La rosa de las nieblas IV #6
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IV #6

Yo hablo mi lengua materna y la de Jane.

Ella y yo, a solas, nos comunicábamos casi siempre en una de las dos.

También hablo ínter, la lengua franca galáctica.

Puedo comprender y expresarme, con dificultades, en varios idiomas más.

A Érik le ocurría lo mismo: su conocimiento de otras lenguas, aparte de la suya nativa, el vodi y el ínter, era deficiente.

Jane dominaba a la perfección diez idiomas y podía hacerse entender en otros diez al menos. Y disfrutaba enseñándonos el niflúngar.

Es un idioma bastante distinto al mío materno, aunque también hay semejanzas. Decía Jane que no existe una lengua en la galaxia diferente por completo a las otras. Y no la habrá mientras no encontremos civilizaciones alienígenas.

El sistema verbal del idioma niflúngar, por ejemplo, es muy complejo.

Hay ocho tiempos: pasado lejano, pasado próximo, presente actual, futuros próximo y lejano, tiempo habitual y tiempo constante.

Y cinco modos: real (para acciones de las que se asegura su realización); posible (para deseos, hipótesis, duda); imposible (para aquello que se sabe que no ha ocurrido o no ocurrirá); ordenativo (mandatos); e interrogativo (preguntas).

Además, cualquier forma verbal puede llevar un prefijo que indica si el hablante realiza la acción que expresa el verbo con alegría, tristeza, odio u obligación.

Los sustantivos se declinan. Hay cinco casos: nominativo, acusativo, genitivo, circunstancial e instrumental.

Y cuatro tipos de nombres: aquellos que se refieren a objetos artificiales, a trabajos y acciones, a conceptos abstractos, y a elementos y seres de la naturaleza.

El género de todos ellos es neutro, salvo en el caso de los seres sexuados, cuyo género es mixto: niflúngar se refiere a los varones y mujeres, pero el masculino y el femenino pueden especificarse mediante una palabra auxiliar antepuesta al nombre, que indica varón o mujer en el caso de los humanos, y macho o hembra para los animales.

Sin embargo, los pronombres personales yo, tú, él, ella, nosotros/as tienen formas distintas según el hablante sea varón o mujer, niflúngar o nókvaar, keri, thridi o hósvir.

Los sustantivos no tienen plural. Dicen los niflúngar , los keri ; el número se expresa mediante los artículos, que, al igual que los posesivos, demostrativos e indefinidos, van unidos al nombre, pospuestos: kerimi (nuestro señor).

También los adjetivos se unen a los sustantivos, delante de estos: sadfjoll ( sad es «negra» y fjoll , «montaña»).

Muchos términos geográficos se convierten en sufijos: por ejemplo -á es «río»: Hadá (Río Blanco); Lotiá (Río Loti); -harv es «bosque»: Brynjolfharv (bosque de Brynjolf); -dalur es «valle»: Selkadalur (Valle del Silencio).

Hay ocho vocales distintas y treinta y seis consonantes. Algunos de esos sonidos me resultaban francamente difíciles de distinguir y pronunciar: por ejemplo, los tres tipos de l que existen.

El orden sintáctico es muy estricto. Como la mentalidad niflúngar y su estructura social, decía Jane.

Es en la sintaxis, precisamente, donde más se muestran las divergencias de uso del lenguaje entre los distintos estamentos, razas y géneros.

Las frases son más largas y ampulosas en el habla de la clase superior: a un keri o a un hjeníkar se los reconoce por el uso casi excesivo que hacen de las perífrasis o circunloquios.

No hay variaciones dialectales y, según decían Jane y Ejalmberri, la lengua actual era prácticamente idéntica a la que se hablaba en el antiguo planeta de los niflúngars.

Quizás, opinaba nuestra compañera, la falta de evolución se debía a un intento de conservar, con las palabras, el mundo perdido.

Y el hjeníkar decía, ahora respecto a los nókvaars, que estos tuvieron, antes de ser convertidos en esclavos, un idioma propio, pero de este apenas quedaban restos, solo unos cuantos vocablos.

Y añadía Jane que una de las formas más comunes y eficaces de destruir el espíritu de un pueblo es arrebatarle su lengua.

Si los nókvaars hubieran conservado su idioma —incluso a la vez que la lengua impuesta por sus dominadores— habría sido una de las armas más poderosas en la lucha por su liberación.

No nos dio tiempo a aprender mucho, desde luego. Sin embargo, logramos memorizar un vocabulario básico: entendíamos frases sencillas y podíamos construirlas también.

Lo más difícil de un idioma es comprender a alguien que lo habla deprisa por tratarse de su propia lengua.

Por fortuna, los pilotos libres estamos acostumbrados a relacionarnos con gentes de muchos mundos, lo que vuelve nuestro oído más fino.

Aun así, depende de la condescendencia del interlocutor.

A Skékkil por ejemplo yo apenas le entendía: se expresaba rápidamente y sin vocalizar.

Sienild y Ejalmberri procuraban hacerlo más despacio.

Pero con quien yo solía practicar más era con Tonsu.

Conversábamos mientras ella cocinaba. Desde nuestra llegada siempre la habíamos visto cerca de nosotros cuatro, los extranjeros, atenta a todo lo que hacíamos.

Érik llegó a pensar que le habían encargado vigilarnos.

No era así. En cuanto me fue posible, le pregunté la razón de que nos siguiese.

Enrojeció y me pidió disculpas. Me dijo que nos observaba por simple curiosidad.

La asombrábamos, sobre todo, Jane y yo, ya que vestíamos y nos comportábamos igual que nuestros compañeros varones.

Me explicó, con palabras y gestos, que a ella le gustaba escaparse del campamento para ir a cazar bólverks.

Había llegado incluso hasta el bosque de Brynjolf.

Nunca la habían descubierto los niflúngars, pero Skékkil le prohibió hacerlo y le ordenó dedicarse solo a cocinar, pues la caza era un asunto de los nókvaars varones.

No obstante, ella se consideraba una magnífica cazadora.

Tonsu pertenecía a la casa de un keri llamado Metz.

Allí también cazaba. Le había enseñado su padre.

Luego, empezó a contarme que en una ocasión se había enfrentado y vencido a un muyi solo con su lanza.

Era tan presuntuosa al hablar de aquel tema como tímida en otros. Y parecía feliz de conversar conmigo.

Por las tardes —lo que los niflúngars llaman jarkatik, descenso de Jar— ayudábamos en lo que fuese necesario en el campamento.

Luego, Érik y yo nos alejábamos de las cabañas para estar a solas.

También Skékkil y Sienild se reunían entonces, porque el resto de la jornada él estaba ocupado y de noche dormían en cabañas distintas: Sienild, con las pocas jóvenes vírgenes que había, entre ellas Tonsu —casi todas las mujeres del campamento estaban unidas formalmente a un hombre—, y Skékkil, con los otros varones jóvenes y solteros, que eran mayoría entre los refugiados.

Solo pernoctaban juntos los matrimonios y sus hijos e hijas pequeños.

Los nókvaars practican la castidad y la monogamia: es uno de los mandatos de su religión, pero también, decía Ejalmberri, podía considerarse una forma de rebelión contra los niflúngars, que son promiscuos sexualmente y para los que el matrimonio es un mero contrato de conveniencia y reproducción.

Yo sospechaba que dentro de las casas y de las habitaciones comunes ese ideal de castidad de los nókvaars les sería bastante difícil de mantener.

Pero allí, en el campamento, donde no había un solo espacio privado si no te alejabas por lo menos un par de kilómetros, una huida de la que se daba cuenta todo el mundo, la abstinencia de los que carecían de pareja formal era obligada.

Afirmaba además Ejalmberri que los nókvaars creían en un amor puro, independiente del sexo, mientras que los niflúngars ni siquiera tienen una palabra para ese sentimiento: para ellos solo existe el thalad, la pasión, que es siempre sexual.

Yo veía a Skékkil y Sienild y, recordando la actitud de Elorridi hacia la nókvaar, comprendía las diferencias entre ambos sentimientos.

Skékkil nunca mostraba a su prometida nada semejante a la atracción carnal.

Todo eran miradas dulces, conversaciones en voz baja y paseos tomados del brazo.

Ella parecía muy contenta, aunque por las noches, en la cabaña, cuando se quedaba abstraída, lo que le pasaba con frecuencia, ¿hacia dónde irían sus pensamientos?

, ¿hacia la otra cabaña en la que su novio dormía reponiendo las fuerzas necesarias para liberar a su pueblo?

, ¿o hacia la casa desde la que Elorridi planeaba el modo de capturarla?

Nos había dicho que ella y Skékkil no podían unirse formalmente hasta que los nókvaars fuesen libres: él tenía que dedicarse por completo a esa lucha, una esposa lo distraería.

Al comentarlo se mostró triste, pero cuando le preguntamos por qué no insistía en realizar esa unión a pesar de todo, su respuesta me pareció evasiva.

Se limitó a decir que eran jóvenes, que había tiempo.

También Jane y Ejalmberri aprovechaban el último dros de la tarde para sentarse junto a la puerta de la cabaña a intercambiar conocimientos.

Naturalmente, los de Jane eran más amplios que los del hjeníkar, pero este intentaba compensarlo con descripciones minuciosas sobre cualquier aspecto de su mundo.

No había ningún indicio de enamoramiento en su relación.

¿Acaso, como hubiese dicho ella, era necesario para crear un buen vínculo?

Más bien lo contrario, habría asegurado Jane.

Supongo que con razón. Se encontraban los dos a gusto en su mutua compañía, simplemente.