La rosa de las nieblas V #2
43%

V #2

Teníamos que ir ahora con mucha precaución.

Nadie había divisado ningún ave en el cielo ni la menor señal de vida humana, pero, probablemente, dijo el jefe nókvaar, «ellas» sabían ya de nuestra presencia.

A los extranjeros nos resultaba un poco difícil creerlo; sin embargo, Ejalmberri también parecía convencido de la capacidad ¿adivinatoria? de las mujeres de su raza.

Nos llevó una jornada más alcanzar el valle donde se enclavaba el escondite que buscábamos.

Cuando se hizo de noche, acampamos entre árboles muy parecidos a los que rodeaban la casa de Elorridi.

Cenamos ko y los frutos secos amargos, llamados molmas.

Luego, nos envolvimos en nuestras mantas para dormir.

Un nókvaar se encargó del primer turno de guardia.

Logré conciliar el sueño rápidamente, a diferencia de otros días; pero, varias horas después, me despertó un intenso dolor de estómago, acompañado de náuseas. Supuse que no había podido digerir los molma, que son muy grasos. Tuve que levantarme. Sebeok estaba de guardia.

—Voy a alejarme un poco —le dije—. Me siento mal. El estómago.

Me miró un segundo antes de asentir.

Caminé bastantes metros, con mi linterna, hasta que perdí de vista a mis compañeros.

Sudaba mucho, pese al frío. Al fin pude vomitar.

El vientre también me dolía. Estaba empezando a menstruar, lo que sin duda había influido en el corte de digestión.

Al ponerme en pie temblaba, de modo que volví rápidamente en busca del calor de mi manta.

Mis compañeros habían desaparecido. Todos.

Las ropas con que nos tapábamos estaban allí, en el mismo lugar que antes, pero vacías.

Brillaba en el suelo la linterna encendida de Sebeok.

Me quedé tan atónita que durante casi un minuto no pude ni moverme; abrí la boca para llamar a los otros y la voz no me llegó a la garganta.

Me dio por pensar que, en realidad, yo seguía dormida, soñando.

Pero el dolor de vientre me sacó de la duda.

Giré sobre mí misma varias veces, enfocando con mi luz en todas direcciones.

El sudor me bañaba de nuevo. Y no eran mi estómago ni mis ovarios los que lo provocaban, sino el miedo.

Un miedo que estuvo a punto de hacerme gritar sin control.

Temblaba de tal manera que me dejé caer apoyando una rodilla en el suelo. Me sequé la frente. Trataba de entender, de hallar una explicación a aquello, o una salida para mí, en cualquier caso.

Fue entonces, creo, cuando noté el olor. Supongo que la sorpresa y el pánico me habían impedido percibirlo, pese a su intensidad. Era, sí, muy fuerte y dulzón, como el de algunas flores. Lo llenaba todo.

Pude incorporarme y traté de encontrar señales de lo que había ocurrido.

Me pareció que en la tierra había huellas como las que dejaban los cuerpos al ser arrastrados.

Aunque me sentía muy mareada, decidí que debía ir en busca de los caballos.

Llevaba mi pistola en la mano, lo que hacía que me sintiese mejor.

Recuerdo que di varios pasos. Luego noté las piernas tan débiles que tuve que pararme. La pistola cayó al suelo y asimismo la linterna. Supongo que de inmediato me desplomé yo.

-oOo-

No es fácil contar lo que ocurrió después.

Hasta este momento, he narrado hechos; no sé cómo calificar lo que voy a describir ahora.

Aquello sucedió, de eso no me cabe la menor duda.

Sucedió y lo viví de un modo más intenso incluso que todo lo anterior.

Sin embargo, pertenece a un ámbito que quizás no sea la realidad.

O sea, una realidad distinta, regida por leyes propias, una zona de extrañeza total.

Sé que despierto de pronto, en plena luz, y lo primero que veo es la hierba sobre la que estoy tendida.

Me encuentro en el mismo lugar que antes, el bosque de árboles altos, el valle, pero todo parece distinto.

Tardo en comprender la razón. Se trata de los colores.

Ahora el mundo es azul y gris, un paisaje de tonos fríos.

No hay rojos ni pardos ni naranjas; Jar es un sol violeta.

De pronto estoy corriendo por el bosque. Rápido, rápido, rápido. Me deslizo entre los troncos. De un salto cruzo una charca; otros me hacen salvar fácilmente cualquier obstáculo en mi camino.

El viento me golpea. Escucho mi respiración anhelante.

Comprendo que voy en busca de algo. Comprendo que algo ha cambiado en mí.

Que sigo pensando como Yolen, que soy Yolen, pero en un cuerpo extraño.

Durante unos instantes me detengo para saber.

Para sentir cómo es ese cuerpo. No es humano.

Percibo la piel que me cubre y me protege del frío.

Mi pelo es azul brillante. Percibo mi esqueleto ágil, la fuerza de mis patas y mis dientes, la agudeza de mis ojos que no pueden ver los tonos cálidos.

Noto mi furia y mi hambre. Busco una presa. Soy un muyi.

Hay un olor que me alerta. Alguien está vivo cerca de mí.

Hacia él me dirijo, hacia ese hombre que observo sentado junto a un tronco, inmóvil, dormitando.

Es un guerrero niflúngar. Su lanza y su escudo reposan a sus pies, su espada pende del cinto, la blanca melena le oculta en parte la cara.

Está solo y no me oye. Mis patas son tan silenciosas como la niebla.

Mi hambre se convierte en un placer tan intenso que me hace detenerme para saborearla.

Todos mis músculos se tensan mientras me preparo.

Una feroz alegría, una seguridad absoluta impulsan mi salto.

Caigo sobre el niflúngar, que despierta bruscamente, busco su cuello, que mis colmillos desgarran.

La sangre salpica mi pelo azul, el hombre grita de dolor.

Hay espanto en sus ojos amarillos, en sus facciones crispadas, en sus brazos que luchan contra mí.

Y eso solo consigue aumentar mi fuerza y mi placer.

En vano trata de agarrar su espada. Bajo mi cuerpo, el suyo se agita con violentos espasmos.

Mueve ahora las manos en el aire, hasta que al fin caen.

El niflúngar abre mucho los ojos, su grito se convierte en un gorgoteo, me mira por última vez.

Una, dos convulsiones más y su agonía acaba.

Quietas las pupilas, el cabello teñido de rojo, el pecho destrozado, ahora ya es solo carne para mi festín.

Aúllo mirando la estrella de color frío para celebrar mi victoria.

Un largo aullido que precede a una repentina oscuridad.

Esa oscuridad es el intervalo perdido entre dos sueños. Pero no estoy soñando. Las sensaciones que tengo al abrir los ojos otra vez son tan precisas como las que puedo percibir ahora, cuando recuerdo y escribo. No hay nada en ellas de evanescente o ambiguo.

Mi primera sensación es el vértigo. Un espacio enorme se abre delante, debajo de mí: el aire, el vacío.

Estoy volando a muchos metros de altura, sobre el bosque donde he sido un muyi.

Me da miedo caer, pero solo por unos instantes.

No tardo en darme cuenta de que esa caída es imposible, que mis alas me mantienen arriba, que solo un ave puede volar así.

El mundo ha vuelto a ser rojo y pardo, verde oscuro y amarillo.

Vuelo hacia el sur. Pronto las montañas que he cruzado a caballo cuando era humana se elevan frente a mí.

Ahora me resulta fácil internarme en ellas, entre la roca y la nieve, planear sobre los valles sombríos y dar vueltas alrededor de los picos agudos.

Más allá, la tierra desciende. Luego está la selva y allí veo grupos de jinetes niflúngars que cabalgan hacia el norte.

Ninguno de ellos es Elorridi, pero reconozco a hombres de su familia.

Y también los guerreros me ven; gritan al descubrirme.

Un niflúngar prepara su arco. Me alejo con rapidez, de nuevo hacia las montañas.

Ahora que estoy segura de mi vuelo, que manejo velocidad y altura, puedo disfrutarlo.

Corto el aire, evito o me ayudo de las corrientes, desciendo, remonto otra vez.

Nunca seré capaz de describir lo que sentí allá arriba, cuando fui un pájaro. Pero todo acaba al fin. Ya pasadas las montañas, un cansancio invencible me obliga a bajar al suelo. Estoy de vuelta en el bosque.

Mi último recuerdo es la hierba en la que aterrizo. Hay en ella flores desconocidas. Y una rosa. Trato de tocarla, su color vívido, su simetría perfecta. Nunca hasta ahora he visto flores en este planeta. Nunca volveré a verlas.

Me incorporé bruscamente. Me dolía todo el cuerpo como si acabaran de darme una paliza y, en especial, la cabeza; además, tenía taquicardia y una sed terrible. Gemí, palpándome para comprobar si estaba entera y si seguía siendo yo misma.

Bajo mi cuerpo había una gruesa piel de animal, extendida en un suelo de piedra. Alrededor todo era penumbra, aunque vi una luz, una antorcha, a un par de metros de distancia, en lo alto.

—Yolen, ¿te encuentras bien?

Jane estaba a mi lado, mirándome. La contemplé a mi vez: tenía la cara sucia y fatigada, sin duda, igual que yo.

—¿Quieres beber agua? —me preguntó ofreciéndome un cuenco de barro.

Me temblaban tanto las manos que tuvo que ayudarme; bebí con ansiedad.

—¿Dónde estamos? —le pregunté luego.

—No lo sé. Es decir, en una cueva. Tres metros cuadrados, un poco menos de altura.

Excavada en la roca, me parece. Solo hay una puerta.

—Me señaló hacia el frente; no pude ver nada—.

Metálica. Tiene una abertura, pero como ahora es de noche, no se distingue.

No ha venido nadie en todo el tiempo que estamos aquí.

Pero nos dejaron bastante agua y comida.

—¿Cuánto tiempo llevamos…?

—Yo me he despertado hace un par de horas, más o menos, no puedo asegurarlo, porque me han quitado el reloj. Tú estabas dormida. Bueno, no dormida exactamente: no pude despertarte. Antes no recuerdo nada, solo que nos acostamos en el bosque. No tengo idea de cómo hemos llegado aquí.

—¿Y los demás?

—No lo sé, Yolen.