V #3
Sentía un hambre enorme; busqué la comida. Eran carne y vegetales en cuencos de barro, con un sabor que me pareció exquisito. Devoré mientras le contaba a Jane lo que me había ocurrido en el bosque.
—¿Y después? —me preguntó y, al mirarla, tartamudeó—. ¿A ti también te ha pasado?
Asentí. Pareció aliviada.
—¿En qué… consistió? —volvió a preguntarme.
Intenté explicárselo. Se quedó pensando un buen rato.
—Yo fui un bolverk —dijo—. Y después un uálad, como tú. ¡Lo fui! Era yo y era ellos. Absolutamente. El nuru… Así que se trata de las mujeres niflúngars. Ellas nos han traído aquí. Pero ¿cómo? ¿Y cómo han hecho para que nosotras alcancemos el nuru? Si es que ha sido real…
Mientras la escuchaba, tuve que tumbarme de nuevo.
Me sentía terriblemente cansada. Pensé en Érik, dónde podría estar.
¿Prisionero, como nosotras? La idea de que le hubiese pasado algo malo me resultaba insoportable y, sin embargo, a un tiempo sentí que eso me liberaría de mi dependencia hacia él.
Me dio asco de mí misma. Y ni siquiera me había acordado de Sebeok, Ejalmberri, Tonsu, Sienild y los otros nókvaars.
Jane se masajeaba las sienes, tratando de explicarse lo que nos había ocurrido.
—Espero que nos saquen de aquí —dijo—. Pronto.
Desde luego, a mí tampoco me entusiasmaba la idea de permanecer mucho tiempo encerrada en aquella cueva, que además de oscura era muy húmeda y fría.
Cuando me decidí a explorarla me pareció, como a Jane, una caverna natural que había sido reformada para convertirla en una celda de paredes casi lisas.
O quizás se trataba de un escondite, sugirió mi compañera, recordando que las mujeres niflúngars habían tenido que ocultarse de los soldados de Íngvar.
Pasaron las horas. No oíamos absolutamente nada al otro lado de la puerta de hierro, que empujé y golpeé en vano.
Estaba bien encajada en la roca y, a través de la pequeña abertura en su centro, se veía solo la oscuridad.
Probé a gritar, llamando a todos y cada uno de nuestros compañeros de viaje, y luego a cualquiera que pudiese sacarnos de allí.
Me respondió el silencio. Por fin, con la garganta dolorida y las manos también, me senté de nuevo a esperar.
Había agua y comida suficiente para varias jornadas.
Al menos no nos moriríamos de hambre. Por ahora.
Me dolía el vientre. Me habían quitado mi pistola, el puñal, mi linterna y mi reloj, y a Jane el botiquín, su mde y hasta sus libros.
—Espero no ponerme histérica si este encierro dura mucho —dije—. Estoy empezando a acordarme de Thingol. Claro que, después de estar ocho años allí, supongo que podré soportar unos días en una cueva.
—Quizás sea más difícil precisamente por eso.
—Siempre he pensado que no podía haber nada peor que Thingol. Pero nunca se sabe. Todo es susceptible de empeorar. Lo que pasa es que cuando digo esto me acusan de pesimista o, directamente, de aguafiestas.
—¿Cómo era?
—¿El planeta prisión? Bien, un mundo desértico, un sol que lo quema todo.
Donde está enclavada la cárcel, no hay ni una gota de agua ni una brizna de hierba.
Solo kilómetros y kilómetros de arena, cráteres y montañas peladas.
Allí no es necesaria una prisión de alta seguridad.
Cualquiera puede escaparse fácilmente, pero no lo hacen más que los locos o los que ya no quieren vivir.
La cárcel consiste en un trozo de desierto cerrado por alambradas.
Un campo de concentración, bastante primitivo.
Dentro están los barracones de los prisioneros y los de los guardianes.
Los guardianes son soldados imperiales o presos escogidos que así reducen su condena y que son peores que los soldados.
Hay que traer el agua y la comida desde otra zona del planeta, la menos estéril.
De modo que, con frecuencia, la comida escasea, sobre todo, para los prisioneros.
Eso y la falta de agua provocan todo tipo de enfermedades.
¿Nunca has oído que en Thingol ha habido epidemias de cólera?
Pero morirse de hambre o de una enfermedad no es lo peor.
Lo peor son los castigos. Un amplio catálogo que haría palidecer de envidia al más cruel de los niflúngars. Si quieres te los cuento.
Jane no dijo nada.
—Yo tuve suerte —continué—. Solo me castigaron en un par de ocasiones.
No me violaron ni me eligieron para convertirme en prostituta, como a muchas mujeres.
Únicamente recibí de los guardianes algunos golpes y algunos manoseos, nada que no pueda superarse.
Mi madre murió. De tuberculosis. Creo que tuvo suerte también: fue al poco de llegar a Thingol.
Era una mujer muy guapa. Y eso resulta peligroso allí, ya te he dicho.
—Lo siento.
—Ahora lo que importa es que nos saquen de aquí. Tengo sueño. Voy a dormir.
Dormimos. Despertamos. Había una luz escasa al otro lado de la puerta. Y una pared de roca al otro lado de la luz. Para no desesperarnos por el paso del tiempo o por la sensación de que el tiempo no existía en aquella cueva, comíamos y hablábamos.
Hablamos de la Tierra. En mi idioma materno.
Yo volví a recordar mi país, mi casa, las calles de mi barrio, donde jugábamos mis hermanos y yo, en las afueras de una ciudad demasiado grande que apenas llegué a conocer.
Tuve un pretendiente entonces, en el colegio, a los trece años, uno antes de que me llevaran a Thingol.
Era un muchacho indio, hijo de emigrantes mexicanos; se acercó a mí porque sabía que yo era mestiza: éramos los únicos no blancos de la escuela.
Yo sentía hacia él una mezcla de atracción y rechazo: lo primero porque parecía orgulloso de su raza, lo segundo porque ser su novia significaba dejar claro ante todos la mía: ninguna chica blanca habría aceptado esa relación.
A veces me pregunto cómo será todo aquello después de quince años.
Supongo que igual de pobre, y de sucio, y de racista y cruel.
Pero incluso mi memoria es compasiva y solo salva los recuerdos gratos: las personas que de un modo u otro me quisieron, las tardes de primavera en que dormía la siesta en el patio de mi casa, los domingos en que mi padre se iba con sus hijos varones a pescar y nos quedábamos solas las mujeres.
Y disfrutábamos de aquel tiempo de libertad que siempre duraba demasiado poco.
Y las madres, la mía y las de mis hermanas, recordaban su vida antes del matrimonio, para todas mejor que la de casadas, aunque no lo hubiera sido en realidad.
Domingos de luz amarilla, alegres por la mañana, más y más tristes conforme se acercaba la hora del regreso del padre y marido.
Yo escuchaba atentamente lo que mi madre contaba.
Me prometía, le prometía escribirlo, para así poder repetirlo sin errores a mis hijas, las hijas que no tendré.
Ahora no soy capaz de recordarlo todo: durante años he querido olvidar, a veces recuerdo sin querer, a veces deseo recordar y no puedo.
Ha habido momentos en que incluso me resultaba imposible acordarme de cómo era mi madre; su cara se borraba por completo de mi memoria, para reaparecer de pronto en un sueño o mientras miraba el vacío tras la pantalla de observación de mi nave.
Aquí, en Niflhéim, lo tengo siempre presente al mirar a Jane, esta Jane que habla mi lengua con acento mexicano, como aquel muchacho compañero de colegio, porque ella aprendió el idioma en ese país.
El parecido de Jane con mi madre es sorprendente, en la forma de la cara y las facciones, aunque mi compañera de viaje es rubia; su piel y ojos, claros.
No puedo sino comprender la nostalgia de los niflúngars por el mundo que les robaron. Ejalmberri nos contó cómo fue aquel éxodo, la marcha de todo un pueblo hacia el exilio, hacia este planeta remoto. Él lo leyó en los libros que escribieron otros hjeníkars.
Tuvieron que dejarlo todo: su sol, su mar, sus campos, sus casas; los despojaron de sus armas, de sus riquezas y de su orgullo.
Quince mil niflúngars, la población entera de Niflhéim, las doce familias que desde siempre la formaron, fueron introducidas en naves gigantescas y enviados aquí, a este planeta de donde ninguno de ellos saldría de nuevo.
Dice Ejalmberri que los niños y los viejos callaban, que las mujeres gritaban su cólera y prometían venganza, y que muchos guerreros, incluso los más feroces, aquellos que habían asolado planetas y matado, indiferentes al remordimiento, lloraban sin pudor.
Jane empezó a hablarme del tiempo que había pasado en México y de sus investigaciones antropológicas allí. Después vivió en Boston. Trabajaba en la universidad, pero lo que realmente deseaba era trasladarse a un país donde la vida fuese más amable y el clima mejor. El Mediterráneo le encantaba.