IV #5
Jane había ido traduciendo cuanto hablábamos a la pareja de nókvaars. Hizo la pregunta a Skékkil: si sabía el modo de encontrar a las mujeres y estaba dispuesto a hacerlo.
—Lo sabe —fue la respuesta a través de nuestra compañera—, pero es un camino largo y peligroso.
Hay que cruzar muchos pantanos y las montañas del norte, muy altas y frías.
Los hombres de la familia de Elorridi vigilan esa ruta.
Y los hombres de otras casas. Dice también que las mujeres pueden matarnos con la fatia en cuanto nos acerquemos a su escondite, antes de que nos dé tiempo a explicarles nuestras intenciones.
Y tiene que pensar si a su pueblo le conviene que él nos guíe hasta allí. Tiene que pensarlo con lentitud.
—Dile a Skékkil que le enseñaremos a manejar nuestras pistolas mientras lo piensa —pidió Érik. Jane obedeció.
El nókvaar se puso en pie e inclinó la cabeza. La conversación había terminado.
Salimos. Aún quedaba un dros de luz, nos informó Ejalmberri, mirando al cielo.
—Podemos dar un paseo para admirar el paisaje —propuse; tomé al hjeníkar del brazo: me quedaba una pregunta por hacerle. Él caminó a mi lado, un poco confuso por mi gesto. Mis tres compañeros nos seguían. Sienild y Skékkil habían desaparecido.
—Me agradas, Ejalmberri —continué—. Te lo aseguro. Supongo que eres sincero, aunque hay algo que me cuesta entender. ¿Qué te importa a ti en realidad la esclavitud de los nókvaars o la humillación de las mujeres niflúngars? Tú estás entre los dominadores.
La voz del hjeníkar era ronca cuando contestó.
—Yo también he sido humillado muchas veces.
Ahora estaba claro. El rencor.
—Muchas veces —continuó Ejalmberri, casi en un susurro—.
Soy solo un hjeníkar. ¿Y qué es un hjeníkar en un mundo como Niflhéim?
He dedicado mi vida a estudiar los documentos antiguos.
He aprendido lenguas sabiendo que tal vez nunca hablaría en ellas con nadie.
Sé que hay planetas en los que un hombre como yo tiene un lugar.
Que allí hay muchos libros que es posible jamás llegue a leer.
En esos libros deben de estar escritas tantas cosas…
Allí viven grandes maestros, que conocen y enseñan lo que han descubierto.
Matemáticas, astronomía, música, gramática, medicina, lógica, poesía…
Para mí todo eso era solo un ansia y un sueño, y ahora habéis llegado vosotros, que habláis una de esas lenguas que aprendí, en una nave que puede llevarme a uno de esos mundos.
En este, no tardaré en ser un hombre viejo.
Mis ojos fallan desde hace tiempo: he leído demasiado.
—Me sonrió y lo observé con detenimiento por vez primera: la mirada triste, sin ese brillo iracundo tan común entre los de su raza; las facciones de alguien que se acercaba a la vejez; su pelo empezaba a amarillear—.
No soy un guerrero, así que mi cuerpo enfermará y se volverá débil antes.
Un hjeníkar anciano y sin vista. Sería menos que nadie, comprendí.
Pensé que yo siempre consideraba a los otros, sus actitudes e intenciones, desde mí misma.
Buscaba en ellos mi odio o mis engaños, mis deseos.
Yo era joven, por ejemplo, y apenas había tratado con gente mucho mayor.
Siempre pensaba que no llegaría a vieja.
La vida de un piloto libre no solía permitirlo.
Alguien como Ejalmberri me resultaba un completo desconocido.
—Perdona mi desconfianza —le dije; y él relajó el brazo que yo tocaba.
Seguimos paseando por el campamento, unos cien metros cuadrados de barro seco en los que se asentaban las cabañas sin orden.
Más allá, terrenos encharcados donde se cultivaba el ko; las arenas movedizas; la alta jungla que servía de parapeto.
De allí, de los árboles oscuros, iba llegando una bruma granate que no tardó en hacerse niebla.
Regresamos, entre las miradas de los nókvaars, a la cabaña de Skékkil, pues él nos la había ofrecido para dormir.
Comimos de nuevo un plato de ko, junto a una hoguera.
Sienild cenó con nosotros. Su prometido estaba muy ocupado hablando con un buen número de hombres en otro grupo.
Nos sirvió el ko el mismo nókvaar que lo había hecho a mediodía.
—Me gustaría saber el nombre de nuestro cocinero, del muchacho ese —le pregunté a Sienild a través de Jane.
Mi compañera tradujo. Sienild rio mientras contestaba.
—Se llama Tonsu —me informó Jane— y es una mujer.
Parpadeé varias veces. Desde luego, no había en el campamento mucha diferencia entre la ropa de los nókvaars varones y mujeres, salvo en el caso de Sienild, cuyo atuendo se convertía allí en un lujo.
Sin embargo, no era eso lo que me había confundido.
Miré a Tonsu. Era muy delgada, no se le apreciaba el pecho bajo su túnica de tela gruesa, que le llegaba hasta las rodillas.
No llevaba calzado ni otra prenda de abrigo, aunque la temperatura había descendido bastante.
Además, tenía el pelo corto, y yo no había visto a ninguna otra mujer nókvaar que lo llevase así; entre los varones era frecuente, a diferencia de los niflúngars, que siempre usaban melena.
Sus facciones seguían pareciéndome ambiguas, quizás por ser muy joven.
—Deberíamos haberlo imaginado —me dijo Jane—. Entre los nókvaars son las mujeres quienes cocinan. —Acto seguido le agradeció y elogió la cena. Tonsu se retiró con su plato a la oscuridad. Desde allí siguió observándonos, aunque apartaba los ojos si yo la miraba.
—En cualquier caso, yo me he dejado llevar por mis sesgos y por estereotipos, aunque sean los que he encontrado aquí. Mierda, eso es impropio de una piloto libre que ha visto mucha diversidad en la galaxia.
Acabada la cena, nos fuimos a dormir.
-oOo-
Aquellas jornadas durante las cuales Skékkil meditó si llevarnos o no hasta las mujeres niflúngars fueron las más tranquilas de nuestro viaje a Niflhéim.
Érik y yo le pedimos a Jane que nos enseñara el idioma del planeta.
Queríamos comunicarnos con los nókvaars y era incómodo hacerlo a través de un intérprete o por señas.
A Sebeok, sin embargo, le resultaba fácil entenderse así, sobre todo, con los niños.
Ahora que los nókvaars nos tenían confianza, él solía estar siempre con ellos, jugando.
Dejaba que se le subiesen encima, les enseñaba a luchar.
Sin palabras. Los niños parecían fascinados por aquel gigante que podía cargar a cuatro o cinco de ellos a la vez y se prestaba a cualquier juego, sumiso y paciente, sin prisa por hacer otra cosa.
Una noche, antes de irnos a dormir, le dije que me sorprendía aquella capacidad suya para entenderse con los niños nókvaars.
—¿No te gustaría tener hijos? —le pregunté.
—Tengo cuatro —respondió, mirándome a los ojos, un gesto infrecuente en él.
La cara de Sebeok era ancha y redonda, con la nariz chata, labios gruesos, el pelo negro muy lacio.
La piel más clara que la mía. Nunca nos había hablado de sus hijos, ni de su compañera ni de su familia.
Y yo había supuesto que era como Érik, como Jane, como yo, solitarios que no teníamos a nadie por quien deseáramos volver a algún planeta.
—Supongo que te fue difícil irte de Helevorn, entonces —dije.
—Me eligieron —se apresuró a contestar y, luego, tras unos instantes—: Sí, difícil.
Era el primer sentimiento que expresaba ante mí. De inmediato, volvió a su lejanía.
Érik participaba a veces de aquellos juegos, junto a Sebeok. Pero a la mayor parte de los niños les seguía asustando su piel oscura. Él lo comprendía: nunca habían visto a nadie que no fuera blanco.
Yo no sabía tratar con los niños. Lo mismo le pasaba a Jane.
Mientras Sebeok se dedicaba a jugar, los otros comenzamos nuestras clases.
En la nave, cuando navegábamos rumbo al planeta de los niflúngars, había sido Jane quien se había ofrecido para enseñarnos la lengua de aquel mundo.
Era una buena maestra; nosotros, malos alumnos.
Érik y yo empezábamos entonces a cortejarnos.
No estábamos pendientes más que del otro, no nos interesaba perder el tiempo en el aprendizaje de un idioma difícil.
Al fin y al cabo, la teníamos a ella, que venía solo para hacer de intérprete.
Abandonamos pronto. En cuanto a Sebeok, su capacidad de asimilación y su inteligencia verbal eran muy lentas.
Jane no se impacientó con él, pero al fin le preguntó si deseaba continuar.
Sebeok dijo que le daba lo mismo. Así que las clases acabaron.
Supongo que Jane se sintió frustrada, aunque, por supuesto, no lo manifestó.
Tampoco hizo ningún comentario ante nuestra propuesta allí, en el campamento. Simplemente, comenzó de nuevo.
Nos reuníamos antes de la comida principal de la jornada.
Era la hora que los nókvaars dedicaban a sus rezos comunes.
A diferencia de los niflúngars, sus esclavos eran religiosos.
Creían en un dios personal y único. Ese dios había permitido que los sometieran a causa de un pecado tan antiguo como impreciso.
Sin embargo, algún día, si le rezaban lo suficiente y cumplían sus mandatos, los liberaría de su esclavitud.
Una divinidad ambigua, por tanto, igual que muchas: por una parte, terrible, igual que si lo hubiesen inventado los niflúngars como un instrumento más de su dominio; por otra, el consuelo y la esperanza de un pueblo de esclavos.
Por fortuna, Skékkil los iba convenciendo de que el tiempo de la resignación y la penitencia había acabado y que su Dios esperaba ahora de ellos la valentía de liberarse a sí mismos.
Nos reuníamos, pues, mientras ellos rezaban. Ejalmberri solía acudir también para colaborar con Jane.