V #4
—Y allí tengo amigos —me explicó—. En Boston, no.
Los que tenía se marcharon hace años. Por cuestiones políticas.
Actualmente la universidad está dominada por partidarios del Gobierno Central.
Han logrado expulsar a todos los que se les enfrentaban.
Mi puesto es fijo, así que no pueden echarme, pero no resulta agradable estar sola.
Además, yo no me callo, aunque con eso solo he conseguido que me aparten de todos los trabajos de investigación importantes e incluso que me impidan dar clase a los primeros cursos para que no contamine a los alumnos más jóvenes con ideas subversivas.
Llevo dos años dedicándome a traducir libros que nadie va a leer.
Cualquiera me preguntaría por qué sigo allí.
Bien, durante mucho tiempo he creído que no debía rendirme, que permanecer en mi puesto suponía algo en la lucha contra el Gobierno y contra Íngvar.
Pero he acabado por cansarme. Y cuando un antiguo compañero, que es miembro de un grupo clandestino de apoyo a Harsa Alasat, me ofreció venir a Niflhéim, no lo pensé dos veces.
Sea cual sea el resultado de la misión, si regresamos a la Tierra, este grupo de apoyo a Harsa me ha prometido un puesto en una universidad del sur de Europa que ellos dominan.
—Calló un momento—. ¿Te parece eso egoísta?
—En absoluto —respondí; estaba sorprendida por aquellas confidencias—. Ni a Érik se lo parecería, seguro.
Era de noche otra vez y decidimos dormir. Nuestro sueño solía durar la no luz entera, pese a ser tan larga.
Pero esa vez nos sacó del sueño el golpe de la puerta al abrirse.
Las dos nos incorporamos a un tiempo. Tres nókvaars armados y desconocidos habían entrado en la cueva.
Por un segundo pensé que venían a matarnos.
Sin embargo, enseguida vi que nos hacían señas para que fuésemos con ellos. Obedecimos lo más rápidamente posible.
Amanecía fuera. Nuestra prisión se encontraba en la parte baja de un estrecho cañón muy largo y de paredes altísimas.
Después de la oscuridad del encierro, aquella débil luz ámbar nos deslumbró tanto como un sol radiante.
Tardamos un buen rato en poder soportarla.
Vimos entonces otras cuevas cerradas con puertas metálicas en las dos paredes del cañón.
Los nókvaars nos llevaron hacia una de las salidas de la garganta, que daba a un ensanche de forma circular, todavía rodeado de los muros de la montaña.
En todo aquel círculo había hasta veinte nókvaars, de pie y armados. Y doce figuras sentadas en troncos de madera, envueltas en mantos oscuros que las cubrían por completo, incluida la cabeza. Seis frente a seis.
Los nókvaars que nos habían llevado nos ordenaron con gestos caminar entre aquellas dos líneas.
Así lo hicimos. Frente a nosotras, al fondo, apareció un gran asiento de piedra construido en la pared rocosa, sobre el que se sentaba una mujer.
Una mujer niflúngar. Llevaba un manto oscuro también, pero su cabeza quedaba al descubierto.
Tenía el pelo blanco recogido con un tocado bastante aparatoso: una diadema de oro rojo y muchas cintas de colores trenzadas que le llegaban hasta los hombros.
Nos hizo un gesto con la mano para que nos acercásemos.
A tres metros de ella, nos mandó detenernos con otro ademán.
Las doce figuras que nos rodeaban se descubrieron asimismo.
Eran todas mujeres niflúngars. A diferencia de los varones, se recogían el cabello en moños o en rodetes de trenzas, y lo adornaban con cintas.
La que teníamos enfrente nos observaba de arriba abajo.
Calculé su edad en unos cincuenta años, aunque su cara, de pómulos marcados y rasgos duros, tenía ya bastantes arrugas.
Brillaban sus ojos con una furia que solo en los peores momentos había visto en Elorridi.
Me pareció antipática y la intuí peligrosa.
—Say —dijo Jane, inclinándose; la imité.
—¿A qué habéis venido? —nos preguntó, o nos gritó más bien, en niflúngar.
—Somos gente de paz —contestó Jane mientras yo ensayaba mi más amplia y supongo que ridícula sonrisa—. Hemos venido del espacio oscuro a hablar con los niflúngars.
—¿Con Elorridi?
—No solo con Elorridi, sino con todos.
—¿Por qué habéis venido hasta aquí, hasta nuestro escondite, con esclavos fugitivos y con un hjeníkar? ¡Elorridi os persigue!
—Os buscábamos a vosotras, las mujeres.
—¿Para qué?
—Para intentar hacer un trato. Elorridi no nos inspiraba confianza. Tuvimos miedo de que otros keris no nos escucharan. Así que pensamos…
—¿Qué trato?
—Antes que nada, queremos saber dónde están nuestros compañeros —intervine—. ¿Se encuentran bien?
—¿Qué trato?
—¿Dónde están nuestros compañeros? —insistí.
—¡Responded a mi pregunta!
—Señora —mascullé, mezclando ínter y niflúngar—, tus modales dejan bastante que desear.
—¿Qué dices?
Jane me apretó un brazo. Entendí que debía callarme. Ella continuó.
—No somos enemigos. Ni nosotras ni nuestros compañeros. Vinimos en vuestra busca, de las mujeres niflúngars, pensando que quizás podríamos ayudarnos mutuamente si os parece oportuno. Me llamo Jane, ella es Yolen.
La niflúngar no se dignó decir su nombre.
Jane le explicó quiénes habíamos venido en la nave, las razones y el objetivo de nuestro viaje, y cuanto nos había pasado desde la llegada a Niflhéim.
No ocultó nada, ni siquiera la extraña vivencia que habíamos tenido antes de despertar en la cueva.
Le dijo también que Ejalmberri nos había contado lo que era la fatia y el nuru.
En un planeta desconocido resulta difícil saber si lo más conveniente es la sinceridad absoluta desde un principio, o mentir, o callar.
A las palabras de Jane siguió un silencio largo, casi interminable; la mujer niflúngar meditaba, la frente sobre un puño, los ojos bajos.
Las otras permanecían quietas. Yo, sin embargo, no podía dejar de moverme, cruzaba y descruzaba los brazos, estiraba las piernas y miraba a todos lados.
Al fin, aquella hizo un gesto y las doce restantes se levantaron para rodearla y hablar en murmullos durante un buen rato.
Después, once volvieron a sus sitios y una se quedó junto al asiento de piedra.
—Acercaos —nos ordenó esta última; era un poco más joven que yo y se parecía bastante, por cierto, a la otra, la mayor, aunque sus rasgos eran más suaves.
Lo hicimos. La niflúngar que nos había interrogado se levantó.
Me quedé sorprendida al comprobar lo alta que era.
Se puso a pocos centímetros de Jane y, luego, de mí, y nos miró a los ojos bastante rato, sin pestañear una sola vez.
Sus iris eran de un gris muy pálido. Seguía seria como un funeral; sus labios, apretados, se habían vuelto tan blancos como su piel.
Cuando estuvo frente a mí y se cansó de escudriñarme, alargó su mano para tocarme el pelo y la cara. Tenía las manos huesudas y frías.
—Sois de otro mundo, desde luego. ¿Cómo confiar en vosotras?
—También tú y los tuyos sois extranjeros para nosotros; tampoco sabemos si confiar —respondí.
—Al parecer, vuestros poderes, los que guardáis en esa nave, son muy superiores a los de los niflúngar.
—Pero no suficientes para acabar con Íngvar. Para eso os necesitamos.
—¿Y si fuerais una trampa de los keri?
—Tú sabes que no —dije, y aposté fuerte—. Nos habéis vigilado desde el cielo.
Enarcó las cejas.
—¿Y si vinierais por orden de Íngvar a matarnos a nosotras, las mujeres, sus enemigas?
—No somos soldados ni queremos haceros daño. Pero no sé cómo probar que no os mentimos.
—Las mujeres pensaremos sobre cuanto decís.
Vuestros compañeros están bien. Todos han hablado ya conmigo.
Ahora, mi hija, Hyndla, os llevará con ellos.
—Señaló a la joven junto a ella y volvió a mirarnos a los ojos—.
Si nos engañáis, vais a arrepentiros. Mucho.
Vosotras ya sabéis lo poderosa que es la fatia. Say.
Y sin más, se sentó de nuevo en su sitial de piedra y desde allí llamó a las otras mujeres.
—Venid conmigo —nos dijo Hyndla.
La seguimos hacia una salida entre los muros opuesta a aquella por la que habíamos entrado.
Ante nosotras se abrió, al llegar allí, una gran extensión de praderas onduladas con árboles dispersos.
Caminamos unos dos kilómetros, cruzando algunos arroyos y bordeando lagunas pequeñas, rebaños de bolms y takas, y campos labrados.
Nos pareció distinguir en la lejanía, hacia el norte, la alta silueta de una montaña que cerraba el horizonte, pero una débil bruma velaba la visión.
Había casas de madera agrupadas de cuatro en cuatro, que parecían muy sólidas e incluso bonitas en comparación con las cabañas del refugio de los nókvaars. Fuimos conducidas hasta una de ellas.
Hyndla abrió la puerta y nos invitó a pasar.
Entramos en una habitación grande y luminosa; tenía dos anchas ventanas y, en el centro, una mesa; alrededor de ella estaban Érik y Ejalmberri, vestidos con gabanes de piel y pantalones, al estilo de los hósvirs niflúngars.
Sebeok se encontraba de pie, muy cerca de la puerta, cocinando en un fogón.
Érik se levantó y alzó los brazos para lanzar un grito de alegría; yo salté sobre Sebeok para abrazarlo.
—¡Por fin, por fin! —decía Ejalmberri, moviendo las manos y sonriendo igual que un niño. Sebeok reía también, entrecortadamente, una risa tan ancha como su cara. Cuando Érik me tocó, cuando nos miramos, estuve a punto de echarme a llorar, aunque logré contenerme.
—¿Estás bien, Yolen? —me preguntó—. ¿Estáis bien? No hemos dejado de pensar en vosotras. —Me acarició un instante la mejilla.
—¿Y los demás, Sienild, Tonsu, Skékkil, los otros nókvaars? —quería saber Jane.