IV #3
—Mi propuesta es: hablemos con los keris, pero no hagamos ningún pacto sin discutir el tema de los nókvaars.
En primer lugar, no deben perseguir a los fugitivos.
Y si se llega a un acuerdo por el cual, a cambio de ayudarnos contra Íngvar, los niflúngars regresarían a su planeta de origen, exijamos que antes liberen a todos los nókvaars que lo deseen.
Si quieren continuar siendo una sociedad esclavista, que se queden aquí.
—Por mucho que nosotros hablemos —intervino Jane—, va a ser Harsa Alasat quien cierre el pacto y decida sobre ese tema. Aunque yo estoy de acuerdo con Érik. Los nókvaars nos han ayudado, les debemos lo mismo. Ocurra lo que ocurra con la misión. Pero ¿cuál es tu propuesta, Yolen?
Me volví hacia Sebeok.
—Habla —le pedí.
—Habla tú —contestó.
—Vamos a llevar a Ejalmberri en la nave, ¿no es cierto?
Y si los keris quieren pactar con nosotros, llevaríamos al niflúngar que eligieran como representante.
Pues bien, que los nókvaars escojan a uno de los suyos y que nos acompañe también.
Skékkil parece dispuesto a todo, tal vez incluso a viajar por el espacio.
—Quizás sería buena idea preguntárselo —sugirió Jane.
Lo cierto era que el nókvaar estaba empezando a mostrarse nervioso ante aquella conversación de la que no entendía una palabra.
—Traduce, Jane, por favor —pidió Érik, cabizbajo; lamenté haber sido tan áspera con él—. Explícales a Skékkil y Sienild lo… delicado de nuestra situación. Explícales todo.
Jane lo hizo. Skékkil afirmaba con la cabeza, el ceño fruncido, escuchando. Luego habló durante un rato.
—Dice —resumió Jane— que si nosotros luchamos contra un niflúngar (no sabe quién es Íngvar, nunca ha oído hablar de él, pero ha entendido que es uno de ellos), entonces tenemos el mismo enemigo que los nókvaars y debemos aliarnos.
Dice que no le da miedo viajar por el espacio oscuro; sin embargo, no dejará a los suyos aquí solos mucho tiempo.
Que es peligroso hacer pactos con los niflúngars, no nos lo aconseja.
Comprende nuestro problema; no obstante, espera colaboración ahora; luego, los nókvaars nos ayudarán contra Íngvar.
Yo comenzaba a desesperarme. Aquello no parecía tener ninguna solución sensata.
—Antes que nada —hablé, con una voz sin fuerza—, dinos, Ejalmberri: ¿crees que debemos intentar ponernos en contacto con otros keris, que servirá de algo?
El hjeníkar, que en varias ocasiones había estado a punto de intervenir, me sonrió agradecido por haberle dado la palabra.
—Amigos, no quiero que penséis que os engaño.
Desde luego, le dije a Skékkil que lo apoyaríais con vuestras armas, se lo dije para que nos ayudara a escapar de Elorridi y me llevara a mí también.
Hablé para convencerlo, quizás no debí, aunque no mentía al asegurar que considero su lucha justa; yo y otros niflúngar, pues no todos somos esclavistas ni asesinos, ni siquiera guerreros.
Mi raza no es malvada, aunque exista Íngvar y aunque haya muchos niflúngar crueles.
Escuchad, ayudaré en lo que pueda a los esclavos y a vosotros.
Llevadme ante esas gentes, Harsa Alasat, para que sepan lo que os he dicho, que hay niflúngar que desean no ya vivir en otro planeta, sino en un mundo de hombres distintos.
Si me dejáis en Niflhéim, Elorridi me matará, pues lo he traicionado.
Me he unido a vosotros porque sois la única esperanza para un hombre como yo, un hombre pacífico que vive entre otros que solo aman la guerra, un hombre despreciado por ellos.
—Nos miró, tratando de saber por nuestro gesto si lo creíamos—.
Me preguntáis por los otros keri y os digo que tal vez lograrais hablar con ellos, pero no aceptarán que les exijáis la liberación de los esclavos.
Además, es difícil que no se produzca lo que ha ocurrido con Elorridi, porque todos situarán sus intereses personales por encima de los demás.
Cada uno querrá ser el más importante y hablar él con Harsa Alasat.
Los keri están enfrentados entre sí, nunca conseguiréis ponerlos de acuerdo.
—¿Entonces? ¿Qué podemos hacer?
Ejalmberri se removió en el suelo y se frotó las manos. Nos observaba como si quisiera decir algo y no supiese el modo.
—Tal vez… Tal vez hay una posibilidad. Solo una posibilidad. Quizás salga bien o todo lo contrario, muy mal, de antemano os lo digo.
—¿Cuál es, Ejalmberri? —pregunté.
Ejalmberri titubeó de nuevo, hasta que al fin dijo:
—Las mujeres.
Alguien preguntó «¿cómo?» o «¿qué?», y Skékkil y Sienild se sobresaltaron. Jane traducía ahora cuanto hablábamos en ínter.
—Las mujeres niflúngar. —La voz de Ejalmberri era ya firme—.
Le conté a Jane que, si no habéis visto mujeres en mi casa, era porque habían huido de allí.
No todas, aunque las que quedan tuvieron que esconderse de vosotros por órdenes de Elorridi.
No pude explicarle a Jane nada más. Habría sido peligroso.
Elorridi nos prohibió absolutamente, a todos sus hombres, el hablar sobre eso. Pero sé que él os dijo algo.
—Explícate ahora. —Me ponía nerviosa esa costumbre niflúngar de dar rodeos y rodeos antes de abordar lo importante de una cuestión.
—Elorridi os dijo que en Niflhéim no queda nadie que conozca y domine eso que vosotros llamáis poderes mágicos porque Íngvar envió a sus soldados para matar a quienes lo hacían.
Y os mintió. Aunque solo en parte. Es cierto que Íngvar envió naves asesinas con ese objetivo, pero ninguna pudo lograrlo.
Sigue habiendo niflúngar que tienen esos poderes, que nosotros llamamos «fatia».
Lo que no os dijo, o no os quiso decir, es que la fatia solo la dominan las mujeres niflúngar.
Otro silencio del hjeníkar, otra mirada a todos, supongo que para ver qué expresión teníamos.
—Ha sido así desde siempre —continuó al fin—.
Las mujeres ejercitan la fatia; los varones, las armas.
Fuerzas que se complementan. Gracias a eso, los niflúngar fuimos tan poderosos en nuestro mundo de origen y nos temieron tanto.
Los demás pueblos nunca llegaron a comprenderlo, pues los niflúngar se cuidaron de no desvelar sus secretos.
La fatia es aprendida por las mujeres desde que son niñas.
Se la enseñan sus madres. Me resulta difícil explicaros en qué consiste, pero lo intentaré.
La fatia es una sabiduría y una capacidad.
Las mujeres conocen todas las sustancias de la naturaleza que curan y que enferman; las que provocan pesadillas o buenos sueños; las que consiguen que alguien diga la verdad o vea cosas que no están ante sus ojos; las que impulsan los deseos de la carne y las que los apagan; las que aumentan la fuerza del cuerpo en la lucha o dejan débil como un niño que acaba de nacer; las que logran que un cuerpo vivo parezca un cadáver.
Conocen venenos que usamos los niflúngar en nuestras flechas.
Saben fabricar vapores que dejan ciego o sin conciencia a un enemigo.
También sanan a los enfermos, humanos y animales, pues conocen el interior del cuerpo, cómo funcionan las vísceras y cómo se mueve la sangre, y enderezan huesos con sus manos.
Pero, además de todo eso, las que mejor dominan la fatia, las voida kirdaia, pueden conseguir mucho más.
Pueden alcanzar un estado especial, el nuru, en el que son capaces de convertirse en cualquier animal que deseen: un muyi, por ejemplo, o un bolverk, o un uálad.
El uálad era una gran ave cazadora que existía en nuestro planeta de origen.
Y es la que vosotros visteis volando sobre mi casa.
Un vuelo de vigilancia. Ellas ya saben que estáis aquí, en Niflhéim. Aunque no sepan quiénes sois.
—¿Tú has visto alguna vez esa transformación? —le preguntó Jane al hjeníkar.
—No. Los varones no podemos presenciarla. Pero he visto cómo mi madre y mis hermanas se escondían en el lugar apropiado, en el bosque, y cómo luego ellas no estaban, pero sí había uálad en el cielo sobre mi cabeza. Y Elorridi no os mintió al decir que no trajimos ningún pájaro a Niflhéim.
—¿Pueden los varones convertirse en animales también, aunque sea con ayuda de las mujeres? —continuó preguntando Jane.
—Nunca he sabido que eso fuera posible. Ellas dicen que pueden conseguir la transformación de otra mujer, pero no la de un varón.
—Entonces, ¿las leyendas…?
—Son solo eso, leyendas. Parte de mentira, parte de verdad. Los niflúngar querían asustar a sus enemigos. Un guerrero de fuerza enorme, que además puede convertirse en un animal tan feroz como un muyi, da miedo, ¿verdad? Aunque no exista.
—¿Y en cuanto a Íngvar? ¿Qué capacidad tiene realmente?