V
Casi todas las jornadas, a media tarde, la bruma caía y lo borraba todo a nuestro alrededor. Lo más frecuente era que desapareciese durante la noche, pero hubo días en que duró hasta el amanecer e incluso cuando Jar estaba en lo más alto.
Marchábamos, siempre hacia el norte, lo más deprisa que permitían nuestras piernas; comíamos ko y algunos frutos de las plantas del camino; sobre todo, un fruto seco parecido a la almendra, muy amargo, que se llamaba molma; dormíamos a duras penas, solo unas pocas horas.
—¡Ejalmberri, diles que tiren sus armas! —me apresuré a pedir. El hjeníkar dio la orden y los niflúngars obedecieron.
—Son hombres de mi casa —nos informó.
—Pregúntales si hay más con ellos.
Dijeron que no. Guardé mi pistola, cogí una cuerda y me dispuse a atarles las manos a la espalda.
Entonces nos atacaron los otros. Fue un ataque tan veloz que ni vi de dónde salían.
Solo escuché sus gritos, alaridos de guerra que por un momento me hicieron sentir un terror absoluto.
Cuando traté de reaccionar ya era tarde: se habían lanzado sobre Sienild y Ejalmberri, que no llevaban armas, y les habían puesto los puñales en el cuello.
Uno de los niflúngars empezó a hacer gestos gritando.
Quería que nos rindiésemos. Sebeok y Érik dejaron en el suelo sus pistolas y levantaron las manos.
Yo había guardado antes mi arma en el pantalón; me limité a alzar los brazos.
No me registraron. El guerrero que daba las órdenes cogió del suelo nuestras pistolas, con tanta precaución como si se tratara de serpientes venenosas.
Nos obligaron a caminar uno detrás de otro hacia el sur. Había caído la noche y encendieron antorchas. Andábamos muy deprisa. Cualquier intento por nuestra parte de detenernos o aminorar el paso era contestado con una lanza que nos amenazaba y una frase brusca que no necesitaba traducción.
Yo iba tras Érik. Varias veces me hizo un gesto, porque no nos dejaban tampoco hablar, que interpreté como que en cuanto pudiésemos debíamos tratar de huir.
Aprovechamos el instante en que un niflúngar nos adelantó dejando un espacio libre a nuestra izquierda.
Por allí se lanzó Érik, hacia la oscuridad, con un salto largo y rapidísimo.
Yo aferraba ya mi pistola oculta y disparé a bocajarro al guerrero que tenía más cerca.
Corrí tras mi compañero, con el arma en una mano y mi linterna, que también había llevado escondida en el abrigo, en la otra.
Una carrera loca de ambos entre los arbustos, tropezando, cayendo.
Disparé varias veces a los niflúngars, que no dudaron en perseguirnos.
Apenas lograba iluminar el camino, pues la linterna oscilaba violentamente con la velocidad de la carrera.
No sé en qué momento me pareció que ya no nos seguían de cerca. Iba a tratar de detener a Érik cuando este, varios metros por delante de mí, lanzó un grito.
El suelo había fallado bajo sus pies y, al dirigir mi luz hacia él, lo vi hundirse en arenas movedizas.
—¡Quédate quieto! —le grité, pues sus intentos por salir no hacían sino hundirlo más en la arena.
Me arrojé al suelo, después de quitarme el abrigo, y arrastrándome traté de hacer llegar la prenda a sus manos. Enseguida la tierra se volvió blanda bajo mi cuerpo. Érik, hundido hasta la cintura, se debatía luchando por alcanzar mi abrigo, que aún tenía demasiado lejos, a más de un metro.
—¡Yolen! —gritó tan solo. Jadeaba, igual que yo, por el miedo y el esfuerzo. Me arrastré un poco más hacia adelante, lancé de nuevo la prenda. Consiguió agarrarla.
Retrocedí tirando con todas mis fuerzas.
Entonces noté un golpe en mi espalda. Era la bota de un guerrero niflúngar.
La apretó contra mis costillas, dejándome sin respiración, mientras ponía la punta de su espada sobre mi cuello.
Chillé de dolor, aferrando aún el abrigo que me unía a Érik.
El niflúngar gritaba también; me golpeó de nuevo y la prenda se escapó de mis manos.
La arena volvió a engullir a mi compañero.
Supe que el barro se lo tragaría en menos de un minuto y sentí una rabia salvaje; aullé, revolviéndome bajo la bota que me oprimía y la espada que me hirió en un hombro.
Un segundo más tarde, el niflúngar se derrumbó a mis pies con un quejido ronco. Tenía una flecha clavada en la espalda. Me apresuré a rescatar a Érik sin ponerme a pensar en lo que había pasado. Alguien llegó junto a mí para ayudarme. Era Tonsu.
Sacamos a Érik, lleno de barro y tembloroso. Se abrazó a mí gimiendo. Tenía barro hasta en los ojos. Se limpió como pudo. Yo sacudí mi abrigo, que mostraba un aspecto igual de repugnante. Me lo puse con asco.
—¿Cómo estás aquí? —le pregunté a Tonsu—. ¿De dónde has salido?
Acarició su arco, con el que había disparado al niflúngar.
—Os seguí —dijo.
—¿Todas estas luces?
Afirmó con la cabeza.
—¿Por qué?
—Quería estar contigo. Ayudarte.
La aparición de Tonsu no fue la última sorpresa.
Al regresar hacia donde habíamos dejado a nuestros compañeros, lo más sigilosamente posible y planeando el modo de liberarlos, oímos unas voces, entre las que nos pareció reconocer la de Skékkil, y también escuchamos relinchos.
Tonsu se nos adelantó —no necesitaba una luz para moverse, observamos con envidia— y regresó al poco con buenas noticias.
En efecto, se trataba de Skékkil y sus hombres.
Fuimos hasta ellos. Y allí estaban Jane, Sebeok, Sienild y Ejalmberri.
El líder nókvaar había aparecido poco después de que Érik y yo huyésemos.
Al regresar a nuestro escondite y ver que no estábamos, adivinó lo que había ocurrido.
No le fue difícil seguir la pista de nuestros captores.
Tampoco le costó vencerlos, tomados por sorpresa.
Traía Skékkil caballos para todos. Se los había arrebatado a otro grupo de guerreros niflúngars.
—Hombres de Elorridi —dijo—. Él no puede estar lejos.
Debemos cabalgar rápido. Traigo solo diez caballos.
Había veinte guerreros: derrotamos a diez, los otros lograron huir.
Avisarán a Elorridi. Hay muchos grupos de sus hombres cerca.
Debemos cabalgar rápido. Sienild vendrá conmigo, en mi caballo.
Una de vosotras —nos señalaba a Jane y a mí— en el de Érik.
Tú —se volvió hacia Tonsu— regresa al campamento. No debiste venir.
Me puse en pie —me había sentado en una piedra mientras Érik me curaba la herida que la espada del niflúngar me había hecho en el hombro— y me situé frente a Skékkil.
—Tonsu viene con nosotros —le dije en niflúngar.
—No. Volverá al campamento.
—Viene con nosotros. Lo he decidido yo. O se acabaron los tratos.
El nókvaar pareció a punto de negarse, miró a Érik y Sebeok, que callaban.
—Soy yo quien decide ahora, ¿entiendes? —repetí—. Tonsu montará conmigo. No sé cabalgar, así que lo conducirá ella. Jane, ¿te importa ir con Érik?
Jane aceptó y di por terminado el asunto.
—Está bien. —Skékkil, sin embargo, tuvo que decir su última palabra—. Vendrás con nosotros, Tonsu. Harás la comida.
En cuanto estuvimos todos dispuestos, montamos en los caballos. El de Skékkil se puso en cabeza para guiarnos.
-oOo-
La selva de arbustos espinosos se convirtió de nuevo en bosque. La tierra empezó a ondularse y, al fin, el décimo día de nuestro viaje estuvimos frente a las montañas del norte.
Fue poco antes del anochecer. Desde la colina donde nos encontrábamos, observamos la larga cordillera que cerraba el horizonte.
Una muralla de más de cuatro mil metros de altura, oscura y desolada.
Solo la nieve en las cumbres ponía una nota de color.
Y una luz que brilló muy lejos, pero que reconocí de inmediato porque nadie que la haya visto alguna vez, en cualquier mundo, puede olvidarla: era la luz de un glaciar.
Esa misma tarde Tonsu había logrado cazar un bolverk, abatiéndolo con una de sus flechas.
En la región que cruzábamos ahora había muyis y bolverks, así que pudimos comer carne por primera vez en mucho tiempo.
Para todos, salvo para Érik, claro, que tomó su cuenco de ko, indiferente a nuestras miradas compasivas; fue un verdadero festín.
Elogiamos una y otra vez a Tonsu, que además de cazar el bolverk lo había asado.
Se quedó ella con los cuernos del animal, muy semejantes a los del ciervo terrestre, y con su piel, diciéndome que me la regalaría cuando la limpiase; iba a hacerme con ella una túnica para el frío.
Dormimos y, en cuanto amaneció, cabalgamos hacia las montañas, que tardamos cuatro días en atravesar.
Niflhéim es, en conjunto, un mundo cruel, pero pocas regiones hay tan terribles, tan inhumanas como aquellos inmensos macizos de roca muerta.
Nuestras ropas no eran suficientes para resguardarnos del frío y la humedad; en varias ocasiones no tuvimos otro remedio que subir hasta el hielo y la nieve; los caballos, rendidos por la fatiga, se negaban a continuar; la niebla nos envolvía por completo y acabábamos por no vernos unos a otros; el viento azotaba las cumbres hasta el desconsuelo.
Me prometí mil veces que lo primero que haría si lograba abandonar Niflhéim sería darme unas largas vacaciones en un planeta tropical. Aunque fuese sin Érik.
Poco a poco dejamos atrás las crestas más altas y reencontramos valles boscosos.
En uno de los últimos, nos dijo Skékkil, estaba el escondite de las mujeres niflúngars: un valle cerrado por montañas aún de bastante altura, más allá de las cuales comenzaba «el desierto blanco»; así lo llamó.
Él lo había visto una vez, cuando Elorridi lo trajo con otros nókvaars para construir casas en el escondite de las mujeres.