La rosa de las nieblas IV #4
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IV #4

—Él no puede dominar del todo la fatia, no puede alcanzar el nuru, porque su cuerpo de varón no se lo permite.

Pero lo que sí puede hacer es engañar, que los otros crean que es capaz de lograrlo, ¿comprendéis?

Los niflúngar no sabemos demasiado sobre Íngvar, os lo aseguro.

Sabemos que nació y vivió en la casa del keri Helblindi; que era un thridi y huyó en la nave de un piloto libre que vino a traer esclavos.

Yo sospecho que Íngvar conoce en profundidad la sabiduría de la fatia, los poderes que existen en la naturaleza, de modo que puede usar plantas, venenos, sustancias minerales y animales en su beneficio.

Se dice que fue su madre quien le enseñó esos conocimientos.

La madre no tenía hijas ni tampoco otro hijo varón; el padre había muerto por las armas.

Una mujer no puede enseñar la fatia sino a sus hijas y, si es una voida kirdaia, a las jóvenes que se le encomiendan para ello.

Las voida kirdaia, ya os he dicho, son aquellas que logran un mayor grado de dominio de esa fuerza, una mayor capacidad para ponerla en práctica.

Voida kirdaia se podría traducir en la lengua que usáis como «maestra profunda».

Y eso son, maestras de las que tanto las thridi como las hósvir aprenden la fatia, aunque a las principales se les enseña durante más tiempo y con especial dedicación, por lo que ellas suelen convertirse después en maestras.

La madre de Íngvar era una voida kirdaia y, aunque las leyes de la fatia prohíben absolutamente que se enseñe a los varones, ella lo hizo, se dice.

Nadie sabe la razón, quizás porque no había tenido hijas o porque su pensamiento estaba enfermo; solo eso último puede explicar que hiciese algo así, pues la sabiduría de la fatia afirma que, si un varón la aprende, se convertirá tarde o temprano en una mujer.

Enseñó a su hijo en secreto. Y cuando él fue adulto comprendió que podía usar la fatia para mucho más que vencer en la guerra a enemigos de otras familias: podía salir de Niflhéim.

Siempre he creído que ningún piloto libre se dejaría sobornar, ni siquiera por mucho oro.

Supone demasiado riesgo ayudar a un niflúngar a escapar de su prisión.

Creo que Íngvar utilizó la fatia para ello y, más tarde, para convertirse en emperador.

Mucho mal hizo su madre para vosotros, ¿verdad?

, pero también para los niflúngar y para ella misma.

Como agradecimiento, Íngvar envió a sus soldados para matar a todas las mujeres niflúngar, adultas o con edad suficiente de haber aprendido ya los secretos básicos de la fatia.

A todas: incluso a su madre, supongo, también la habrían matado, de no ser porque ya antes su keri mandó ejecutarla por su traición.

Sin duda, Íngvar teme lo que no domina, los poderes superiores al suyo y, por tanto, a los niflúngar.

Sabe que nuestra fuerza está en la unión de las armas y la fatia, una unión que ha intentado realizar en su persona.

Al parecer, es un excelente guerrero que incluso podría vencer en la lucha a muchos keri.

Pero no domina el nuru y jamás lo logrará.

Así que nosotros, los niflúngar, varones y mujeres juntos, seguimos siendo más poderosos que él.

Por eso quiere eliminar la parte de nosotros que nos hace superiores, las mujeres.

—Brujas —dijo Jane—. En mi planeta se las llamaba brujas, en los tiempos antiguos.

Preparaban pócimas, filtros, bebedizos; podían hacer maleficios y conjuros.

Pero explícanos, Ejalmberri, por qué han huido las mujeres.

Algo debió de ocurrir para romper esa unión tan perfecta entre ellas y los varones.

—Como os he dicho, Íngvar envió naves con soldados de su ejército para matarlas.

Eran eso, soldados, así se los llama, ¿verdad?

Porque un soldado no es un guerrero, carece de voluntad propia.

Un guerrero lo es por naturaleza; un soldado, por oficio, como un sastre o un pastor.

Eran soldados y tenían miedo. Utilizamos las armas y la fatia contra ellos.

Sin embargo, habían venido muchos y con armas parecidas a las vuestras.

Así que los keri decidieron que las mujeres debían ocultarse en algún lugar inaccesible para las naves que llegaban.

Eso fue hace bastantes dus. Y las llevaron a las montañas de septentrión.

Allí se construyeron casas y hombres de todas las familias protegían el refugio.

Se hizo de ese modo cada vez que aparecían naves imperiales.

Cuando los soldados eran vencidos, y los derrotamos siempre, ellas volvían a sus casas.

Bastantes dus —años, los llamáis vosotros, creo— han pasado desde entonces.

Ninguna otra nave ha aparecido en el cielo.

Nos olvidamos de ellas. Pero hace poco tiempo, menos de un dus, ocurrió algo.

En una casa del norte de Niflhéim. El keri murió.

No tenía hijos varones, solo hijas. Antes de su muerte, eligió sucesor al único hijo de sangre de su hermano.

Hijo del hermano de un keri, sí, pero también de una esclava.

Entonces, Skúrhild, la mujer del keri muerto, habló públicamente cuando el cadáver fue quemado en la ceremonia debida.

Habló y dijo que resultaba inaceptable un keri hijo de una nókvaar.

Afirmó que era una de sus hijas quien debía gobernar la casa: su hija Hyndla.

Los thridi se asombraron y rieron. Pensaban que algo había enfermado el pensamiento de Skúrhild.

Se cuenta que en nuestro planeta de origen hubo keri mujeres, pero casi todos creen que es una leyenda.

Yo sé que es verdad. Lo he leído en los libros antiguos, incluso conozco los nombres de aquellas.

Pero nadie escucha a los hjeníkar. —Una sombra de furia pasó por los ojos de Ejalmberri—.

Así habló Skúrhild y, cuando los thridi rieron, ella dijo que, si no aceptaban a su hija como señora, lograría que todas las mujeres de la familia se negaran a ejercitar la fatia.

La casa estaba en guerra contra la de Helblindi.

¿Comprendéis lo que suponía decir eso? De inmediato, los thridi aclamaron al elegido por su señor muerto, el keri actual de esa casa; Dánkwart se llama.

Y, en cuanto a Skúrhild, fue azotada en el patio por orden del propio Dánkwart, ante thridi y hósvir e incluso ante nókvaar.

Solo se azota a los esclavos, ¿sabéis? Es un castigo muy vergonzoso para un niflúngar.

Además, Skúrhild era la mujer de un keri, madre de sus hijas y voida kirdaia.

Dicen que no lloró, ni siquiera lanzó un grito.

Lloraron y gritaron sus hijas y otras mujeres.

Luego, estuvo enferma bastantes luces, porque fueron muchos azotes para una mujer y ella es de cuerpo débil.

Al fin sanó y siguió en la casa en silencio.

Obedeció al nuevo keri. Dánkwart es joven, pero sabe gobernar una casa y una familia.

Sabe hacerlo, aunque es un hombre muy cruel, dicen.

Odiaba a Skúrhild y cualquier momento le parecía conveniente para demostrárselo, para humillarla.

Sin embargo, ¿qué importa una humillación más, o muchas, cuando se ha sufrido una tan grande como la que sufrió Skúrhild, los azotes?

Ella se mostraba sumisa. Callaba. Y de pronto desapareció.

Con su hija Hyndla y otras mujeres. Se fue en la no luz, sin que nadie lo notara.

Y en la siguiente no luz, y en las posteriores, ocurrió lo mismo en otras casas.

Iban desapareciendo mujeres. Al principio, pocas, luego más.

Los keri ordenaron a sus hombres buscarlas.

Pero ¿dónde? Cerca de las casas no había rastro alguno de ellas.

Comprendieron al fin que solo podían estar en un sitio: allá, en las montañas de septentrión, en el antiguo escondite.

Hacia él se encaminaron las expediciones de búsqueda.

Ninguna llegó: las mujeres usaron la fatia contra los guerreros.

La siguen usando para detener a todos los que intentan aproximarse.

Entonces los keri castigaron duramente a las mujeres que se habían quedado en las casas.

Solo lograron que huyeran más. Escapan como sin duda huyó Skúrhild: se convierten en uálad.

Los keri no saben por qué está ocurriendo todo esto.

Creen que allá, en el refugio de las montañas, hace dus, cuando tuvieron que esconderse de los soldados de Íngvar, algunas maestras enfermaron el pensamiento de sus discípulas más jóvenes con ideas extrañas.

Tampoco saben los keri qué hacer para capturar a todas las mujeres que han huido.

Tal vez solo habría una manera: una expedición conjunta de todos los señores.

Pero eso es imposible. Sigue habiendo guerras entre ellos.

—Formidable —dije—. Hemos venido a parar a un planeta en plena efervescencia revolucionaria. ¡Pobres varones niflúngars! Tan felices como debían de vivir antes de que sus esclavos y mujeres se sublevaran. Y bien, Ejalmberri, dinos: ¿por qué las mujeres pueden ser una solución para nosotros?

—Tal vez quieran hacer un trato. Como los nókvaar.

Ellas poseen la fatia, que necesitáis contra Íngvar.

Quizás vosotros tengáis algo que les interese.

Deberéis preguntarles. Y quizás también algunos keri os ayudarían, si hay otros que deciden luchar en vuestra contra.

No os queda más remedio que buscar aliados entre unos y otros, nókvaar, mujeres, niflúngar. Y darles a cambio un beneficio.

—Buena idea, Ejalmberri —respondí—. El problema está en conseguir que nuestros posibles aliados no se maten entre sí. O, al menos, no nos maten a nosotros por hacer pactos con sus enemigos. Además, ¿cómo podríamos llegar hasta las mujeres?

—Sospecho que Skékkil conoce el camino mejor que yo.