibido que se los maltrate e incluso tienen casas propias.

Todo esto nos lo ha dicho Tonsu, que la no luz pasada vino a escondidas.

Jane contó entonces nuestra parte de la historia, incluyendo la transformación en animales. Escuchaba con los ojos muy abiertos el hjeníkar. Estuvo un buen rato meditando al terminar Jane.

—Mucho es mi asombro ante lo que me relatáis. Sí, eso es el nuru. Cómo hicieron para que fuerais un bolverk, y un muyi, y un uálad, solo ellas lo saben. Skúrhild es una gran maestra de fatia, con conocimientos muy profundos.

—Pero ¿fue real o una alucinación inducida por algún tipo de droga? —pregunté—. He probado en ocasiones algunas drogas muy poderosas y nunca consiguen tal viveza de sensaciones.

—Solo ellas lo saben. Sin embargo, tal vez no nos lo digan. Nuestra situación es difícil, amigos. Las mujeres no confían en vosotros, ni en mí.

Dejamos las reflexiones sobre nuestros problemas para más tarde; yo necesitaba imperiosamente olvidar y un baño.

Las mujeres niflúngars habían inventado la bañera.

Como ahí no podían construirse pozos igual que en las casas, idearon fabricar recipientes tallados en las enormes piedras que abundaban en aquella zona montañosa.

De la talla y el transporte de las piedras se encargaban los nókvaars, así como de calentar agua en otras vasijas para llenar recipientes.

Tras explicarles a nuestros guardianes lo que queríamos, ellos avisaron a dos mujeres nókvaars, que se encargaron de prepararlo todo para Jane y para mí. El «baño» estaba en la parte posterior de la casa, oculto por una empalizada de madera.

Limpias ya, y con trajes nuevos iguales a los que llevaban Érik y Sebeok —gabanes de piel hasta las rodillas, abrochados con botones de metal; pantalones de lana holgados y botas de cuero que a las dos nos quedaban grandes—, descansamos el resto del día.

Había camas en la casa; camas auténticas, con colchón y sábanas y mantas, en un altillo al que se accedía por una escalera de mano. Estaban separadas entre sí por cortinas de tela. En cuanto oscureció y cenamos, nos fuimos a dormir.

Entonces, cuando ya me había metido en la cama, la cortina se abrió y apareció Érik.

—Yolen —me dijo, sentándose a mi lado—, quiero dormir contigo.

Lo miré. Había empezado a crecerle la barba, porque al encerrarlo en la cueva le habían quitado el cuchillo con el que se afeitaba.

—Yo no —dije.

—¿Por qué?

—Porque no puedo permitir que alguien me importe tanto que no soporte la idea de volver sola a mi nave. Y contigo me pasa eso. No quiero separarme de ti cuando todo esto termine. Tú tienes otros deseos. Eres libre para ello, igual que yo para no volver a dormir contigo.

—Yo te quiero, Yolen.

—De un modo distinto. Nada de lo que yo pudiera ofrecerte te retendría a mi lado cuando salgamos de Niflhéim.

—¿Es que no puedes disfrutar del presente, sin pensar en el futuro?

—No me apetece escuchar tus magníficas ideas de dodimi sobre la vida. Lo siento, Érik.

—Te querré siempre, te lo aseguro. Aunque estemos lejos. Aunque me odies.

—No voy a odiarte. —Me incorporé en la cama y lo besé en la boca—. Simplemente, no puedo sentir de otra manera.

Se fue. Intenté dormir. Hubiera dado cualquier cosa por una jarra de martok.

Estuve dando vueltas en la cama mucho tiempo.

A mitad de la noche, la cortina que me aislaba volvió a abrirse.

Me dije que si se trataba de Érik no iba a ser capaz de rechazarlo de nuevo, por mucho que lo lamentara después.

Pero no era él, sino Tonsu. Se había enterado de que Jane y yo estábamos libres y en la casa, y había venido a verme.

Aseguró que nadie se había dado cuenta de su llegada.

—Soy tan silenciosa como un muyi —afirmó, satisfecha.

Además, se sentía muy contenta porque las mujeres niflúngars la habían tomado por un varón y la habían tratado como tal; incluso llevaba un traje masculino, de hósvir niflúngar.

—Como el tuyo —añadió.

—Te queda muy bien el traje —le dije—. Sí, pareces un muchacho. Pero eres demasiado flaca, no podrías manejar bien una espada o un hacha.

—Tengo mi arco.

—¿Por qué quieres ser un varón?

—Para vivir sola en el bosque. Y para cazar.

Y para que Skékkil no me mande. Cazo mejor que él.

Sin embargo, me ordena que me quede en el campamento; dice que no debo ir al bosque porque las mujeres no sabemos defendernos de los muyi y los niflúngar.

Eso es mentira. Yo sé, aunque otras como Sienild no sepan.

—¿Quién te enseñó a manejar el arco?

—Mi padre me enseñó. Los dos cazábamos juntos, en el bosque. Era leñador. Los nókvaar no podemos cazar, nos lo prohíben los niflúngar, pero él lo hacía. A veces pasábamos mucho tiempo solos, lejos de la casa. A mí me gustaba eso.

—¿Me enseñarás a manejar el arco?

Asintió.

—Y dime: ¿cómo están los otros, Sienild, Skékkil?

—Bien. Sienild y yo estuvimos encerradas en una cueva mucho tiempo. Luego, nos sacaron y Skúrhild nos hizo muchas preguntas. Sobre vosotros y por qué os acompañábamos. Yo no contesté a ninguna.

—Y desde el momento en que te dormiste en el bosque hasta cuando despertaste en la cueva, ¿no recuerdas nada? ¿No tuviste sueños?

No, no recordaba nada especial. Y tenía que irse rápidamente, antes de que Skékkil la echara de menos. Él no sabía de sus escapadas nocturnas y no se las habría permitido en el caso de conocerlas.

—Volveré en la no luz que viene después de esta.

—Tonsu, ¿los nókvaars no toman aquí martok o cualquier otra bebida?

—¡El martok es para los niflúngar!

—Entonces, ¿no beben nada?

—Beben gumkó. Se saca del ko, pero es muy fuerte y sabe mal.

—No importa. ¿Crees que podrías traerme gumkó mañana?

Prometió conseguirlo y desapareció con tanta rapidez y sigilo como había llegado. Al poco logré dormirme.

-oOo-

A la mañana siguiente, en cuanto nos levantamos, los guardianes nókvaars nos dijeron que Skúrhild quería vernos, así que desayunamos donjo y enseguida los acompañamos hacia el recinto de la montaña donde Skúrhild nos había interrogado el día anterior.

La escena era prácticamente idéntica: doce mujeres niflúngars nos miraban desde sus asientos de madera, camufladas en grandes mantos; Skúrhild se erguía inmóvil en su trono. Eso sí, había el doble de centinelas armados con espadas y hachas.

De inmediato, Skúrhild comenzó a interrogarnos de un modo aún más exhaustivo que la vez pasada.

Quería saber dónde estaba nuestra nave; qué armas o poderes concretos teníamos en ella; si podía volar sola; por qué nos habíamos posado cerca de la casa de Elorridi y no de otra; qué habíamos hablado con él todos y cada uno de los días en que fuimos sus huéspedes; por qué ayudamos a escapar a Ejalmberri y a Sienild; por qué nos habíamos unido a Skékkil y dónde estaba el escondite nókvaar —esto nos negamos a contarlo, pese a su insistencia—; qué pretendíamos de ellas, las mujeres, y si Íngvar vivía en el antiguo planeta de los niflúngars.

Muchas de estas cuestiones ya las habíamos tratado la jornada anterior.

Respondimos de nuevo, pero de nuevo no pareció quedar satisfecha en absoluto.

A mí me sorprendía lo directo y brusco de su lenguaje, no había en él nada de la retórica ni de los circunloquios de Elorridi, y su ignorancia respecto de otros mundos.

Cuando le dije que era piloto libre, me preguntó qué significaba eso y, al explicarle que yo volaba sola en mi propia nave, me interrumpió.

—No te creo.

—Pues lo lamento.

Antes me había preguntado —dirigiéndose a mí como «tú, la mujer de cabello negro»; a ninguno nos llamaba por nuestro nombre— si yo era la esposa de Érik o Sebeok, y la misma pregunta le hizo a Jane, «la que te pareces a una nókvaar».

—¿Por qué —seguía ahora—, por qué si sois tantos mundos contra Íngvar y tenéis naves poderosas que vuelan y armas que matan desde lejos, venís aquí, a nosotros, que no tenemos nada de eso, a pedirnos ayuda contra él?

Yo empezaba a desesperarme, así que dejé que Jane y Érik intentaran explicar lo ya explicado.

Pero ni la afabilidad ni las sonrisas de Érik —sin duda, estaba intentando dirigir mentalmente hacia Skúrhild toda la energía amorosa de que era capaz— ni los sosegados razonamientos de Jane lograron que su interlocutora relajara ni por un instante el gesto hosco de su cara.

Todo el cuerpo de Skúrhild estaba tenso; yo podía ver cómo sobresalían gruesas venas azules de sus manos escuálidas, que mantenía unidas en el regazo.