IV #7
Érik, que sí consideraba el sexo como un elemento básico en la comunicación interpersonal, estuvo buscando por los alrededores del campamento algún espacio privado para que él y yo pudiéramos follar.
No nos parecía muy delicado hacerlo en la cabaña por la noche, a pocos centímetros de Sebeok, Jane y Ejalmberri.
Al fin, localizó un escondite propicio, donde, para colmo de dicha, había una charca de agua limpia.
Él se reía de aquel afán mío por la higiene:
—Terrestre tenías que ser —comentaba—. Así que es verdad lo que aseguran de vosotros, que os gustan las comodidades y los lujos, y eso porque consideráis que sois el origen de todos los mundos de la galaxia, cosa que no es cierta
—Bastantes privaciones pasé en Thingol —contestaba yo, dándole una palmada en el culo—. Merezco un buen baño.
La charca estaba al otro lado de las ciénagas.
Tuvimos que atravesarlas por un paso estrechísimo de tierra firme en el que había que hacer equilibrios para no caerse.
Pero mereció la pena: era una poza con agua muy clara que cubría hasta la cintura y estaba oculta por árboles altos.
Nos bañamos. Luego, nos tendimos sobre una gran piedra lisa de la orilla.
A tomar el sol, la luz roja y que hasta parecía caliente del primer dros del jarkatik.
Me acurruqué contra Érik, las piernas en su vientre, la cabeza en su pecho.
Empezaba a crecerle la barba y sus mejillas pinchaban.
Fui acariciándolo muy despacio. Me gustaba su calor, el calor de un cuerpo humano, un ser al que se quiere.
Todos mis contactos sexuales, hasta conocer a Érik, habían sido simples desahogos, encuentros rápidos, impersonales, más o menos satisfactorios, que no me dejaban ninguna huella dentro.
Post coitum tristitia , leí una vez en un libro que Jane trajo a la nave.
Cuando le pregunté me dijo que era una máxima escrita en latín, un idioma muy antiguo de nuestro mundo que, por supuesto, ella sabía.
Con Érik no pasaba eso: siempre me sentía a gusto después de follar.
En Vodar, su planeta, se utilizaba la palabra habilam , que significa «conocerse o amistarse en el sexo». Era una hermosa palabra.
Me gustaba acariciarlo. Cerraba los ojos imaginando que su piel se volvía azul, o naranja, o roja o transparente.
Mis dedos, de colores también. Me encantaba rascarle la cabeza, deshacerle los rizos que enseguida volvían a encresparse.
Y cuando él hacía de niño pequeño y yo lo consolaba o lo dormía.
Su delicadeza al tocarme los senos o el pubis.
La suavidad de su lengua en ellos. Verlo desnudo en situaciones en las que pocos se desnudarían: en la nave solía pasearse sin ropa y, en el campamento, había salido así de la cabaña en varias ocasiones, sin preocuparse lo más mínimo por las miradas casi de espanto de los nókvaars.
Me gustaba, sobre todo, dormir con él la noche entera.
Y deseaba continuar haciéndolo cuando nos fuéramos de Niflhéim. Se lo dije. Y que lo quería.
—Yo también te quiero, Yolen.
—Tú quieres a las piedras, a los bichos, a los cactus de invernadero y a casi todos los humanos por igual.
—A casi todos.
—Yo te quiero solo a ti.
—Eso no es cierto.
—Lo es. No quiero a nadie igual.
Sonrió.
—En cualquier humano hay capacidad para amar a muchos. En cualquiera, aunque piense lo contrario.
Callé. Luego dije:
—¿Qué harás cuando todo esto acabe?
—Todavía no me lo he planteado. Bastante tengo con pensar en lo de aquí. ¿Cuál es, en realidad, tu pregunta?
—¿Seguiremos viéndonos después?
—Claro.
Después del coito, la tristeza. Yo me sentía triste antes. Ni siquiera me apetecía hacerlo. Continuamos acariciándonos, estrechándonos fuerte. Eso también es habilam, afirmaba Érik. Y por supuesto que lo es. Fui la primera en levantarme.
—Regresemos antes de que nos busquen —dije.
En el campamento, él se puso a jugar con Sebeok y los niños nókvaars, y yo entré en la cabaña, donde estaba Jane, sola, escribiendo en su cuaderno de viaje. Me tumbé sobre mi manta a esperar que acabase.
—¿Has estado enamorada alguna vez, Jane? —pregunté.
Me miró, sorprendida.
—Alguna vez —dijo, al cabo de un rato.
—¿Y qué pasó?
—Bien, las relaciones empiezan y terminan.
—¿Te fue fácil aceptarlo?
—Me parece que no me quedó otro remedio.
—Pero ¿y si no puedes admitirlo, si deseas que dure para siempre y pretendes que alguien te quiera más que a nadie, aunque sepas que él prefiere ser libre?
Tal vez ella supo de quién estaba hablando yo, pero no se dio por enterada y continuó en abstracto.
—El amor puede ser libre y generoso. O puede ser una de las formas con las que el ser humano se tortura con más gusto.
—Qué claro lo tienes todo. —Me sentí profundamente irritada—. ¿A ti te basta con tus investigaciones? ¿No echas de menos otra cosa, una pasión, por ejemplo?
—¿A qué viene todo esto, Yolen? ¿Para qué me preguntas, si estás convencida desde el principio de que soy una intelectual solitaria y amargada?
—Te proteges muy bien con las palabras, de eso sí que estoy convencida. Construyes con ellas una fortaleza para defenderte. ¿Nunca bajas la guardia?
Se limitó a no contestar. El silencio: a veces, un arma más terrible que las palabras o una espada.
No tenía ganas de comer nada, de modo que intenté dormir.
No pude. Jane sí salió en busca de la cena.
Al cabo de un buen rato, los oí entrar a todos.
Me quedé quieta, fingiendo el sueño. Érik se tendió a mi lado.
Podía notar en mi cara su respiración. Se durmió enseguida.
Igual que los demás. Yo permanecí despierta mucho tiempo; torturándome, como había dicho Jane.
Deseaba tocar a Érik, pero me prohibí hacerlo.
A la mañana siguiente, cuando salimos de la cabaña, Tonsu nos avisó de que Skékkil quería hablar con nosotros.
Desayunamos y fuimos a ver al líder nókvaar. Nos dijo que había decidido acompañarnos hasta las montañas de septentrión, donde se ocultaban las mujeres. Y nos propuso salir ese mismo día. Aceptamos.